19 – Viernes, 19/11/2004
Tomás era consciente de que hasta el momento los interrogatorios no habían servido de mucho para avanzar en la investigación y que, a pesar de disponer de bastantes candidatos al puesto de asesino, se encontraban algo atascados.
Tal como había dicho a su jefa, se puso a indagar sobre los dos sospechosos que aún no conocían y a los que habría que interrogar.
A diferencia de Lucía, él aún abrigaba la esperanza de resolver el caso y descubrir al culpable.
El sargento dio órdenes a su equipo de vigilar de cerca a todos los que ya habían sido entrevistados, en especial al doctor Torres, por si alguno cometía algún error y ofrecía información nueva.
Les pidió que estuviesen atentos y vigilantes sobre movimientos bancarios, cambios de domicilio, viajes, en fin, cualquier cosa fuera de lo esperado que pudiese dar lugar a un nuevo interrogatorio.
Un dato sobre el que hizo hincapié fue la vigilancia de las motos.
Cualquier intento de venderlas o un arreglo inusual de la moto de alguno de los sospechosos debía serle comunicado.
Él tenía fe en que el asesino intentase, en algún momento, desprenderse del vehículo.
Luego pidió específicamente al inspector Albanell que buscase todo lo que pudiese encontrar sobre Nico Barnils y que fuese a inspeccionar en persona su casa, su coche o moto, su lugar de trabajo, etc.
En este caso pidió un seguimiento personal durante unos días para estar preparado con la máxima información cuando llegase la hora de interrogar.
Tomás no olvidaba que el tal Nico Barnils no había sido nombrado por nadie, parecía ser un desconocido para todos los demás entrevistados y, sin embargo, habían encontrado cartas amenazantes escritas por él antes del asesinato.
Él se había reservado la investigación de Manuel Flores, el hombre que entró en el despacho del doctor Pie amenazándolo.
Sus compañeros de la comisaría habían buscado información sobre él sin obtener resultado.
No aparecía en ninguna cuenta bancaria, en ningún domicilio, no se le sabía dueño de ningún vehículo, nada de nada.
Tomás solo conocía su nombre, el DNI, que estaba caducado desde hacía tiempo, el nombre de su esposa y la dirección que les había proporcionado Margarita, la secretaria del doctor Pie.
Con esta mínima información, se puso a buscar.
Para llegar a la calle de la Llibertat, 32, tuvo que llamar a Margarita para comprobar que no había error. El número 32 no aparecía en la calle.
—Aquí pone calle de la Llibertat, 32, tienda. No hay más información. Lo siento, sargento —dijo la secretaria.
Fue suficiente. Tomás comprobó que entre el 26 y el 34 de la calle Llibertat había una puerta, grande, de madera, muy estropeada, que no parecía corresponder a una vivienda y que debía ser el 32. Si no se equivocaba, este debía ser el domicilio de Zaira y Manuel.
—Las familias gitanas suelen vivir varias generaciones en una misma casa y lo más posible es que la titular de esta sea la madre o la abuela, porque en la historia clínica de la hermana gemela consta la misma dirección —le había dicho Margarita.
Tomás conocía de sobra los hábitos de estos clanes, pues había trabajado durante mucho tiempo en la Barceloneta y allí, como ocurría en el barrio de Gracia, donde estaba ahora, vivían muchos grupos familiares de esta etnia.
En pisos de sesenta o setenta metros podían cohabitar los abuelos, si aún estaban vivos, los padres, sus hijos, a veces dos y hasta tres, con sus respectivas parejas y sus respectivos hijos, si los tenían.
En total, cuatro generaciones en habitáculos minúsculos.
Había visto como durante el día los colchones estaban adosados a la pared y al llegar la noche ocupaban un lugar determinado en el suelo para acomodar y acompañar en su sueño al inquilino al que le correspondía aquel sitio.
Conociendo las circunstancias, decidió observar el comportamiento de aquella familia a la que ahora tocaba investigar.
Seguramente era costumbre hacer durante el día gran parte de la actividad en la calle.
Quería conocer las entradas y salidas de cada uno para tratar de identificar a Zaira y buscar el mejor momento para abordarla.
La casa estaba en un edificio viejo, con paredes descorchadas, con dos pisos, a tenor de las ventanas que se veían.
Un gran portal de madera despintada, grande, de dos hojas, parecido al de un almacén, presidía la entrada y, a su lado, un ventanal con una reja.
Sobre ella aparecían otras dos ventanas, no demasiado grandes, de las que colgaban unos geranios sin flor.
Pasó por delante de la puerta, que estaba entreabierta, y vio a dos mujeres, una de ellas con el pelo blanco y otra más joven, sentadas en el zaguán, cosiendo.
Detrás de ellas se veía una gran cantidad de diferentes objetos amontonados.
Pensó que eran chatarreros y decidió esperar para comprobar el movimiento de las personas y tratar de hablar con Zaira o con Manuel.
No había pasado ni una hora cuando vio acercarse a dos jóvenes acarreando sendas bolsas llenas de víveres.
No tuvo dudas que se trataba de las dos gemelas.
Las vio entrar en la casa y pensó que no hacía falta esperar más para abordarlas.
Su objetivo no era otro que el de conocer el paradero de Manuel, ya que no sabían con exactitud dónde vivía, y por esto creyó que bastaría con hablar con Zaira en su casa sin necesidad de citarla en la comisaría.
Se acercó a la puerta y golpeó con los nudillos.
La más joven de las dos mujeres se levantó y, abriendo algo más el portón, preguntó:
—¿Dígame? ¿Qué quiere usted?
—Disculpe, venía a preguntar por Zaira Heredia González.
—¿Quién la busca? ¿Qué se le ha perdío por aquí? Zaira es mi hija. ¿Qué quiere de ella?
—Soy el sargento Simón, de la policía, y desearía hablar un momento con ella.
—¿La policía? ¿Y por qué? Mi chiquilla es muy buena y no ha hecho nada.
—¿Quién es? —preguntó desde el interior la mayor de las mujeres.
—La policía, madre, que viene preguntando por Zaira —respondió la hija.
—¿La policía? Dile que se vaya, que aquí no tiene nada que hacer. A nosotros no nos gustan los maderos, así que aire. ¡Fuera de aquí! —espetó la abuela a grito pelado.
—No se asusten, que no pasa nada —dijo Tomás tratando de tranquilizar el revuelo que se había creado al saber que era policía—. Zaira no ha hecho nada. En realidad, a quien busco es a Manuel Flores.
—¡Ay, el Manuel! Hace ya mucho que no viene por aquí. Es una mala pieza. Tuvimos que echarlo de casa porque nos infectó a la niña y era un peligro, perdido por las drogas esas. No sabemos nada de él. Que dios lo ampare y nos deje tranquilos —dijo alzando los brazos al aire.
—Déjeme hablar con Zaira, por si ella sabe dónde puedo encontrarlo.
—Bueno, ahora la llamo, pero la niña de aquí no sale, ¿eh?
—De acuerdo. Será un momento.
—¡Zaira, Zaira! —gritó a pleno pulmón desde la misma puerta—, baja, que un señor quiere hablar contigo.
La joven apareció al poco rato y miró con cara de extrañeza al policía que la esperaba en la puerta. Su hermana bajó con ella y al ver a Tomás preguntó:
—¿Quién es ese tío?
La que debía ser la madre de ambas les explicó el motivo de la visita, tras lo cual Zaira se dirigió hacia él mientras su hermana regresaba al piso superior. Zaira salió a la calle y ajustó la puerta para evitar que la oyeran.
—¿Qué quiere? Yo hace bastante que no veo a Manuel.
Cuando en casa supieron que tenía el sida y que me había contagiado, mis padres lo echaron.
Estuvimos bastante tiempo viéndonos a escondidas, pero era muy difícil.
Él vivía en la parte de detrás del bar de su primo, en el almacén. Allí puso una cama y allí dormía.
—¿Trabajaba? —preguntó Tomás.
—¡Qué va! Nunca hizo nada. Alguna vez ayudaba en el bar a su primo y trapicheaba con las drogas. Bebía mucho. Se pinchaba. Yo lo dejé porque ya no tenía remedio.
—¿Qué quiere decir que lo dejó?
—Que corté del todo. Ya le he dicho que lo veía de vez en cuando. Ahora ya no lo veo.
—¿Por qué lo hizo?
—Manuel estaba perdido. No dejaba las drogas, no tomaba la medicación, no iba a los controles, no hacía nada para que pudiésemos estar juntos.
Cada día estaba peor. La última vez quiso hacer la cosa sin condón.
Me forzó y tuve que escapar como pude. No diga nada, que mis padres no lo saben.
Le dije que tenía un novio, que me iba a vivir con él y que no me esperase nunca más.
—¿Y no lo ha visto más?
—No. Me han dicho que está muy mal. Por lo visto, está siempre cabreado, se ha vuelto violento, se pelea continuamente, lleva un cuchillo, en fin, que no es él.
—¿Sabe quién era el doctor Pie?
—No lo conocía. Sé que es el cabrón que le dijo a mi hermana que él y yo teníamos el sida ese y por eso mis padres lo echaron de casa. Nosotros nos queríamos y vivíamos bien. Aquel hijo de puta nos destrozó la vida.
—¿Sabe si Manuel intentó hacerle algo?
—No paraba de maldecirlo, de jurar contra él, de decir que lo mataría. Lo culpaba de todos sus males, pero no sé si hizo alguna cosa. Que yo sepa, no.
—¿Me puede decir dónde encontrarlo?
—No lo sé seguro. La última vez que lo vi…
—¿Cuándo fue? —interrumpió Tomás.
—Hará cinco o seis meses, no estoy segura. Seguía en el almacén del bar de su primo.
—¿Dónde está este bar?
—Es el bar Flores. Está aquí al lado, cinco calles más para abajo, nada más girar a la derecha.
—Muchas gracias por hablar conmigo. Ha sido de gran ayuda.
—¿Ha pasado algo? ¿Ha hecho algo malo?
—No, no se preocupe. Solo quiero hablar con él. No ha pasado nada grave. Gracias.
Tomás llegó a la esquina y giró como le había indicado Zaira, enfocando la calle Monistrol.
Anduvo hasta el quinto cruce y allí, frente a él, vio un gran letrero de madera pintado de marrón en el que se podía leer en letras de color ocre algo descolorido «Bar FLORES.
Taberna». Estaba situado sobre una puerta de madera con cristal que daba entrada al local, flanqueada por sendas pizarras en las que, escrito con tiza y faltas de ortografía, se anunciaba el menú del día y algún que otro manjar para tapear.
Era una estancia no muy grande, con una barra al fondo y seis mesas de mármol distribuidas en el espacio libre.
Estaba casi vacío. Pensó que a aquellas horas, las once y algo, los desayunos habían terminado y los aperitivos y comidas estaban por llegar.
Un solo cliente, un hombre de pelo blanco y piel amarillenta sentado frente a una copa y una botella de anís, permanecía allí, inmóvil, mirando a ningún lado, apurando su tiempo sin hacer nada.
Entró decidido hacia la barra y se dirigió a la persona que estaba tras ella. En la sala había poca luz, la suficiente para dejar claro que aquel hombre pertenecía a la etnia gitana.
—Buenos días. Venía a hablar con el señor Flores —dijo en tono amable.
—Ese soy yo —contestó el hombre.
—Perdone, creo que me he explicado mal. Busco a Manuel Flores Flores. ¿Es usted?
—No, qué va, ese es mi primo. No sé si está aquí. ¿Para qué quiere hablar con él? ¿Se ha metido en algún lío?
—No, hombre, no, al menos que nosotros sepamos. Soy el sargento Simón —dijo mientras enseñaba la placa— y estoy buscando información. He hablado con Zaira, su expareja, y me ha dicho que podría estar aquí.
—No sé si está. Es verdad que viene por aquí y duerme en el almacén. Entra y sale cuando quiere y a veces, cuando está bien, me ayuda. Voy a mirar si está durmiendo.
—Muchas gracias.
El hombre desapareció por la puerta que tenía detrás de la barra y regresó poco rato después.
—Ahora no está.
—¿Usted sabe dónde lo puedo encontrar?
—No. Cuando no está aquí se va a dar vueltas y no tengo ni idea de lo que hace y ni a dónde va.
—¿Trabaja?
—No, qué va, da vueltas no sé dónde. A veces vuelve pronto y se echa a dormir y otras aparece de madrugada, bueno, ya es casi de día, porque yo lo veo llegar cuando estoy abriendo el local. Está muy mal, muy enganchado a las drogas, y desde que Zaira lo dejó la cosa ha empeorado.
—Deduzco que va a ser difícil quedar con él aquí y encontrarlo, ¿no?
—Yo diría que imposible.
—Pues lo voy a tener que citar. Quería evitarlo, pero no me queda más remedio que hacerlo. Reitérele que me es imprescindible hablar con él y que, si no viene, tendré que dar una orden de busca y captura para llevarlo a comisaría.
—No se ponga usted así, buen hombre. Ya verá como irá a verle. No es una mala persona. Si hace falta, yo mismo lo acompañaré. A mí no me interesa que la pasma se deje ver por aquí.
—De acuerdo. Le quedo muy agradecido. Aquí tiene mi tarjeta. Detrás le he apuntado la hora, el día y la dirección para que vaya. Tiene mi teléfono. Por favor, si hay algún problema, llámeme. Si tengo que venir a buscarlo, lo haré discretamente. Se lo prometo.