3 – Viernes, 22/10/2004
El despacho del doctor Pie se encontraba en la cuarta planta del hospital, dentro del espacio que correspondía al servicio de medicina interna, a no mucha distancia del que ocupaba el doctor Miranda. En la puerta aún estaba el rótulo: «Dr. Javier Pie. Jefe de Sección».
Entraron tras golpear la puerta con los nudillos y recibir el permiso para hacerlo.
Nada más abrirla, se encontraron frente a ellos a la secretaria, sentada en una mesa no muy grande.
Detrás de ella había un ventanal, con las cortinas abiertas de par en par, por el que entraba gran cantidad de luz.
El contraluz impedía, en un primer momento, ver la cara de aquella mujer morena.
—Buenos días. ¿En qué puedo servirles? —dijo la secretaria.
—Buenos días. Soy la inspectora Serra y me acompaña el sargento Simón. La he llamado antes para pedirle una cita.
—Sí, claro. Les estaba esperando y al verlos entrar ya me he imaginado que eran ustedes.
Me llamo Margarita y soy la secretaria, bueno, ahora la exsecretaria, del doctor Pie.
Tomen asiento, por favor —les dijo al tiempo que les daba la mano y les ofrecía las sillas que se encontraban frente a la suya.
Margarita aparentaba rondar los cincuenta años.
Sobre su vestido azul llevaba una bata blanca con un bolsillo a nivel del pecho izquierdo sobre el que había dibujado el logo del hospital y del que colgaba una tarjeta acreditativa con su nombre, Margarita Borrás, y su categoría profesional, secretaria.
—Ustedes dirán. Por teléfono me ha avanzado, supongo que era usted —dijo dirigiéndose a la inspectora—, que querían hacer algunas preguntas relacionadas con el doctor Pie.
¡Vaya desgracia! Porque ya han confirmado que era él, ¿no?
El doctor Miranda me dijo que no estaban seguros, ya que faltaba identificar el cadáver. Ya lo habrán hecho, ¿no?
—Ahora ya sabemos seguro que era él —respondió el sargento—. Por esto hemos venido a hablar con usted.
—¡Madre mía! ¡Qué desgracia! Quién lo iba a decir. Con la vitalidad que tenía ese hombre. En el servicio la noticia ha caído como una bomba. Hay mucha gente triste. Era un hombre muy querido y, según dicen sus compañeros, una lumbrera. Tenía mucho prestigio.
—Con esto nos está usted insinuando que no tenía envidias, celos, profesionales, claro está, ni enemigos en el equipo —puntualizó el policía.
—En la plantilla de profesionales de un gran hospital siempre hay muchos egos y puede ser que haya eso que ustedes dicen, incluso de tipo personal, pero nada que dificulte o impida un trabajo cordial y en equipo.
—¿Sabe usted si el doctor Pie estaba saliendo con alguien en especial o si tenía alguna relación con alguna persona del hospital? —preguntó Lucía.
—En este momento, no que yo sepa. Javier, perdonen que lo tutee, pero era como yo lo llamaba, era un hombre con mucho éxito con las mujeres y yo sé de buena mano que había salido con muchas compañeras del servicio y del resto del hospital.
Que yo conozca, nunca había mantenido una relación seria o larga con ninguna de ellas.
Sé que durante un tiempo estuvo con una doctora que no era del hospital.
Tampoco fue muy larga, que yo sepa, y, por lo visto, con varias interrupciones.
Al parecer, la cosa acabó mal. De esto ya hace un tiempo.
—¿Qué quiere decir con lo de las interrupciones? —preguntó Simón.
—Que salieron un tiempo, lo dejaron, luego volvieron y luego se acabó, más o menos así.
Ella no trabajaba aquí, pero tengo entendido que era la pareja de otro médico del servicio que acabó yéndose a otro hospital.
No puedo darles muchos detalles porque en aquella época yo aún no estaba con él, trabajaba en otro servicio. Lo que sé es lo que se rumoreaba.
—¿Conoce el nombre de esta mujer? —preguntó Simón.
—Ya me perdonarán si me equivoco. No estoy muy segura. Creo que se llamaba Clara. Ignoro su apellido y no sé nada más de ella.
— Y el nombre del médico que se fue, ¿lo conoce?
—No, no lo sé. El que estaba en boca de los chismosos era Javier, no el otro. El doctor Miranda debe saber quién era. Creo que él ya estaba aquí cuando todo esto sucedió.
—Ya le preguntaremos a él. No se preocupe. ¿Recuerda algo más? Algún problema con algún paciente o con alguien que no fuese del servicio —volvió a preguntar el sargento.
—No. Era muy querido por los pacientes. Mientras yo he estado aquí nunca hemos recibido una queja de él.
—¡Qué suerte! Parece mentira; en un lugar con enfermos tan graves y complicados, casi siempre hay alguien descontento —dijo Lucía.
—Ahora que lo dice, recuerdo una situación muy conflictiva que viví con él aquí, en el despacho. No tuvo nada que ver con la asistencia. Fue un error del servicio de documentación. Al doctor Pie le tocó pagar el pato.
—Cuéntenos lo que pasó, por favor —inquirió el policía.
—Un día estábamos aquí los dos. Por cierto, no se lo he dicho, esta puerta cerrada es la que da a su despacho.
— Margarita señaló una puerta cerrada en la pared de su derecha—.
La mantengo así porque él no está. Normalmente permanecía abierta, salvo cuando tenía alguna reunión o alguna entrevista o conversación que requiriese intimidad.
Como les decía, estábamos los dos trabajando cuando la puerta por donde ustedes han entrado se abrió con mucha brusquedad y pasó un hombre muy alterado.
Me miró y, sin decir nada, se fue directo hacia el doctor.
Entró en su despacho y con mucha agresividad se le encaró.
—¿Sabe quién era aquel hombre? —interrumpió la inspectora.
—No, en aquel momento no. Iba muy desaliñado, con el pelo muy largo y sucio. Parecía gitano por el aspecto físico. Gritaba mucho. Se lo veía muy enfadado. No sabíamos qué quería ni qué le pasaba.
—¿Y qué ocurrió? —preguntó Serra.
—Yo me asusté mucho y llamé enseguida a seguridad.
Lo que oí y conseguí entender, porque costaba mucho saber qué decía, es que por culpa del doctor toda su familia se había enterado de que tanto él como su mujer estaban contagiados con VIH, el sida.
Repetía una y otra vez que le había arruinado la vida y que lo iba a pagar.
Lo amenazó de muerte hasta que llegaron los de seguridad y se lo llevaron.
—¿Consiguieron saber a qué se debía todo aquello? —preguntó Simón.
—El doctor se puso muy nervioso. Temblaba y estaba acojonado, perdonen la expresión.
Cuando se pudo tranquilizar me explicó que un día que el doctor Hernández, un compañero del servicio, se puso malo y no pudo venir al hospital, él le había suplido y visitado sus pacientes.
En una de las visitas se confundieron de documentación y le dieron al doctor Pie la historia clínica de la hermana gemela, no la de la persona que iba a visitar.
Como no eran sus pacientes, él no conocía a la señora.
¿Me siguen? La historia clínica que el doctor tenía no correspondía a la paciente que visitaba.
¿Me siguen? —Los policías asintieron con la cabeza por lo que ella prosiguió—: En el historial constaba que aquella mujer tenía VIH.
Es decir, que la hermana gemela de la que estaba visitando tenía VIH, pero la que estaba en el hospital no.
Por lo que sé, le preguntó si se estaba tomando la medicación y si le sentaban bien las pastillas sin saber que la paciente que tenía delante no estaba enterada de que su hermana padecía esta enfermedad.
Así, con esta confusión, la familia se enteró de que la hermana, y también el marido, estaban contagiados.
Por lo visto, los dos lo habían escondido hasta que se produjo esta equivocación.
El hombre que vino desquiciado y amenazante era el marido, también enfermo, de la hermana con sida.
No sé si me han entendido porque es un poco confuso.
—La hemos entendido —dijo Lucía.
—¿Puede darnos el nombre de estos pacientes? —preguntó el sargento, que no paraba de anotar cosas en su pequeña libreta.
—Se lo puedo buscar porque el doctor me pidió los tres expedientes para anotar lo ocurrido y en algún lado me constará, aunque ya hace tiempo de esto —contestó Margarita.
—Si nos los manda cuando los tenga, nos hará un gran favor —dijo el sargento mientras le entregaba una tarjeta con su nombre, el teléfono, la dirección de la comisaría y el correo electrónico.
—¿Usted cree que sería posible hablar ahora con el doctor Miranda? —preguntó la inspectora.
—Tengo que preguntarlo. Esperen un segundo. —Cogió el teléfono, hizo una llamada, y mantuvo una breve conversación. Tras un momento de espera, siguió—: Me dicen que sí, que tiene un rato. Tiene que ir a clase en veinte minutos. Si van ahora podrá atenderles.
—Muchas gracias por todo. Esperamos no tener que molestarla otra vez —dijo Serra al despedirse.
—De nada. Si he podido ayudar, ha sido un placer.
Los dos policías salieron del despacho del doctor Pie y cuando iban a emprender el corto camino hasta el de Miranda se quedaron mirándose uno al otro.
—Espérame un momento —dijo ella.
Volvió a entrar en el despacho y dirigiéndose a la secretaria, que ya estaba sentada en su puesto de trabajo, preguntó:
—Perdone, Margarita. Me he olvidado de preguntarle si había notado algún cambio en la conducta del doctor
—Me atrevería a decir que sí, no gran cosa, pero sí.
Desde hacía unos meses se lo notaba muy nervioso.
Llegaba tarde más veces de lo habitual. Esta no era una de sus características.
Siempre había sido muy puntual. También faltaba algunos días sin motivo aparente, cosa poco normal en él, estaba más irascible, se enfadaba más.
Podría decir que sí. No sé por qué. De todas maneras, nada importante.
Ahora, porque usted me lo pregunta, me atrevo a decir que sí.
En otro momento yo no le hubiese dado importancia.
—Muchas gracias. ¿Recuerda si este cambio coincidió con la visita del que lo amenazó o con cualquier otra cosa? —preguntó la policía.