3 – Viernes, 22/10/2004 #2
—Yo diría que no. Fue después de la visita de aquel hombre, eso sí. Yo diría que bastante después. Tampoco me atrevería a asegurarlo.
—Gracias por todo una vez más —dijo la inspectora.
Lucía le contó a su compañero lo que acababa de conocer mientras recorrían el corto camino de un despacho a otro.
Justo cuando llegaban al de Miranda, Margarita los alcanzó tras una corta carrera y les dio un papel con los nombres que habían solicitado: Zaira Heredia González, casada con Manuel Flores Flores, infectados por VIH, y Saray Heredia González, la hermana gemela.
Tras darle las gracias, los policías abrieron la puerta del despacho en la que se leía «Prof. Dr. Darío Miranda. Jefe de Servicio».
—Buenos días —dijo la secretaria que los recibió—. El doctor los espera. —Y los hizo pasar.
—Inspectora, sargento, buenos días. ¿Qué les trae otra vez por aquí? —dijo Miranda dándoles la mano—. ¿Han descubierto algo nuevo?
—No, no, ni mucho menos. Aún estamos empezando y no tenemos novedades.
Tampoco sabemos si las va a haber. Nuestro trabajo es preguntar y buscar, y en eso estamos.
Margarita, la secretaria del doctor Pie, nos ha contado que hace un tiempo él tuvo un conflicto, o algo parecido, con un compañero que acabó marchándose.
Por lo visto, ella aún no estaba en este puesto y no nos ha podido dar más detalles.
Nos ha sugerido que usted, a lo mejor, nos podía ayudar.
—Sí, claro, algo les puedo contar. No sé si será de interés para la investigación.
Fue un momento muy desagradable. El médico que se fue se llamaba Román Torres Benito.
Era bueno, supongo que lo seguirá siendo, un excelente médico.
Hizo los cuatro años de residencia en nuestro servicio.
Había sacado un número muy bueno del MIR.
Creo recordar que por debajo del cien. Al acabar la residencia consiguió una plaza de médico adjunto y se quedó en el servicio.
Cuando el doctor Pie ganó las oposiciones y vino aquí, Román fue el primero en recibirlo y acogerlo.
Por lo que tengo entendido, durante la carrera, habían sido muy buenos amigos.
Ambos jugaban a balonmano en el equipo de la facultad, salían juntos, se iban de vacaciones juntos, etc.
Era uña y carne. Todo fue muy bien hasta que se presentaron dos circunstancias profesionales que los enfrentaron, se enemistaron, tanto que, al final, Román decidió irse a otro hospital.
—¿Cuáles fueron estas circunstancias? —preguntó Simón.
—La primera fue la convocatoria en nuestro servicio de una plaza de jefe de sección, dedicada específicamente a las urgencias.
Además del currículo, como es habitual, se pedía presentar una memoria sobre la organización de esta unidad y defenderla oralmente frente al tribunal.
Los currículos eran muy parecidos y poco servían para establecer diferencias.
Me he olvidado de decir que Román y Javier eran los dos únicos candidatos.
Los dos proyectos, curiosamente, también eran muy semejantes en su esencia.
Algunos pequeños detalles los diferenciaban.
Por ejemplo, el de Javier tenía un mejor estudio económico.
En lo relativo a lo asistencial y lo docente, aparte de ser muy buenos, eran muy parejos y ambos con la misma concepción de lo que debía ser la unidad.
En la presentación oral, Pie estuvo mucho más brillante que su compañero y eso motivó que el tribunal le otorgase la plaza a él. Román tuvo una gran decepción.
»Unos días después el doctor Torres, Román, vino a verme y me contó que Javier le había robado la idea del proyecto y que se lo había apropiado.
Me dijo que unos meses antes habían estado hablando sobre el servicio y que le había contado su proyecto porque él le dijo que no se iba a presentar como candidato.
El relato que me hizo de lo que había ocurrido parecía verdadero, pero yo no tenía manera de demostrarlo.
Él tampoco podía y no le quedaba otro remedio que aceptar la decisión.
Al parecer, su única intención era que yo supiese a quién me había quedado como jefe, cuál era la calaña del personaje.
Por descontado que yo, aunque no se lo dije, a pesar de creer lo que me estaba diciendo, pensaba juzgar a Javier por sus hechos futuros y no por lo que me pudiese contar él.
También quiso mostrarme su indignación, su enfado, su rabia, y me pidió que, si podía, tratase de no ponerlo a trabajar nunca con él.
Yo no podía asegurar que el relato de Román fuese cierto y, por tanto, solo pude calmarlo y prometerle que, siempre que fuese posible, evitaría que trabajasen juntos.
»Con la intención de apaciguar su frustración, le propuse que hiciese la tesis doctoral, ya que de este modo podría enfocar su futuro profesional hacia la docencia y la investigación en la universidad.
En aquel momento se hablaba de una nueva enzima, la elastasa, que podía convertirse en un buen marcador de inflamación y, por tanto, ser útil en la detección de infecciones y, sobre todo, en el diagnóstico diferencial entre las enfermedades bacterianas, que requieren tratamiento antibiótico, y las víricas, que suelen curar solas y en las que los antibióticos son ineficaces.
A ustedes no les interesará mucho, pero este un problema al que se enfrentan diariamente los médicos clínicos.
Le propuse que hablase con la responsable de la biblioteca para hacer una exhaustiva búsqueda bibliográfica, que se la estudiase y que luego me hiciese una propuesta de proyecto de investigación.
Le dije que, si él quería, yo sería su director de tesis.
Creo que el proyecto le gustó y salió de mi despacho mucho más conforme y, al menos me lo pareció, ilusionado.
»Mi gran sorpresa fue cuando, al cabo de tres meses o tres meses y medio, el doctor Pie vino a mi despacho y me comunicó que iba a empezar su trabajo de investigación para hacer la tesis doctoral.
Pueden ustedes imaginar el tema escogido: valor de la elastasa en el diagnóstico diferencial de las enfermedades infecciosas de origen bacteriano o vírico.
Yo me quedé de piedra. Me dijo que su director de tesis iba a ser el jefe del laboratorio, Bellido, que, como yo, es catedrático y especialista en enfermedades infecciosas.
Le pregunté si había hablado con Román. Su respuesta fue que no porque Román no quería hablar con él desde que había ganado la plaza.
Tras conocer la noticia intenté llamar al doctor Torres.
No tuve tiempo porque él se presentó en mi despacho al cabo de muy poco tiempo.
Me preguntó si era cierto lo que le habían dicho sobre la tesis.
Como pueden imaginar, yo no pude hacer otra cosa más que corroborar lo que él ya sabía.
Lógicamente, no estaba en mis manos el impedir que su compañero hiciese su tesis.
Román se puso furioso, fuera de sí, gritaba, exclamaba y amenazaba.
La verdad es que no era para menos. Cuando salió de mi despacho tenía los ojos llorosos, me atrevería a aventurar que de rabia.
—No está mal la historia, doctor —dijo Lucía—. Nos ha dicho que el doctor Torres era un médico brillante.