10 – Alicia y su padre #2
Transcurrieron unos meses y la relación padre e hija mejoró sin que llegase a alcanzar el nivel que había tenido al principio. Al cabo de un tiempo, Rosa supo por su hija que el juicio se había celebrado y que Javier fue declarado inocente, lo que ayudó a que su carácter mejorase.
Bastante tiempo después de aquel episodio, madre e hija tuvieron un día una conversación.
—Mamá, ¿tú sabes que papá recibe cartas que lo amenazan de muerte?
—¿Qué dices, Alicia? No sé de qué me hablas. ¿Cómo lo sabes tú?
—El otro día había una carta sobre la mesa del comedor. Ya sé que no se debe hacer, pero la leí. Era muy corta. Venía a decir que nada había cambiado, que no olvidaba y que pagaría. Al acabar, con letras muy grandes, ponía algo así como «Estoy planeando tu muerte» y «yo haré justicia».
—¿Estás segura?
—Sí. Me asusté. Luego vi que papá la guardaba en un sitio donde había otros sobres como el de la carta que leí.
—¿Preguntaste o hablaste de esto con tu padre?
—No, no me atreví. Yo sabía que no tenía que haberla leído.
—No hagas caso. Si hubiese algún problema, me lo habría dicho. A pesar de todo, no te apures, se lo preguntaré. Olvídalo.
***
Era una mañana soleada, de atmósfera limpia como corresponde después de una lluvia intensa. Javier se sentía feliz. El puesto de jefe de sección que había conseguido lo llenaba de satisfacción. Mandar era lo suyo. Cuando le sonó el teléfono estaba entrando en el hospital.
—Dime, Rosa. ¿Qué ocurre?
—Disculpa que te llame tan pronto. No he podido dormir tranquila y he pensado que aún no habías entrado a trabajar.
—Acabo de aparcar e iba a entrar en el hospital.
—Te llamo porque Alicia leyó ayer una carta que dejaste encima de la mesa del comedor en la que te amenazaban de muerte, o al menos es lo que ella entendió.
Está muy preocupada. ¿Qué está ocurriendo?
Tú haz lo que te dé la gana, pero yo no voy a permitir que metas a la niña en ningún lío ni que la hagas sufrir.
Desde que leyó lo que leyó, no hace más que preguntarme.
—Siento haberme dejado la amenaza a su alcance. Con todo el trabajo que tengo, estoy muy atareado y me debí descuidar. No es nada grave. Es el padre del chico que se murió. Me parece que ya sabes que se celebró el juicio y que me declararon inocente.
—Sí, Alicia me lo contó.
—Pues, a pesar de esto, el padre de aquel joven sigue amenazándome y molestándome repetidamente.
Me escribe, me llama al hospital, ha venido a verme, me sigue, en fin, que no para de avisarme de que se tomará la justicia por su mano y que me matará, que es lo que me merezco.
Al principio, las amenazas eran muy frecuentes, casi mensuales.
Ahora se ha calmado un poco y ha espaciado sus ataques.
Entre la carta que leyó Alicia y la anterior han pasado tres meses, al menos.
Yo creo que se irá apaciguando y acabará por aceptar la realidad. Pienso que no tiene mayor importancia.
—Cuesta creerte. Ojalá que sea así. Haz el favor de hablar con ella para que no sufra.
Por cierto, que no se me olvide, si un día no vas a ir a buscarla, avísame, que no cuesta tanto.
El pasado viernes, que habías quedado con ella y no fuiste a recogerla.
La pobre te estuvo esperando una hora hasta que se decidió a llamarme a mí.
Si no piensas ir, no la putees, llámala y avísala.
A ella o a mí, da igual, pero avisa. Se siente muy mal cuando no la tienes en cuenta y pasas de ella.
El fin de semana lo pasó fatal porque además tienes los santos cojones de no darle ninguna explicación ni de justificarte. Está muy enfadada.
—Es que a última hora tuve que asistir a una reunión de expertos en Madrid y fui, con muchas prisas. Se me olvidó.
—No me cuentes rollos que te conozco demasiado.
¿Cómo se llamaba la reunión: Adela, María, Marta, Obdulia o Gertrudis?
Deja ya de mentir, que llamar por teléfono no cuesta nada.
Nunca cambiarás. Eres odioso, solo piensas en ti.
Una cosa más. Veo que has dejado de pasarme el dinero que me dabas cada mes.
No pasa nada. Solo quiero que sepas que este dinero, que yo no te pedí, está guardado y es para cuando Alicia sea mayor. Yo no necesito nada de ti.
—Lo siento. Tengo problemas económicos y no he podido pagarte. Intentaré arreglarlo.
—Ya te he dicho que yo no lo necesito y ahora ya sabes para quién es, así que allá tú. —Y colgó el teléfono.
Con el móvil aún en la mano, Javier recordó el fin de semana que pasó con Marta en Menorca, justo cuando se olvidó de recoger a su hija en la escuela.
***
La vida de Rosa con su pareja, Quique, y el hijo de ambos era muy estable.
Alicia estaba muy ilusionada con su hermano.
Continuaba visitando a su padre, pero con menor frecuencia y procuraba pasar solo un día, no todo el fin de semana.
Él tampoco pedía más. La niña fue observando un deterioro lento y continuo.
Estaba más dejado, cuidaba menos la casa, vigilaba más los gastos, cosa que nunca había hecho antes, y volvía a estar irritable, irascible y agresivo.
Ella lo soportaba porque cada vez lo veía menos, en parte porque lo evitaba y en parte por sus numerosos incumplimientos.
El avisar que no podía estar con ella cuando habían quedado se convirtió en un hábito frecuente.
Para la niña, ir a casa de su padre se había convertido en una obligación poco agradable.
Iba a visitarlo con desgana. Lo veía mal y procuraba huir de su compañía tanto como podía.
Su familia era la otra, la de su madre, Quique y su hermanito. Allí se encontraba a gusto.
Un jueves, cuando tenía ya casi trece años, Alicia llamó a su padre para decirle que el viernes iría a dormir a su casa.
—Hola, papá. ¿Te parece bien que vaya este fin de semana?
—Sí, hija, no hay ningún problema.
—En realidad, sí hay uno, pequeño. El viernes por la noche tengo una fiesta con cena en casa de una amiga que vive cerca de tu casa. Me gustaría ir. Pensaba que, si me das permiso, mamá ya me lo ha dado, iría a la fiesta y luego iría a dormir a tu casa y estaría contigo sábado y domingo.
—¿Cómo vas a ir y volver?
—Tú me tendrías que acompañar. Es un momento. Vive muy cerca de tu casa. Cuando la fiesta acabe, los padres de otra amiga se han comprometido con mamá a devolverme a tu casa. Así no tienes que esperarme.
—De acuerdo. Me parece bien. Iré a buscarte el viernes a la salida del cole.
Alicia subió al coche de su padre contenta, muy nerviosa.
A sus casi trece años iba a salir, por primera vez, por la noche a una fiesta.
Javier, en cambio, estaba taciturno, serio, a lo mejor incluso algo triste.
Ella lo definía, desde hacía tiempo, como preocupado.
Los nervios de arreglarse, vestirse, llamar, volver a llamar a una, a otra, comentar la vestimenta, en fin, todos los preparativos propios de la situación consiguieron que Alicia no le preguntase nada a su padre y llegase a olvidarse de él.
Eran ya las ocho. Hora de partir.
—Hija, estás guapísima. Pareces una mujercita. ¿Mamá ya te deja que te maquilles? ¿También van chicos a la fiesta?
—Sí, me deja pintarme y empolvarme un poco, como voy ahora, y sí, también van algunos chicos, compañeros de clase. Habrá baile.
—¿Hay alguno que te hace tilín?
—No, ¡qué va! Me gustan todos, ninguno en especial. Son unos críos.
—Vete con cuidado con la bebida. Pórtate bien.
—No hay alcohol, papá. Somos muy jóvenes. Los papás de la casa estarán allí.
—De acuerdo. No vuelvas tarde. A la una en casa, como muy tarde.
—Menos mal que no has dicho a las doce como la Cenicienta. —Se echó a reír—. Vamos ya. Me traerán los padres de una compañera, Claudia, así que tranquilo.