Cuatro ochos 6 – Miércoles, 3/11/2004
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6 – Miércoles, 3/11/2004

La señora Gumbau había acudido a la cita con algo de antelación y se encontraba sentada en la sala, esperando, cuando Albanell la llamó para acompañarla al despacho de la inspectora.

El paso por la sala grande llena de policías trabajando con el ordenador y los teléfonos la puso algo nerviosa.

En realidad, tanto Tomás como Lucía lo tenían establecido así para conseguir este efecto en las personas que iban a entrevistar.

—Buenos días, señora Gumbau —dijo al abrir la puerta de su despacho—. Perdone el desorden reinante. Nosotros acostumbramos a trabajar en medio de este caos aparente, sobre todo al inicio de un caso.

—Buenos días, inspectora, buenos días, sargento —contestó dirigiéndose a este, que se acababa de levantar de su silla para saludarla.

—Buenos días. Por favor, tome asiento —respondió él al tiempo que le ofrecía una de las dos sillas situadas frente a la mesa.

Rosa se sentó y miró a su alrededor mientras el policía sacaba su libretita, se sentaba en la otra silla y buscaba las páginas que correspondían a la testigo.

Con una mirada rápida, Rosa descubrió en el corcho que colgaba de la pared las fotos de varias personas, entre ellas la suya, y diferentes imágenes del coche incrustado en la ladera del bosque, el brazo izquierdo colgando y lleno de sangre y varias fotografías del suelo lleno de huellas de ruedas de vehículo.

—Ustedes dirán —dijo una vez acomodada en la silla—. Por la forma en que me han citado en esta ocasión y por lo que veo aquí —señaló con el índice derecho el panel de corcho—, intuyo que la cosa ha cambiado, ¿no?

—Efectivamente. Tal como usted dice, la situación actual es otra. La autopsia que se ha practicado a su exmarido ha puesto de manifiesto que su muerte no fue accidental, sino que alguien lo mató. Por esto hemos tenido que volver a llamarla.

—No me dirán que piensan que fui yo quien lo hizo. Lo digo porque veo mi foto clavada en este corcho.

—No, por favor, no se trata de esto. Lo que ocurre es que ahora estamos investigando un asesinato y, como puede comprender, tenemos la obligación de hablar con todas las personas que se relacionaron con él, y usted fue una de las que más lo hizo.

En principio, solo es rutina —respondió con educación la policía.

—Admito, porque así lo he visto en las películas, que en este momento todo el mundo es sospechoso. Lo entiendo. Pregunten y yo contesto.

—La otra vez que vino a vernos, cuando reconoció el cadáver, nos dijo que hacía mucho tiempo que no lo veía. ¿Me podría especificar cuánto, aproximadamente? —preguntó el sargento, que acababa de consultar los datos de su libreta.

—Es difícil de precisar. Más o menos, hará un año.

—Y en este año, ¿no tuvo ningún contacto con él? —volvió a preguntar.

—Contacto personal no. Hablé con él varias veces, demasiadas, pero no nos vimos.

—¿Cómo se explica esto? —insistió el policía.

—Cuando nos separamos, Javier y yo acordamos un régimen de visitas para la niña.

Él la veía los fines de semana alternos y siempre que la niña y él quisieran.

Yo no puse ningún obstáculo, al contrario.

Su traición me hizo mucho daño y lo que menos deseaba era verlo, así que, una vez roto el matrimonio, él se entendía con la niña y yo lo veía muy poco, lo imprescindible.

Pasado un tiempo, cuando Alicia, mi hija, tenía cerca de ocho años, me pidió no ir con él porque, según ella, su padre no le hacía caso y había cambiado de carácter.

Fui a hablar con él, pese a las pocas ganas que yo tenía, y esta fue una de las pocas veces que lo vi.

—Perdone que la interrumpa. ¿Desde la separación no se veían nunca salvo por motivos como este? —preguntó el sargento.

—Hablábamos por teléfono por cosas relacionadas con la niña y nada más.

Él iba a buscarla al cole cuando tocaba y la devolvía el domingo.

Nunca o casi nunca se salió de esta norma.

Al principio, cuando vivía sola, yo la recogía.

Luego acostumbraba a hacerlo mi actual marido y así yo me ahorraba verlo.

—Es decir, que no lo quería ver ni en pintura —insistió el sargento.

—No, como usted dice, ni en pintura. A mí me hizo mucho daño la separación.

Nunca le perdoné que me engañara con otras, que me mintiese.

Me sentí muy humillada. Como durante un tiempo aún sentía algo por él, y él siempre me buscaba, porque, dicho sea de paso, era un cabrón, decidí que la mejor manera de protegerme, de olvidar, era verlo lo menos posible.

—Podemos decir que lo odiaba, ¿no? —intervino la inspectora.

—Entonces, yo diría que no. Si me pregunta por últimamente, sí, lo odiaba mucho.

—Perdone la interrupción. Nos estaba hablando de lo que le había dicho la niña —siguió la policía.

—Sí. Como le estaba diciendo, fui a hablar con él.

Me contó que estaba pendiente de un juicio, que, según tengo entendido, terminó bien, y que esto lo ponía muy nervioso.

Me prometió enmendar la situación y cambiar de actitud.

Lo hizo. Duró muy poco. Al cabo de un tiempo volvió a olvidarse de su hija.

Quedaba con ella y luego anulaba la cita o se olvidaba de recogerla, de manera que Alicia cada vez tenía menos ganas y ponía más excusas para no ir con su padre.

Sé que, en aquel momento, alguien lo amenazaba porque la niña cogió una carta en la que lo hacían y me lo dijo.

Se preocupó mucho. Hablé con él y me contó que un padre de un enfermo que murió, y que lo denunció, lo amenazaba. Poco más sé del asunto

—¿Obligaba a la niña a ir con su padre? —preguntó el sargento.

—No, nunca. Ya les he dicho que yo no intervenía en esta relación y que era cosa de ellos dos. Así fue hasta los últimos meses en que se vieron.

—Debía sufrir mucho con la actitud del padre —intervino la inspectora.

—Pues claro. Yo lo pasaba fatal. Veía a la niña esforzándose para ir a verlo, porque lo hacía sin ganas, y a él actuando como siempre, como un egoísta, que es lo que era, entre otras cosas. Estoy segura de que él, querer, lo que se dice querer, no quería a nadie más que a sí mismo.

—¿Qué más pasó? —preguntó el sargento, que no paraba de anotar en la libreta y estaba deseando llegar al momento actual.

—La niña explicaba que el papá estaba muy raro, nervioso, irascible, vamos, que, según ella, había cambiado mucho. Cada vez se veían menos, hasta que la pegó.

—¿Dice que la pegó? —preguntó la inspectora con cara de sorprendida.

—Como lo oye, la pegó. La niña estaba con él, es decir, que dormía en su casa porque así lo habían convenido, tenía doce, casi trece, y fue a una fiesta, cena y baile, en casa de una amiga, con permiso mío y de él.

El padre le dijo que la quería en casa a la una.

La niña llegó a las tres, no por su voluntad, sino porque quienes la tenían que acompañar de vuelta se retrasaron.

Cuando Alicia entró en casa, él le pegó dos bofetadas y una patada mientras la insultaba, la humillaba.

La mandó a la cama sin querer escuchar ninguna explicación.

Alicia me llamó a primera hora de la mañana y, como es lógico, fui a buscarla y me la llevé.

—Supongo que hubo bronca —dijo el sargento.

—Imagínese como estaba yo. Le dije de todo, le chillé, le tiré todos los objetos que encontré a mano y que pude, con intención de darle, sin conseguirlo. La niña me cogió de la mano y me sacó de la casa, porque si no…

—¿Lo amenazó de muerte? —preguntó el sargento

—No lo sé seguro. Imagino que sí, porque si lo llego a coger, hubiese hecho un disparate. De hecho, todo lo que le tiré fue con intención de darle.

Los dos policías se quedaron mirándose. Lucía carraspeaba repetidamente. Tras una pausa, Rosa siguió.

—Antes me ha preguntado si lo odiaba. Puedo asegurarle que, desde que sucedió esto, lo odiaba profundamente.

—¿Qué pasó después? —preguntó la inspectora.

—Me llevé a la niña y ella no quiso ver más a su padre.

Él la llamó muchas veces. Quería hablar con ella, no sé si para pedir perdón, aunque no era de hacer eso nunca.

Alicia no se quería poner al teléfono y entonces él me daba la tabarra a mí con que estaba arrepentido, que no lo volvería a hacer y mil gilipolleces más.

Yo le aguantaba poco el rollo y acostumbraba a mandarlo a la mierda al cabo de un rato.

Sus llamadas eran continuas durante unos días, como cinco o seis al día, y luego pasaba semanas sin decir nada.

—¿Le ha afectado en algo esta muerte? —siguió preguntando la policía.

—No. Yo ya había borrado a este cabrón de mi vida. He de decirles que a la niña tampoco pareció afectarle mucho cuando se lo comuniqué.

—Después de la agresión, ¿planeó alguna vez vengarse, si así se puede decir, de él? —preguntó el sargento.

—Idear algo para matarlo no, pero desear que se muriese sí, muchas veces. Era un verdadero hijo de puta.

—Tenemos que confesarle que, a medida que vamos conociendo sobre su vida, estamos adquiriendo una imagen de él diferente de la inicial —dijo el sargento.

—En resumen, usted llevaba unos meses, bastantes, sin tener contacto físico con él, aunque sí por teléfono, ¿es así? —preguntó la inspectora.

—Así es.

—¿Tiene idea de si actualmente tenía pareja o vivía con alguien? —preguntó Tomás.

—Sé muy poco de su vida. Creo que actualmente vivía solo y que, durante bastante tiempo, unos años, tuvo una relación con una compañera, una cardióloga del hospital de Mataró.

Que yo sepa, nunca llegaron a vivir juntos, a pesar de que, por lo que conozco, se veían con frecuencia.

Lo poco que sé es por cosas que me contaba la niña.

Alicia nunca me dijo que viviese en casa de su padre, aunque sí la había visto muchas veces.

—¿Sabe cómo se llama?

—Creo que Clara. Sé, como ya les he dicho, que es cardióloga y que trabaja en Mataró. Según tengo entendido, había sido novia de Román, su amigo de juventud. No sé más.

—Por último, perdone porque es protocolario preguntarlo, ¿dónde estaba usted el día en que su exmarido murió? —preguntó el sargento.

—Si no recuerdo mal, murió en un día no festivo. Yo debía estar en casa con mi pareja y mis hijos.

—¿Tiene usted más hijos? —preguntó la policía.

—Sí, además de Alicia, tengo un niño.

—¿Puede asegurar que estaba en casa? —insistió el sargento.

—Sí.

—¿Su marido podrá corroborarlo? —insistió.

—Sí, claro. ¿Acaso van a llamarlo?

—No, en principio, no. Solo es por si fuese necesario.

—Esto quiere decir que soy sospechosa.

—Vamos a ver, hasta que no encontremos al culpable, todos los que tenían contacto con él son sospechosos.

Usted es la primera persona a la que interrogamos.

Nuestra obligación es investigar a todo el mundo, y hacer esta última pregunta, es para nosotros, ineludible.

A su actual marido seguramente no lo llamaremos, pero con Alicia tendremos que hablar.

—Lo entiendo. Espero que sean cuidadosos con ella. Este cabrón nos va a joder la vida incluso estando muerto. Perdonen el vocabulario. No lo puedo remediar. ¿Algo más?

—No, muchas gracias. Si la necesitamos, volveremos a llamarla.

Una vez solos en el despacho, Lucía y Tomás, sentados en sus respectivas sillas, se miraron.

—Menuda joya el doctorcito —dijo ella.

—Yo me he sorprendido. No me esperaba algo así. Lo cierto es que esta mujer lo odiaba con toda el alma. Como se dice, pasó del amor al odio. Creo que no resolvió bien su separación.

—Motivo le dio alguno. De momento, tiene coartada y hacía tiempo que no se veían —dijo ella intentando zanjar el tema.

—Tienes razón. Parece difícil que pueda ser ella la culpable, aunque nunca se sabe.

—Hay que buscar a esa Clara.

—Ahora mismo le doy la orden a Albanell para que la busquen.