Cuatro ochos 8 – Jueves, 4/11/2004
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8 – Jueves, 4/11/2004

—¿Quedamos para comer? —preguntó Tomás, asomando la cabeza por la puerta del despacho.

—Vale. A la una y media, si te va bien —respondió Lucía.

—De acuerdo. Hasta luego.

Fueron a un pequeño restaurante, Casa Gabriel, cercano a la comisaría, un lugar habitualmente muy concurrido.

La mayoría de los comensales eran compañeros de trabajo que aprovechaban el hecho de que allí servían un menú más que aceptable a precio económico.

A pesar de que en la carta había cinco primeros y cinco segundos a escoger, Tomás y Lucía acostumbraban a pedir siempre lo mismo.

Tomás empezaba con un gazpacho o un salmorejo, cuando lo había, y luego algo de pescado, el que tocase aquel día, a la plancha.

El flan, su postre favorito, y un buen vaso de vino blanco eran imprescindibles en cada comida.

Lucía, en cambio, se decantaba por las verduras para empezar y no conseguía evitar un segundo de carne con salsa para mojar pan.

Las albóndigas con sepia de la señora Carmen, la cocinera, eran su plato preferido.

Solo bebía agua, no por falta de ganas de beber otra cosa, pero evitaba tomar alcohol cuando trabajaba.

Un helado de turrón y un café corto completaban el ágape.

—Comiendo como comes, no me extraña que estés tan delgado —comentó Lucía.

—Cierto es que no engordo mucho. Es que no soy un gran comedor, ya lo sabes, y menos en casa cuando tengo que cocinar yo. Para mí solo, con un yogur o algo parecido, basta. Entre esto y que debo ser de mala raza, me mantengo. Bueno, a lo mejor la mala leche ayuda.

—Para ya de decir tonterías. Lo que pasa es que tienes suerte de ser así. Yo engordo con mucha facilidad, casi solo respirando.

—Reconozco que hay constituciones y naturalezas corporales diferentes. Mi metabolismo es de quemar calorías, aunque yo lo ayudo y no mojo pan… Como dice un buen amigo mío, en los países donde hay guerra y hambruna, hay muy pocos o casi ningún gordo.

—Ya salió. Mensaje recibido. Qué quieres que te diga, los guisados de doña Carmen lo exigen. Además, he notado que cuando estoy ansiosa como más y peor de lo que debería.

—¿Estás ansiosa? No será por el caso que tenemos entre manos ahora.

—No, no es por eso. Estoy preocupada por mi hijo pequeño, Pablo.

—¿Puedo preguntarte qué ocurre? O, mejor dicho, ¿puedo ayudarte en algo o de alguna manera?

Lucía y Tomás llevaban ya años trabajando juntos y compartían un elevado nivel de confianza.

A ella le iba bien hablar con aquel hombre experto en el arte de vivir.

Desde que había enviudado, se había convertido en su consejero en múltiples ocasiones.

Tomás, aunque era más bien solitario, apreciaba mucho a su jefa y trataba de ayudarla siempre que podía.

Le sabía muy mal el estado en el que se encontraba actualmente y que no tratase de rehacer su vida.

Por eso cuando le hablaba de sus hijos, él sabía que hablaba de lo más importante para ella.

Criar a dos adolescentes sin el padre debía ser harto difícil, pensaba él.

—Lo que ocurre es que Pablo se está metiendo en un lío y me preocupa.

—¿No estará fumando o tomando otras cosas?

—No, qué va. En este sentido he de reconocer que es un buen chaval. Bueno, él y su hermano mayor. Ambos son buenos chicos. Lo que ocurre es que está viviendo de cerca un caso de acoso escolar en su clase y se está involucrando mucho.

—¿Lo acosan a él? Si hace falta, voy a dar una vuelta por allí y lo arreglo.

—Huy, qué mayor estás. Hoy en día las cosas no van así. Es mucho más complicado de lo que a priori parece. Por suerte, él no es la víctima.

—¿Pues qué pasa?

—Un compañero suyo, el típico chico con gafas, algo gordito y estudioso, está siendo incordiado por varios compañeros de clase.

Lo insultan, lo ignoran, lo apartan del grupo o, cuando no lo hacen, se meten con él, le rompen los libros, los trabajos de clase, lo manchan, lo ensucian y más de un golpe se les ha escapado.

El pobre chaval lo está pasando muy mal.

—Vaya pandilla. Tan jóvenes y ya tan cabrones. ¿Son de su edad?

—Son cuatro o cinco de su clase. Salvo uno que creo que ya tiene quince años y repite curso y que, por lo que sé, es el que lleva la voz cantante del grupo, los demás son de su edad, más o menos.

—¿Qué tiene que ver Pablo con todo esto?

—Mi hijo se ha dado cuenta de lo que ocurre y está apoyando a Raúl, el chaval al que putean.

—¿Los padres lo han denunciado? No sé dónde se denuncia algo así porque la policía no debe poder intervenir, puesto que no hay delito. ¿A los profesores? ¿Le han hecho algo a Pablo?

—No, por ahora a él lo dejan tranquilo y eso que mi hijo es el único que lo ayuda.

Lo acompaña para que no esté solo, se sienta con él en clase, le hace compañía en el patio y se ha encarado alguna vez con los agresores.

Hasta ahora es el único que lo defiende.

No hay nadie más que mueva un dedo por el chaval. Todos lo ven y pasan.

—¿No será que el Raúl ese se lo ha buscado?

—¡Qué va! Por lo que me cuenta mi hijo, es un buen chico, discreto, que no se mete con nadie y saca muy buenas notas. No es culpa de él. Es el típico niño vulnerable, y los otros lo aprovechan.

—¿Y tú que has hecho?

—Nada. Este es el problema. Solo sé lo que Pablo me cuenta.

Está indignado por lo que está pasando y ha tomado partido ayudando a Raúl.

No quiere, no me deja hacer nada. Me ruega que no me meta y dice que son cosas que tienen que arreglar entre ellos.

Por esto sufro. Me preocupa, me da miedo que vaya a más y estoy atada de pies y manos.

Yo pienso que se equivocan, tanto Raúl como él, que deberían pedir ayuda, aunque no sé muy bien a quién, porque, como tú has dicho, nosotros no podemos intervenir en eso, pero, además, es que él no quiere.

Ni él ni Raúl quieren que nadie se meta y siguen sin decir nada, sin reclamar ningún apoyo.

Según Pablo, si lo cuentan, si se chivan, como dice él, puede ser peor.

—Te juro que me cuesta mucho entender estas cosas modernas y mucho más aceptarlas. Si esto le pasase a un hijo mío, iría al cole y lo arreglaría. No sé cómo, pero algo haría. Quizás un par de hostias bien dadas zanjaba el conflicto.

—Ya salió el siete machos. A lo mejor los padres del niño no saben la verdad de lo que está pasando. De todas maneras, cualquiera de los chavales de los que hablo hace casi dos como tú. Cuando ibas al colegio, ¿ibas de matón?

—No, ni mucho menos. Por suerte, entonces no pasaban estas cosas o no nos dábamos cuenta. De todas maneras, aquí donde me ves, menudo, enjuto como he sido siempre, nadie se atrevía a torearme. Lo de pequeño lo compensaba con dos quilos de… digamos de rabia.

—Viendo cómo te estás encendiendo, me lo creo. Las cosas hoy en día van de otra manera. Estoy muy orgullosa de la actitud de mi hijo. Sin embargo, temo que la cosa vaya a más y pueda pasar algo grave. Yo trato de hacerlo razonar. Por ahora no lo consigo. Veremos qué derroteros toma el problema.

—Si necesitas ayuda, no de la que he citado, la que sea, me lo dices. Me portaré bien y no haré nada que tú no me dejes hacer. Lo prometo.

—No te preocupes. Espero que no sea necesario. Paga y vámonos.

—¿Yo? ¿No te toca pagar a ti hoy?

—No te escaquees. Hoy te toca a ti.

—¡ Collons ! Estos catalanes como sois —dijo Tomás, sonriendo—. Bueno, somos.

***

Cuando regresaba al trabajo después de comer y haberse separado de su compañero antes de entrar en comisaría, distraída pensando en sus cosas, de camino a su despacho por el pasillo central de aquella gran sala llena de mesas, de ordenadores y de policías trabajando en busca de teléfonos, matrículas de coches o de motos, identidades… , un compañero la paró.

—Inspectora Serra, disculpe. Ha llegado este informe de la policía científica. Imagino que debe estar relacionado con el caso del coche. No lo he leído porque he pensado que preferiría hacerlo usted o el sargento —dijo uno de los agentes que estaba sentado frente a su ordenador.

—Muchas gracias, Agulló. Estábamos esperándolo. Vamos a ver si hay suerte y nos ayuda a desatascarnos —dijo ella cogiendo el montón de papeles que le entregaba—. ¿Sabe usted donde se encuentra Simón?

—No puedo ayudarla. Se ha ido a mediodía y aún no ha vuelto. No nos ha dicho dónde iba —respondió Álvarez.

—De acuerdo. Gracias. —Y siguió su camino hacia el despacho.

Lucía se sentó en su silla y empezó a consultar los papeles. Era un informe extenso. Casi una hora más tarde, levantó la cabeza y, a través de los cristales, vio cómo el sargento se acercaba al despacho a toda prisa.

—Pensaba que no llegaba a tiempo —dijo al entrar.

—¿Lo has leído? No he tenido tiempo para leer todo esto. Por cierto, a la hora de comer he olvidado preguntarte dónde has estado esta mañana —dijo Lucía

—He tenido una corazonada y he ido al lugar del accidente.

No me preguntes qué iba a buscar porque no lo sé.

No he encontrado nada especial. Solo me ha servido para hacerme una mejor idea de lo que pudo ocurrir y elaborar una teoría.

Como solo han pasado unos días y no ha llovido, todavía había huellas visibles.

Te lo contaré después de que hayamos comentado todo este informe —dijo cogiendo los papeles—.

Esto es un rollazo. Si sacas toda la paja te quedas con dos o tres hojas interesantes, al menos para nosotros.

Esta vez se han esforzado escribiendo, aunque seguramente está lleno de cosas inútiles que solo sirven para justificar sus conclusiones ante el juez.

—Eres un quejica. Protestas de los forenses y de los científicos y al final son ellos los que nos ayudan a encontrar el hilo. Sin el informe forense no hubiésemos sabido que se trataba de un asesinato, así que menos protestar y a la faena.

—Vale, me callo. Vamos por partes. Empecemos por lo fácil, el coche.

—Parece claro que el vehículo no tenía ningún desperfecto y que, por tanto, el choque no se produjo por un fallo mecánico, ¿cierto? —preguntó Lucía.