14 – Traiciones #3
Ella amaba a Javier, pero tenía un indudable aprecio por el que aún era su pareja y reconocía su esfuerzo. Había desaprobado y le había afeado múltiples veces a Javier lo que había planeado hacer. Quería ayudar a Román. Temía que descubriese su relación.
—Tienes razón —respondió él—, al menos tengo derecho a una pataleta. Mañana voy a verlo.
Cuando volvió de su entrevista con el doctor Miranda, Román parecía una persona nueva. Estaba más tranquilo, menos enfadado, pese a que seguía frustrado y dolido.
—Qué tal, ¿cómo ha ido? —preguntó Clara nada más verlo entrar.
—Bien, mejor de lo que esperaba. Como es lógico, la decisión ya está tomada y no se puede dar marcha atrás.
Para mí ha sido importante que conociese mi enfado, mi desilusión, que conociese la verdad.
Él me ha escuchado, ha soportado mi agresividad y pienso que ha entendido que lo que le estaba contando era cierto.
Le he pedido que, por favor, evite ponernos juntos en cualquier labor, y ha accedido.
Algo es algo. Al menos no tendré que ver a ese hijo de puta en el hospital, salvo en momentos imprescindibles.
—Es una buena noticia, ¿no?
—Lo que más me ha gustado es que me ha ofrecido la posibilidad de hacer la tesis doctoral con un nuevo proyecto. Me ha sugerido un tema y se ha ofrecido a ser mi director de tesis.
—¡Qué bien! ¿Ves cómo valía la pena ir a verlo? Con esto demuestra que te tiene confianza y que seguramente se ha creído tu versión de lo ocurrido. ¿Sobre qué la vas a hacer?
—Primero tengo que hacer una exhaustiva búsqueda bibliográfica para ver si es posible hacer un proyecto de investigación.
Luego, una selección de los trabajos más interesante y más útiles para el proyecto.
Esto se traduce en leer montones de publicaciones, seleccionarlas, ordenarlas, clasificarlas, en fin, un montón de trabajo.
Me va a tener ocupado unos cuantos meses.
Hecho esto, prepararé la hipótesis y el cómo llevar a cabo el estudio y, si todo está bien, es decir, si Miranda lo aprueba, empezaré el trabajo de campo.
Se trata de investigar la utilidad de una enzima intracelular recientemente descubierta, se llama elastasa, y ver si sirve para diferenciar las enfermedades bacterianas de las víricas, con lo que podría mejorar el pronóstico, disminuir el uso de antibióticos y ya veremos qué más.
—Parece muy interesante. ¡Qué ilusión!, ¿no?
—Sí. No me ha quitado la frustración y el cabreo de lo otro, pero me ha abierto una puerta nueva que a su vez me puede conducir a la universidad, la docencia y más investigación.
Me ha ayudado mucho. Ya he ido a hablar con la bibliotecaria y le he pedido que me proporcione todas las publicaciones que encuentre sobre el tema.
Se ha ofrecido a buscarme los originales y a ayudarme a seleccionarlos, ordenarlos y clasificarlos.
Así que voy a empezar a trabajar cuanto antes.
—Me alegro mucho.
Clara lo abrazó y le dio un beso en la boca. Él respondió al instante. La apretó contra su cuerpo y empezó a besarla con pasión. Ella aceptó la invitación y poco más tarde se encontraban en la cama haciendo el amor. En aquellos momentos ella no pensaba en Javier.
Durante las siguientes semanas Román aparecía en casa con un montón de publicaciones sobre la elastasa que la bibliotecaria le proporcionaba.
Cada día había cuatro o cinco nuevos trabajos que revisar.
Él los leía, los valoraba, tomaba notas, escogía algunos, desechaba otros y los clasificaba según su valor científico y su utilidad.
Los que iban a servir para el estudio los devolvía a la bibliotecaria, que se encargaba de encontrar los originales, si no los tenía aún, y de ordenarlos por orden alfabético, tipo de estudio y fecha.
Poco a poco y con mucho esfuerzo iba elaborando la bibliografía necesaria para redactar su proyecto.
Por suerte, había encontrado pocos estudios que se planteasen una investigación con el mismo objetivo que el suyo, lo que hacía que su tesis pudiese ser muy novedosa.
Mientras su compañero estaba ocupado en lo suyo, Javier, que ya había estrenado su nuevo puesto de trabajo, seguía viéndose con Clara.
Cuando se reunían, hacían el amor desaforadamente, casi sin descanso.
Hablaban poco. Los encuentros solían ser cortos aunque frecuentes.
En sus citas se dedicaban a otras cosas.
Una tarde, unos meses después de la oposición a la plaza de jefe de sección, desnudos sobre la cama, hablaron de Román, hecho insólito, ya que nunca acostumbraban a hacerlo.
—¿Cómo está Román? —preguntó Javier.
—Mejor. Sigue muy dolido. No ha olvidado lo que ocurrió.
No te ha perdonado, si es que te interesa saberlo.
La putada que le hiciste fue demasiado grande.
Suerte que ahora está preparando un proyecto de investigación para hacer la tesis doctoral y esto lo ha animado.
Se lo ha ofrecido Miranda, y será su director.
Piensa en un futuro nuevo. Está trabajando intensamente, con ilusión, y esto le hace olvidar poco a poco lo ocurrido.
Ha cambiado mucho. Vuelve a parecer el mismo de antes.
—¿Sobre qué la hace?
—Sobre una enzima nueva y su utilidad en el diagnóstico diferencial de las enfermedades víricas y bacterianas. Está haciendo un gran esfuerzo. Suerte que cuenta con la ayuda de la bibliotecaria que le proporciona bibliografía, se la ordena y la clasifica. ¿La conoces?
—No mucho. Voy poco por allí. Es una chica nueva, relativamente joven, a pesar de lo cual dicen que tiene bastante experiencia. Sé que ha trabajado en otro hospital antes de venir aquí, no sé cuál, y parece ser que es muy eficaz.
En cuanto se quedó solo, empezó a cavilar sobre lo que acababa de oír.
La idea de convertirse en doctor en medicina le rondaba la cabeza desde hacía tiempo.
No había empezado ningún proyecto porque no encontraba tema.
Clara, de forma involuntaria y sin saberlo, había despertado su voracidad, su desmedida ambición, y desvelado la posibilidad de un tema novedoso.
Al día siguiente, en cuanto dispuso de un momento libre, que a la biblioteca con la idea de investigar sobre la enzima de la que le había hablado Clara y ver qué posibilidades tenía de hacer un estudio.
Se puso a rebuscar entre las revistas y las referencias de laboratorio, temática que dominaba poco, y al cabo de un rato decidió que era la hora de pedir ayuda.
—Perdona que te moleste, ¿cómo te llamas? —le preguntó a la bibliotecaria.
—Mi nombre es Marta, doctor. ¿En qué puedo ayudarle?
—Estoy buscando información sobre nuevos marcadores de inflamación y no sé cuáles son las revistas que me pueden ser más útiles, ya que es un tema de laboratorio y yo soy un clínico.
—Yo le ayudo. Este parece que es el tema de moda.
Marta se acercó al ordenador en el que estaba Javier, cogió una silla y se sentó a su lado.
Y empezó a buscar citas. Olía muy bien. No sabía distinguir a qué, pero era un aroma muy agradable.
Era una mujer joven, de pelo moreno y unos preciosos ojos verdes.
La proximidad hizo que sus miradas se cruzasen en varias ocasiones.
Al principio ella se ruborizó, pero tardó poco en buscar la mirada de Javier intentando disimular.
Su instinto depredador le informó de que Marta estaba llena de deseo.
Le había gustado. Aquel día no ocurrió nada importante.
Aprovechó su descubrimiento, en el fondo era lo que buscaba, y empezó a acudir a la biblioteca cada dos o tres días para tratar de intimar con Marta.
No tardaron mucho en mantener una cordial relación de amigos, aunque ambos sabían que había algo más.
Hablaron mucho, tontearon, se acercaban las caras disimulando cuando estaban frente a la pantalla del ordenador…
hasta que un día, estando solos en la sala, él la besó y ella respondió.
Tuvieron que reprimir su fogosidad por encontrarse donde estaban y quedaron para verse fuera del hospital.
Las visitas de Marta al piso de Javier empezaron a ser diarias. La joven se enamoró perdidamente. Él alternaba y combinaba sus visitas con las de Clara. Cuando Marta se iba, eliminaba cualquier pista que pudiese hacer sospechar a Clara, quien solía llegar más tarde.
A las pocas semanas, Javier invitó a Marta a pasar el fin de semana en Menorca. Ella accedió encantada. Por la tarde, después de hacer el amor, mientras descansaban en la cama con los cuerpos desnudos, él decidió cumplir el plan que tenía previsto.
—¿Quién más, aparte de mí, está interesado en esto de los marcadores de la inflamación? —le preguntó.
—El que está trabajando más es el doctor Torres.
Lleva ya un tiempo buscando bibliografía y ya tiene una buena recolección de estudios sobre una enzima que se llama elastasa.
También se lo ha mirado, aunque de forma no tan exhaustiva y desde otro punto de vista, el de las técnicas de laboratorio y normalización de resultados, Bellido, el jefe del laboratorio de infecciosas. El doctor Torres es más clínico.
—Hasta ahora, en lo que llevo leído, hay pocos trabajos sobre la elastasa y su uso en la clínica.
—No creas. El doctor Torres, que ya lleva unos meses y ya ha revisado mucho, ha encontrado ya mucha información. Lleva más de trescientos artículos leídos. Tengo entendido que está elaborando un proyecto de investigación.
—Si yo pudiese utilizar esta información ya seleccionada, me ahorraría muchas horas y la lectura y análisis de muchos estudios que no aportan nada. ¿Tú tienes acceso a ellos?
—Claro que tengo. Yo se los guardo, clasifico, en fin, lo ayudo en la parte que corresponde a la bibliografía y le ahorro trabajo. Lo que no sé es si él accedería a cederlos.
—Es evidente que no. Él no debería saberlo y, desde luego, por mí nunca lo sabría. Me harías un gran favor si me los pudieses facilitar. Ganaría mucho tiempo que podría seguir dedicándote a ti, cariño.