9 – Viernes, 5/11/2004
—Buenos días —dijo Tomás, como siempre al trote, al entrar en la sala común donde se encontraban sus compañeros—. ¿Ha llegado ya la jefa?
—Sí, está en su despacho.
Siguió su camino entre ordenadores en busca de Lucía aprovechando el trayecto para dar algún que otro sorbo al café con leche que llevaba en la mano.
—Buenos días —dijo tras haber pedido permiso para pasar.
—Buenos días. ¿Cómo va todo? —respondió la inspectora, que continuó leyendo los papeles que sostenía en la mano.
—¿Qué pasó ayer, que tuviste que marcharte con tanta prisa?
—Lo que me temía. Pablo recibió una paliza en el colegio.
—¿Una pelea?
—No, bueno, sí, pero de cinco contra dos.
Aquellos de los que te hablé mientras comíamos.
Atacaron al compañero de siempre y Pablo decidió defenderlo.
Entre los cinco les atizaron a Raúl y a mi hijo una buena tanda de golpes.
Iban provistos de palos y les dieron con ellos, con los puños, con los pies, en fin, con todo lo que pudieron.
—¿Cómo está Pablo?
—Dolido, lleno de morados y con alguna fractura. Hoy seguramente le darán el alta. Ahora está con mi madre en el hospital.
—¡Qué bestias! Me cuesta creer que chavales tan jóvenes sean tan salvajes. Y tú, ¿cómo estás?
—Imagínatelo. Por un lado, jodida e indignada, y por otro, orgullosa de mi hijo, al menos tanto como lo está él, por su comportamiento y su valentía.
Estoy decidida a tomar cartas en el asunto y así se lo he dicho, aunque él insiste en que no haga nada.
Hoy tengo una reunión en el colegio. En cuanto acabemos la entrevista con la niña, me voy a ver al director. Me van a oír, te lo aseguro.
—Te entiendo. Es una locura. Esto no puede seguir así. Vaya jodienda la gente joven. Son unos salvajes y hay que reprimirlos de una forma u otra. En mi época no pasaban estas cosas.
—O sí. A lo mejor era igual y no nos enterábamos. Lo que sí te aseguro es que en el caso de mi hijo voy a terminar con ello. No sé cómo, pero lo haré.
—Si necesitas ayuda, ya sabes dónde estoy.
—Lo sé, lo sé y te lo agradezco. Espero que no sea necesario y que pueda arreglarlo sola. Vamos a lo nuestro. ¿A qué hora tenemos el interrogatorio?
—Ahora. Puse la visita a primera hora. Desconocía lo de Pablo. Si no me equivoco, debe estar al llegar. Si hace falta, cambiamos la hora y la hacemos venir otro día.
—No, así es perfecto, ya que, en cuanto acabemos, me puedo ir a la escuela primero y al hospital después.
***
Alicia entró en el despacho de la inspectora visiblemente nerviosa.
Era una bella adolescente rubia, con el pelo liso y un corte de largo medio, ojos azules y estatura considerable.
Todos los rasgos de su desarrollo como mujer habían aparecido ya.
Su vestido azul claro estampado de colores vivos, corto hasta media pierna, y unos zapatos deportivos blancos le daban un aire juvenil, divertido y desenfadado.
Entró con su madre y otra mujer. Rosa explicó a los policías que era una abogada amiga suya y les pidió que, puesto que suponía que ella no iba a estar presente durante la entrevista, permitiesen que estuviera su amiga para acompañar a la joven.
Los policías le explicaron que era una medida innecesaria, pues Alicia, además de no ser sospechosa de nada, era una menor y, por tanto, debía declarar acompañada de su madre, pero que, si esto la hacía estar más tranquila, no había ningún inconveniente.
Mientras Tomás salió a buscar otra silla para él.
Lucía, que no iba uniformada intencionadamente, utilizó los primeros minutos para dar a la joven el pésame por la muerte de su padre. Luego estableció una conversación sobre cosas intrascendentes para conseguir que se relajase y ganarse su confianza.
Alicia respondió sin titubear a las preguntas de la inspectora y del sargento.
Explicó que lo pasó muy mal cuando sus padres se separaron.
Para ella fue difícil, ya que los quería a ambos y porque significó el derrumbe de su bienestar, de su tranquilidad.
Tenía miedo de perder a uno de los dos. Les contó que durante un tiempo no sabía el porqué de la separación, ya que, en apariencia, todo estaba bien en casa, aunque ella era muy pequeña para darse cuenta de otra cosa.
Tardó unos años en conocer el motivo. Con el tiempo se fue adaptando a la nueva situación y como tenía compañeras y compañeros en sus mismas circunstancias, aceptó lo que le había tocado.
La joven expuso un sinfín de detalles de cómo su padre, al principio de la separación, se desvivía cuando ella iba a su casa.
En aquel momento se sentía querida por él.
Sabía que su madre evitaba encontrárselo, pero esto a ella no le afectaba.
La fluidez de la conversación permitió que pasados unos minutos Lucía y Tomás pudiesen entrar a investigar lo que realmente les interesaba.
—Tu madre nos contó que llegó un día en el que decidiste hablar con ella porque ya no querías ir más a casa de tu padre.
—Sí. Fue cuando yo tenía unos ocho años, más o menos.
Desconozco el motivo, pero mi padre cambió mucho.
Empezó a pasar de mí. No hacía lo mismo que había hecho hasta entonces.
Cuando llegaba a su casa me ponía la tele, las películas que yo quería, eso sí, y se sentaba en su mesa con sus papeles.
Casi no hablaba conmigo. No me preguntaba por la escuela ni por los deberes, no me ayudaba con las tareas, no íbamos a ningún sitio, y yo me aburría mucho.
Un día llegué a ver tres películas seguidas yo sola.
Alguna vez se olvidó de ir a buscarme a la escuela o, si llegaba, lo hacía muy tarde y yo tenía que esperarlo mucho rato, sola, en la puerta del cole.
Decidí hablar con mamá y dejar de ir a su casa.
En aquel momento, para mí, ir a verlo era como un castigo.
—¿Tu madre te obligaba a ir? —preguntó el sargento.
—No, nunca lo hizo. Era yo quien creía que era mi obligación.
—¿Qué pasó entonces? —preguntó Lucía mientras Tomás no paraba de escribir y la abogada permanecía callada.
—La verdad es que no lo sé. Mamá me contó que hablaría con él. Lo hizo y me explicó que papá estaba pasando un mal momento por una historia de un juicio o algo parecido. La verdad es que no me lo creí mucho porque ya llevaba unos meses pasando de mí.
—¿Cómo acabó?
—Tengo que reconocer que cambió un poco.
Parecía que se esforzaba en que yo estuviese bien.
Todo iba mejor, pero no acababa de funcionar, al menos para mí.
Lo que hacía me parecía forzado, no como al principio.
No sé cómo explicarlo. Me daba la sensación de que hacía las cosas obligado, no porque tuviese ganas de estar conmigo.
Poco a poco me fui distanciando e iba a verlo mucho menos que antes.
En aquella época, siempre que iba a su casa era por obligación, no por otra cosa.
—¿Sabes cómo acabó el juicio?
—Sé que se hizo al cabo de unos meses y que no pasó nada, que era inocente o no sé cómo se dice.
—¿Cambió después de esto?
—Algo sí. No demasiado. La relación con él ya nunca fue la misma. Yo diría que él no era el mismo.
—¿Por qué lo dices?
—Un día encontré encima de la mesa una carta y la leí.
Ya sé que no tenía que hacerlo, pero lo hice.
No la repasé con detalle porque temía que me descubriese.
Entendí, de lo poco que vi, que alguien lo amenazaba de muerte.
Me asusté mucho. La volví a guardar en el sobre sin que me viese.
Luego, pasado un rato, él la cogió. Yo lo vigilé y vi que la guardaba en un cajón de su cuarto.
—¿Abriste el cajón?
—Sí, a escondidas, mientras estaba en el baño. No me pude aguantar. La curiosidad y el miedo me podían.
—¿Qué encontraste?
—Había bastantes cartas. La mayoría parecían de la misma persona, aunque había unas cuantas de otras. Lo poco que entendí es que eran amenazas que, por lo que vi, llevaban tiempo produciéndose.
—¿Se lo contaste todo a tu madre? —siguió Lucía.
—No. Solo le hablé de una, la que leí sobre la mesa. Si se hubiese enterado de que busqué en el cajón y miré las otras cartas, me hubiese reñido.
—¿Qué más pasó?
—Todo esto ocurría cuando yo llevaba muy mal lo de ir a su casa.
Entre que se olvidaba de venir a buscarme, bueno, yo creo que pasaba de mí, y no me recogía en la escuela, que yo tenía un hermanito y me lo pasaba bien con mamá y Quique, el novio de mamá, y que tenía pocas ganas de verlo a él, fui alargando las visitas y cada vez lo veía menos. No me gustaba ir a su casa.
—¿Él no reclamaba las visitas? ¿Lo viste raro o diferente?
—A él le daba bastante igual si iba o no, creo yo.
Ya le he dicho que fue cambiando. Yo lo veía triste.
Me parece, por lo que hablaba, que tenía problemas de dinero.
Dejó de comprarme cosas y salíamos muy poco.
Recuerdo que un día volvíamos de cenar y nos encontramos un hombre de piel oscura, pelo largo, mal vestido, en la puerta de casa.
Le dijo algo a papá y él se puso muy nervioso.
A mí, aquel hombre me dio miedo. Papá discutió con él y al final me cogió la mano y echó a correr escaleras arriba.
En fin, que todo se juntó y yo iba muy poco hasta que me dio el bofetón.
Entonces dejé de verlo. Después se fue a vivir al caserón.
—Mamá nos contó que te pegó. ¿Qué pasó? —preguntó Lucía mientras Tomás seguía anotando y la abogada permanecía con la boca callada.
—Fui a una fiesta y mi padre me dijo que tenía que volver a la una. Me tenían que acompañar los padres de una amiga. Entre que llegaron tarde a buscarnos y que cuando entraron se quedaron hablando y tomando algo con los de la casa, llegué muy tarde.
—¿Cómo no avisaste por teléfono?
—Lo tenía descargado y, además, nunca imaginé que pudiese pasar lo que pasó.
Él tenía que estar tranquilo, pues yo iba con otros padres, no sola o con compañeros y compañeras.
Nunca lo entendí. En cuanto entré en la casa me pegó con las manos y con los pies al tiempo que me chillaba, me insultaba.
—Alicia tuvo que parar un momento, ya que se puso a llorar, y en cuanto pudo siguió—: No me dejó hablar.
No pude justificar lo ocurrido. Estaba hecho una furia.
Yo nunca lo había visto de esta manera. Me encerré en la habitación y puse una silla detrás de la puerta.
Tenía mucho miedo. En cuanto pude llamé a mamá y me vino a buscar.
—¿Volviste a verlo después de esto?
—A partir de aquel día, para mí, dejó de ser mi padre. Lo odiaba con todas mis fuerzas. No tenía ganas de verlo. Quería borrarlo de mi memoria. Yo lo veía como un ser extraño, desconocido.
—Pero ¿volviste a verlo? —insistió Lucía.
—Sí. Dos o tres veces, cuando ya estaba en el caserón.
Llamaba continuamente a mamá. Por lo visto, quería pedir perdón.
Insistió tanto que un día hablé con él y me dio pena.
Fui a verlo dos o tres veces a su casa. No me quedaba mucho rato.
Un día, solo uno, comí con él. Nunca me quedé a dormir.
Aquella casa, aquel lugar y él me daban miedo.
Yo creo que en aquella época él estaba muy mal.
No sé por qué ni si realmente era así, pero lo cierto es que no me interesaba saberlo.
—¿Quién te llevaba a esta casa? —preguntó Tomás, que hasta entonces no había hablado.
—Mi madre —respondió.
—¿Siempre te llevó ella? —siguió Tomás.
—Sí.
—¿Qué hacía ella mientras estabas con tu padre?
—Me parece que se iba a un bar o a un restaurante cercano y leía mientras me esperaba. Me contó que un día se encontró a un antiguo compañero de papá, también médico, de cuando era joven y que estuvieron hablando un rato.
—¿Quieres decirnos alguna cosa más? —preguntó la inspectora.
—Bueno, no sé si tiene importancia. Un día al salir del caserón vi otra vez al hombre que nos encontramos en la puerta de casa.
—¿Tú crees que era gitano?
—No lo sé seguro. Podría ser que sí. Estaba sentado sobre una moto frente a la casa.
—¿Sucedió alguna cosa? —preguntó Tomás.
—No, esta vez, no. Se quedó mirando como salíamos, allí quieto, sin decir nada. Nosotros nos fuimos y allí seguía.
—¿Sabes si había alguien más, aparte de este hombre que nos has contado, que siguiese a tu padre? ¿Viste algo más que te llamase a atención?
—No. Solo este tío. Me dio miedo.
—¿Te ha dolido la muerte de tu padre? —preguntó Lucía.
—Menos de lo que creía. He llorado poco. No lo encuentro a faltar y esto me sabe muy mal.
—No te molestamos más. Muchas gracias.
Una vez solos, los dos policías permanecieron callados, sentados en sus sillas. Lucía estaba pensativa. Tomás revisaba sus apuntes.
—Creo que a la señora Gumbau se le olvidó contarnos un trozo de la historia. Se le olvidó o lo ocultó, no sé —dijo Tomás.
—Sí, lo he notado. Me gustaría saber el nombre del compañero de Javier con el que se encontró. Mucho me temo que me imagino quién es.
—Yo también lo pienso. Veremos que nos cuenta cuando hablemos con él.
—Lo que es inevitable es que vayamos a investigar en este caserón. Hay que buscar esas cartas si es que aún existen.