Cuatro ochos 11 – Martes, 9/11/2004
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11 – Martes, 9/11/2004

Justo cuando el teléfono sonó anunciando la llegada de su entrevistado, el sargento apareció por la puerta del despacho

—Buenos días, Tomás.

—Buenos días, jefa. ¿Preparada para la jornada? La entrevista de hoy puede ser importante para nuestras pesquisas.

—Me ha gustado esto de las pesquisas, aunque yo tengo serias dudas de que saquemos algo de provecho. Ya veremos.

Lucía se levantó, estiró la chaqueta del uniforme y se atusó el pelo con la intención de darle algo más de volumen. Mientras, Tomás permanecía sentado buscando el bolsillo en el que guardaba su preciada libreta y su bolígrafo.

—Gracias por venir —dijo Lucía al tiempo que tendía la mano para saludar a Román—. Soy la inspectora Serra y él —señaló a su compañero— es el sargento Simón. Usted es, supongo, el señor, bueno, el doctor Román Torres.

—Sí, señora. Aquí soy el señor Torres. Lo de doctor corresponde más al trabajo. Ya me dirá usted a qué se debe su citación aquí, en comisaría.

—¿No se lo imagina? —intervino el sargento usando un tono serio y algo inquisidor.

—Sé que Javier Pie ha muerto. Oí que lo comentaban en el hospital algunos que también habían sido compañeros suyos. Lo que no sé, y no logro entender, es qué puede tener que ver esto conmigo.

—Estamos empezando una investigación porque, no sé si lo sabe, el doctor Pie no murió en un accidente.

Fue asesinado. Su muerte no fue accidental como parecía en un primer momento.

Como en toda búsqueda, al principio vamos algo perdidos y necesitamos hablar con todas las personas que llegaron a conocerlo o a relacionarse con él.

Según tenemos entendido, él y usted fueron muy amigos, ¿no?

—intervino la policía en tono conciliador.

—Lamento tener que decir que sí. Cuando estudiábamos éramos muy amigos. Podría añadir que, con el tiempo, se convirtió en mi peor enemigo.

—Entonces debe estar contento de su fallecimiento —inquirió el sargento.

—Tanto como contento no lo diría. Me atrevería a decir que me es indiferente. De verdad, lo que pienso es que así hay un hijo de puta menos en el mundo. En otro momento de mi vida seguramente me hubiese alegrado. Ahora ya no. Me da igual.

—Vaya afirmación la suya, ¡un hijo de puta menos! —dijo la inspectora, que acababa de carraspear—. Es un poco duro.

—Entiendo que les parezca mal. Puedo asegurarles que es lo que era, un verdadero hijo de puta.

—Vamos a ver, cuéntenos su relación con él y todo lo que ocurrió para que sea capaz de afirmar y reafirmar esto —dijo la policía.

—Como ya les he contado, fuimos compañeros y muy amigos durante los estudios. Después coincidimos en el Vall d’Hebrón y allí empezó mi calvario.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Simón.

—Primero se lió con mi mujer a mis espaldas. Después se aprovechó de mi confianza y utilizó el proyecto que yo había preparado para quedarse con la plaza de jefe de sección.

—Esa parte ya la conocemos. ¿Qué ocurrió después? —preguntó Lucía.

—Miranda me propuso hacer la tesis doctoral y me puse a trabajar en ella durante meses. Javier se enteró, se lió con la bibliotecaria y consiguió la bibliografía que yo había seleccionado. Inscribió antes un proyecto sobre el mismo tema y bloqueó el mío.

—¿Cómo reaccionó usted? —preguntó Tomás.

—Monté en cólera. Clara acababa de contarme, además, que llevaba años acostándose con él. Lo busqué, le escribí mensajes, le rayé el coche, le deshinché las ruedas y un día llegué a pegarle un puñetazo antes de que escapara.

—¿Lo amenazó de muerte?

—Supongo que sí. Ganas tuve de matarlo en un primer momento, aunque luego no creo que hubiese sido capaz.

—A su manera lo intentó, ¿no? —inquirió el sargento.

—¿Qué pasa? ¿Me está acusando de algo? Yo no lo he matado —dijo Román alzando la voz y visiblemente nervioso.

—No, doctor, nadie ha dicho esto. ¿Cómo acabó todo? —preguntó la inspectora.

—Después de que este cabrón me hubiese destrozado la vida tanto profesional como personal, decidí irme del hospital, apartarme de él y tratar de empezar de nuevo en otro sitio.

Entré en una gran depresión y necesité ayuda de un psicólogo que me trató durante un tiempo y aún sigue haciéndolo.

Con el tiempo, la ayuda y mucho trabajo conseguí levantar cabeza.

—¿Podría decir que ahora está bien? —preguntó la inspectora.

—Me atrevería a decir que nunca he vuelto a estar como estaba antes.

Acepto lo ocurrido porque no lo puedo cambiar y ya está.

Vivo algo diferente a lo que vivía, esta es la realidad.

No sé si me atrevería decir que soy feliz.

Consiguió destrozar mi vida, mis ilusiones, todo por lo que había luchado.

Reconozco que al hablar de todo esto la sangre me hierve y las entrañas se remueven.

—Podríamos decir que nunca lo ha perdonado y que ha seguido odiándolo siempre —dijo la inspectora.

—He tratado de olvidar. Si en algún momento pienso en él, como ha ocurrido ahora, un sentimiento de rabia se enciende. Creo que, si hubiese tenido oportunidad de vengarme, lo hubiese hecho.

—Motivos y razones no le faltan —terció el sargento ahora, usando un tono conciliador—. ¿Se podría decir que se ha alegrado de su muerte?

—Su muerte a mí ya no me arregla nada. Yo no diría que me he alegrado, pero pienso que hay un hijo de puta menos en el mundo y que, si lo han matado, ha encontrado el final que merecía.

—Sabe que estamos investigando un asesinato y que, por tanto, hay algunas preguntas rutinarias inevitables —dijo Simón—. Por ejemplo, ¿tiene usted una moto?

—Sí, tengo una, una Honda CB500X.

—¿Y coche?

—Sí, un Renault.

—Por último, ¿dónde estuvo la noche en la que se produjo el accidente?

—Supongo que, en casa, durmiendo. Si no me equivoco, fue un día no festivo, ¿verdad?

—Sí, era un día laborable. ¿Vive solo?

—Sí, vivo solo.

—¿Tenía conocimiento de dónde vivía él?

—Tengo entendido que en una casa vieja en Vallvidrera.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque de vez en cuando hablo con Clara y ella me lo dijo.

—¿Conoce a Rosa Gumbau, la ex de Pie?

—Sí.

—¿La ha visto últimamente?

—Hace tiempo que no.

—Por hoy es suficiente. Gracias por venir. Si aparece alguna cuestión nueva, nos pondremos en contacto con usted.

—Lo entiendo. Perdónenme si en algún momento me he exaltado. Cuando encuentren al asesino, lo felicitan de mi parte. Adiós —dijo dirigiéndose al sargento, que seguía escribiendo y no se había levantado de la silla. Le tendió la mano para despedirse.

Lucía cerró la puerta y se sentó en la silla que hasta entonces había ocupado el doctor, junto a la de Tomás.

—¿Qué te ha parecido? —preguntó.

—Este tío está muy dolido. Rebosa odio y ganas de venganza por todos lados, y razones no le faltan. Yo pienso que no está curado. Veremos cómo sigue todo. Creo que volveremos a interrogarlo. Dudo mucho que lo haya contado todo. ¿En qué piensas?

—Estaba dándole vueltas a las maniobras practicadas por nuestro muerto para llegar a conseguir todo lo que ansiaba.

—Yo tengo claro que era un verdadero hijo de puta. Hemos hablado solo con dos personas y ambas coinciden. Creo que era una de las personas más egoístas del mundo. No sé si seremos capaces de llegar a conocer todos los enemigos que tenía.

—Tenemos que volver a aquella casa que visitamos, averiguar por qué vivía en ella e inspeccionarla minuciosamente. Cabe la posibilidad de que encontremos algo que nos ayude.