Cuatro ochos 14 – Traiciones #4
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14 – Traiciones #4

—Eres un poquito cabrón. Quieres aprovecharte de mí y no sé si es correcto hacerlo.

—Tienes razón, pero esto no quita que me ayudarías muchísimo. —Y mientras decía esto, bajó la mano hacia sus genitales y empezó a acariciarle el clítoris.

—Eres incorregible. Lo haré porque te quiero. No sé si te los podré dar todos, pero al menos los más importantes.

Marta acarició su pene hasta conseguir una erección completa. Luego se subió sobre él, que estaba tendido de espaldas, se lo introdujo en la vagina y empezó a moverse hasta lograr el orgasmo de ambos.

Cumpliendo su compromiso, Marta empezó a proporcionar a su amante gran parte de la documentación que había conseguido para Román.

Este utilizó el esfuerzo de su compañero, leyó los trabajos que Román había señalado como los más importantes y elaboró un esbozo de un proyecto de investigación.

Él sabía que era un simple esquema inicial, que no tenía ni el rigor ni los detalles que requería un verdadero proyecto para una tesis doctoral.

También sabía que era suficiente para conseguir lo que en este momento pretendía. Pidió una cita con el profesor Bellido.

—Buenos días, doctor. Gracias por recibirme —dijo al entrar en el despacho.

—Buenos días. Estoy encantado de verte, doctor Pie. No es muy frecuente ver a un clínico en el despacho de un jefe de laboratorio, así que estoy contento de tenerte aquí. ¿En qué puedo ayudarte?

Bellido era un hombre de unos cincuenta y pocos años, doctor en medicina y profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona.

Dirigía desde hacía unos siete años el laboratorio de enfermedades infecciosas del Hospital Vall d’Hebrón.

Su motivación principal consistía en abrir líneas de investigación, dirigir tesis y trabajos con temas novedosos.

Javier, que se había informado convenientemente de todos estos hechos, había acudido a la visita con una selección de los trabajos consultados.

Explicó su proyecto y la bibliografía recogida y con ello enamoró al profesor.

—Te felicito de todo corazón, Pie. Has tenido que pasar muchas horas leyendo para hacer una selección de publicaciones como esta.

Tu proyecto, como esbozo inicial, es bueno.

Habría que hacer algunos cambios y algunas correcciones capaces de evitar errores estructurales que pudiesen alterar el valor de los resultados.

Para empezar, está muy bien. Aquí tienes un trabajo que podría servir para hacer la tesis doctoral, si aún no la tienes.

A mí me puede servir para convencer al gerente y conseguir la introducción de nuevas técnicas en el laboratorio.

No puedo hacer otra cosa que felicitarte y agradecerte que me hayas venido a ver.

¿Ya has hablado de esto con tu jefe? Tiene que estar orgulloso de que alguien haya tenido la idea de hacer este estudio.

—No, profesor, aún no he hablado con él.

He venido a verle a usted primero porque he pensado que, al ser una técnica nueva de laboratorio, a lo mejor alguien de su equipo podría aprovechar y hacer un estudio paralelo.

También he pensado que, al ser necesaria una gran implicación del laboratorio, usted podría ser mi director.

Mi presencia aquí también es para pedirle esto, si quiere usted dirigir mi tesis doctoral.

—Nada me encantaría más. Por mi parte, la respuesta es un sí.

Pienso que es una gran idea. Para mantener las formas y evitar malentendidos, deberías hablarlo con Miranda por si él quiere ser el director de la tesis.

Si no hay contraorden, pide una nueva cita a mi secretaria, la encontrarás al salir, para que podamos empezar a trabajar.

De camino hacia el despacho de Miranda, Javier planeó cómo enfocar el tema.

Debía plantear la situación al revés de como había sido, es decir, hacer creer que la idea había surgido del laboratorio, que él se había enterado por casualidad y que, pensando que era algo bueno para el servicio y para él, había ido a hablar con el doctor Bellido y que este le había ofrecido la posibilidad de realizar el estudio bajo su dirección.

Entró en el despacho del jefe de servicio y le dio la noticia, tal como había planificado, ante la cara de estupefacción de Miranda.

Aquella tarde, Clara acudió a casa de su amante decidida a contarle su decisión de acabar su relación con Román.

Estaba enamorada de Javier. Quería a Román por todo lo que habían vivido, porque era un buen hombre y no quería hacerle más daño del necesario.

Ella tenía dudas de plantear a Javier el vivir juntos.

Lo que tenía claro es que quería dejar el doble juego y quería ser libre para poder gozar de su relación, acabase como acabase.

No había avisado de su visita y él no la esperaba.

No hacía mucho que Marta acababa de irse.

Al verla entrar, él palideció. Sobre la mesa de trabajo en que se encontraba reposaban un montón de las publicaciones seleccionadas por Román que Marta le había proporcionado.

—¡Sorpresa! —dijo Clara. Se quitó el abrigo y lo colgó en el recibidor—. Hola, cariño.

—¿Qué haces tú aquí a estas horas? —respondió muy serio y arisco, como dando a entender que no le gustaba su presencia.

—Tengo algo importante que decirte. Quería hablar contigo y por esto he decidido venir en cuanto he podido. —Se acercó a la mesa para darle un beso.

Él empezó a actuar como un niño pequeño al que pillan haciendo una fechoría y, con evidente torpeza, trató de recoger, de esconder, los artículos científicos que tenía allí amontonados.

—¿Qué estás haciendo con tantos trabajos? —preguntó Clara mientras lo besaba.

—Estoy preparando un proyecto de investigación.

—No está mal el follón que tienes aquí. No me habías dicho nada.

Clara cogió una de las separatas y leyó su título: Inhibition of Elastasa from Granulocytes by the Low Molecular Weight Bronchial Proteasa Inhibitor . Mientras ella leía el título, él trataba de recoger el resto de los trabajos y alejarlos de su vista.

—¿Tú también estás con la elastasa? —preguntó sorprendida al mismo tiempo que cogía otro trabajo, y otro, y otro, y se daba cuenta de lo que estaba ocurriendo—.

No me lo puedo creer. ¿Te estás aprovechando del trabajo de Román y estás haciendo lo que creo que estás haciendo?

—dijo, visiblemente alterada y confundida—.

De verdad que no me puedo creer lo que estoy viendo.

¿Quién te ha proporcionado todo esto? ¿De verdad puedes ser tan cabrón?

Clara empezó a dar vueltas por el apartamento repitiendo una y otra vez «no puede ser, no puede ser, no me lo creo».

Le costaba razonar. Estaba ofuscada. Casi sin darse ni cuenta entró en la habitación y vio la cama desecha.

Como si de un corderito se tratase, él la iba siguiendo y farfullando un montón de excusas, de razones que ella no escuchaba.

—¿Y esto? —dijo Clara señalando la cama.

—Es que estaba muy cansado y me he echado una siesta —respondió él, con un tono de voz muy bajo.

—¿Una siesta? No será solo, ¿verdad? Porque, que yo sepa, esto no es tuyo —dijo ella mostrándole una carpeta azul con el logo de la biblioteca del hospital, una pequeña foto de él pegada en la portada y un nombre al pie del portafolios: Marta.

Clara fue a sentarse, desencajada, en una silla del comedor. Lloraba amargamente con la cabeza entre las manos. Javier trató de consolarla con palabras vacías y explicaciones incongruentes.

—Sal de aquí. ¡Apártate! No te acerques a mí.

¿Cómo se puede llegar a ser tan hijo de puta?

Así que te has ligado a la bibliotecaria, esta joven tan amable, tan diligente, tan eficaz que me habías dicho, te la follas para chantajearla y para que te proporcione todo el trabajo que Román ya ha hecho.

¿Qué pasa? ¿Piensas robarle la tesis? Le robaste la plaza, la mujer, aunque en esto yo también soy culpable, y ahora, aprovechándote de su esfuerzo, de su trabajo, ¿vas a robarle y joderle la tesis doctoral?

¿Se puede llegar a ser peor persona? ¿Hay alguien más cabrón, más hijo de puta, que tú en este mundo?

Clara no podía soportar la presencia del que había sido su amor.

El desengaño que sentía era inacabable. Se levantó y, sin decir nada, cogió su abrigo y se fue.

Unos instantes después volvió a abrir la puerta y lanzó con fuerza las llaves del apartamento al interior.

Él se quedó sentado, consternado e incapaz de reaccionar.

Luego, a medida que pasaba el tiempo, se fue autoconvenciendo de que seguramente era lo mejor.

Llevaba un tiempo convencido de que su relación con Clara había concluido y que tenía que acabarla.

No pretendía hacerlo de esta manera, pero había sucedido así y debía aprovecharlo.

Estaba triste, pues había sido una relación muy bonita, muy intensa.

No creía que se pudiese llamar amor. Al menos, él no se había enamorado de verdad.

En el fondo tenía dudas de si realmente había querido a alguien alguna vez.

Con una sensación agridulce cogió las publicaciones y continuó con lo que estaba haciendo.

Pensó que tenía que registrar el título de la tesis y el director a primera hora de la mañana, ya que temía que, por lealtad, Clara le explicase la situación a Román, aunque ello significase reconocer su infidelidad.

A lo mejor el tener que revelar lo de su adulterio podía frenarla, aunque, tal como la había visto, lo dudaba.

En cualquier caso, lo mejor era inscribir el proyecto nada más llegar al hospital y así evitaría que cualquier otra persona, sobre todo Román, pudiese hacer un trabajo similar.

Una vez registrado el título, el resumen, el autor y el director, ya nadie podría hacer otra tesis sobre exactamente el mismo tema.