14 – Traiciones
Siguiendo el camino que se había trazado, Javier, en cuanto acabó su residencia, ocupó una plaza de médico adjunto en el mismo hospital donde la había hecho, el de Igualada.
No le fue difícil, ya que durante los años de formación había destacado por encima de sus compañeros.
Sus jefes estaban deseando que acabase el MIR para poder incorporarlo al staff del servicio.
Sin embargo, su objetivo era otro. Él pretendía dar un salto a un hospital más grande, de mayor complejidad en sus patologías y con mayor posibilidad de llegar a estar entre los mejores internistas del país.
Su meta deseada era conseguir una plaza en el hospital Vall d’Hebrón.
Mientras esperaba poder cumplir su deseo, aceptó el contrato de médico adjunto en el hospital de Igualada y, transcurridos algo más de dos años, tuvo la oportunidad de dar el salto.
Ganó unas oposiciones y entró en el hospital anhelado.
Su amigo Román, que se había formado como residente en el Vall d’Hebrón y ahora formaba ya parte del staff , conoció la noticia de su incorporación y lo estaba esperando en su primer día de trabajo para recibirlo.
—¡Cuánto tiempo ha pasado! —dijo Román mientras lo abrazaba dándole la bienvenida.
—Entre los años de residencia y los dos que he trabajado en Igualada han sido seis años. Parece que fue ayer cuando jugábamos a balonmano y nos íbamos de fiesta y mira ahora, qué mayores y qué responsables somos —respondió Javier.
—¿Qué es de tu vida? Me dijeron, no me preguntes quién, que te habías casado, te habías separado y que tienes una hija.
—Te dijeron bien. Me casé y tuve una hija, Alicia, y me separé cuando ella tenía unos tres años.
Al principio todo fue muy bien. Yo estaba realmente enamorado y el nacimiento de la niña me llenó de felicidad.
Un día cometí un error. Ya me conoces, tuve un ligue, bueno, tengo que reconocer que fueron más de uno, y mi mujer me descubrió.
En cuanto se enteró de mi infidelidad, Rosa, mi exmujer, cogió a la niña, se fue a casa de sus padres y me dejó plantado.
Ahora hago vida de separado. Tengo a la niña cada quince días y el resto, a vivir como siempre.
Bueno, igual igual no, porque la edad y el trabajo obligan a ser más responsable y ya no puedo hacer como cuando estudiábamos.
Sea como sea, no me puedo quejar. ¿Y tú? ¿Qué haces? ¿Sigues con Clara?
—Sí, vivimos juntos. No nos hemos planteado ni casarnos ni tener familia ya que los proyectos profesionales exigen no distraerse y creemos que lo primero es lo primero.
Ella trabaja como cardióloga en el hospital de Mataró.
Ahora está preparando unas oposiciones para subir de categoría.
Yo, ya ves, aquí. Estoy muy a gusto. Además del trabajo asistencial, que es muy absorbente y me apasiona, hago docencia y bastante investigación.
Ahora mismo estoy metido en dos publicaciones que pronto mandaremos a una revista americana.
Estas son las cosas que hacemos los médicos de aquí y que tú, dentro de poco, también harás.
Nosotros lo de los niños de momento lo hemos pospuesto.
Ella aún es joven y tenemos tiempo. Perdona, vamos a tener que dejar la conversación o llegaremos tarde a la sesión y hoy es tu primer día, conviene ser puntual.
Si te parece, a la hora de comer te busco y aprovechamos este rato para seguir hablando.
—De acuerdo.
Aquel día no pudieron comer juntos, pues Javier estuvo muy ocupado con las presentaciones a los compañeros y todo el trabajo de papeleo y registros en los diferentes servicios: recursos humanos, ropería, informática… En su primer día, tuvo que comer cuando pudo y no cuando quiso.
En contra de lo que cabía suponer en un primer momento, se veían poco durante el horario laboral y siempre con prisas, ya que cada uno tenía sus obligaciones y en los espacios intermedios no coincidían.
Un día Román decidió llamar a su compañero por teléfono y le propuso salir a cenar para poder conversar con tranquilidad y así reencontrarse.
—Iré con Clara, si no te importa —dijo Román.
—¡Cómo me va a importar! Tengo ganas de verla. Como me pasó contigo, hace mucho que no la veo, así que será un placer.
Román había reservado en un restaurante, poco conocido por el gran público, al que iban mucho en su época de estudiantes, la Taberna Provenza.
Javier acudió a la cita puntual, como solía hacer.
Puesto que no sabía si sus amigos habían llegado, entró.
Tras dejar atrás la barra y una clásica puerta de madera enmarcando una cristalera, llegó al pequeño comedor y preguntó por ellos.
Le dijeron que no habían llegado y lo sentaron en la mesa que tenían reservada.
Pidió una cerveza y apenas había tomado el segundo sorbo cuando los vio llegar.
—Hola, Javier. Perdona el retraso. No sabíamos dónde dejar el coche. Esto de aparcar por aquí está imposible —dijo Román.
—Hace muy poco que he llegado. No hay problema —respondió Javier al tiempo que le daba la mano a su amigo—. Hola, Clara. ¡Qué ilusión volver a verte! Hacía mucho tiempo. Sigues tan guapa como siempre. —La abrazó con fuerza y la besó en las mejillas.
—Hola. Tienes razón. Hacía ya mucho. Veo que para ti tampoco ha pasado el tiempo. Sigues tan apuesto como cuando te conocí.
Javier se había fijado en Clara al verla entrar.
Realmente estaba muy guapa, mucho más de lo que él recordaba.
Iba vestida con unos tejanos azul claro, apretados, una blusa de color rojo y cubierta por un abrigo de paño azul marino.
Se dio cuenta, cuando ella se quitó el abrigo, de que no llevaba sujetador.
Olía, o así le pareció a él, de la misma manera que aquel día en que se besaron.
Sus miradas se cruzaron y se quedaron fijas, cada una en los ojos del otro, durante unos instantes.
Parecía que ambos estaban recordando que tenían alguna cuenta del pasado aún sin resolver.
Tuvo la misma sensación que notaba cada vez que veía alguna mujer que provocaba su deseo.
Fue solo un segundo. Román no se percató de lo que acaba de ocurrir entre los dos.
El trayecto del deseo había seguido una línea recta olvidándose de él.
Decidieron cenar de tapeo. La conversación fue fluida y no pararon de poner al día todas sus historias vitales, en especial las profesionales.
Javier les explicó lo mucho que había deseado conseguir una plaza de médico adjunto en el Vall d’Hebrón y el esfuerzo que había tenido que hacer para alcanzarlo.
Ahora había cumplido un sueño y vislumbraba un sinfín de proyectos nuevos y un futuro prometedor.
Clara habló de su trabajo en un hospital de menor complejidad y de la satisfacción que le daba la cercanía de sus pacientes, el no tener que abordar grandes patologías y el compensarlo con el cuidado personalizado de sus enfermos.
Román explicó lo mucho que había aprendido en la residencia al estar en un gran hospital y la gran oportunidad de la que había gozado quedándose allí.
Explicó a su amigo, ya que Clara ya lo conocía, su proyecto para reformar y mejorar la actividad de la sección de urgencias.
Estaba convencido de que en un tiempo no muy lejano habría la oportunidad de acceder a una plaza de jefe de sección de esta unidad, ya que las urgencias planteaban una problemática tan particular y grande que obligarían a que alguien se ocupase específicamente de ellas.
Tras hablar del trabajo entraron en el mundo de lo personal.
Javier contó con más detalles su separación y el nacimiento de su hija.
Román y Clara estaban de acuerdo en ser padres en un futuro.
No se lo habían planteado hasta el momento, ya que los proyectos profesionales habían ocupado el primer lugar y podían esperar.
Durante el transcurso de esta conversación Javier notó cómo Clara, con el pie descalzo, le acariciaba la pierna.
Él se había pasado toda la cena mirándola de forma furtiva para evitar que su compañero se diese cuenta.
Había notado que Clara también lo miraba frecuente y fijamente a los ojos, sobre todo en aquellos momentos en los que él se perdía observando el movimiento de sus pechos libres, turgentes, insinuantes, marcando los pezones.
Cuando esto ocurría, Clara sonreía provocativa y daba lugar a que él desviase la mirada para evitar que su amigo descubriese lo que estaba sucediendo.
Las caricias de Clara, que se acompañaban de una mirada insinuante, le habían provocado un deseo enorme de poseerla y una erección.
El juego se repitió en varias ocasiones.
Cuando el reloj se acercaba a la una, como ya no quedaba nadie más que ellos en el restaurante, decidieron marchar.
Intercambiaron los teléfonos y se despidieron.
Llegó a su casa creyendo que estaba soñando con lo ocurrido.
Le costó dormirse. Tuvo que ponerse un vídeo porno y aliviarse.
En su mente, la idea de volver a ver a Clara luchaba con el deber moral de no traicionar a un amigo.
Al final, la fuerza del deseo de poseerla, impulso que, por otra parte, nunca había reprimido con ninguna mujer, reforzado por la actitud que ella había mostrado, ganaron frente a la duda moral de la traición.
Se durmió habiendo tomado la decisión de llamar a Clara al día siguiente lo más pronto que le fuese posible.
Parecía que era su primera cita. Durante toda la mañana, en el momento en el que disponía de un espacio libre, cogía el teléfono para llamar.
En cuanto lo tenía en las manos, titubeaba y desistía.
Lo intentó tres veces. Dudaba sobre si ella había jugado con él o si realmente deseaba el reencuentro.
Al cuarto intento se decidió y marcó el número que le había dado.