Cuatro ochos 18 – Ramón Bonmartí i Rubió
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18 – Ramón Bonmartí i Rubió

Ramón Bonmatí i Rubió pertenecía a una familia acomodada y muy conocida de Igualada. Sus antepasados, llegados desde La Mancha a finales del siglo XIX, habían prosperado primero con la agricultura y después con la industria.

Ramón creció rodeado de comodidades, estudió con los jesuitas y, ya casado con Montserrat Camprubí, se puso al frente de una próspera ferretería. La pareja tuvo un único hijo, Joan.

Joan fue buen estudiante y destacó como portero de fútbol. A los diecinueve años, poco antes de enfermar, acababa de incorporarse al C. E. Sabadell.

—¿Qué te pasa, Joan? —preguntó Bonmatí a su hijo un día cuando este volvía de un entreno.

—No lo sé. Tengo un dolor muy agudo, intenso, aquí, en la pantorrilla. No me he dado ningún golpe ni he notado ningún tirón ni nada que lo pueda explicar. Duele mucho.

—Tómate una aspirina. A lo mejor, si te pones calor te alivia.

Lo más seguro es que habrás tenido un pequeño desgarro muscular por algún esfuerzo que has hecho sin darte cuenta.

En caliente no se suelen notar, pero al enfriarse el músculo son dolorosos.

Vete a dormir en cuanto puedas y mañana veremos.

—Sí, eso haré. Voy a cenar un poco y luego a la cama. Me tomo el calmante. Si mañana persiste, iré a ver al masajista del equipo.

Aquella noche Joan apenas durmió. Tenía un dolor insoportable en un punto de la pierna que de madrugada se acompañó de fiebre.

De repente empezaba a temblar sin ser capaz de controlar el movimiento del cuerpo y luego, cuando sus músculos se calmaban, sudaba en gran cantidad.

Por la mañana, las sábanas, el pijama e incluso la cama aparecieron empapados de sudor.

Al ver aquello su padre y su madre decidieron llevarlo al hospital.

Estaban realmente preocupados. A Joan le hicieron pruebas de todo tipo, análisis, radiografías, consultas a otros especialistas, en fin, todo lo que se debía hacer.

Bonmatí no paró ni un momento de exigir que no se escatimase en nada, que si hacía falta pagar algo, lo pagaría y que si en el hospital de Igualada no había suficientes recursos, que lo trasladasen a otro sitio.

Hacia las dos de la tarde, el responsable de urgencias llamó a los padres de Joan a su despacho.

—Hola, buenos días. Los padres de Joan, ¿no? —Ambos asintieron con la cabeza—. Mucho gusto —les dijo tendiéndoles la mano—. Soy el doctor Comas, jefe de urgencias. Tras los estudios realizados a su hijo creemos que el diagnóstico es de osteomielitis, es decir, una infección del hueso.

—¿Creemos, ha dicho creemos? —interrumpió Bonmatí—. Esto quiere decir que no saben lo que tiene, ¿no?

—Vamos a ver si consigo explicárselo —continuó, sin inmutarse, el doctor—.

Al principio, el diagnóstico de esta enfermedad es clínico.

La confirmación nos llegará con los resultados del cultivo de sangre, que suele tardar de tres a cinco días, con los resultados de la gammagrafía ósea que ya se ha pedido y con la evolución.

Como esta es la principal hipótesis diagnóstica, y ya hemos descartado otras patologías, mientras esperamos los resultados de las pruebas ingresaremos a Joan y, para no perder tiempo, iniciaremos el tratamiento antibiótico y vigilaremos la evolución.

Debe tener en cuenta que el tratamiento es largo, puede llegar a seis semanas, y que al principio debe ser endovenoso; por tanto, Joan quedará ingresado unos días.

La evolución nos dirá cuándo se puede ir.

Todo esto ya se lo hemos contado a él y está de acuerdo con nosotros.

—Muy bien. Lo ingresamos, ¿no? —dijo Bonmatí mirando a su esposa que asintió con la cabeza—. Una cosa más, quiero que lo ingresen en una habitación individual. Si hay que pagar algo, se paga.

—Haremos lo que podamos —respondió Comas con cara de pocos amigos.

Aquel primer día de ingreso, Joan lo pasó muy mal. Tuvo fiebre y dolor que no cedía con los calmantes. Pudo dormir muy poco. Por la mañana, alrededor de las diez y media, la puerta de la habitación se abrió y dio paso al doctor Pie, que iba acompañado de dos médicos muy jóvenes.

—Buenos días. Soy el doctor Javier Pie, médico responsable de la atención de su hijo. Ellos —dijo señalando a sus acompañantes— son el doctor García y la doctora Cols, médicos residentes del hospital.

—Buenos días. Ya era hora. Mire la hora que es y aún no había pasado nadie —dijo Bonmatí de forma insolente.

—¿Usted es…? —preguntó Pie.

—Ramón Bonmatí, padre de Joan, su paciente.

—Señor Bonmatí, para su conocimiento, a partir de las diez empezamos a pasar visita cada día porque de ocho a diez estamos haciendo otras cosas.

Supongo que hasta ahora ha visto usted a la enfermera más de una vez.

En caso de necesidad, ella nos avisaría.

—Sin inmutarse y dándole la espalda, se dirigió a Joan—: ¿Cómo estás? ¿Qué tal has pasado la noche?

—Está igual. Ha pasado muy mala noche, con fiebre y mucho dolor —contestó Bonmatí anteponiéndose a la respuesta de su hijo.

—Le he preguntado a él, no a usted. Joan ya es capaz de explicarme cómo se encuentra —dijo el doctor en tono autoritario y mirando al padre con cara de pocos amigos.

El doctor Pie habló un rato con el paciente y luego examinó la pierna enferma. Finalmente, se dirigió a todos y explicó la situación.

—Aún es pronto para valorar la evolución, ya que no llevamos ni veinticuatro horas de tratamiento.

Es normal que siga unos días así. Tenemos que esperar al resultado del cultivo para hacer algún cambio si es necesario.

También tenemos que esperar algunas pruebas que faltan, aunque no creo que nos hagan variar mucho lo que ya estamos haciendo.

Si te duele —siguió, dirigiéndose en esta ocasión al enfermo—, llama a la enfermera y te dará alguno de los calmantes que ahora te pautaré. Hasta mañana.

—¿No le van a hacer más pruebas para estar seguros de que tiene esto que usted dice? —preguntó el padre antes de que el doctor saliese de la habitación.

—¿Realmente piensa que si hicieran falta más pruebas no las hubiese pedido ya? Déjeme a mí, que sé lo que tengo que hacer. Me parece, y creo no equivocarme, que no entiende nada de esto, así que es mejor que no intervenga. —Salió de la habitación dando un portazo.

Los siguientes días transcurrieron sin cambios clínicos. El paciente seguía con dolor y fiebre. A partir del segundo día Javier trataba de pasar visita cuando el padre no estaba en la habitación intentando evitar los roces, que eran continuos. Al séptimo día no lo consiguió.

—Buenos días —dijo al entrar en la habitación.

—¿Buenos días? Serán para usted. Llevamos ya siete días y todo sigue igual o peor. ¿Tiene ya el resultado de los cultivos y las pruebas que estaba esperando? Nadie nos ha dicho nada.

Como vio que iban a discutir, Javier, que veía que las cosas no iban como debían ir y, a pesar de ello, quizás motivado por la actitud del padre, no quería dar su brazo a torcer, hizo salir a los padres para no hablar frente al paciente y, muy enfadado, en voz bastante alta y muy serio les dijo:

—Vamos a ver, empiezo a estar un poco harto de usted.

Si le digo que sí, ¿qué hará? Lo mismo que si le digo que no, porque no tiene ni idea de medicina, así que, por favor, cállese y deje a trabajar a los que sabemos.

¿Acaso cree que su hijo es el primer paciente con osteomielitis que trato?

Está usted delante de un especialista en medicina interna con una gran experiencia en tratar enfermos como su hijo.

Por si fuese poco, he dado un montón de conferencias y he publicado algunos estudios sobre el tema.

Por favor, compórtese, no haga el ridículo y déjeme trabajar.

—Usted será lo que sea, pero mi hijo no evoluciona y sigue como el primer día.

Esto no es lo que nos explicaron cuando ingresó.

Nos dijeron que el tratamiento era largo, pero es que sigue como entonces.

Algo raro debe pasar, ¿no? Será usted lo sabio que sea, pero la cosa no va bien, esto es evidente.

¿No sería mejor trasladarlo y que lo viera un especialista de los huesos o el que sea?

—Lo que faltaba. Ahora resulta que el que menos sabe del tema es quien va a decidir lo que hay que hacer.

—Las enfermeras y los residentes que acompañaban a Javier se miraban entre sí y no entendían la agresividad y la soberbia con la que hablaba—.

Entérese bien, aquí mando yo. Trasladamos a los enfermos que necesitan alguna prueba o algún tratamiento de los que nosotros no disponemos o no podemos realizar.

Este no es el caso. Su hijo seguirá aquí y quien decide lo que se debe hacer soy yo.

Si usted se lo quiere llevar, hágalo, allá usted.

Será el responsable de lo que le ocurra a Joan.

—¿No puede hacerle más radiografías o lo que sea? —dijo Bonmatí, casi implorando y mirando a su mujer, que empezaba a llorar.

—¡Vaya, hombre! Si tuviese usted la más mínima idea de medicina, sabría que más radiografías en este momento no nos ayudarían y solo servirían para irradiar sin motivo a su hijo. Yo le aconsejo que se calle y no diga más sandeces.

Estas últimas palabras fueron la gota que colmó el vaso y enfurecieron a Bonmatí, quien, con la cara enrojecida y los ojos que parecían salirse de las órbitas, le espetó:

—Muy bien. Me voy a callar. Escuche bien lo que le voy a decir: le aseguro que como a mi hijo le pase algo se va a acordar de mí. No descansaré hasta acabar con usted profesionalmente o como sea. —Se giró y entró con su mujer en la habitación.

Durante los siguientes días Joan fue empeorando.

Al dolor y la fiebre se añadió una tumefacción dolorosa de la zona, que además estaba enrojecida.

Bonmatí no hacía más que quejarse y suplicar, reclamar una y otra vez el traslado a otro hospital sin que nadie atendiese sus ruegos.

El doctor Pie continuaba empecinado en su diagnóstico pese a que sus compañeros le avisaron de que aquello no era normal.

Repitió los análisis de sangre, la gammagrafía y, finalmente, las radiografías, lo que permitió comprobar el error de diagnóstico y la gravedad del proceso.

Joan padecía un tumor maligno de muy mal pronóstico.

Javier no tuvo el valor de dar la noticia a la familia y pidió unos días de permiso huyendo del padre. No volvió al hospital hasta que Joan fue trasladado al servicio de oncología del Hospital Clínico de Barcelona, donde acabó falleciendo.

Bonmatí cumplió su promesa. Denunció al doctor Pie y se prometió a sí mismo que acabaría con él.