Cuatro ochos 3 – Viernes, 22/10/2004 #3
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3 – Viernes, 22/10/2004 #3

—Y lo era. Espero que lo siga siendo. Hace tiempo que no sé nada de él.

De toda esta historia soy incapaz de saber lo que hay de verdad y de mentira.

Los dos eran magníficos médicos. Al cabo de unos días Román vino a verme y me dijo que había decidido irse del servicio, bueno, del hospital, ya que él no podía seguir trabajando ni estar con semejante hijo…

Me salto el resto de la calificación. Intenté hacerlo razonar y retenerlo, sin éxito.

No tardó mucho en encontrar trabajo en otro hospital y se fue.

Tengo que reconocer también que el doctor Pie, durante todo el tiempo que estuvo aquí, hizo muy buen trabajo.

Acabó su tesis y se incorporó como profesor asociado en la universidad.

Como les decía, él también era un médico sobresaliente.

—Perdone. Ha dicho que el doctor Torres profirió amenazas cuando supo lo de la tesis. ¿De qué tipo eran? —preguntó el sargento tras consultar la libreta.

—Dijo muchas barbaridades. Insultó, blasfemó, se cagó en él, en fin, un montón de cosas.

De todo lo que salió de aquella boca pude intuir que, además de lo profesional, había algo más de tipo personal.

Sería incapaz de decir de qué se trataba.

Estaba fuera de control, hecho un energúmeno, rezumaba ira por todos lados y muchas de las cosas que decía eran ininteligibles.

Yo permanecía callado. Pensaba que era una reacción esperable después de lo sucedido.

—Disculpe una vez más, doctor. ¿Lo amenazó de muerte? —preguntó la inspectora.

—Sí. Varias veces. Dijo que, si lo cogía, si se lo encontraba, lo mataría.

—¿Cree que lo decía en serio? —intervino el sargento.

—Es difícil de afirmar. Yo pienso que el doctor Torres no es una persona violenta, ni mucho menos; sin embargo, en un momento de descontrol, sin ser capaz de razonar, de estar poseído por la ira, cualquier persona puede hacer algo imprevisible.

Tengo que reconocer que su reacción llegó a preocuparme. Estaba fuera de sí.

—¿Quiere usted decir que, en ese estado, cualquier persona puede actuar con suma violencia? —preguntó el sargento.

—Sí, creo que podría. No me atrevería a asegurarlo, pero sería posible. Lo recuerdo en aquella entrevista como una verdadera fiera. De esto hace ya bastante tiempo.

—Una última pregunta. ¿Sabe si tuvo algún problema con algún paciente? —preguntó Tomás—. Margarita nos ha dicho que desde que ella trabajaba con él nunca hubo una queja. ¿Tiene conocimiento sobre si tuvo algún problema con algún enfermo?

—En la anterior entrevista les dije que no había tenido problemas en mi hospital, y así es.

Sé que tuvo una demanda judicial. Fue muy al principio de su estancia en mi servicio.

Un paciente, que finalmente falleció por un tumor de Ewing, un cáncer de huesos maligno, sufrió, al inicio de su enfermedad, un error diagnóstico.

Esto había ocurrido cuando Javier aún trabajaba en otro centro, justo antes de venir aquí.

Por esto el juicio tuvo lugar cuando ya trabajaba con nosotros.

No se trataba de una situación negligente ni mucho menos, ya que al principio de la enfermedad es fácil confundir esta patología con un proceso infeccioso del hueso, una osteomielitis.

Nos ha ocurrido a casi todos en hospitales de este nivel y no es infrecuente.

Lo que pasó es que, por razones que desconozco, el doctor Pie tuvo una mala relación con la familia y esta, tras el fallecimiento del paciente, un chaval joven de unos diecinueve años, lo denunció.

—¿Cómo acabó? —preguntó Tomás.

—Hubo un juicio penal y se demostró que no había habido ninguna negligencia médica, por lo que todo acabó con la sentencia.

—¿Quiere usted decir que fue considerado inocente?

—Efectivamente. Era lo lógico, ya que lo que ocurrió no fue culpa de nadie.

A veces las enfermedades, al principio, no dan la cara y la confusión es fácil.

El problema, y lo que suele provocar las denuncias, es la mala relación que se puede establecer con los pacientes por falta de información, por prepotencia, por mil razones.

Esto es lo que ocurrió en este caso. Que yo sepa, la cosa acabó aquí.

El proceso judicial duró tres o cuatro años, como suele ocurrir, y durante este tiempo el doctor Pie recibió amenazas y mucha presión por parte del padre del joven.

Creo que todo terminó con la sentencia, al menos que yo sepa.

En nuestro servicio, los enfermos pueden ser muy complejos y situaciones de este tipo, por suerte, son poco frecuentes, pero no raras.

Me parece que Javier aprendió mucho con este caso.

—No le molestamos más. Si surge alguna duda o algo nuevo, volveremos a verle. Muchas gracias por su colaboración —dijo la inspectora mientras le tendía la mano.

—De nada. Encantado de poder ayudar.

Los dos policías salieron del hospital y, antes de subirse al coche, se quedaron parados uno frente a otro.

—Muy bien. Cuando me llamaste ayer me dijiste que era un caso de rutina, un accidente. Ahora ya estoy convencida de que no será así. No sé por qué me temo un buen lío —dijo Lucía.

—Entonces no me imaginaba todo esto. No pensé que se podía complicar así. De todas maneras, no tenemos nada cierto.

—Tienes razón. No puedo olvidar que algunas cosas no me cuadran y otras no me acaban de gustar. En este momento tenemos varias personas que podrían ser sospechosas.

—Totalmente de acuerdo. En mi libreta tengo anotado que hay que hablar con su amante o pareja, con el doctor Torres, con la pareja enferma de sida y con el señor que lo denunció.

—No olvides reclamar el informe forense, pieza fundamental, y revisar todo lo que tenemos sobre el escenario del accidente. Es muy posible que con esto sepamos si debemos seguir o no.