4 – Manuel
Poco imaginaba Manuel que en su casa lo estaban esperando.
Con lo que recibía del paro y algún tejemaneje buscando y removiendo basura o afanando algún objeto vendible, ganaba lo justo para mantenerse él y su mujer, Zaira.
Vivía en casa de sus suegros con ellos, la abuela, los cuñados y los dos sobrinos, como suelen vivir muchas familias gitanas.
La suegra era la que mandaba y administraba la hacienda.
Todos los demás obedecían. Mientras tuvo trabajo, todo lo que él ganaba servía para llenar el pote familiar.
Ahora que llevaba casi un año en el paro recibía muy pocos ingresos.
Estos también iban a parar a la matriarca.
Esto le permitía disfrutar de una casa y del apoyo del clan.
Su esposa, Zaira, también estaba en el paro.
Trabajó un año en una fábrica, pero luego enfermó y tuvo que dejarlo.
Ahora ya se encontraba bien, la fase aguda ya había pasado.
Había buscado trabajo sin suerte. Vivían en casa de los padres de ella, ya que para esto estaba la familia, para ayudarse en momentos difíciles.
Zaira era más joven que él. Había cumplido, junto a su hermana gemela, Saray, veintiuno recientemente.
Él estaba a punto de cumplir los veintinueve.
Manuel no disponía de un currículo de buen trabajador.
No tenía continuidad. Había trabajado de mecánico, es decir, ayudando en un taller, de camarero en diferentes bares y algún restaurante y como agente de limpieza urbana en Sant Vicenç dels Horts, su pueblo natal.
Siempre habían sido trabajos de corta duración, de unos meses, sustituciones, nada con continuidad.
En algunos momentos de su vida había trapicheado con la marihuana y fue en este mundo donde conoció a su mujer, Zaira.
Empezaron a salir cuando ella aún no tenía dieciocho.
Durante dos años habían sido frecuentes usuarios de sustancias prohibidas.
Él fue quien la introdujo en este mundo.
Habían fumado, esnifado y se habían pinchado muchas veces.
No se podría decir que estaban enganchados, pero sí que lo habían probado todo y con asiduidad.
Este era uno de los motivos por los que los trabajos de Manuel durasen tan poco.
Cuando se casaron, la madre de Zaira se los llevó a casa, impuso su control, y dejaron este mundo.
Solo acudían a la droga muy de vez en cuando, aunque era demasiado tarde, pues ya se habían contagiado.
A diferencia de sus cuñados, que tenían dos, ellos no tenían hijos. A su suegra le llamaba la atención, pues ya llevaban dos años casados y no cesaba de verbalizarlo.
— A ver si el Manuel no va a servir para ser padre. ¿Ya funciona como debe? Mira tu hermana, ya tiene dos, y tiene tu edad.
—Que sí madre, que sí. Déjame tranquila, que siempre estás con lo mismo —respondía Zaira.
—Hija, es que lo veo tan canijo, y no será porque no coma, que pienso que a lo mejor no sirve.
Manuel y Zaira se habían planteado lo de la paternidad alguna vez, pero la inestabilidad económica y laboral, unidas a la enfermedad de ambos, no habían permitido, hasta entonces, buscar descendencia.
Lo cierto es que su madre tenía razón porque canijo era, y bastante.
Manuel era muy delgado. Era un nervio que nunca paraba quieto.
No medía más de un metro setenta y cinco.
Parecía imposible que aquellas piernas tan flacas pudieran aguantar un cuerpo y correr como habían demostrado en alguna persecución tras un pequeño hurto de los suyos.
Usaba gafas y lucía un bigote fino, largo, negro como su pelo, que le servía para disimular la escasez de labio superior.
Esto le confería un aspecto de ser mayor de lo que era.
A Zaira le había encandilado la mirada de sus ojos oscuros, penetrantes y candorosos.
Cumplir con sus obligaciones maritales, cumplía sobradamente.
Gracias al cobijo que les daba la familia en los momentos difíciles, como los que estaban pasando, eran felices.
El olor a potaje de garbanzos estimuló su apetito nada más abrir la puerta de la casa. A diferencia de otros días, su esposa se abalanzó sobre él y lo abrazó mientras lloraba desconsolada.
—¿Qué te pasa, niña? —preguntó, sorprendido, y abrazando fuerte a su mujer.
—¡Ay, qué desgracia! ¡Qué desgracia tan grande, Manuel! —dijo ella entre sollozos y lágrimas.
—Manuel, ven aquí y siéntate —dijo la suegra. Él, sin entender aún lo que ocurría, obedeció y ocupó su lugar en la mesa en la que estaba toda la familia, con caras largas y serias—. Nos vas a contar lo que pasa.
—¿Qué pasa? —preguntó Manuel mirando extrañado a su esposa.
—Mira, Manuel, sabemos que tienes eso del sida y que se lo has contagiado a mi hermana —soltó Saray, su cuñada, subiendo el tono de voz y encarándose con él y poniendo de manifiesto su ira.
—¿De dónde has sacado tú esto? —respondió el hombre mientras sentía como todo su mundo se desmoronaba en un instante.
—Me lo ha dicho el médico.
—¿Qué médico? —preguntó Manuel en medio de un silencio sepulcral solo alterado por los sollozos de Zaira.
—El otro día fui al hospital y no sé por qué razón me atendió un médico que no era el mío.
Imagino que no sabía que tenía una hermana gemela.
Por lo visto, se equivocaron de expediente y le dieron el de Zaira en lugar del mío.
Lo primero que me dijo es que algunas de las cosas que me pasaban podían ser consecuencia del tratamiento de mi enfermedad, el sida ese.
Al oírlo, le dije que yo no tenía esto, y fue entonces cuando descubrieron que se habían equivocado de historial.
Así me enteré de todo. Luego hablé con mi hermana y supe que tú también estás contagiado.
—Esto no quiere decir que yo la haya contagiado. No sabemos si yo la contagié a ella o si ella me contagió a mí o si nos contagiamos por separado —respondió Manuel, excusándose y defendiéndose.
—Esto es lo de menos. No vamos a discutir de quién es la culpa.
Seguramente es de los dos —intervino la suegra—.
Lo importante es que los dos estáis contagiados y esto es un peligro para todos.
En esta casa somos muchos y hay dos niños.
Puedes comprender que no podemos correr el riesgo de que se infecte alguien más.
Manuel, muy nervioso y aturdido, abrazaba a su mujer y se puso a llorar con ella. En cuanto el llanto se lo permitió dijo con tono sumiso:
—Esta enfermedad no se contagia de cualquier manera.
A nosotros nos dijeron que podíamos hacer vida normal siempre que no hubiese contacto con nuestra sangre u otros fluidos.
Es por ello por lo que no dijimos nada. El especialista nos dijo que, si teníamos cuidado con estas cosas, no había ningún peligro.
—Puedes decirme lo que quieras. Piensa que todos estamos muy cabreados de que no os dignaseis a decirnos la verdad.
Por si fuese poco, yo no quiero entrar en detalles, pero estoy convencida de que si mi hija no hubiese estado contigo no estaría enferma.
Nos habéis engañado y, además, yo no quiero tener que estar vigilando y pendiente de un posible contagio.
No podría perdonarme que alguno de los demás se infectase.
La consecuencia es simple: tendréis que buscar otro lugar para vivir, y lo antes posible.
A mi hija no la puedo echar porque es mi hija.
Espero que ella misma se dé cuenta de lo terrible que es para mí esta decisión.
Yo le pido por favor, que, por el bien de todos, se vaya.
A ti no te lo pido, a ti te lo ordeno. Haced lo que tengáis que hacer lo antes posible. Tenéis dos días.
Dicho esto, se levantaron todos de la mesa y dejaron a la pareja hundida y llorando sin consuelo.
La decisión familiar sumió a Manuel en la tristeza y la desesperación.
Tuvo que irse de casa y buscar cobijo en algún lado.
Lo encontró en el bar de su primo Julián.
Este le proporcionó lo único que tenía, que era un pequeño espacio en el almacén del bar, con un camastro y una mesita, convirtiendo aquello en el nuevo hogar de su pariente.
Una vez aposentado, la cabeza de Manuel no paró de pensar en su desgracia, su mala suerte y en quién había provocado aquella situación.
Poco a poco, ayudado por las drogas, a las que volvió a pedir auxilio, fue alejando el dolor y lo sustituyó por odio y deseos de venganza hacia el responsable de lo ocurrido.
Tras una pequeña investigación, averiguó el nombre del médico que le había dado la noticia a su cuñada. Luego, se fue a buscarlo al hospital, decidido a amenazarlo y a hacerle saber que, puesto que había destrozado su vida, él, Manuel Flores, arruinaría la suya.
Manuel entró en el despacho de Javier sin llamar, bruscamente, exaltado, como una fiera herida, y se encaró con él:
—Tú, hijo de puta, mírame a la cara porque a partir de ahora me vas a ver más y me vas a temer.
Yo, a partir de hoy, que ya te conozco, no tengo nada más que hacer que amargarte la vida y si puedo, a lo mejor matarte.
Estaré aquí cuando salgas del hospital, te seguiré si vas a pasear, al cine, donde vayas.
Conoceré a toda tu familia y todo lo que hacen, cuándo salen de casa, cuándo vuelven, si van al colegio, en fin, todo, y cuando menos te lo pienses, pagarás por lo que has hecho.
Javier se quedó quieto en su silla, asustado, sin poder articular una sola palabra. Estudiaba cómo huir del despacho o cómo enfrentarse a aquel hombre, al que no conocía, que lo increpaba. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Estaba muerto de miedo.
Desde el despacho contiguo, Margarita, la secretaria, no hacía más que exclamar:
—Perdone, doctor, no lo he podido parar, no me ha dado tiempo a evitarlo. Ya he llamado a seguridad y ahora vienen.
Manuel fue expulsado del hospital por el servicio de seguridad no sin antes luchar para evitarlo, sin cesar en amenazar e injuriar a Javier, y tras ser identificado, por si se tenía que hacer una denuncia policial.
El doctor prefirió no ponerla hasta que se hubiese aclarado lo ocurrido.
Pidió a su secretaria que sacase la historia clínica y consiguió entender el porqué de la amenaza.
—¿Te acuerdas de aquel día que me hice cargo de la consulta del doctor Hernández?
—Sí —respondió Margarita—. Hace una semana o dos.
—Aquel día me dieron una historia clínica equivocada y di una noticia que no debía.
Revelé, sin querer, a una de las hermanas gemelas que su hermana estaba infectada por VIH, hecho que ella desconocía.
Ella se lo debió contar al resto de la familia a juzgar por lo que ha pasado hoy.
Este hombre me culpa a mí de haber desvelado lo que, al parecer, era un secreto.
Lo he pasado muy mal. Me he asustado mucho porque, al principio, pensaba que había cometido algún error médico y ya he tenido una denuncia y no desearía volver a pasar lo que estoy pasando.
En este caso, el error no ha sido mío y estoy seguro de que este hombre entrará en razón cuando conozca con exactitud lo ocurrido.
No creo que debamos preocuparnos ni complicar la cosa con denuncias.
Hablaré con el doctor Hernández, que es su médico, para que se lo explique todo y los calme.
Se le pasará. Yo estoy tranquilo y, por tanto, tú, Margarita, también debes estarlo.
Javier se equivocó porque, desde aquel día, Manuel decidió hacerle pagar por lo sucedido.