Cuatro ochos 15 – Lunes, 15/11/2004
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15 – Lunes, 15/11/2004

Aprovechando que Lucía se había tomado el día libre para dedicarlo a su hijo Pablo y mantener algunas entrevistas en la escuela por la agresión recibida, y tal como había acordado con ella tras el interrogatorio de Clara, aquella mañana Tomás empezó la investigación de los sospechosos que aún no conocían.

Ambos creían que era interesante tener información sobre ellos antes de entrevistarlos.

Eran conscientes de que algunas de las declaraciones habían puesto de manifiesto pequeñas contradicciones o verdades incompletas y que, por tanto, habría que retomarlas.

Esto, sin embargo, no era un impedimento para realizar un trabajo paralelo y avanzar en el conocimiento de todos los posibles culpables.

Sentado en su mesa, ubicada en un pequeño espacio, aislado de todos los demás compañeros, disponía de tranquilidad para pensar y planear los siguientes pasos.

Empezó por lo más fácil. Cogió la sentencia que habían encontrado en casa de Javier y buscó información sobre el nombre del que se había querellado contra él: Ramón Bonmatí i Rubio.

Anotó en su libreta los datos obtenidos y se puso a investigarlo.

Se trataba de un hombre de sesenta y un años, casado, con domicilio en Igualada y propietario de un pequeño comercio.

Puesto que quería consultar el historial de Joan Bonmatí, hijo de su sospechoso, para conocer lo que sucedió, decidió desplazarse al hospital de la ciudad y ver de cerca el domicilio y el negocio y obtener toda la información que le fuese posible sobre Bonmatí.

Avisó a sus compañeros de cuál era su intención por si la inspectora preguntaba por él, cogió su chaqueta y se fue.

La visita al hospital, que fue lo primero que hizo, resultó muy fructífera. Tras justificar el motivo de su solicitud y de haberse identificado como investigador de un asesinato, le facilitaron el acceso al historial clínico del joven Joan.

—Creo que es el dosier clínico que he fotocopiado más veces en mi vida —dijo el encargado del archivo—. Primero fue el juzgado, luego los médicos forenses, el doctor Pie, creo que se llamaba así, el director del hospital y alguno más que no recuerdo. Le agradezco que solo quiera consultarla.

—De poco me serviría a mí tanto conocimiento médico. Mi intención es únicamente mirar algunos detalles. Gracias —respondió Tomás.

Casi nada de lo allí escrito tenía interés para él y poco entendía de mucho de lo que contaba.

La visión global que tuvo fue la que ya conocía.

Un error de diagnóstico, retraso en el tratamiento y mala evolución hasta la muerte del joven y una familia enfadada que culpaba a los médicos del error y del fallecimiento.

Lo que le llamó la atención fue el ver que en múltiples anotaciones de enfermería se constataban las continuas quejas de los progenitores, especialmente del padre, por la mala evolución de la enfermedad.

Se detuvo en una observación escrita por la enfermera, que correspondía al séptimo día de ingreso, en la que constaba: «Durante el pase de visita, el padre se ha puesto muy agresivo, violento, dudando de la capacidad del equipo para resolver el problema de su hijo.

El doctor Pie le ha contestado de forma muy dura, tras lo cual se ha producido un fuerte enfrentamiento verbal entre los dos.

El padre ha despedido al doctor advirtiéndole que, si a su hijo le pasaba algo grave, se lo haría pagar».

Las notas sobre la actitud agresiva y disconforme del padre aparecían en más lugares. Tomás anotó esta en su pequeña libreta, así como las fechas de las otras, añadiendo algún comentario personal.

Salió del centro hospitalario convencido de que aquella discusión, unida a la mala evolución de la enfermedad, había sido el desencadenante de la denuncia. Bonmatí así se lo había advertido al doctor Pie.

Entre el viaje, la espera para conseguir consultar la historia y su lectura se había hecho tarde.

Se acercaba la hora de comer y Tomás aprovechó el poco tiempo que quedaba para intentar visitar el comercio de Bonmatí.

Era una ferretería, grande y muy conocida en la ciudad.

Entró en ella sin llamar la atención, tratando de observar a las personas que allí estaban.

Además de algunos clientes, había dos muchachos jóvenes ataviados con una bata azul eléctrico y un hombre mayor, también con bata azul, en la caja.

Intuyó que aquel era Ramón Bonmatí. Lo observó durante un corto rato, tratando de no hacerse ver, y se marchó. Lucía y él habían acordado que lo interrogarían juntos en la comisaría, por lo que estaba fuera de lugar hablar con él o darse a conocer.

Salió de allí satisfecho. Le gustaba conocer a sus sospechosos en su salsa.

Cuando podía hacer lo que acababa de hacer, acostumbraba a salir con una impresión sobre la culpabilidad o no de aquella persona.

Estaba convencido de que aquello lo ayudaba en el interrogatorio.

Dio un breve paseo por los alrededores y los exploró hasta encontrar un lugar para comer.

Era exactamente lo que buscaba. Un bar pequeño, familiar, con muy pocas mesas, en el que el dueño, un hombre de unos cincuenta años, era el único camarero y empleado y su esposa, la cocinera.

El bar La Gamba estaba a unos cien metros de la ferretería Bonmatí.

El acento andaluz de Joselu, nombre del bodeguero, facilitó que muy pronto los dos entablaran conversación sobre su tierra natal.

De esta forma, supo que su paisano llevaba ya mucho tiempo en Cataluña, siempre regentando aquel local, y que, por tanto, era conocedor de lo que ocurría en la ciudad.

Con la habilidad de un profesional, Tomás fue conduciendo la charla hacia la familia del joven fallecido.

La tienda había sido inaugurada por el padre de Ramón y este había continuado el negocio.

Era la ferretería más importante de la comarca y todo el mundo la conocía.

Supo que los Bonmatí eran una familia burguesa, adinerada, conocida en la ciudad, gente creyente, de misa los domingos y seguidora de las tradiciones.

Según le contó Joselu, su vida había cambiado desde la muerte, según él, a causa de una «cagada» médica, del único hijo varón, Joan.

Desde aquel momento, Bonmatí ya no fue el mismo.

Tuvieron cerrada la ferretería durante tres meses, más o menos.

Luego, según la versión de Joselu, basada en habladurías, la familia puso una denuncia que no consiguió su objetivo.

El doctor quedó exculpado de la muerte del joven.

El camarero explicó que durante aquel tiempo en la ferretería solo se hablaba de esto, pero que cuando el proceso terminó, Bonmatí no pasó página.

A la que podía, en cualquier conversación aludía al tema, despotricando de los médicos y de la justicia, Para Joselu, desde aquel suceso se había convertido en un hombre resentido, seco, poco amable y taciturno.

Tomás escuchó y preguntó maliciosamente al dueño del bar y, en cuanto le fue posible, anotó todo lo que había oído en su libreta.

Salió de La Gamba aún más satisfecho que de la ferretería.

No había descubierto nada especial; sin embargo, estaba contento de haber conocido un poco a su sospechoso y convencido de que todo aquello le sería de utilidad para el interrogatorio.

Antes de salir del local supo que don Ramón Bonmatí se desplazaba por Igualada en una moto.

Su paisano no supo decirle qué moto era, pero le aseguró que era de gran cilindrada.