8 – Jueves, 4/11/2004 #2
—Sí, señora. Esto es lo que nos dicen. Por tanto, hay que pensar que el coche salió de la calzada por una distracción del conductor o por otra causa.
—Efectivamente. Por ejemplo, porque se distrajo, o iba bebido, o alguien lo obligó a ir hacia allí y le impidió tomar la curva.
—De acuerdo —dijo Tomás mientras miraba sus apuntes.
—Un día me gustaría saber todo lo que escribes en esta libreta. ¿No había una más pequeña que comprar?
—Yo me entiendo con esta. Es pequeña, me cabe en el bolsillo, de esta forma nunca la olvido y siempre está lista para usar y, además, en ella me cabe todo. Pocas veces necesito otra. Hace muchos años que las uso. Cada caso, una libreta.
—Ya lo sé, después de tantos años lo he aprendido y, aun así, sigue llamándome la atención.
—Pues dejémonos de puñetas y a lo nuestro. Las señales de las ruedas deberían confirmar nuestra teoría.
—No hay, según dice el informe y tampoco las vimos nosotros, señales de frenazo de las ruedas en el asfalto. No frenó. Hay que creer que no tuvo tiempo de reaccionar. Se estrelló contra la pared a la velocidad que iba.
—Esto explica el estado en el quedó el coche y, seguramente, que el conductor quedase aturdido e incluso llegase a perder el conocimiento. Tú has dicho que no tuvo tiempo de reaccionar y yo añado que quizás no pudo.
—¿Qué quieres decir?
—Para mí solo hay una explicación a esta pregunta. Otro vehículo se puso a su izquierda, impidiéndole coger la curva.
—¿Otro coche?
—De momento prefiero decir otro vehículo que iba detrás de él. A lo mejor lo perseguía o lo incordiaba, y en la curva lo adelantó y se puso a su izquierda, sin llegar a pasarlo, le impidió girar y lo obligó a estamparse contra la pared.
—La carretera es muy estrecha, con muchas curvas. La maniobra hubiese sido muy peligrosa, temeraria para el que la intentase. Según el informe, en el momento de la colisión el coche iba a unos cien kilómetros por hora. Es mucha velocidad para intentar algo así.
Tomás, que revisaba su libreta mientras Lucía razonaba, levantó los ojos y, callado, se quedó mirando fijamente a su jefa mientras con su bolígrafo daba golpecitos sobre la mesa.
La inspectora lo observó, callada, esperando una respuesta, hasta que entendió lo que su compañero trataba de decirle con una ligera sonrisa.
—¡Una moto! Estás pensando en una moto, seguramente lo bastante grande para perseguirlo, adelantarlo e impedirle el giro. ¿Lo he dicho bien?
—Bingo, jefa. Es lo que pienso que pudo ocurrir.
Lucía se quedó callada, pensativa. Estaba tratando de reconstruir mentalmente lo que podía haber sucedido y se iba convenciendo, poco a poco, de que aquella hipótesis era la más probable. Pasados unos minutos, durante los cuales Tomás leyó y releyó el informe técnico, se decidió a hablar.
—Vale, de acuerdo, te compro esta hipótesis. Ahora tendríamos que poder probarlo. Hasta ahora solo es eso, una posibilidad.
—Va a ser muy difícil conseguirlo. No nos queda más remedio que confiar en esta idea y hay bastantes datos que nos ayudan a hacerlo.
—Claro, el resto del informe de las marcas de las ruedas.
Si no recuerdo mal, nos dicen que hay signos de embarraduras.
—Empezó a buscar entre las hojas—. Aquí, en la página 15, pone que hay huellas de barro en el lado izquierdo de la calzada, a la altura de la curva, y no muchas.
Las marcas parecen indicar que este vehículo se paró en el barro y luego volvió a entrar en la calzada para volver por el camino por el que había llegado.
Esto se deduce porque las huellas de barro se ven salir del lugar del accidente y regresar por la dirección contraria a la que venía el coche.
No hay huellas por delante del accidente y, en cambio, sí las hay en la dirección de vuelta.
Si nos fijamos en las señales que había en el suelo donde encontramos el coche, observamos huellas de un vehículo que se situó justo al lado, de forma casi paralela.
Y aquí nos dicen que solo se ven los rastros de dos ruedas, luego todo hace pensar en una moto, como tú decías.
—Ya ves, mi libreta sirve para algo.
—¿En tu libreta hay escrito quién lo hizo?
—Todavía no, pero ya lo pondré. Paciencia.
—Muy bien. ¿Qué hay de los cristales?
—Me imagino que preguntas por el cristal, aquel triangular, manchado de sangre que recogimos, porque de los demás no hay nada interesante.
—Evidentemente, a este me refiero. Nos dicen que la mancha de sangre que había era del muerto, para eso no hacía falta ser un gran científico, y lo que sí tiene interés es que la mancha es de unos 0,78 centímetros.
Podemos decir que el susodicho cristal fue el causante de la herida que se clavó, no por casualidad, en el brazo del muerto.
Los centímetros que nos indican corresponderían a la profundidad a la que se clavó el vidrio.
Por tanto, tenemos que suponer que el que lo hizo tuvo que cogerlo por la base del triángulo y deberíamos encontrar huellas en este punto.
—Lo siento, jefa. Lo que nos dicen es que no hay huellas dactilares claras. Hay varias y la única que destaca sobre todas las otras, no está completa. Es decir, es incompleta y no limpia, una mierda, vamos.
—¡Qué bien! Suponemos lo que ocurrió y sabemos con qué se hizo la herida que le provocó la muerte y no tenemos ni idea de quién estuvo allí y hundió el cristal en el brazo o se quedó mirando cómo se desangraba.
—Efectivamente, así mismito es. Las huellas del suelo tampoco ayudan demasiado.
Hay muchas, también nuestras. Lo único que señalan es que en la zona del charco de sangre que vimos bajo el brazo hay una huella muy clara que corresponde a una zapatilla de deporte y nada más.
Los he llamado para saber si pueden descubrir algo más sobre esta pista y me han dicho que va a ser muy difícil conocer la marca e incluso el tipo de zapatilla.
—De saberlo, tampoco nos ayudaría mucho. Lo más normal es que el asesino se haya deshecho de ellas.
—Tal como va todo, va a ser muy difícil averiguar quién fue el autor del crimen porque, además, hay unos cuantos pretendientes al título. Tendremos que pillarlo en algún error o contradicción. No veo otra posibilidad.
—Recapitulemos —dijo Lucía. Sonó su teléfono.
Tras contestar, se levantó de la mesa, salió del despacho y permaneció unos minutos hablando por el inalámbrico.
Cuando entró de nuevo tenía la cara muy seria, asustada.
Cogió su chaqueta y le dijo a Tomás que seguirían en otro momento, ya que tenía que marcharse urgentemente.
***
Lucía entró en el hospital, enfurecida y preocupada, a la velocidad de un cohete. Tras preguntar en la recepción, se dirigió a toda prisa hacia la habitación que le habían indicado.
—¿Cómo te encuentras, hijo? ¿Qué te duele? —preguntó al entrar.
—Bien, mamá. Me duele todo, nada en concreto.
Bueno, algunos de los morados que tengo se hacen sentir.
Me noto muy cansado. Tengo sueño —dijo Pablo, abrazándose a su madre y con lágrimas en los ojos—.
Me han dado un calmante o varios, no sé.
Acabo de subir de donde me han puesto el yeso y este suero en la vena.
Lucía miraba a su hijo y no se podía creer lo que estaba viendo.
Tenía varios hematomas en la cara, en la pierna izquierda.
La derecha estaba enyesada, así como el brazo izquierdo.
El brazo derecho estaba también lleno de morados.
Levantó la ropa del pijama y vio también hematomas en el abdomen, la espalda y alguno en el tórax.
—¿Qué ha ocurrido, hijo?
—Te lo puedes imaginar. Lo de siempre, pero hoy a lo bestia. Eran cinco. En realidad, tú ya me lo habías avisado. Nunca imaginé que fuesen capaces de ser tan brutos. Lo siento. Yo no puedo mirar hacia otro lado.
—Lo sé. Ya lo hemos hablado varias veces.
Antes que nada, debo decirte que estoy muy orgullosa de ti.
Yo tampoco podía imaginar que se atreviesen a hacer tanto daño.
Cuando te veo sufrir así no puedo remediar el pensar que lo más cómodo es hacerse el despistado, pero está claro que lo correcto es lo que tú has hecho, no lo que hacen todos los demás, y por esto te felicito. ¿Qué ha ocurrido exactamente?
—Lo de costumbre. Al salir del cole han empezado a meterse con Raúl.
Le han tirado la mochila al suelo, la han pisoteado, se han reído de él, le han cogido las gafas, las han tirado no sé dónde y han empezado a golpearlo.
Primero bofetones y luego puñetazos, en fin, lo que te he contado que suelen hacer.
Hasta hoy yo no los había visto pegarle de esta forma.
Cuando me he dado cuenta de lo que pasaba, no me he podido aguantar.
Me he puesto a su lado y les he pedido que lo dejasen en paz.
Entonces, se han metido conmigo. Uno de ellos me ha pegado en la cabeza.
Me he encarado con él y le he devuelto el golpe.
Enseguida han venido los demás y han empezado a pegarme.
—¿Y esto ha ocurrido dentro del colegio?
—Sí, en el trozo de patio que va desde la puerta hasta la verja que da a la calle.
—¿Había gente? ¿Otros chicos?
—Sí, claro. Estábamos saliendo del cole. Nadie ha movido un dedo. Todos miraban, algunos gritaban, pero ayudar, ninguno.
—Y los profesores, ¿dónde estaban?
—Han aparecido al cabo de un rato y nos han separado. Después se han quedado allí conmigo y con Raúl, esperando una ambulancia.
—¿Tú recuerdas cuántos y quiénes eran?
—Los cinco de siempre: Pedro, el que te dije que repite curso, Carlos, Rafa, David y Noah.
—¿Con qué te han pegado?
—Con todo lo que podían. Yo también le he dado a alguno.
Me ha parecido que Raúl también ha hecho lo que ha podido.
Cuando han conseguido tirarme al suelo, han empezado a darme patadas por todos lados.
Pedro, el mayor, y otro, no sé cuál, llevaban palos.
No he visto mucho porque al caer al suelo me he encogido y he escondido la cabeza para que no me la golpearan. Por esto no sé si había alguno más.
—¿Sabes algo de Raúl?