Cuatro ochos 12 – Miércoles, 10/11/2004
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12 – Miércoles, 10/11/2004

Lucía y Tomás llegaron a la casa de Vallvidrera a primera hora de la mañana.

En esta ocasión, quizás influenciados por lo que ahora ya sabían y por la luz del día, la impresión que tuvieron fue diferente.

Seguía siendo un edificio viejo, mal cuidado, triste, aunque no les pareció tan lúgubre como en la primera visita.

Puesto que ya se conocían el camino, les fue fácil encontrarla. Aparcaron justo frente a la puerta. El edificio mostraba la presencia de los pertinentes precintos que anunciaban que había sido tomado por la policía.

Abrieron la verja de hierro del exterior, que los recibió con su habitual y sonoro chirrido, y subieron las escaleras invadidas por las hierbas.

Tomás se dirigió directamente a la puerta sin mostrar el más mínimo interés por todo lo que tenía a su alrededor.

Lucía se paró unos instantes para contemplar los dos enormes tiestos y su decoración, con figuras moldeadas en serie que mostraban mujeres cargando sacos con uvas o algo parecido.

Eran los dos iguales, enormes, altos. Su interior, repleto de tierra, había sido invadido por tréboles, hierbas de todos los tipos y alguna que otra flor silvestre.

Ella imaginó que en algún momento debían haber estado llenos de flores de colores diversos, muy vistosas, mostrando su esplendor, y recordó los versos de Miguel Hernández que decían: «las flores se desvanecen devoradas por las hierbas » .

La inquisidora mirada de su compañero la hizo volver a la realidad y se acercó a la puerta.

Tomás acababa de arrancar el precinto que impedía la entrada a personas no autorizadas.

Orientados por la luz de sus linternas, llegaron a las ventanas del comedor.

Las abrieron y permitieron que la claridad invadiese la estancia.

El ambiente agradeció la entrada de un aire limpio capaz de empujar al exterior el olor a enmohecido.

Luego recorrieron toda la casa, abrieron todas las ventanas y se distribuyeron el trabajo.

La vivienda tenía dos pisos y el reparto fue sencillo.

Tomás revisaría el comedor, la sala de estar y el resto de las salas del piso inferior y Lucía las habitaciones y todo lo que correspondía al piso superior.

El sargento empezó su labor haciendo un rápido repaso ocular.

La experiencia le aconsejaba no perder el tiempo revisándolo todo e ir directamente a los lugares en los que era más posible encontrar lo que buscaban.

Entró en la cocina, miró a uno y otro lado, abrió algún que otro cajón y comprobó que contenían enseres de cocina, cubiertos y otros utensilios de uso diario.

Cambió de habitación y fue a lo que parecía ser una sala de estar pasando por alto el pequeño cuarto de baño situado entre la cocina y este espacio.

La sala tenía pocos muebles y ninguno de ellos con cajones.

Un sofá de tres plazas, una mesita sobre la que había algunas revistas del corazón y dos separatas de trabajos científicos con algunos comentarios escritos a mano en los márgenes, una lámpara y un enorme televisor frente al sofá.

Tomás vio que ya no estaban los restos de comida, ojeó las revistas y las separatas y pasó rápidamente al comedor sin entretenerse más de lo necesario.

Estaba convencido de que, en el caso de que hubiese algo de interés para él, allí no estaría.

Dos grandes ventanas abiertas al desastroso jardín ofrecían luz más que suficiente para su investigación.

No era un espacio demasiado grande. La mesa, acompañada de cuatro sillas bastante viejas, estaba cubierta por el montón de papeles que había visto en la primera visita.

En la pared de la izquierda había una biblioteca, bastante grande, repleta de libros encerrados en una vitrina y un mueble de madera en la parte baja con dos puertas de un par de hojas cada una.

Tras revisar los papeles que reposaban sobre la mesa y comprobar que carecían de utilidad para él, Tomás empezó su búsqueda por el mueble, convencido de que encontraría algo.

Miró los libros uno a uno, pasando las hojas a gran velocidad en busca de algún papel escondido entre ellas, sin éxito.

La mayoría eran libros de medicina y encontró alguna nota escrita a mano sobre temas médicos.

Nada interesante para la investigación. Miró en la parte baja de la librería.

Abrió las puertas de madera. Solo había unos estantes en los que se guardaban manteles, servilletas, platos, vasos y piezas de cubertería antiguas.

Nada que le llamase la atención. Dejó el mueble y se dirigió hacia la pared contralateral, en la que reposaba una gran cómoda llena de cajones.

Cuando oyó la voz de su compañero diciéndole que creía haber encontrado lo que buscaban, Lucía estaba revisando el último cajón de lo que suponía era el cuarto del doctor.

Había mirado, sin mucho detenimiento, el baño y la habitación que parecía no haber sido nunca usada, pese a estar preparada para ello.

Sus armarios y cajones estaban vacíos, como si nadie nunca hubiese entrado allí.

La otra habitación estaba vacía, sin muebles; solo tenía en el suelo algunos papeles, sin importancia para Lucía.

Se dedicó a mirar con detalle en el cuarto de Javier y allí encontró un sobre grande que contenía unos cuantos documentos procedentes de un juzgado, dos hojas manuscritas, poco interesantes, y un revolver con su caja de munición por estrenar.

—¡Lucía, baja! Creo que he encontrado lo que buscábamos. Ven en cuanto acabes —gritó Tomás mientras se sentaba en la mesa y colocaba sobre ella las cartas encontradas en la cómoda.

—Voy. Solo me queda un cajón y bajo —respondió ella.

Cuando Lucía entró en el comedor se encontró a su compañero sentado frente a un montón de sobres. Ella llevaba en su mano el arma, las balas y el sobre grande que había encontrado.

—¿Qué es todo esto? —preguntó la inspectora.

—Por lo poco que he podido ver hasta ahora, son cartas interesantes. Algunas están escritas a mano y son difíciles de leer.

—Yo he encontrado una pistola con munición y un documento que parece ser una sentencia judicial. Está en un sobre grande y solo he leído el encabezamiento.

—Déjame ver el arma —dijo Tomás cogiendo la pistola y mirándola por todos lados—. Me parece que es una Glock17 adquirida en el mercado negro. Mira aquí, el número de serie está borrado.

—Sí, ya me he dado cuenta. Lo que desconocía era el modelo.

—Bueno, esto es lo que creo yo. Ya veremos si me he equivocado. Es un modelo que circula mucho fuera de la ley. Las venden por cuatro duros. Viendo la caja de municiones que está por abrir, pienso que nunca la usó.

—Seguramente, pero algo debía temer para tener algo así a mano. A ver qué has encontrado tú.

—Son cartas. He leído algunas, así por encima, y he podido intuir que contienen amenazas. Habrá que leerlas con cuidado.

—Por descontado. La pregunta solo era para saber si podían tener interés o solo eran chorradas de amor y cosas así.

—No, no, son de interés. Estamos obligados a leerlas todas y con cuidado.

Creo que nos servirán. Por lo que he visto, hay tres remitentes.

La mayoría son del padre que lo denunció.

Hay unas cuantas de un tal Nico Barnils, del que hasta hoy no sabíamos nada y que parece que no se llevaba muy bien con él.

Así, por encima, he visto que contienen problemas de dinero y amenazas.

Pocas cartas, pero creo que serán jugosas.

Las otras son de su amante, Clara. En total hay unos dieciocho sobres, espero que con dieciocho cartas.

—Te propongo lo siguiente. Ahora las clasificamos en dos grupos según el remitente. Tú te llevas un grupo y yo el otro. Nos las leemos esta misma mañana, cada uno las suyas, luego las intercambiamos y, finalmente, las comentamos.

—Me parece bien. Hay que hacerlo rápido.

—De acuerdo.

Las separaron en dos lotes. Cada uno cogió el suyo y se fueron.

***

Tomás llegó al despacho de Lucía acalorado, pues, como era costumbre en él, había ido a toda velocidad tratando de ser puntual. Lucía lo esperaba sentada en su silla frente al lote de cartas que había recibido por la mañana de su compañero.

—No te quejarás, jefa. Cada vez hay más oponentes al título de asesino del doctor Pie.

—Tienes razón. ¿Cómo lo hacemos? ¿Hablamos primero de un lote y después del otro?

—De acuerdo. De la amante poco hay que decir, sobre todo teniendo en cuenta que vendrá mañana.

—Pues empecemos por Ramón Bonmatí, el padre del pobre Joan, que murió de un cáncer y que fue quien llevó a juicio al doctor —dijo ella.

—A mí me ha quedado claro que este hombre no ha pasado página de la muerte de su hijo y que lo sigue culpando y odiando.

—En el documento que encontré, que corresponde a la sentencia, queda claro que el doctor Pie fue exonerado y, por lo que se desprende de los informes periciales y de los forenses, no hubo ninguna negligencia.

A lo sumo, un error de diagnóstico en un primer momento que, de no haberse cometido, tampoco hubiese cambiado la evolución de la enfermedad.

Algo más debió pasar, pues las cartas contienen amenazas y dejan entrever un rencor enorme.

La última es de hace tres meses, es decir, que seguía empeñado en la venganza. ¿Tú que crees?

—Estoy convencido de que algo grave ocurrió entre Bonmatí y el doctor. Si no, no se entiende. Hay dos cartas muy significativas. Una es la que explica que lo ha estado vigilando y que un día llegó a estar muy cerca de él, aunque no encontró el momento de dañarlo.

—Él habla de matarlo, sin paliativos —dijo Lucía.

—Sí, sí, siempre utiliza el término matar.

En la otra, que es la última, le recuerda que no se ha olvidado del tema y que acabará con él en cuanto tenga oportunidad.

Es decir, que este hombre lo ha estado persiguiendo y parece persistir en su obsesión.

Es un sospechoso de peso. —Al acabar la frase, Tomás se levantó y clavó en el corcho de la pared una cartulina con el nombre Bonmatí—.

Cuando tenga una foto lo cambiaré. Me gusta verles la cara a los sospechosos. Ya me encargo yo de buscarlo y citarlo.

—Vale. Hay que investigar sobre él y averiguar datos personales y de la familia, dónde trabaja y qué hace. Hay que interrogarlo cuando tengamos el máximo de información. Por cierto, ¿has contado cuántas cartas mandó este Bonmatí?

—Nosotros tenemos aquí diez, y todas con amenazas. No sabemos si hay más. Como muestra de una obsesión no está mal. Tampoco sabemos si hay otras que no hemos encontrado.

—Dejamos a este hasta tener más información y pasemos al otro, hasta ahora un desconocido para nosotros. Se llama Nico Barnils, ¿verdad?

—Sí. Yo no he entendido muy bien lo que se traían entre manos los dos. Me ha parecido entender que se trataba de un problema de dinero.

—Este mandó pocas cartas. Por lo que he leído, el doctor le debía dinero, un dinero que él a su vez debía a otros que lo amenazaban si no pagaba.

—Efectivamente, esto he entendido yo. En una de las cartas viene a decir que, si no le paga, lo obligarán a matarlo o lo matarán a él, y le pone un ultimátum.

Lo que no acabo de entender es cómo estaba el doctor metido en un lío así.

Es como si tuviese problemas con unos mafiosos o algo parecido.

No lo he entendido mucho, pero parece una deuda de juego.

—Yo tampoco lo he entendido bien. ¿Y si buscó protección? Piensa que tenía una pistola. Seguramente temía algo.

—¿Por Bonmatí?

—O por algo que no sabemos aún.

—No sé. Mira esta es la última que le mandó Barnils.

—Y leyó—: «Ayer noche estuvieron aquí y me recordaron una vez más el ultimátum.

O les doy los ciento noventa y dos mil euros en quince días o acaban conmigo.

Les he explicado que te di el dinero a ti y la respuesta ha sido que les da igual, que yo te haga esta misma propuesta a ti.

Así que ya sabes. Quiero el dinero antes de quince días o atente a las consecuencias».

—Si, este aspecto está claro, y la fecha del matasellos es de diez días antes del accidente mortal.

Lo que no he acabado de ver en las cartas es el origen de la deuda.

Intuyo, como tu bien dices, que parece relacionada con el juego.

Nos han contado que el doctor no se drogaba, al menos aparentemente.

Da la sensación de que el tal Nico está entre esta gente y Javier.

—Esta es la sensación que he tenido. No nos queda más remedio que meternos en la vida de este tío y averiguar que hace antes de interrogarlo porque tratará de colarnos todas las trolas que pueda. Anda, clava otro papel en el corcho, que de este tampoco tenemos la foto, de momento.

—A sus órdenes, jefa. —Tomás clavó otra cartulina en el corcho con el nombre de Nico Barnils y se giró mirando a Lucía—. Esto se está poniendo interesante.