Cuatro ochos 17 – Jueves, 18/11/2004
61%

17 – Jueves, 18/11/2004

Bonmatí se hizo esperar algo más de lo habitual y llegó con casi una hora de retraso. Los policías lo estaban esperándo, ella leyendo papeles oficiales y él repasando algunos datos en su libreta.

Acompañado de Albanell, la puerta del despacho dio paso a un hombre muy enojado y agresivo.

—Buenos días —dijo al entrar—. Esto de hacerme venir a Barcelona a las nueve de la mañana es la cosa más absurda que hay.

¿No saben que a esta hora hay una caravana de cojones?

Una hora casi entera he tenido que estar con el coche parado.

Bueno, del todo no porque íbamos avanzando metro a metro hasta llegar aquí.

—Lucía y Tomás oían estas palabras mirando atónitos al recién llegado—.

Ahora supongo que me explicaran qué coño hago yo aquí. ¿Para qué me han llamado?

—Buenos días, señor Bonmatí, porque supongo que usted es el señor Bonmatí, ¿no?

—Y sin esperar respuesta siguió—: Soy la inspectora Serra y él es el sargento Simón.

Veo que ha llegado usted un poco cabreado —dijo en tono suave, aunque muy seria—, y lo sentimos.

Nuestra obligación es hablar con usted y le hemos citado a la hora que podemos hacerlo, ya que, como podrá imaginar, esta conversación no es la única cosa que tenemos que hacer hoy.

Habíamos pensado incluso que, si venía pronto, se podría ir también pronto y así no tendría que desatender más de lo imprescindible su negocio.

Ya veo que, a pesar de nuestra buena intención, hemos cometido un craso error, aunque estoy convencida de que, si hubiese venido a otra hora, también se estaría quejando, así que dejémoslo correr y vamos al grano.

—Totalmente de acuerdo. Dígame, ¿qué hago yo aquí?

—¿Usted conocía al doctor Pie? —preguntó ella en un tono un poco más amable.

—Tanto como conocerlo, no. Tuve la desgracia de que se cruzara en mi camino y por su culpa mi hijo falleció.

—¿Sabe que el doctor Pie ha muerto?

—No lo sabía, bueno, sí, algo había oído en la tienda, pero solo eran rumores. Saberlo a ciencia cierta, no lo sabía. Se comentaba que había tenido un accidente.

—¿En qué quedamos? ¿Lo sabía o no lo sabía? —intervino el sargento en tono autoritario.

—Sí, lo sabía. ¿Qué tiene que ver esto conmigo?

—Ahora se lo explicaremos o, mejor dicho, a lo mejor nos lo tiene que contar usted, porque digo yo que algo tendrá que decir de su relación con el doctor —insistió Tomás con cara de pocos amigos.

Estas últimas palabras y los modos del sargento acabaron con la actitud altiva y agresiva del comerciante.

Como si de un globo que acaban de pinchar y empieza a desinflarse se tratase, Bonmatí aflojó toda la musculatura, se hundió, se hizo pequeño en su silla y cambió el tono de voz. Parecía un animalito acorralado.

—¿Qué quieren saber? —dijo sumiso mientras Tomás esbozaba una sonrisa como queriendo decir «aquí te quería tener».

—Nos interesa conocer todo lo que sabe, cuál fue su relación con el muerto, cómo lo conoció, lo que pasó, en fin, todo, absolutamente todo lo que nos pueda aportar —dijo Lucía, volviendo a tomar las riendas de la entrevista—.

Por cierto, no sé si es conocedor de que el doctor Pie no tuvo una muerte accidental —hizo una pequeña pausa para valorar la reacción de su interlocutor—, fue asesinado.

Por esto está usted aquí, ya que nosotros estamos obligados a investigar y, si podemos, averiguar lo que ocurrió.

—Espero que no me estén culpando de su muerte. ¿Qué quiere que le diga? Si lo mataron será porque alguien más lo odiaba como yo, pero yo no fui. No lamento ni que esté muerto ni que lo asesinaran. Era un malnacido.

—No sé si se da cuenta. Con lo que acaba de decir está usted justificando su presencia aquí y que le estemos interrogando, que no acusando, al menos por ahora —intervino el sargento—. Cuéntenos lo que pasó en el hospital, por qué lo denunció y todo lo que ocurrió después.

—Les aseguro que yo no lo maté.

—Nadie lo ha dicho. Por esto necesitamos que nos cuente su historia —dijo Lucía.

—Está bien. Les contaré lo que sé —contestó Bonmatí viendo que no tenía escapatoria—.

Mi hijo Joan, un joven fuerte, deportista, de vida muy sana, mi único hijo, ingresó cuando tenía diecinueve años en el hospital de Igualada aquejado de una fiebre muy alta y un dolor intenso en el muslo.

Tras realizarse analíticas, radiografías y otras pruebas nos dijeron que tenía una infección en el hueso, lo ingresaron y le dieron tratamiento antibiótico endovenoso.

A los cinco días seguía igual o peor. El dolor era insoportable a pesar de los calmantes, la fiebre no bajaba y el muslo parecía hinchado y rojo.

Yo estaba desesperado y pedí hablar con el médico responsable, que era el doctor Pie.

Le expliqué mis cuitas, le dije que, a mi entender, la evolución no me parecía normal y le pedí permiso para trasladarlo a otro hospital y así disponer de otra opinión.

Su respuesta fue grosera, maleducada, ofensiva, vaya, lo peor que he visto en mi vida.

Con sus palabras me dio a entender que yo era un ignorante, un exigente, que lo había ofendido y, además, insinuó que mi hijo estaba siendo atendido por el mejor médico del mundo.

En resumen, me sentí como una mierda. Mi hijo siguió empeorando y unos quince días después, durante los cuales estuve reclamando insistentemente el traslado a otro centro hospitalario o, al menos, otra opinión, me comunicaron que lo que tenía no era una infección del hueso, sino un cáncer maligno, un tumor de Ewing.

Unas semanas más tarde, Joan falleció. El gran sabio la había cagado, había cometido un error de diagnóstico y se habían perdido quince preciosos días que a lo mejor podían haber salvado la vida de mi hijo.

—Esto son cosas que pueden ocurrir, ¿no? —interrumpió Lucía—. Los médicos no son infalibles.

—Soy muy consciente de ello. He hablado con muchos especialistas y me han contado que esto puede ocurrir los primeros días.

No quince días después. Puedo llegar a aceptarlo, no a entenderlo, después de las muchas veces que le visitó y las muchas advertencias y ruegos que le hice.

Lo que no admito de ninguna manera es que el doctor Pie no quisiera reconocer su error por orgulloso, por prepotente.

Nunca aceptó su equivocación y fue incapaz de justificar la forma en que me había tratado.

Esperó mucho más de lo debido para el diagnóstico despreciando mi angustia y la de mi mujer y la vida de mi hijo.

Su ego pudo más que cualquier otra cosa y nos costó la vida de Joan.

El trato que nos dispensó y el menosprecio con el que nos despachó no tienen perdón.

Llegó a decir o dejar entrever que él era casi Dios.

Lo peor de todo fue que, en el momento en que se descubrió el error y se conoció que Joan tenía un cáncer, el muy cabrón desapareció.

No lo vimos más. No se atrevió a comunicarnos el diagnóstico.

Lo tuvo que hacer otro médico del hospital al que apenas conocíamos.

No vino a excusarse, ni a pedir perdón, ni a aguantar el chaparrón que le hubiese caído.

Jamás volvimos a verlo. Con un buen diagnóstico o un médico humano, comprensivo, a lo mejor Joan estaría vivo.

De haber empezado el tratamiento quince días antes, la evolución podía haber sido otra.

—De acuerdo. Sea como sea, usted culpa de la muerte de su hijo al doctor Pie. ¿Qué hizo cuando su hijo falleció? —terció Tomás.

—Puse una denuncia. Esa es otra.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Lucía.

—Que existe un corporativismo exagerado entre los médicos y que unos cubren a otros y esconden los errores.

—¿Perdió usted el juicio?

—Sí. Si al hecho de que parecía que no había pasado nada, que todo había sido correcto, según el juez, y que el único imbécil que había allí era yo, que había perdido un hijo, se lo puede llamar juicio, pues sí, lo perdí.

Tuvo lugar cuatro años después de la muerte de Joan y el tío salió de la sala de vistas mirándome como si el hijo de puta fuese yo y no él.

Solo me sirvió para saber que la justicia es una mierda.

Es todo menos justicia. Acabaron diciendo que sí, que había habido un error diagnóstico inicial, pero que nada habría cambiado aunque se hubiese hecho el diagnóstico antes.

¿Cómo coño saben ellos lo que podía haber ocurrido?

¿No son los médicos los que dicen que el diagnóstico precoz es lo más importante?

Pues en el caso de mi hijo la cagaron y tardaron más de lo debido en hacerlo.

—Comprendo su enfado. Lo que ocurre es que, como la justicia declaró que el doctor era inocente, decidió tomarse la justicia por su mano —dijo Tomás.

—¿Insinúa que yo lo maté?

—No, por favor, nadie ha dicho esto. No sabemos quién lo mató. Lo que sí sabemos es que usted amenazó al doctor. ¿Es así? —preguntó el sargento.

—Tienen que entender que yo estaba indignado.

Lleno de rabia. Nadie me convencerá de que de haber hecho las cosas bien mi hijo podría estar vivo.

Podría aceptar que a lo mejor hubiese evolucionado como lo hizo, pero se hizo mal, y lo que no conseguí perdonar nunca fue su trato vejatorio, su desprecio, su menosprecio, sus ganas de humillarnos continuamente, su actitud de superioridad, de creerse un dios. Sí, tiene usted razón, lo amenacé.

—Cuéntenos lo que hizo.

—Le escribí cartas en las que le advertía que me vengaría, que le haría pagar su negligencia. Quería que fuese consciente del daño que me había hecho y que yo no olvidaba. Al principio fueron muchas. Poco a poco fueron disminuyendo.

—Nosotros tenemos entendido que no fue lo único que hizo —continuó Tomás.

—Tiene razón. Lo perseguí —dijo Bonmatí cada vez más nervioso.

—¿Qué significa que lo persiguió? —insistió el sargento.

—Fui a su casa, lo vigilé, lo seguí, me acerqué a su coche, me encaré con él, lo increpé y lo insulté.

—¿Muchas veces?

—Unas cuantas. No demasiadas.