7 – Javier y Rosa
A diferencia de su amigo Román, Javier estudió para el examen MIR sin tomárselo como un objetivo primordial, uno de aquellos que hay que conseguir a toda costa.
Estableció una disciplina de trabajo diario sin renunciar a salir y divertirse.
Dedicaba cada día siete u ocho horas al estudio, de lunes a viernes, y el resto de las horas, fines de semana y festivos, a la diversión y el ocio.
Si alguna vez se terciaba una salida de juerga entre semana, no la desaprovechaba e intentaba recuperar después.
El resultado fue que, a pesar de sus buenas notas durante la carrera y de su demostrada capacidad de estudio, debido a su limitado interés en alcanzar un buen número, consiguió una plaza de residente en la especialidad que deseaba, medicina interna, pero no en el hospital que anhelaba.
Entró como MIR en el Hospital Comarcal de Igualada y se conformó con ello.
Su objetivo, sin embargo, era dar el salto al Vall d’Hebrón en cuanto le fuese posible.
Estaba resuelto a hacer todo lo necesario para conseguirlo.
Su llegada al hospital de Igualada se acompañó de un buen recibimiento.
El suyo era un equipo no muy numeroso, por lo que le fue fácil integrarse.
Lo acogieron desde el primer momento con amabilidad.
Al ser un servicio sin demasiadas especializaciones tuvo la oportunidad de ver enfermos con patologías muy diversas y esto le permitió adquirir una gran experiencia y una completa formación.
Estaba satisfecho con su elección. Sus jefes pronto se fijaron en él y empezaron a darle más responsabilidades, a tenerlo en cuenta en los trabajos de investigación y a promocionarlo.
En cuanto a las relaciones personales, no tuvo ningún problema. Aparte de la gran aceptación entre el género femenino, pronto hizo amistades, compañeros y un grupo de mayor afinidad. Lo que él no había incluido en sus planes es que se enamoraría perdidamente de una joven enfermera llamada Rosa.
Se conocieron en una de estas cenas navideñas que organizan las empresas.
Una vez terminada, un reducido grupo de compañeros y compañeras decidieron acabar la fiesta en una discoteca cercana.
Entraron en una que estaba de moda, en la que se habían reunido un gran número de grupos como ellos.
Todos estaban recién cenados, eufóricos y con ganas de divertirse.
Una de las enfermeras de su equipo se encontró con otra, compañera de su mismo curso y se pusieron a hablar.
Aquella joven a la que no conocía acaparó desde el primer momento su atención.
No era una mujer especialmente guapa. Él había salido y tenido relaciones con chicas mucho más bellas; sin embargo, ella atrajo su atención desde el mismo instante en que la vio.
Alta, morena, esbelta, con una silueta sinuosa y piernas exageradamente largas debajo de su minifalda, labios pintados de rojo perfectamente dibujados, se movía con una gracia especial.
Estaba hablando, todo lo que se puede hablar en una pista de baile, con su amiga, la compañera de Javier.
Él no se lo pensó ni un segundo y, como atraído por un imán, se dirigió hacia ellas.
—Cecilia, ¿qué haces hablando y sin bailar? —dijo mirando fijamente a los ojos de la interlocutora y sonriendo.
—Ya lo ves, aquí hablando con mi amiga —respondió Cecilia—. Tú no has venido hasta aquí porque te interese lo que yo hago. Tú quieres conocer a mi amiga.
—Me has descubierto. Al verla me he dicho: «Esta noche no me puedo ir de aquí sin conocer a esta mujer».
—Pues mira, ella es Rosa Gumbau, una compañera de curso que está trabajando en el hospital de la Esperanza.
Rosa, él es el doctor Pie, uno de nuestros residentes.
Te advierto que es un peligro y que ya ha conquistado a la mitad de las mujeres, no de mi servicio, no, de todo el hospital.
Ándate con mucho cuidado con él —dijo Cecilia.
—Ya será menos. Lo que puedo asegurar es que por muchas conquistas que haya hecho, seguro que no hay ninguna como ella —dijo Javier, embelesado con aquellos ojos oscuros y brillantes y la enorme sonrisa de Rosa.
—Para empezar, no está mal. Ya veo que vas fuerte. No dudo de que tienes razón Cecilia. Estoy prevenida, así que voy a ir con cuidado —respondió ella mientras recibía dos besos en las mejillas.
Estuvieron un rato hablando los tres. Por el ruido de la música, cada vez que alguno quería decir algo tenía que acercar la cara a la del otro para hablarle al oído.
Él notó cómo su cuerpo se estremecía cada vez que se acercaba a su nueva conocida.
Pasados unos minutos, Cecilia se excusó y los dejó solos.
—¿Te apetece tomar algo más? —preguntó Javier.
—Sí, me tomaría, bien a gusto, un gin tonic —respondió Rosa.
—Si te parece bien, vamos a la barra, que hay menos ruido y es más fácil hablar.
Se sentaron en un espacio algo aislado de la música.
Se quedaron mirándose el uno al otro mientras esperaban las bebidas.
Javier sintió el deseo de poseerla. Él notaba que no era como en otras ocasiones.
No solo ambicionaba gozar de aquel físico; sentía la necesidad de tenerla toda, el cuerpo, la mente, el alma, todo.
Percibía algo que nunca había sentido antes.
Con las copas en la mano, se miraron una vez más y, tras brindar por la amistad, tomaron un pequeño sorbo de sus bebidas.
Dejaron sus vasos en la barra y, como si una corriente eléctrica los hubiese activado, acercaron las caras y empezaron a besarse apasionadamente.
Estuvieron un buen rato mordiéndose suavemente, fundiendo sus labios cada vez más blandos y suaves y entrelazando sus lenguas mientras se miraban el uno al otro.
Al rato descansaban, entrecruzaban las miradas y volvían a engancharse.
Él notaba cómo su grado de excitación iba subiendo y cómo su pantalón empezaba a ser insuficiente para lo que debía contener.
—¿Nos vamos? —preguntó él.
—Vámonos —respondió ella sin dudarlo.
Javier vivía solo en un pequeño piso cercano al hospital.
La distancia desde la discoteca no era mucha, pero para él fue un viaje larguísimo.
No hablaron en todo el camino. No pararon de mirarse con los ojos empapados de deseo, ansiosos de amarse.
En el ascensor volvieron a engancharse. En esta ocasión, él empezó a acariciar, por encima del vestido, los pechos de ella.
Tenía una erección como no recordaba. Abrieron la puerta de la casa y empezaron a desnudarse cuando apenas acababa de cerrarse.
Lo hacían con prisas, atropelladamente, mezclándolo con caricias, hasta que llegaron a la cama ya desnudos.
Su nada despreciable pene se hundió en la húmeda vagina de Rosa e hicieron el amor mirándose uno al otro, besándose, absorbiendo cada uno todo lo que podía del otro. Sus cuerpos se entrelazaron una y otra vez hasta que, agotados, se durmieron.
Se despertaron tarde. Fueron a desayunar, a pasear, luego comieron en un restaurante italiano. Por la tarde regresaron a casa y volvieron a entrelazar sus bocas, sus cuerpos, como si se hubiese dado el aviso del fin del mundo. Por la noche, él la acompañó a casa de sus padres, donde ella aún vivía.
—¿Me permites que te llame para volver a vernos? —preguntó él.
—Lo que te prohíbo es que no lo hagas. Espero que no te olvides de hacerlo y que no tardes demasiado.
—No te preocupes, no tardaré.
La llamó al día siguiente. Volvieron a verse una y otra y otra vez.
Se hicieron inseparables. Estaban locamente enamorados.
A los seis meses, más o menos, Rosa se fue a vivir con él.
Seis meses más tarde decidieron casarse, alquilar un piso nuevo e iniciar una vida juntos.
Javier pasó su último año de residencia aprendiendo y completando su formación en otros centros de mayor complejidad asistencial.
Poco antes de acabar su cuarto año de MIR, un día, al llegar a casa, Rosa lo recibió con una sonrisa enorme.
—Hace un poco más de un mes que no me viene la regla —dijo ella.
—¿Tienes náuseas? ¿Te duelen los pechos?
—Sí —le respondió y, sin decir nada más, le enseñó la prueba de embarazo con el resultado positivo.
—¡Qué alegría más grande! —contestó él abrazándola y besándola.
A los nueve meses, en pleno invierno, nació una preciosa niña a la que bautizaron con el nombre de Alicia porque, según decía su padre, lo había transportado al país de las maravillas.
El nacimiento de Alicia no fue nada buscado ni programado, aunque tampoco habían hecho nada para evitarlo. La niña les aportó aún más felicidad.
Al mes de vida, Alicia enfermó. Cogió una bronquiolitis que obligó a ingresarla en el hospital, con estancia durante unos días en la Unidad de Cuidados Intensivos pediátricos.
Llegaron a temer por su vida. Como consecuencia de esta primera infección, la pequeña sufrió múltiples crisis de broncoespasmo en sus primeros años de vida.
Sus pequeños bronquios se cerraban impidiendo la salida del aire, lo que le producía ahogo y una gran dificultad para respirar, como ocurre en los enfermos que padecen asma.
Los médicos les aconsejaron que, para evitar la aparición de las crisis o, al menos, reducir su frecuencia, la niña no fuese a la guardería para minimizar los contagios de enfermedades respiratorias víricas, principales desencadenantes de las crisis de espasmo bronquial.
Rosa se vio forzada a pedir una excedencia y a quedarse en casa con ella.
Todo esto ocurrió en un momento en el que Javier necesitaba engrandecer su currículo para poder optar una plaza fija en su hospital y, sobre todo, para progresar y dar el salto al Vall d’Hebrón, que era su verdadero objetivo profesional.
El hospital comarcal le quedaba pequeño.
Su ambición le impedía continuar con el trabajo que tenía.
Para conseguir el paso al otro centro tenía que acumular méritos y, para ello, debía acudir a muchos congresos, dar conferencias, hacer estudios y trabajos de investigación y publicarlos.
Necesitaba mucho tiempo para conseguirlo.
Viajaba mucho, estaba mucho tiempo fuera de casa y cuando permanecía en el hogar tenía que trabajar.
La relación de pareja, entre la enfermedad de la niña y el trabajo, fue deteriorándose poco a poco.
Un día, mientras él estaba en la ducha, sonó su teléfono móvil. Rosa lo cogió y descolgó. Era un número desconocido.
—¿Diga?
—Hola. ¿Está Javier? —preguntó una voz femenina al otro lado de la conexión.
—Ahora no se puede poner. ¿De parte de quién?
—Soy Amanda. Dígale que cuando pueda me llame para saber a qué hora pasará a buscarme mañana.
—Óigame, ¿usted quién es?
—Huy, me parece que me he equivocado, perdone. —Y colgó.
Rosa, que ya llevaba un tiempo mosqueada por las continuas ausencias y los horarios de su marido, sospechó de inmediato lo que podía estar ocurriendo.
Ni corta ni perezosa, empezó a husmear en el teléfono y encontró lo que no quería saber.
Por lo que se podía entrever en las conversaciones del WhatsApp, Javier mantenía relaciones con otras mujeres.
No sabía cuántas. Rosa halló conversaciones comprometedoras con Amanda y otras tres más.
No quiso seguir indagando, pues con lo que sabía tenía más que suficiente.
Se puso a llorar amargamente y el llanto fue tan intenso que él la oyó desde el baño y acudió de inmediato.
—¿Qué te pasa cariño?
—Acaba de llamar una tal Amanda —dijo Rosa, con la voz entrecortada por el llanto— y como se ha puesto en evidencia, se me ha ocurrido indagar en tu móvil.
—Es una compañera de trabajo, nada más.
—No me seas cabrón. Acabo de leer tus conversaciones con ella y con otras tres que, al menos, se han dignado a no llamar por teléfono cuando estás en casa.
¿Qué pasa, que Amanda no sabe que estás casado?
—Llena de rabia y aún llorando, siguió—: Eres un verdadero hijo de puta.
Yo aquí, en casa, cuidando de nuestra hija y sufriendo su enfermedad mientras tú vas dando vueltas por ahí tirándote a todas las que puedes.
¿Se puede ser peor persona, más ruin? No te mereces nada y menos las lágrimas que estoy derramando.
Javier trató de justificarse dando explicaciones vagas, necias, infantiles, increíbles.
En ningún momento se atrevió a negar lo que su mujer acababa de descubrir.
Ella permanecía allí sentada, llorando sin consuelo, sin escuchar la ristra de mentiras y sandeces que él iba soltando, mientras cavilaba cuál iba a ser su siguiente paso.
Al cabo de un buen rato, algo más serena, se levantó y dirigiéndose a su marido, que, sentado en la mesa, cabizbajo y lloroso se había quedado mudo, le explicó su decisión.
—Esta casa que tú y yo alquilamos en su día con todo el amor del mundo, el lugar donde nació nuestra hija, acaba de convertirse en un cementerio.
Acabas de matar y enterrar todo el cariño que te profesé.
Como yo no quiero que mi hija, ni tampoco yo, vivamos en un sitio lleno de dolor, de mentiras, de horror, y como tampoco te voy a poder perdonar porque lo tuyo no ha sido un desliz, sino que es una manera de vivir porque te tomas las relaciones como si fuesen un deporte, hoy te vas, recoges a tu Amanda y el domingo, cuando vuelvas del congreso, mi hija y yo ya no estaremos aquí.
Ahora te ruego que no me contestes ni me dirijas la palabra hasta que te hayas ido y, si es posible, no tardes demasiado.
Esperaré en el cuarto de la niña a que salgas de casa.
Rosa cumplió su palabra. Se fue primero a casa de sus padres. Luego alquiló un piso para ellas dos y solo lo volvió a ver para pactar cosas de la niña.