13 – Viernes, 12/11/2004
Con su casco rojo en una mano y su Barbour desabrochado, Clara entró en el despacho de Lucía, donde la estaban esperando.
—Buenos días —dijo en un tono seco y con la cara muy seria.
—Buenos días —respondieron los dos policías casi al unísono—. Soy la inspectora Lucía Serra y él, mi compañero, el sargento Simón. En primer lugar, queremos agradecerle su colaboración al venir a hablar con nosotros. Aprovechamos para darle nuestras condolencias por la muerte del doctor Pie.
—No se molesten. Hace ya tiempo que dejó de ser alguien importante en mi vida. Su muerte ya no puede hacerme daño. Ustedes dirán en qué puedo ayudarles —dijo mientras se sentaba y se quitaba la chaqueta.
—¿Quién le comunicó que el doctor Pie había muerto?
—Fue Román. Me llamó para anunciármelo y para avisarme de que me citarían, ya que, según me dijo él, lo habían asesinado.
—Vemos que está bien informada. Supongo que en este caso entenderá que tenemos que hablar con todas las personas que tuvieron relación con él.
—Puedo entender que tengan que hacerlo, aunque no entiendo en qué puedo ayudar yo. Hace tiempo que ya no tenía contacto con él.
—Es posible que últimamente haya sido así, pero durante bastante tiempo tuvo usted mucha relación con él, ¿no? —inquirió Tomás.
—Sí, así es, y entiendo que quieran hablar conmigo. ¿Qué quieren saber? —dijo con semblante muy serio.
—Como usted ya se ha comunicado con él, sabe que hemos interrogado al doctor Torres y, por tanto, conocemos ya algunos detalles. Lo que nos interesa es escuchar su versión de todo lo que sucedió y que nos diga todo lo que usted piensa que nos puede ayudar. Para empezar, ¿cómo conoció al doctor Pie?
—Lo conocí siendo muy joven, en la Facultad de Medicina.
Él y Román eran muy amigos en aquel momento.
Salíamos de vez en cuando los tres o los cuatro, si Javier traía pareja.
En aquella época, un día que me acompañó a una fiesta, porque Román estaba preparando el MIR, lo besé y deseé irme a la cama con él.
Me provocó un apetito sexual como nunca había tenido.
—¿Lo hizo?
—Por aquel entonces estaba enamorada, o así lo creía, de Román y me pareció que no era correcto traicionarlo. Reconozco que me quedé con las ganas.
—¿Qué más pasó?
—A partir de aquel momento nuestras vidas siguieron caminos diferentes y dejé de verlo.
—¿Cuándo volvió a encontrarse con él?
—Javier ganó una plaza de médico adjunto en el hospital de Román.
Se encontraron y reanudaron su amistad. Un día fuimos a cenar los tres.
Habían pasado unos años y yo ya no estaba tan ciegamente enamorada de Román como al principio.
Podría decir que nuestra relación no estaba en su mejor momento.
En cuanto lo vi, el deseo me invadió y decidí apagar aquel fuego. En esta ocasión no quise reprimirme.
—¿Entonces fue cuando se convirtió en su amante? —intervino Tomás.
—Sí, si quiere llamarlo así, así fue —respondió Clara, algo molesta—. Al día siguiente fui a su casa y comenzó nuestra relación. Duró unos años. Cuando pienso en ello, me doy cuenta de que fui muy egoísta.
—¿Por qué dice esto? —preguntó Lucía.
—Al principio estaba con él solo por puro deseo, por sexo puro y duro.
Este motivo se mantuvo durante bastante tiempo.
Después creo que seguí viéndolo solo por lo que la relación tenía de secreto, de prohibido, de aventura.
Yo estaba bien con él. Lo pasaba muy bien con el sexo.
Él era un experto en esto. Me atrevería a decir que con él encontraba lo que me faltaba en Román.
Era una situación cómoda y, en el fondo, me aproveché un poco de cada uno.
Esquemáticamente, diría que uno me ofrecía pasión, sexo, aventura, y el otro, personalidad, diálogo, un amor, digamos, no únicamente físico.
—¿Cómo acabó? —siguió preguntando la inspectora.
—Estuve en esta situación mucho tiempo, demasiado, unos años, hasta que me di cuenta de que no podía seguir de aquella manera.
Me sentía culpable por traicionar a Román, por no ser capaz de contar la verdad, por aprovecharme de la situación.
Me fastidiaba mucho que a Javier parecía no importarle.
Me costaba pensar que me quería y era capaz de tolerar la situación hasta que entendí que no me quería.
Cuando Javier robó la plaza que Román tanto deseaba, me di cuenta de quién era.
Supongo que Román les ha contado toda la historia de la plaza y de la tesis.
—Los dos policías asintieron con la cabeza y ella siguió—: En aquel momento decidí que debía contarle la verdad a Román e irme a vivir sola.
Traté de esperar un tiempo para aclarar mis ideas y mis sentimientos y, sobre todo, para evitar añadir más daño a Román del que ya le había hecho su compañero.
Yo no sabía cómo explicarle que le estaba poniendo los cuernos con el que había sido su amigo, el mismo que le había robado la plaza.
Antes de poder esclarecer mis decisiones y hablar por separado con uno y el otro, descubrí lo de la tesis doctoral.
Me enteré de cómo Javier había embaucado a la bibliotecaria, me había engañado a mí y había jodido la vida de Román.
El día en que esto ocurrió fue el peor de mi existencia.
Me di cuenta de lo sucia que era, de lo mal que me había portado, de mi egoísmo.
Aún me siento horrorizada cuando lo pienso.
Me sentía culpable porque fui yo quien le chivó lo de la tesis.
Me he arrepentido tantas veces de haber hecho lo que hice…
—pronunció estas palabras entrecortadas y con alguna lágrima brotando de sus ojos—.
¿Cómo podía haber estado tan ciega? Nunca pude imaginar que fuese capaz de una felonía como aquella.
Aquel mismo día decidí contarle toda la verdad a Román y acabar con la relación.
—¿Cómo se tomó el doctor Torres la traición, bueno, la última traición, de su supuesto amigo?
—Se lo puede imaginar. Entró en cólera. Se puso fuera de sí.
Yo nunca había imaginado que pudiese tener una reacción tan enérgica, tan primaria.
Parecía un animal herido. Lo maldijo, lo insultó, a mí también, como es lógico, y aseguró que lo mataría.
Intenté frenarlo porque quería ir a su casa con un cuchillo que cogió de la cocina.
Me ordenó que me fuese de casa si no quería acabar como é.
Me amenazó. Yo aguanté como pude. Tenía mucho miedo.
—¿Cuándo se calmó? —continuó preguntando Tomás.
—Román no es violento en circunstancias normales.
Aquel día parecía otro. Estaba enloquecido.
Mostró una rabia, un odio, que yo desconocía.
Solo quería venganza y me pedía que me fuese porque no sabía si sería capaz de controlarse.
Lloraba, gritaba, insultaba, daba golpes a la pared, a todo lo que tenía delante de él.
Yo estaba muy asustada. En aquel momento pienso que podía haber hecho cualquier disparate.
—Vamos a ver si yo consigo entender lo ocurrido. Cuando el doctor Torres se enteró de que su compañero le había robado la plaza, ¿tuvo una reacción así? —intervino Lucía
—No, no, la primera vez, cuando esto que usted dice ocurrió, reaccionó violentamente, muy cabreado, y quería darle un puñetazo.
Nada que ver con lo que ocurrió después.
En esta primera ocasión conseguí controlarlo y darle un calmante.
En aquel momento él no conocía mi relación con Javier.
Luego fue a ver a su jefe y como le hizo la propuesta de la tesis, se tranquilizó un poco.
Aquello actuó como un bálsamo pese a que trató de buscarlo para decirle cuatro cosas y a lo mejor le hubiese pegado una buena hostia si hubiese podido.
Lo pasó muy mal, pero nada que ver con lo que sucedió la segunda vez.
En esta segunda ocasión yo también era motivo de su enojo y poco podía hacer.
Yo quería ayudarlo, lo intentaba, pero era evidente que solo conseguía encenderlo más.
La cabronada de su teórico amigo junto a la mía lo habían hundido.
—¿Ha dicho «cabronada»? —preguntó Tomás.
—Sí. Javier era un cabrón, un hijo de puta.
Tardé demasiado en darme cuenta de ello.
Entiendo que ustedes piensen que yo también lo había sido y lo reconozco.
Lo que estoy contando tiene que ver con lo que le hizo a Román.
Lo mío, siendo una gran putada, es otra cosa de la que no creo que tengamos que hablar ahora.
Lo mío fue una traición sentimental en toda regla.
Lo de Javier era una traición sentimental y profesional y, además, en dos ocasiones.
Era hundirlo en la puta miseria, y con ello no quiero eludir mi parte de culpa.
—Es decir, que después de robarle la plaza a Román, usted siguió con él como si nada —siguió preguntando el sargento.
—Sí, reconozco que no debía haberlo hecho.
Me he arrepentido muchas veces. No trato de justificarme, solo les explico lo que ocurrió.
Como ya les he dicho, yo, después del disgusto que Román tuvo al perder la oposición, intenté dejar que transcurriese un tiempo antes de contarle que tenía decidido irme de casa a vivir sola.
La verdad es que, en un primer momento, no pensaba explicarle lo de mi relación oculta.
Lo que este había hecho con su amigo me había abierto los ojos y yo estaba decidida a dejarlos a los dos.
Quería dejar pasar un tiempo, el suficiente para que Román se serenase.
Seguí viendo a Javier para evitar que pudiese contarle algo sobre nuestra relación antes de que lo hiciese yo.
Trataba de evitar nuevos problemas. Lo que acababa de hacer me había demostrado qué tipo de persona era.
No era el tipo de hombre que yo creía conocer.
No me atreví, o no pude, o no quise. No lo sé.
La cuestión es que no lo hice. A la segunda ya no pude soportarlo más.