14 – Traiciones #2
—Buenos días. Había apostado conmigo misma a que llamarías antes del mediodía, y he ganado —dijo Clara al otro lado del teléfono—. Veo que entendiste el mensaje, que, por cierto, era bastante claro y fácil de captar.
—Sí. Fue evidente, claro y directo. Pese a ello, tenía dudas. No sabía si habrías cambiado de idea, si lo de ayer fue cosa de un momento, en fin, que he estado dubitativo hasta ahora.
—No, no he cambiado de idea. Lo de ayer fue totalmente calculado y premeditado. Tenía ganas de verte y estar contigo a solas. Ya me quedé con ganas hace años. ¿Y tú?
—Yo me muero de ganas. Dudaba por si no era correcto que nos veamos a espaldas de Román.
—Esto es algo aparte. La relación entre Román y yo es cosa mía y yo ya he dado este paso. Ahora eres tú el que tiene que decidir lo que debes o no debes hacer. ¿Quieres que nos veamos?
—Claro que quiero, por eso te he llamado.
—¿Te va bien a las cinco? Tendré tiempo hasta las ocho, más o menos.
—¿Quieres quedar en algún sitio para tomar algo?
—¿Puede ser en tu casa? Algo tendrás para tomar y, si no me equivoco, ayer dijiste que ahora no tienes pareja. ¿Es así?
—No tengo, no.
—Pues no se hable más. Dame la dirección y voy.
Cuando sonó el timbre faltaban dos minutos para que el reloj marcase las cinco.
Javier estaba nervioso, expectante. Abrió la puerta y allí estaba ella.
Seguía llevando los tejanos azules y cubría su cuerpo con un jersey blanco bajo una chaqueta tejana.
No tuvo tiempo, ni ganas, de mirar sus zapatos.
Estaba bellísima. Se quedó parado, embobado en la puerta.
—¿Me vas a dejar entrar? —dijo ella con una enorme sonrisa en los labios.
—¡Claro! Perdona, estaba paralizado. Adelante. ¿Cómo estás?
—¿Cómo voy a estar? Muy bien, ¿y tú?
Clara entró en el apartamento sin esperar respuesta, fue directa al comedor, se quitó la chaqueta tejana y se giró para ponerse frente a él.
Se miraron fijamente unos segundos y, sin mediar palabra, se abalanzaron uno contra otro y entrelazaron sus bocas, sus lenguas, una y otra vez, aumentando en cada beso la profundidad de sus intercambios.
Las manos de Javier poco tardaron en acariciar sus pechos.
Ella se separó un momento y se despojó del jersey y del sujetador, mostrando sus pechos erguidos y desafiantes.
Él los cogió con las manos, los acarició, los apretó, los besó, los lamió y, con un suave movimiento, hizo girar su cuerpo, colocándose a su espalda.
Seguía acariciándolos, pellizcando con suavidad los pezones, mientras sus labios recorrían el cuello y las orejas posando en ellos suaves besos y pequeños lengüetazos.
Poco a poco su mano derecha se deslizó por el abdomen y trató de introducirse por debajo del pantalón de Clara, quien, para facilitar el recorrido, desabrochó los botones y la cremallera, permitiendo la llegada de la mano a sus genitales húmedos y receptivos.
Javier los acarició provocando algunos gemidos de placer a su pareja.
Ella, como pudo, acercó la mano a la bragueta y empezó a acariciar la zona, notando la verga grande y dura a punto de explotar.
Luego se giró, le desabrochó el pantalón y permitió la liberación del pene erecto.
Lo acarició con suavidad y lo introdujo en su boca durante unos instantes.
Llegaron a la cama desnudos, dejando un rastro de prendas por el camino.
La penetró con suavidad, lentamente. Fue el único momento pausado del encuentro, tratando de prolongar la entrada de su miembro en la vagina que lo esperaba con ansiedad.
Volvieron a iniciar los movimientos rápidos hasta alcanzar el deseado orgasmo casi al mismo tiempo.
Luego permanecieron estirados en la cama, sonrientes, sin hablar, mirándose y acariciando sus cuerpos hasta que, al cabo de un tiempo, follaron por segunda vez, en esta ocasión de forma menos acalorada.
Lo hicieron tantas veces como pudieron. Hablaron muy poco.
No mencionaron a Román en ningún momento.
Tal como ya había anunciado, Clara, unas tres horas más tarde, abandonó el apartamento, no sin antes emplazarse para una siguiente cita.
Habían pasado unas cuantas semanas desde la cena cuando Román fue a buscar a su amigo a su consulta para tratar de juntarse a la hora de la comida.
Clara y Javier seguían manteniendo sus citas sexuales con cierta frecuencia, aunque ella seguía viviendo con Román.
A diferencia de la primera cita, la relación había ido adquiriendo un aspecto más sentimental, sobre todo por parte de ella, que creía haberse enamorado.
Javier temió que la reunión con su compañero tuviese relación con este tema.
El comedor del hospital reservado para el personal era muy grande. Siempre estaba lleno, pese a lo cual era relativamente fácil encontrar alguna mesa aislada. Los dos amigos se sentaron al lado de una ventana.
—Tengo que pedirte un favor. Necesito ayuda —dijo Román mientras aliñaba la ensalada—.
Ha salido, como me imaginaba y te pronostiqué, la plaza de jefe de sección con dedicación a las urgencias del servicio.
Además de presentar el currículo, y en esto creo que no voy a tener problemas, pues el mío es bueno, hay que aportar y defender en público una memoria.
Yo tengo todas las ideas en la cabeza, ya lo sabes, pero creo que me sería muy útil si pudieras ayudarme a estructurarlas y a preparar la presentación.
El hecho de que alguien vea las cosas desde otra perspectiva puede ser de gran utilidad.
Aceptó gustoso. Como llevaba poco tiempo en el servicio, no pensaba optar a esta plaza y así se lo dijo a su compañero.
Durante los siguientes cuatro meses se reunieron en múltiples ocasiones y elaboraron el proyecto.
Román ponía las ideas y él lo ayudaba a organizarlas.
Mientras Román invertía mucho tiempo en el trabajo, él se seguía viendo con Clara, en secreto, de forma regular.
—He decidido que yo también me voy a presentar a la plaza de jefe de sección —dijo Javier una tarde, mientas acariciaba los pechos de Clara tras haber follado.
—¿Qué dices? —respondió ella dando un salto sobre la cama hasta quedar sentada. Empezó a vestirse—. ¿Román lo sabe?
—No, no le he dicho nada. Presentaré los papeles el último día y se lo comunicaré momentos antes.
—Le va a sentar muy mal. Está obsesionado y muy ilusionado con este proyecto. ¿No crees que es una muy mala jugada? Espero que no le copies la idea.
—Un poco sí. Al fin y al cabo, es un proyecto que hemos trabajado juntos y algunas ideas mías también están en él.
Román es muy teórico y muchas cosas no sabe traducirlas a la práctica.
Yo sí. A partir del trabajo que he hecho construiré una memoria real y realizable.
Se trata de una oposición y tengo tanto derecho a presentarme como él, y que gane el mejor.
—No sé lo que vas a hacer. Imagino que el cuerpo, la parte más importante del trabajo, se basará en sus ideas.
Puede ser cierto que tú las hayas mejorado, pero siguen siendo idea de él.
Es una cabronada que no se merece. Va a ser horroroso cuando se entere.
Yo te había dicho que mi idea era separarme de él, que no quería seguir engañándolo, pero, sabiendo esto, me veo incapaz de abandonarlo ahora.
Va a necesitar ayuda. Si mi opinión sirve para algo, tu decisión me parece una horrible traición.
El último día del plazo para la presentación de la documentación para optar a la plaza, Javier fue a buscar a su compañero y le explicó sus intenciones.
—¿Qué dices? ¿Que tú también te vas a presentar? ¿No tendrás la desfachatez de copiar mis ideas? —dijo Román al enterarse de la voluntad de su amigo.
—No, yo presento lo que se va a tener que hacer en el servicio.
Es diferente a lo tuyo. De todas maneras, tengo que decirte que las ideas, mientras solo son ideas y no están registradas a nombre de alguien, no son propiedad de nadie —respondió y se fue sin dar opción a ninguna respuesta de su compañero, que se quedó perplejo.
Román llegó muy nervioso al auditorio donde se iba a celebrar la oposición.
Temía la traición de su otrora amigo y esto lo preocupaba tanto como lo enfurecía.
La oposición era pública, de forma que unos cuantos de sus compañeros se habían acercado a escucharlos.
Ambos opositores se sentaron separados, uno en cada esquina de la fila.
El primer ejercicio, la defensa del currículo , transcurrió con mucha igualdad.
Tenían un gran expediente académico y pocas diferencias los separaban.
La defensa del proyecto era, pues, definitiva.
Román estuvo nervioso, impreciso, titubeante y con poca fluidez en su presentación.
Javier, en cambio, mostró aplomo, conocimiento y eficacia y se lo puso fácil al tribunal, que acabó concediéndole la plaza.
Cuando Javier ganó la oposición, Román entró en un estado inhabitual en él.
Clara nunca lo había visto tan desquiciado, tan iracundo, tan lleno de rabia.
Se enfadaba por todo, golpeaba con fuerza la cama, chillaba sin motivo, blasfemaba, cosa que nunca había hecho, no hacía más que maldecir a su compañero y repetía una y otra vez «si lo cojo, lo mato».
Clara tuvo serias dudas sobre si había urdido un plan para hacerlo.
Ella trató de calmarlo, de quitarle la idea de la cabeza haciéndole ver que solo conseguiría empeorar las cosas.
Él le hacía poco caso. Solo la escuchó cuando le pidió que cogiese la baja y se tomase un tiempo para reflexionar y sosegarse.
—¿Has pensado en ir a hablar con tu jefe y explicarle cómo han ido las cosas?
—preguntó Clara—. Creo que, a pesar de no haya ninguna posibilidad de reconducir la situación, es bueno que lo sepa.
Lo que te ha hecho no está bien y no puede quedar sin que nadie conozca la verdad.
Tu jefe es, creo yo, quien debería saberlo.