Cuatro ochos 16 – Martes, 16/11/2004
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16 – Martes, 16/11/2004

—Buenos días, jefa —dijo Tomás al entrar en el despacho.

—Buenos días. ¿Cómo va todo? —respondió Lucía.

—Bien. ¿Qué tal Pablo? ¿Qué te ha dicho el médico?

—Está mucho mejor. Todo va bien, de acuerdo con lo previsto.

Las heridas están sanando y dentro de muy poco ya se va a poder reincorporar a la escuela.

Está ansioso por hacerlo. Lo ha pasado mal, pero su autoestima ha aumentado de forma espectacular.

Durante estos días ha estado en contacto con Raúl, el chivo expiatorio, y han acordado volver juntos a clase.

En este tiempo no ha parado de recibir muestras de apoyo de alumnos y profesores en mensajes, llamadas y visitas y se siente orgulloso de lo que hizo.

Algunos compañeros lo han alabado por su comportamiento y le han confesado que ellos veían lo que ocurría sin atreverse a mover ni un dedo.

Esa pandilla los tenía acojonados. La heroicidad de Pablo ha conseguido que la mayoría de ellos reaccionen y han prometido ayudarlo para evitar que algo parecido pueda volver a ocurrir.

Y no solo los de su clase, muchos de otros cursos también lo han felicitado.

—¿Y la escuela ha hecho algo?

—Ayer, después de la visita con el médico, tuve una reunión con el director, el tutor y algunos profesores.

El primer día, inmediatamente después de lo ocurrido, fui a verlos y les dije de todo, puedes imaginarte cómo estaba de enfurecida.

Los amenacé con denuncias a la policía, al juzgado, a todo lo que se me ocurrió.

Luego recapacité y pensé que era mejor dejar pasar unos días, ver cómo reaccionaban, qué medidas tomaban, y abordar el tema con sosiego.

—¿Ha ido bien? ¿Han hecho algo?

—Sí, la verdad es que sí. Empezaron por lo más fácil, que fue expulsar a los agresores durante un mes, salvo al mayor, el que parecía ser el cabecilla, que ha sido derivado a otra escuela.

Han hablado con los padres de los agresores para explicarles lo que ocurría y el motivo del castigo.

Por cierto, los padres de uno de los chavales me han llamado para excusarse por lo que había hecho su hijo e interesándose por la salud de Pablo.

Los otros no han dicho ni mu. También han contactado con un equipo de psicólogos especializado en el tema, aunque hay que reconocer que nadie tiene demasiada experiencia.

—Bien, ¿no? Espero que en esta ocasión hayas estado más contenida.

—Sí, la reunión fue muy fructífera. Este equipo de psicólogos está trabajando también con los profesores enseñándolos cómo detectarlo, gestionarlo cuando se produce y, sobre todo, prevenirlo.

Me explicaron que, según los psicólogos, es un problema que se debe resolver en la escuela y, lo más importante, deben resolverlo los chicos, ellos solos, bueno, con ayuda profesional, pero sin grandes intervenciones de los profesores y otros adultos.

En este caso, la acción de Pablo ha sido muy útil y ha servido para hacer reaccionar a bastantes y esto ayudará muchísimo.

No me puedo quejar. Me han hecho entender, con buenas palabras y razonamientos lógicos, que todo lo que dije de las denuncias y la policía no tiene ninguna utilidad en estas situaciones.

He reconocido que tenían razón y he pedido excusas por mi actitud.

Les he comunicado que, en pocos días, Pablo y Raúl se reincorporarán y se han comprometido a preparar a los compañeros para recibirlos.

—A raíz de lo de Pablo busqué casos de acoso escolar y, como es lógico y como te dijeron en la escuela, en nuestros archivos no hay nada.

Luego hablé con un amigo pedagogo que trabaja en la Conselleria d’Educació y me contó que este tema del acoso escolar empezó a conocerse como tal con motivo de un estudio publicado fuera de España hacia 1980 o así, aunque es un problema mucho más antiguo al que no se hacía demasiado caso.

Es muy posible que la explicación resida en el hecho de que o era menos frecuente o no se detectaba.

Ya sabes, nadie encuentra lo que no conoce.

Aquí, siempre nos ocurre igual, nos dimos cuenta de su existencia un poco más tarde que en otros países, así que, como tú dices, es bastante nuevo y hay poca experiencia.

¿Has mantenido la denuncia a los chavales?

—Sí. Seguramente no es lo más correcto después de todo lo que he oído, pero, por mucho que se arrepientan, tienen que asumir las consecuencias de lo que hacen.

Un poco de interrogatorio en comisaría los ayudará a comprender que lo que hicieron fue muy serio y no les irá mal.

Tampoco pasará nada más por su edad. Un pequeño susto.

Los psicólogos de los que te he hablado van a trabajar con ellos, si pueden.

En estos temas, para que todo vaya bien es necesario que ellos, principalmente, y también la familia colaboren y quieran ayuda.

Ya veremos. Después de lo mal que lo pasé, ahora estoy más tranquila y contenta de cómo van las cosas.

—Y orgullosa de tu niño, claro.

—Por descontado. Es una gran persona. Ahora háblame de ti. ¿Qué hiciste ayer? ¿Investigaste algo?

—Pues sí. A ver si te vas a creer que cuando tú no estás las cosas se paran y vamos perdidos —dijo sonriendo.

—Ya sé que no. Hasta es posible que vayan mejor.

—Como ya sabes, tenemos tres personajes —señaló el panel de corcho donde había tres cartulinas con un nombre, sin foto y sin ningún comentario—que se relacionaron con el doctor y de los cuales sabemos muy poco.

Yo creo que no debemos interrogarlos sin saber nada de ellos.

Ayer empecé a investigarlos. Tengo a Albanell buscando en los ordenadores y siguiendo la vida de dos de ellos.

Yo ayer fui a Igualada para saber algo más de lo ocurrido en el hospital, averiguar el porqué de la denuncia y quién es Bonmatí.

—¿Y?

El sargento explicó con detalle, consultando de vez en cuando su libreta para ser fiel a lo escrito en la historia clínica, lo que conoció de la vida del comerciante igualadino. Además, le dijo que lo había citado en comisaría en cuarenta y ocho horas para interrogarlo.