17 – Jueves, 18/11/2004 #2
—¿Qué pretendía con eso? ¿Tenía intención de hacerle daño?
Bonmatí se estaba desmoronando. Parecía un niño pequeño al que han pillado haciendo una travesura, algo prohibido. La insistencia y la presión a la que estaba sometido lo hacían dudar, temer la posibilidad de cometer errores y provocar dudas en los entrevistadores.
—En un primer momento, sí. Necesitaba vengarme.
—Me está diciendo que, si lo llega a pillar, lo hubiese matado. Si no recuerdo mal, en sus cartas, esta era la amenaza.
—Ganas no me faltaban, lo confieso. No sé si hubiese sido capaz de hacerlo. Alguna vez estuve cerca de él y no me atreví a nada. Creo que era un deseo y poco más.
—Si no me equivoco —siguió Tomás—,le ha mandado cartas hasta poco antes de su muerte. ¿Diría que aún persistía este deseo de venganza?
—No es lo mismo. Al principio estaba dominado por la rabia, el rencor. Ahora ya no siento eso, aunque sigo pensando que era un hijo de puta y que merecía morir. De todas maneras, les juro que yo no he sido. —La voz de Bonmatí era débil, temblorosa.
—¿Sabía dónde vivía el doctor?
—Sí.
—¿Dónde?
—En la calle Craywinckel, en… —Bonmatí no pudo acabar porque Tomás lo interrumpió.
—No, no le hablo de antes, sino de ahora. ¿Dónde vivía ahora?
—En Vallvidrera —respondió muy turbado bajando los ojos, sabiendo que había sido descubierto.
—Por tanto, conocía su vivienda actual.
—Sí. Un día lo perseguí cuando salía del hospital hasta su nuevo domicilio.
—Esto habrá sido recientemente, pues tengo entendido que no hacía mucho tiempo que vivía allí —siguió el policía—. ¿Con qué intención quería saber dónde vivía?
—Hará unos cuatro meses. Las últimas cartas que mandé me habían sido devueltas y quise averiguar la nueva dirección. Deseaba que siguiese recordando lo que me hizo.
—Por tanto, usted ha estado en el caserón.
—Sí, lo vi. Fui allí, vi dónde vivía y me marché. Ya sabía dónde escribirle. Sé que lo que estaba haciendo solo servía para incordiarlo, para nada más. Yo solo pretendía que no se olvidase de lo que había hecho. Necesitaba hacerlo.
—Y ha seguido mandando cartas.
—Sí. La última hace unos meses, cuando descubrí su nueva casa.
—Es decir, seguía odiándolo, buscando venganza.
—No, ya no. Tengo que reconocer que no me ha dolido su muerte. Para mí ha sido un alivio. Creo que ahora podré pasar página o, al menos, eso espero. Pese a todo, insisto, yo solo quería que él no se olvidase de lo que hizo.
—¿No le extraña que lo hayan asesinado?
—Era una mala persona, un verdadero hijo de puta, o al menos así se comportó conmigo y con mi familia y jamás lo perdonaré, vivo o muerto. En un momento de mi vida quise hacerle todo el daño posible, pero fui incapaz.
—Hasta que planeó con esmero el plan para deshacerse de él —dijo muy serio Tomás.
—No se equivoque. Si lo que pretende decir es que yo lo maté, comete un grave error. Ya se lo he dicho antes y lo repito, yo no fui —dijo muy enfadado.
—¿Dónde estuvo el día del accidente? —preguntó Lucía tratando de rebajar la tensión
—En casa, con mi mujer.
—¿Cómo sabe el día en que murió? —intervino Tomás con rapidez.
—Lo leí en el periódico y se comentó en Igualada porque nuestro caso fue muy conocido.
—No sé si se acuerda, pero al principio de nuestra entrevista parecía que se había enterado por habladurías, incluso nos ha hecho dudar de si lo sabía o no.
Ahora resulta que conoce el día exacto en que ocurrió y, sin dudar ni un segundo, recuerda lo que hizo aquel día.
Parece un poco raro, ¿no? ¿Sabe algo más?
Supongo que nos está diciendo la verdad —dijo la inspectora.
Al oír las palabras de la policía, Bonmatí se puso muy nervioso.
Empezó a moverse en la silla como si sus nalgas no soportasen el peso del cuerpo, cogía objetos de la mesa, bolígrafos, clips, y los dejaba al instante.
Bajó la cabeza y se mantuvo callado un buen rato, tras el cual reinició el diálogo.
—Esto está tomando un cariz que no me gusta. Yo he venido aquí sin saber de qué iba la cosa. Ustedes me están intentando culpar de algo que no he hecho. No voy a hablar más. Les he contado la verdad, todo lo que sé. Si quieren seguir hablando conmigo, será cuando esté con mi abogado.
—Usted decide. Nuestra obligación es investigar y esclarecer los hechos.
Ha tratado de ocultarnos cosas, así que no se preocupe, que, si es necesario, le citaremos otra vez y podrá venir con su abogado.
Permítame que le haga una última pregunta.
Si quiere la contesta y si no, no lo haga. ¿Tiene usted una moto?
—Sí. Tengo una moto de 500 cc, de color rojo. ¿Algo más?
—No, nada más. Muchas gracias por haber venido.
—De acuerdo. Buenos días. Adiós.
—Hasta pronto diría yo, porque me temo que nos volveremos a ver —dijo Tomás mientras Bonmatí salía.
—¿A qué ha venido lo del final? —preguntó Lucía una vez solos en el despacho.
—No sé si es culpable o no, lo que sé es que se siente culpable. Si fue quien lo hizo, el ponerle nervioso como he hecho puede hacer que cometa algún error y allí es donde podemos pillarlo. Haré que lo vigilen —respondió Tomás.