Cuatro ochos 10 – Alicia y su padre #3
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10 – Alicia y su padre #3

Durante el camino Javier no abrió boca. Seguía serio, pensativo. Se despidió de su hija en la puerta de la casa. Ella entró contenta, pensando que su padre era, como se suele decir, muy guay.

Cenó las sobras que había en la nevera. No tenía demasiada hambre.

Luego, se puso a ver una película. Creyó que lo mejor sería esperar a la niña despierto.

Quería distraerse y olvidar las preocupaciones del momento.

Intentó ver Bugsy , una película de Warren Beatty, uno de sus ídolos, nominada al Oscar en el 91, que estaban dando por la tele.

Entre el cansancio, el sueño y las preocupaciones, desconectó y se durmió en el sofá.

Se despertó con un sobresalto. La pantalla de la tele mostraba un documental sobre la II Guerra Mundial.

Miró el reloj y vio que eran las dos y veinte.

Fue al cuarto de Alicia y lo encontró vacío.

Cogió el teléfono, la llamó y no obtuvo respuesta.

Empezó a dar vueltas por el comedor como un animal enjaulado.

Se planteó ir a buscarla. No lo hizo. Empezó a pensar que podía haber ocurrido alguna cosa.

Se autoinculpó. ¿Cómo podía haber sido tan necio, tan imprudente, que no sabía quién debía traerla a casa?

Solo conocía el nombre de la compañera. Se había fiado de lo que le había dicho la niña y no se había preocupado de nada más, siempre pensando en sus cosas.

No sabía quiénes eran los padres que debían devolverla a casa.

Tampoco tenía el teléfono de la casa donde se celebraba la fiesta.

Se iba poniendo nervioso, cada vez más. Se culpaba por todas las negligencias que había cometido.

Pensó en llamar a Rosa, pero no se atrevió, pues no había hablado en ningún momento con ella de la fiesta.

¿A lo mejor no sabía nada y todo era mentira?

No podía llamarla y ponerse en evidencia si esto era así.

A medida que pasaba el tiempo empezó a justificarse y a dejar de culparse para trasladar la responsabilidad a la niña.

Le había dicho que a la una en casa y ya eran cerca de las tres.

Si hubiese regresado a la una como él le había mandado, esto no estaría ocurriendo.

«A saber qué estará haciendo», «Habrá bebido o tomado cosas peores», «Que esto me tenga que pasar a mí…

», «Demasiada confianza he tenido en ella», «A lo mejor se ha acostado con alguien», se iba diciendo mientras seguía dando vueltas sin parar.

Se sentaba, se levantaba, daba dos vueltas, miraba el reloj, volvía a sentarse, volvía mirar la hora y, a medida que pasaba el tiempo, iba aumentando su nivel de cólera.

La rabia que lo invadía se encauzaba hacia su hija y no hacía más que pensar en cuál iba a ser el escarmiento que le iba a aplicar. Estaba enfurecido.

Poco después de las tres, la puerta se abrió. Alicia entró sonriente y feliz, ignorando lo que le esperaba. Al verla, Javier se abalanzó sobre ella.

—¿De dónde vienes a estas horas? —chilló, hecho un energúmeno, mientras la pobre niña lo miraba sin entender lo que ocurría.

—Es que…

No tuvo tiempo de explicar nada porque su padre le atizó dos solemnes bofetadas y se puso a gritarle desaforadamente.

—¡No quiero oírte! Yo te doy un poco de confianza y tú me das por el culo. A la cama. Vete a la cama cagando leches o te vuelvo a dar. Fuera de mi vista, golfa, que eres una cualquiera.

Alicia, sin entender nada de lo que estaba sucediendo, huyó como pudo hacia su cuarto.

Al pasar delante de él, recibió una tremenda patada.

Se encerró en su habitación y se puso a llorar.

Le dolían los bofetones, le dolía la patada, pero le dolía aún más la actitud de su padre y las palabras que había pronunciado.

No durmió. Aún no eran las siete cuando llamó a su madre.

Cuando Rosa llamó al timbre eran algo más de las siete y media. Su hija le abrió y se echó a sus brazos.

—¿Dónde está este hijo de puta? Lo voy a matar —gritó Rosa, dirigiéndose al cuarto de Javier—. ¿Qué te has creído, cabrón, que tienes derecho a hacer lo que quieras?

Los gritos de Rosa lo habían despertado.

Abrió la puerta de su cuarto y apareció en pijama, despeinado y sin saber muy bien qué estaba pasando.

Nada más verlo, Rosa empezó a coger todo lo que encontró a mano, tijeras, pisapapeles, jarrón, libros, cualquier cosa, y a tirárselo con la intención de dañarlo.

—A las tres, ha llegado, a las tres —dijo él a modo de excusa.

—¿Y qué? ¿Por esto tienes que pegarle sin darle siquiera la oportunidad de explicarse?

Eres el hijo de puta más grande que he conocido.

Esto no va a quedar así. Te he aguantado muchas cabronadas, pero esta ya te aseguro yo que no.

Ahora porque está la niña delante, pero en cuanto me sea posible te machacaré.

Ándate con cuidado porque te voy a hacer todo el daño que pueda y voy a esperar el momento oportuno para hacerlo, no tengo prisa.

Vámonos Alicia. —Cogió la mano de su hija y salió del piso pegando un portazo que hizo temblar las paredes.