10 – Alicia y su padre
La relación entre Javier y Rosa quedó totalmente destruida cuando ella descubrió que estaba siendo engañada y decidió irse de casa.
En un primer momento establecieron un acuerdo verbal en el que la niña, que aún no había cumplido los cinco años, estaría con él los fines de semana alternos y siempre que él y ella quisieran mientras no desorganizase demasiado la vida de los demás.
No creyeron necesario ir a abogados para redactar un convenio.
Rosa tenía muy claro que Alicia debía tener la posibilidad de ver a su padre siempre que lo desease.
Ella no iba a ser un impedimento para esta relación mientras todo funcionase bien.
Rosa estaba segura de que esto era bueno para ella y que la ayudaría a mitigar el sufrimiento.
No pidió ninguna pensión, pues prefería no tener ninguna obligación con él y que de esta manera fuese siempre Alicia la que decidiera lo que quisiese hacer.
A pesar de ello, él optó por pasarle una mensualidad para ayudar a la crianza de la pequeña.
Javier no tardó demasiado en reanudar una vida de soltero y empezó a salir con otras mujeres tras un par de meses de separación. Sentía mucho lo ocurrido, pero ni podía ni quería evitarlo. Como él mismo decía, era un mujeriego.
Al principio cumplió con su hija y siguió a rajatabla el compromiso adquirido con Rosa.
Iba los viernes que le tocaba a recogerla al colegio y la devolvía a casa de su madre los domingos por la tarde.
Como es habitual en los padres separados, mientras estaba con él la niña era mimada, consentida.
Él era permisivo al máximo. Jugaba con ella, iban, al cine, al parque de atracciones, al zoo, invitaba amigas y amigos para que jugase, iban a comer o cenar siguiendo los caprichos de la niña; es decir, se desvivía por hacerla feliz.
La niña tenía en su casa una habitación para ella que había decorado como ella quería. Fueron juntos a escoger muebles, luces y objetos de decoración para que estuviese lo más a gusto posible en aquella casa.
Alicia parecía feliz, tanto como se puede ser en las circunstancias que le tocaba vivir. Su padre procuraba que las visitas a su casa no alterasen demasiado los planes que la niña podía tener durante el fin de semana, como fiestas, aniversarios, excursiones, etc.
Rosa, por su parte, inició una nueva vida.
Al principio estuvo en casa de sus padres con su hija durante un tiempo.
El hogar paterno fue un buen refugio para los primeros meses dominados por el dolor, el desengaño y la tristeza.
La presencia de los abuelos ayudó mucho a aliviar la pena y a superar el momento.
Desde el primer instante ella tuvo claro, y así se lo comunicó a ellos, que aquello era una solución temporal y que su objetivo era buscar otro piso para trasladarse allí con su hija.
Tardó seis meses en conseguirlo. Medio año después de la separación se fue a su nueva casa con Alicia.
La niña pudo seguir en la misma escuela con los mismos amigos.
Aparentemente, se había adaptado muy bien a sus nuevas circunstancias.
Rosa también lo había hecho. Volvió a trabajar como enfermera.
Salía poco. De vez en cuando, iba a cenar o a tomar copas con algunas compañeras de trabajo.
Tenía pocas ganas de fiesta. Había tenido muchas oportunidades de salir con otros hombres.
Las pocas veces que las había aprovechado habían sido un fracaso.
A ella no le gustaba el sexo por el sexo, necesitaba acompañarlo con sentimientos.
A los casi dos años de la separación conoció a un joven del que tardó poco en enamorarse.
Empezaron una relación seria y así ella volvió a estabilizar y rehacer su vida.
Quique, que así se llamaba su nueva pareja, hizo buenas migas con Alicia desde el primer día.
Los fines de semana que la niña no estaba con su padre salían de excursión o iban a lugares de ocio y de distracción.
Actuaban como una verdadera familia y la niña estaba feliz con la nueva situación.
Un día, cuando Alicia estaba a punto de cumplir ocho años, quiso hablar con su madre.
—Mamá, ¿yo tengo la obligación de ir cada quince días con papá?
—No, hija. Yo creía que tenías ganas de ir y que allí te lo pasabas muy bien. ¿Por qué me lo preguntas?
—No ha pasado nada especial, solo que ya no me lo paso como antes. Estoy mejor contigo.
—¿Qué quieres decir?
—Desde hace un tiempo papá no me hace ni caso.
No salimos, no me lleva a ningún lado, no me ayuda en las tareas, no hacemos nada.
Me aburro. Cuando llego me pone la tele y me tiene todo el fin de semana viendo películas y la mayoría de las veces sin él.
Y esto no es lo peor. Se enfada por cualquier tontería, me riñe por todo, refunfuña todo el rato y siempre está removiendo papeles.
Está raro. Yo tengo la sensación de que lo molesto cuando voy.
—¿Tú se lo has dicho? ¿Has hablado con él? A veces los mayores tenemos problemas y no nos damos cuenta de que nos portamos mal con quien queremos.
—Yo no sé si me quiere. Yo creo que no. —Y se puso a llorar.
—No llores, cariño. Por favor, no llores. Vamos a tratar de arreglarlo. Yo hablaré con él, aunque hace mucho que no lo hago, y averiguaré que pasa. Tú no has hecho nada que lo haya podido enfadar, ¿no?
—No, mamá, te prometo que no.
—Quédate tranquila, lo arreglaremos. Tu padre y yo no tenemos firmado ningún acuerdo y, por tanto, hoy por hoy, no tienes ninguna obligación de ir.
Yo pensaba que era bueno que fueses a verlo, que lo conozcas, que convivas con él porque es tu padre y estoy segura de que te quiere mucho.
Lo que no puede ser es que vayas a pasarlo mal. No dejaré que esto ocurra.
—Yo lo quiero, mamá, lo quiero mucho y antes iba muy a gusto. No sé qué le pasa que está muy raro.
—No te preocupes más. Mañana hablo con él. Te felicito por decirme las cosas. Agradezco que me lo cuentes. Si no las conozco, no puedo buscar soluciones, así que de verdad que aplaudo tu actitud. ¡Qué mayor que eres!
Tal como había prometido, haciendo de tripas corazón, Rosa llamó a su exmarido y quedo con él para hablar de su hija.
—¿Qué pasa con Alicia? ¿Hay algún problema? —preguntó Javier.
—Tú me lo tienes que decir. ¿Te pasa algo especial? ¿Te representa algún impedimento, algún obstáculo, el que te venga a ver? —respondió Rosa.
—No, yo no tengo nada nuevo con ella, al menos que yo sepa. ¿Por qué?
Rosa le explicó lo que la niña le había contado.
—En resumen, me ha pedido que la libre de venir contigo los fines de semana.
Yo no soporté tu deslealtad, tu egoísmo, para no convertirme en alguien infeliz y un juguete en tus manos.
Me costó aceptar que eres un…, bueno, me lo callo.
No estoy dispuesta a tolerar que hagas daño a la niña, que la riñas sin motivo, que no le hagas ni caso. No pasaré por ahí —dijo ella.
—He tenido pocas oportunidades de pedirte perdón por lo que ocurrió y te separó de mí. Sé que ya nada tiene remedio. Sin embargo, ahora que tengo la oportunidad, te pido perdón —respondió.
—Déjate de gilipolleces y vamos al grano. ¿Qué pasa con la niña?
—Estoy pasando un momento de mucha tensión y es posible que, sin darme cuenta, no me esté portando con ella como debería.
—No lo hago por ti, sino por ella. ¿Qué te pasa? ¿Puedo ayudarte en algo?
—No, no. Gracias. Lo que ocurre es que me han puesto una demanda judicial por un paciente que se murió y estoy nervioso y preocupado.
—¿Qué hiciste?
—Nada especial. Era un paciente joven que tenía un tumor maligno, con muy mal pronóstico, que en un primer momento no diagnostiqué y se murió.
Desde un punto de vista médico, lo que hice fue correcto.
Era imposible diagnosticarlo antes de lo que lo hice.
Lo que ocurrió es que tuve una mala relación con la familia.
Cuando aún no sabíamos lo que padecía discutí y me peleé con ellos.
El padre del joven, además de ponerme una denuncia, me persigue constantemente, me amenaza, me dice que si la justicia no me lo hace pagar que lo hará él, me hace la vida imposible.
Recibo cartas, llamadas de teléfono, me sigue, en fin, que me tiene loco.
—¿Dices que te pegaste con él?
—No, fue solo verbalmente. La evolución fue muy mala y el joven murió en unos meses.
El padre no aceptó los hechos y me culpa a mí de la muerte.
No entiende que esta enfermedad puede evolucionar así en algunos casos, no lo admite.
No me deja vivir tranquilo. Espero que cuando acabe el juicio, que será dentro de poco, recapacite y se olvide de mí.
—¿Y si te condenan?
—Lo veo muy difícil, casi imposible. Hemos revisado el caso, hemos consultado con otros compañeros y con peritos importantes y parece claro que no se cometió ninguna negligencia. El juicio es el mes que viene.
—¿Te parece bien que la niña te vea menos durante este tiempo, hasta que todo esto se acabe?
—Si ella lo quiere así, ningún problema. Lo hablaré y lo pactaré con ella.
—Lo que te exijo es que cambies de actitud cuando estés con Alicia. Esfuérzate un poco. Si no lo haces, acabarás perdiéndola, y yo no pienso ayudar para que esto no ocurra. Estás advertido.
—No te preocupes. Cambiaré y tendré en cuenta lo que me has dicho.
Rosa habló con su hija y le explicó, sin entrar en detalles, el momento que su padre estaba pasando.
A su manera, y teniendo en cuenta la edad de la niña, le pidió un poco de paciencia, aunque también le hizo saber que la culpa no era de ella y que su padre tenía que cambiar.
Le dijo que, si esto no ocurría y no se sentía a gusto cuando iba con papá, lo debía explicar y tomarían otras medidas.
Le confirmó que ni su padre ni ella querían que se sintiese obligada a ir con él.