Cuatro ochos 8 – Jueves, 4/11/2004 #3
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8 – Jueves, 4/11/2004 #3

—No sé nada. Los profes han apartado a todo el mundo y me han tenido tendido en el suelo hasta que ha llegado la ambulancia. Lo único que he visto es que él también estaba tumbado en el suelo. Yo solo hacía que llorar. Estaba cagado de miedo y con dolor en todo cuerpo, en especial en la pierna.

—¿Cómo han podido romperte la pierna y el brazo?

—La pierna ha sido con un pisotón. Lo he notado enseguida porque me ha hecho mucho, mucho daño.

El brazo creo que ha sido con el palo. He puesto el brazo para protegerme de un bastonazo y me han pegado allí.

Me ha dolido bastante. No ha tenido que ver nada que ver si lo comparo con lo de la pierna.

Ha sido muy diferente. De hecho, no me he imaginado en ningún momento que el brazo pudiese estar roto.

En la pierna sí que lo he notado enseguida.

Estaba en el suelo y he tenido la sensación de que la pierna se doblaba.

El doctor que me ha atendido, y que me ha dicho que ahora vendrá para hablar contigo, me ha contado que la del brazo no es una verdadera fractura, es decir, de estas que parten el hueso en dos.

Él lo ha llamado algo así como fisura, que son las fracturas más pequeñas y que se curan más deprisa.

La de la pierna es otra cosa. Ahí el hueso está roto de verdad. Ahora no me duelen.

—No hablemos más de eso. Después el doctor me contará. Con reposo, calmantes y unos días, todo pasará. Piensa que los moratones también molestaran. Tómatelo con calma. ¿Te arrepientes de haber intervenido?

—No, para nada. No es justo lo que hacen con Raúl. Él no los molesta ni se mete con ellos. Tampoco entiendo por qué se queda todo el mundo mirando sin hacer nada.

—Tienes razón. No hay quien pueda comprender lo que está ocurriendo con este tema y es culpa de todos.

Cuando estés un poco mejor, vamos a tener que hablar de ello.

La última vez me pediste que no me metiera y no lo he hecho.

Lo de hoy no puede quedar así. Te guste o no, voy a intervenir.

Uno de ellos, el repetidor, se acerca, si no los tiene, a los quince años, y debe aprender que así no se puede ir por la vida, que hay cosas que no se pueden hacer y que, si decide hacerlas, tiene que apechugar con las consecuencias.

—Has dicho que lo hablaremos, ¿no? Pues ya lo haremos porque me estoy durmiendo.

Se quedaron callados. Lucía, sentada al lado de la cama de su hijo, empezó a discurrir los pasos que debía seguir.

Escogió, mentalmente, al compañero que le iba a encargar la investigación del caso, pues de lo que estaba segura es de que iba a poner una denuncia, ya que se trataba de una agresión y uno de ellos rondaba los quince.

También tenía claro que debía ir a hablar con la dirección del colegio y con los profesores, que son los que tienen más posibilidades y la obligación de atajar el problema y, por esto, en parte, eran responsables de lo ocurrido.

Estaba indignada de ver que ninguno de ellos estaba con los niños en el hospital.

Mientras permanecía absorta en estos pensamientos y Pablo dormía, llamaron a la puerta de la habitación.

—Perdone, ¿podemos pasar?

Una mujer alta, morena, con gafas de pasta marrón, vestido gris adornado con un pañuelo rojo, acompañada de un hombre poco más alto que ella, más bien gordo, cara redonda, bigote generoso y vestido con un traje azul marino, camisa blanca, sin corbata, le tendieron la mano y, tras el saludo, entraron en la habitación.

Pablo seguía dormido, seguramente bajo efectos de la medicación.

—Buenas tardes —dijo la mujer con un tono de voz bajo para no despertar al paciente—. Somos los padres de Raúl y veníamos a darle las gracias a Pablo.

—Buenas tardes. Soy Lucía, su madre.

—Mucho gusto. No sabe usted cómo sentimos lo que le han hecho a su hijo por tratar de ayudar al nuestro.

Él es el único apoyo de Raúl en la escuela y por esto se lo han hecho pagar de esta manera.

Es muy injusto. No se puede imaginar lo agradecidos que estamos, no solo por lo de hoy, sino por todo lo que ha hecho hasta ahora.

Nos sabe muy mal que le hayan pegado. Pablo es la única luz que nuestro hijo ha encontrado en el infierno que está viviendo.

—Se lo agradezco. ¿Cómo está Raúl? Hace un momento que Pablo me ha preguntado si sabía algo.

—Físicamente está bien. Bueno, magullado, con moratones y mucho dolor de cabeza.

En esta ocasión, se han desentendido un poco de él y se han ensañado con Pablo.

Le han dado algunos golpes en la cabeza.

Por suerte, el TAC dice que no hay lesiones internas.

Nos han dicho que tiene que quedarse en observación hasta mañana y ahora lo tienen sedado y duerme.

Otra cosa es su mente. Ya no aguanta más.

Está convencido de que su presencia molesta a todos, de que sobra, que no sirve para nada, que nadie lo quiere y cosas de este tipo que no conseguimos quitarle de la cabeza.

No hace mucho que ha entrado en una fuerte depresión y no quiere salir de casa, no quiere ir a la escuela, casi no come y duerme muy poco.

Lo está pasando muy mal y nosotros, imagínese —dijo la mujer, que se giró para mirar a su marido, que había empezado a llorar.

—¿Han pedido ayuda?

—Hasta hace unos meses no sabíamos lo que estaba pasando.

Lo veíamos raro, triste, diferente, pero no sabíamos por qué.

Cuando nos contó lo que ocurría lo pusimos en manos de un psicólogo, supuestamente especializado en estos temas.

Al principio pareció mejorar. Como no paran de incordiarlo y maltratarlo, ahora ha recaído y yo lo veo peor.

Tenemos mucho miedo de que haga un disparate.

Las cosas que dice parecen anunciar un final fatal.

—Al decir las últimas palabras, ella también se puso a llorar y se abrazó a su marido.

—¿Han hablado con el colegio? ¿Con el director, el tutor, algún profesor o alguien?

—Hasta hace una semana, más o menos, no, porque él no nos dejaba.

Nos decía que, si lo hacíamos, sería peor.

Hace una semana hablamos con su tutor y se lo explicamos todo.

Ya no podíamos aguantar más y lo hicimos sin su consentimiento, no le advertimos que íbamos a hablar con él.

El profesor, bueno, el tutor, prometió que tomaría cartas en el asunto.

No sé si lo que ha sucedido hoy es consecuencia de esta visita.

Raúl me ha contado que la violencia de esta tarde es muy superior a lo ocurrido otras veces.

Dice que no paraban de llamarlo chivato y que además llevaban palos.

—Sí, esto me ha dicho mi hijo —respondió Lucía, que trató de sujetar a la madre de Raúl, que, además de llorar desconsoladamente, estuvo a punto de caerse.

—No sé cómo va a acabar todo esto —dijo entre sollozos—. Nadie hace nada salvo Pablo y mire lo que le han hecho. Para nuestro hijo, él es el único clavo al que agarrarse.

—A pesar de lo que ha ocurrido, estoy muy orgullosa de su comportamiento.

Ya hace un tiempo que estuvimos hablando de lo que le pasaba a Raúl.

Al igual que el suyo, mi hijo me rogó que no me metiese, que me apartase y que no hiciese nada.

Hace un momento, antes de que se durmiese, le he dicho que lo sentía mucho, pero que iba a intervenir y que se había acabado el rollo. Esto no puede y no debe continuar.

Siguieron hablando un buen rato fuera de la habitación tratando de compartir los pasos que iban a seguir.

El padre de Raúl, algo más sereno, le explicó a Lucía que el tutor había estado en el hospital acompañando a los dos jóvenes y que había permanecido con ellos hasta que a Pablo se lo llevaron a la sala de curas.

Como le dijeron que estarían más de una hora con él, le confirmaron que su madre ya estaba a punto de llegar y que el director había convocado a todos los profesores para una reunión urgente, de acuerdo con los médicos y tras comentárselo a ellos dos y pedirles que se lo explicaran a ella, decidió marcharse.

—Menos mal que se ha dignado a venir. A mí no me basta.

Debía haberse esperado a que yo llegase y dar la cara.

No olvidemos que los hechos han ocurrido dentro del colegio.

—Su tono de voz, hasta entonces muy suave, sereno, cambió de golpe y subió en energía y volumen—.

Les aseguro que me van a oír y que se van a tener que poner las pilas o, de lo contrario, se les va a caer el pelo.

Por esto el director los ha reunido de urgencia, porque sabe que se la juegan de verdad.

Les puedo asegurar que esto se va a acabar de una forma u otra.

—Nosotros vamos a hablar ahora con el director. Le hemos dicho al tutor que queríamos hablar con él y que nos esperase, y me ha confirmado que lo hará. Nos estará aguardando. Dejamos a Raúl con su abuela, que también está destrozada.

—Ya le pueden decir que yo iré mañana por la mañana y que no sé la hora. Que no ponga excusas porque me va a recibir en cuanto llegue, le guste o no. ¿Saben dónde están los agresores y si han puesto alguna denuncia?

—No, no sabemos nada. Suponemos que estarán en su casa —respondió el padre.

—Como ustedes van a la escuela ahora, háganme el favor de pedir los nombres y los domicilios de estos cabroncetes. Pablo me dijo que se llamaban Pedro, Carlos, Noah, Rafa y… David. Mañana van a recibir una visita poco agradable.

—Sí, estos son los nombres que nos ha dado Raúl.

—Pues pidan los nombres completos y su dirección, por favor. Si les ponen alguna pega, les dicen que los pido yo. Soy inspectora de policía, no sé si ustedes lo sabían. Ellos lo saben. Si ponen pegas les dicen que, si no se los dan a ustedes, los haré ir a comisaría para darlos.

Se despidieron tras haber intercambiado los teléfonos y acordado pasarse la información. Al marcharse, los padres de Raúl parecían algo más aliviados y con un ápice de esperanza.