Cuatro ochos 13 – Viernes, 12/11/2004 #2
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13 – Viernes, 12/11/2004 #2

—Por tanto, cuando usted se enteró de lo de la tesis y de su relación con la bibliotecaria, fue cuando decidió tirar la bomba —apuntilló Tomás.

—Efectivamente. El día que descubrí lo que estaba haciendo, ya no pude aguantar más. Llegué a casa y se lo conté todo a Román.

—¿Así, sin anestesia? —dijo Tomás irónicamente.

—Sí. Ya no podía más.

—¿Cómo acabó todo después del gran cabreo que nos ha contado? —preguntó Lucía.

—Como les he dicho, después de gritar, chillar, insultar, amenazar, golpear todo lo que tenía a mano, se fue a la cocina, cogió un cuchillo grande y se fue, según dijo, a casa de Javier.

Traté de frenarlo. Mis esfuerzos fueron infructuosos.

Desde luego, yo no era la persona más apropiada para conseguir calmarlo.

Él salió de casa en busca de Javier y yo aproveché aquel momento y me fui de allí.

Unos días después supe que había estado esperándolo en el portal toda la noche, pero Javier no apareció.

Por suerte, creo que todos la tuvimos, aquel día y aun unos días más, estaba, según parece, en un congreso de medicina interna.

A lo mejor no era verdad y estaba con una tía, vaya usted a saber.

Los pocos días que pasaron hasta que volvió permitieron que Román se serenase un poco.

—¿Cómo sabe todo esto? —preguntó Tomás.

—Yo me fui de casa aquella misma noche, como acabo de decirles.

Al cabo de unas semanas fui a recoger mis cosas y hablé con Román.

Quería pedir perdón, explicarme, ¡vaya tontería!

Fue imposible. Solo hablaba de Javier. Me contó lo de aquella noche y de que llevaba unos días persiguiéndolo, que había conseguido pegarle, pero que no le bastaba.

Solo hablaba de hacerle daño. Luego tuve que verlo, por necesidad, dos o tres veces.

Me daba mucha pena. Yo me sentía muy culpable por la infidelidad y por haber sido quien le había contado a Javier lo de la tesis.

Es evidente que nunca pensé que fuese capaz de hacer lo que hizo.

Jamás imaginé que fuese tan malo, tan egoísta, tan hijo de puta.

Cuando le expliqué que Román había iniciado el trabajo de investigación para la tesis lo hice pensando que tenía algún remordimiento por lo que había hecho con la plaza y que por esto me preguntaba cómo estaba.

Yo creí que contándole el nuevo proyecto podría aliviar su sentido de culpabilidad, un sentimiento que, ahora lo sé, nunca tuvo.

No me planteé, no se me ocurrió, no sospeché lo que era capaz de hacer.

—¿Vio más veces a Román después de todo aquello?

—Sí. Al cabo de un tiempo, no demasiado. Entró en una depresión y, aconsejado por alguien, decidió irse del hospital. Lógicamente, yo era uno de los motivos de su malestar y no lo podía ayudar.

—¿Lo vio más veces?

—Con el tiempo se serenó y pude pedirle perdón. Ahora mantengo una relación amistosa, lejana pero cordial. Hablamos por teléfono y nos hemos visto algunas veces.

—¿Cree que olvidó lo sucedido con Javier? —preguntó Tomás.

—No. No lo ha superado. Las veces que he hablado con él acaba sacando el tema y habla de vendetta . Repite mucho aquello de que la venganza es un plato que se sirve frío.

—¿Sabe usted si ha ido a verlo a su nueva dirección? —siguió Tomás.

—No, no lo sé.

—Por cierto, ¿usted sabe por qué cambió de dirección y se fue a vivir a ese caserón destartalado?

—Seguro no lo sé. Creo que fue por dinero.

Un día, ya llevábamos mucho tiempo sin contacto, Javier me llamó.

Necesitaba verme. Parecía bastante desesperado.

Nos reunimos en un bar cercano a su casa.

Lo vi muy desmejorado. Iba desaliñado, mal vestido, no como él acostumbraba a ir.

Acabó pidiéndome dinero. Me dijo que estaba montando un negocio y que necesitaba ayuda. No le creí ni una palabra.

—¿Se lo dio? —preguntó Tomás.

—No. Yo no me fiaba ni un pelo de él. Lo intentó unas pocas veces más. Cada vez me contaba una cosa diferente. Lo último es que debía mucho dinero y que si no lo devolvía podía pasarle algo.

—Algo, ¿cómo qué? —insistió Tomás

—Que lo podían matar. No lo creí, aunque a la vista de lo ocurrido ya no sé qué pensar.

—¿Cuándo ocurrió esto? —preguntó Lucía.

—Hará unos dos meses, más o menos.

—¿Conoce a un hombre llamado Nico?

—Conocerlo no. Hablaba de un tal Nico como alguien relacionado con todo este tema del dinero.

Según entendí, era a quien le debía y, por lo visto, le asediaba continuamente.

No me enteré demasiado bien de lo que ocurría.

Yo no quería meterme en sus temas y había acudido a sus citas porque me sentía obligada por el pasado.

Lo que le pudiese pasar no me interesaba y nunca intenté saber de qué se trataba.

No quería involucrarme en nada relacionado con él.

Eran encuentros esporádicos y muy cortos.

Yo no sabía decirle que no cuando me llamaba, pero trataba de evitarlo al máximo.

Lo veía muy apurado y, sin embargo, no me sabía mal.

—¿Ha estado en su última casa?

—No. Sé que está en Vallvidrera, solo esto.

—¿Quiere decirnos algo más que nos pueda ser útil? —preguntó Lucía.

—No, no se me ocurre nada. Creo que les he contado lo que sé.

—Perdone —interfirió Tomás—, antes de irse. Veo que va en moto —dijo señalando el casco—. ¿Qué moto es?

—Una Harley-Davidson.

—Para finalizar, ¿dónde estaba usted el día del accidente? Es un formulismo necesario.

—Lo entiendo. En casa con mi actual novio.

—Imagino que, si le preguntamos, él lo podrá corroborar.

—Evidentemente.

—Pues creo que ya estamos. Si necesitamos algo más, ya la llamaremos. Muchas gracias —dijo Lucía para despedirse de ella.

Clara cogió su chaqueta y su casco y se fue.