Cuatro ochos 5 – Martes, 2/11/2004
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5 – Martes, 2/11/2004

Hacía ya doce días desde la muerte del doctor Pie.

Lucía y Tomás habían aparcado temporalmente sus investigaciones, ya que los indicios que tenían eran insuficientes para asegurar que lo ocurrido no era un accidente.

En sus indagaciones habían descubierto que la víctima era una persona egoísta, capaz de crearse enemigos con facilidad, pero ello no quería decir que alguien hubiese podido cumplir los deseos, que quizás albergaba, de darle muerte.

Los dos policías habían decidido esperar a tener los resultados de la autopsia y el análisis del escenario para iniciar el siguiente paso.

El despacho de Lucía era de lo más funcional y parecido a los que se ven en las películas de policías.

Cristales frente a ella, donde se ubicaba la puerta, y en la pared de la derecha, ambos con visión a la gran sala donde estaban las mesas de sus compañeros.

En la espalda y a la izquierda, paredes blancas de pladur.

Detrás de ella, la bandera nacional catalana junto a la española y la foto del rey.

En la pared de la izquierda, una pequeña taquilla y un gran corcho en el que colgaban tres fotos y un montón de chinchetas de diferentes colores sin nada que sujetar.

Su silla, bastante cómoda, estaba situada frente a la puerta y pegada a una sencilla mesa de despacho llena de papeles, un teléfono y varios bolígrafos.

Frente a ella y dando la espalda a la puerta había dos sillas más.

A través de los cristales la inspectora vio cómo Tomás se acercaba con marcha apresurada y unos cuantos folios en la mano. Entró en el despacho sin llamar.

—¡Chiquillo! ¿A dónde vas con tanta prisa? —dijo Lucía.

—Ha llegado el informe médico forense. Aún no está completo porque faltan algunos análisis toxicológicos. Nos explican los hallazgos físicos, la causa de la muerte y la hora en que se produjo.

—No está mal. ¿Qué nos cuentan?

—No lo he leído con detalle porque he preferido venir enseguida. Lo que he entendido es que murió desangrado. La causa de la muerte fue la hemorragia producida como consecuencia de la herida en el brazo. Por lo visto, era profunda y afectaba a una arteria importante.

—¿Y no había nada más? —dijo Lucía.

—Sí. Han encontrado bastantes golpes y hematomas más o menos grandes.

No describen lesiones internas importantes.

Hablan de un edema cerebral sin hemorragias intracraneales.

Salvo la del brazo, todas las demás lesiones, según ellos, no son suficientes para causar la muerte.

Esta es la primera impresión que he tenido tras la lectura rápida del informe.

Mejor será que nos lo leamos detenidamente para que no se nos escape nada.

Los dos policías se acomodaron en sus respectivos asientos y empezaron una lectura minuciosa de aquellos papeles. El informe no era muy extenso. Contenía algunos tecnicismos que tuvieron que consultar.

—Es tal como tú has dicho —dijo Lucía una vez leída y releída la información médica—. La causa de la muerte fue la hemorragia que se produjo por la herida del brazo.

—Eso parece. Tenía múltiples lesiones, nada raro teniendo en cuenta la castaña que se pegó, todas de pequeña importancia.

Según consta en el informe, la herida del brazo era profunda y seccionó una arteria, la radial, dice aquí.

Debe ser una arteria importante para provocar tanta pérdida de sangre.

Yo recuerdo que en el suelo había un buen charco.

—Así es. Es una arteria importante. Me pregunto si se habría desangrado si el brazo no hubiese estado colgando.

Esto habrá que preguntarlo. Además, si alguien hubiese estado allí, lo habría encontrado a tiempo y podría haber parado la hemorragia con una simple compresión o un torniquete.

Deduzco que murió solo y que debía estar inconsciente.

—Voy a ser mal pensado. A lo mejor alguien estuvo allí y no quiso parar la pérdida de sangre. Se me ocurre otra pregunta más que hacer: ¿podía algún cristal punzante, en especial el que encontramos manchado de sangre, provocar una herida tan profunda de manera fortuita?

—Amigo Tomás, la cosa se complica. Lo primero que tenemos que hacer es aclarar esto con el equipo médico. Ellos se han limitado a describir lo que han encontrado y punto. Nosotros tendremos que mojarnos. Para eso tenemos que sonsacarles lo que opinan y no han escrito.

—La hora de la muerte la sitúan entre las cinco y quince y las seis y quince de la mañana. Siendo, como es, una carretera poco concurrida, es posible que nadie descubriese el accidente hasta que llegaron aquellos hombres.

—Pues manos a la obra. Primero el médico, luego el escenario y luego recapitulamos.

La visita a la clínica forense era relativamente frecuente. Los policías querían obtener siempre las opiniones de los médicos, aquellas que, por no ser demostrables u objetivas, no se atrevían a poner por escrito.

—Buenos días, María —saludó la inspectora—. Tenemos cita con el doctor Bosch.

—Buenos días. Adelante, les está esperando en la consulta —respondió la secretaria.

Entraron en el despacho; el doctor dejó lo que estaba haciendo y se levantó para saludarlos.

—Hola a ambos. Bienvenidos. Hacía tiempo que no nos veíamos y esto quiere decir que hasta hoy no llevabais nada complicado entre manos. Sentaos donde podáis —dijo Bosch—. ¿Cuántas preguntas tenéis preparadas? A lo mejor os puedo responder alguna que os pueda ayudar.

—Seguro que sí, seguro que sí —soltó Tomás con cara de pocos amigos mientras se sentaba en la camilla—. Vosotros siempre hacéis igual, describís lo que veis y que los demás interpreten. Parece que os guste vernos aquí.

—Por descontado que me gusta veros y, aunque no te lo creas, nos gusta, aún más, ayudaros, pero no podemos escribir lo que son suposiciones, eso os toca a vosotros, que sois quienes disponéis de toda la información.

¿Qué queréis saber? —respondió el doctor, dando muy poca importancia a las palabras del sargento.

—Vamos a ver —intervino Lucía—. Tú nos dices que la causa de la muerte es una anemia aguda por la hemorragia que nacía del brazo izquierdo, a nivel del codo, ¿no?

—Cierto. Así es.

—Nos hablas de un edema cerebral que, si no lo entiendo mal, es como una hinchazón del cerebro, ¿no? —siguió Lucía.

—Vas bien. El edema, como consecuencia del golpe, provocó, casi seguro, una pérdida de consciencia.

Por el traumatismo, el cerebro se inflamó, hizo que el cráneo se llenase de líquido y un aumento de la presión intracraneal dio lugar a una pérdida de conocimiento.

Esto, en este caso, no provocó la muerte.

Si no hubiese existido la hemorragia del brazo, es posible que, bien espontáneamente, bien con tratamiento, se hubiese recuperado.

—De acuerdo —siguió la policía—, luego murió por la herida del brazo.

—Sí.

—En el informe se dice que la hemorragia es consecuencia de una arteria, creo que la radial, seccionada. ¿Cierto?

—Cierto.

—¿Y esto se puede producir de manera fortuita? —preguntó Lucía.

—A ver, doctor —intervino Tomás—, la pregunta clave, o mejor, las preguntas clave son las siguientes: ¿es fácil seccionar esta arteria accidentalmente? ¿Con un pinchazo, es decir, con cristal puntiagudo que se clave en el brazo, se puede seccionar la arteria o hay que hacer un corte?

—Os explico. La arteria radial, a la altura de la flexura del codo, no es profunda.

Es donde te pinchan cuando te sacan sangre.

Con los dedos puestos sobre el brazo notarás su pulso.

Los vasos sanguíneos no están fijos, es decir, se pueden desplazar ligeramente.

Por tanto, que un cristal se clave en el brazo y seccione la arteria es bastante difícil, no imposible.

Este hombre tenía una herida que llegó a la arteria.

Era un corte profundo de casi un centímetro de largo.

Para provocarla debería clavarse un cristal de esta medida.

Insisto, es difícil, aunque no imposible, que esto ocurra accidentalmente.

—Es decir, a ver si no me equivoco —dijo el sargento que ya estaba empezando a cabrearse—, según tu opinión y tu docto criterio, la herida que dio lugar a la hemorragia la provocó alguien y dejó que la víctima se desangrara, ¿no?

—Sí, en principio, esto es lo más probable. No se puede descartar del todo el mecanismo accidental, aunque sería muy raro.

—Joder, Bosch —dijo el sargento levantando los brazos—. A veces parece que os la cogéis con papel de fumar. Es increíble lo que os cuesta mojaros. La conclusión es que seguramente alguien lo mató, ¿no?

—Sí, lo más probable es esto.

—Pues aclarado lo que queríamos saber. Muchas gracias, doctor —dijo Tomás.

—Una cosa más, por favor —intervino Lucía—. Si el brazo hubiese estado hacia arriba en vez de colgando, ¿hubiese ocurrido lo mismo?

—Es difícil de contestar. La pérdida de sangre hubiese sido más lenta y a lo mejor la hemorragia hubiese parado antes de que se perdiera un volumen muy grande. Nadie lo puede asegurar.

—Y tu opinión ¿cuál es? —preguntó Tomás.

—Creo que la herida es suficiente para que se hubiese desangrado igual.

—Eso es todo. Muchas gracias por las aclaraciones. Adiós, doctor —dijo Lucía

—Adiós —dijo el sargento, que salió de la consulta refunfuñando.

Durante el camino hasta la comisaría Tomás no paró de quejarse y de blasfemar en contra de los informes de los forenses. Lucía trató de calmarlo. No lo consiguió hasta que llegaron al despacho, se sentaron y empezaron a pensar.

—Muy bien. Tal como nos temíamos, estamos frente a un asesinato y casi sin ninguna pista —dijo la inspectora.

—De momento no la tenemos, es verdad. Nos falta revisar al detalle el escenario del crimen, ver si hay huellas en el cristal y empezar a interrogar de otra manera a los sospechosos.

De estos ya hay unos cuantos —contestó Simón mientras escribía nombres en pequeños papeles y los iba clavando en el corcho.

—Yo empezaría por revisar el escenario, a ver si encontramos algo que nos permita obtener alguna pista que seguir o, a lo mejor, descartar algún sospechoso.

—De acuerdo, pero, paralelamente, empezaría a citar al personal. Por cierto, para no perder tiempo, para mañana he citado a la exmujer.

—¡Tomás eres la hostia! No pierdes ni un segundo. Bien hecho —respondió ella.