Cuatro ochos 2 – En la facultad de medicina
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2 – En la facultad de medicina

Su voluntad de ser médico se puso de manifiesto desde que empezó el bachillerato. Javier era muy buen estudiante y, puesto que en su familia no existían problemas económicos, no le fue muy difícil ingresar en la Facultad de Medicina.

Era un joven alto, fuerte y deportista, además de estudioso.

Desde muy pequeño había jugado al balonmano y pronto destacó por su condición física y su capacidad de esfuerzo.

A los dieciséis años fue fichado por un equipo de la Primera División Nacional, donde llegó a ser titular y uno de sus jugadores más importantes.

Sus inicios en la facultad fueron titubeantes.

No conocía a nadie, se encontró con una nueva manera de aprender, con una libertad absoluta, y todo ello al principio lo desorientó.

Pasó las primeras semanas cohibido, timorato, algo poco frecuente en él.

A muchos de sus compañeros les sucedía lo mismo.

La universidad era un mundo nuevo, desconocido, muy diferente al escolar.

No tardó demasiado tiempo en ser conocido por muchos y, sobre todo, por muchas.

Un pelo rubio corto, peinado hacia atrás, con ojos azules, rasgos suaves y labios carnosos unidos a un cuerpo espectacular lo convertían en un hombre muy guapo y deseado.

Tuvo muchos amoríos, pero nunca duraderos, pues a él le parecía que no era un momento apropiado para relaciones serias.

Román, un compañero que ya estaba en tercero, era el capitán del equipo de balonmano de la Facultad de Medicina.

Al saber de su presencia en el primer curso, fue a buscarlo y le propuso enrolarse en el equipo para participar en los campeonatos universitarios.

Fue muy fácil convencerlo. Javier se unió al grupo y desde el primer día se convirtió en uno de sus puntales más importantes.

Los dos deportistas tardaron muy poco en congeniar y en convertirse en inseparables.

Salían, estudiaban y pasaban vacaciones juntos.

En el equipo universitario mantenían, sin embargo, cierta rivalidad: Javier, pivote y máximo goleador, recibía la admiración del público, mientras Román, central y capitán, sentía que su labor quedaba en segundo plano.

Un año ganaron la final del campeonato universitario contra el equipo de arquitectura de la Universidad del País Vasco por veinticuatro a veintitrés.

Javier marcó trece goles, incluido el de la victoria, y acaparó las felicitaciones del público; Román había dado dieciséis pases de gol, nueve de ellos a su compañero.

En el vestuario, Javier se sentó a su lado y, sonriendo, le dijo:

—Anda, capi, que hoy os he dado el torneo. No te quejarás.

—No, no me quejo de ti ni de nadie porque los trece goles que has metido son la lógica consecuencia de que nosotros hemos hecho nuestro trabajo y te hemos dado el pase final.

Por si no lo recuerdas, nueve de ellos y alguno más que fallaste fueron míos, así que menos fardar, que parece que has ganado solo —respondió Román, sensiblemente enfadado y dolido, mientras se dirigía a la ducha.

El incidente quedó ahí, pues la alegría era tanta que contrarrestaba cualquier contratiempo.

Román celebró como todos y con todos, incluso con su amigo, el campeonato.

Cuando se fue a dormir notó como algo de rabia y de envidia quedaba dentro de él.

Su compañero durmió feliz y convencido de que era el mejor.

A finales del quinto curso de carrera Román empezó a salir con una compañera de la facultad de un curso inferior al de Javier.

Se enamoró perdidamente de Clara y desde ese momento su relación con él quedó en un segundo plano.

Seguían viéndose. Salían a cenar y de fiesta los tres o los cuatro, si Javier iba acompañado.

Seguían hablando, pero todo era diferente.

Ya no eran inseparables. Román, que era un estudiante brillante gracias a su enorme esfuerzo, le hablaba de sus proyectos, de su intención de sacar una buena nota para poder entrar como residente de medicina interna en el hospital Vall d’Hebrón y casarse con Clara en cuanto fuese posible.

Para cumplir sus deseos, inmediatamente después de obtener el último sobresaliente de la carrera, se encerró en su casa y, con una férrea disciplina de horario y hábitos, empezó a preparar el examen MIR.

La consecuencia fue que los dos amigos dejaron de verse.

Javier estaba ya en el cuarto curso. Había empezado las prácticas clínicas en los hospitales y, entre esto y sus entrenos, acudía muy poco a la facultad. Solo se lo veía por allí cuando las clases eran de presencia obligada o las prácticas lo exigían.

Aquella mañana salía con prisa de clase cuando, al cruzar el claustro del edificio docente, vio a Clara caminando con una compañera.

—¡Clara, Clara! —gritó Javier.

—¡Hola! —respondió ella. Pidió disculpas a su compañera y corrió hacia él tirándose a sus brazos.

Clara no era bajita. Tenía un cuerpo esbelto y lleno de curvas.

Su cara redonda, con unos bellos ojos oscuros, tenía un brillo especial.

El abrazo la había hecho desaparecer al apretarla contra su cuerpo y envolverla con sus poderosos brazos.

—¡Qué ilusión! Hacía tiempo que no te veía. ¿Estás bien? ¿Cómo va todo? Y Román, ¿cómo está? —preguntó él sin dar tiempo a responder.

—Chico, pareces una ametralladora. Todo está bien.

Román apenas sale de casa. Está empollando como nunca.

Se sabe hasta la letra pequeña, aquella que habitualmente nadie lee, de cada libro.

Está repitiendo exámenes antiguos sin parar para habituarse.

Tal como es él y como estudia, estoy segura de que va a sacar un buen número y parece ser muy necesario, ya que hay muy pocas plazas.

El año pasado quedaron más de tres mil compañeros sin posibilidad de trabajar como MIR —respondió ella.

—Y tú, ¿qué tal?

—Bien. Un poco abandonada. Lo veo mucho menos que antes, aunque muchos días voy a estudiar con él. Salimos poco. Su prioridad ahora es el estudio. Imagino que antes del examen MIR todos pasaremos por lo mismo o por algo parecido. Dependerá de los objetivos.

—Sales con las amigas o los compañeros de facultad, ¿no?

—Sí, sí. Yo salgo y no paro. No estoy encerrada como él, pero no es lo mismo. Solo son unos meses hasta que llegue el examen. Hay que respetarlo. Se juega una buena parte de su futuro.

—Es lógico. Como decías hace un momento, a todos nos tocará pasar por ahí y si queremos un buen sitio para hacer la residencia, habrá que estudiar mucho.

—¿Y tú? ¿Cómo te va?

—Como siempre, estudiando y jugando al balonmano.

—Y conquistando mujeres, que te conozco.

—Se hace lo que se puede. No te voy a engañar.

—Por cierto, el viernes organizamos una fiesta para recaudar dinero para el viaje de paso del ecuador. ¿Quieres comprarme una entrada? Tengo que vender diez y no sé cómo lo voy a hacer.

—Pues claro. Dámela. ¿Irá Román? A lo mejor es la manera de verlo.

—No, no vendrá. Solo se toma un día de fiesta. Sale, bueno, salimos, el sábado por la noche y el domingo. Los demás días son sagrados para el estudio.

—Si vas a ir sola, yo te puedo acompañar.

—Me parece buena idea. Se lo diré a Román y así se quedará más tranquilo. Cuando salgo sola a estos sitios de discoteca se queda preocupado hasta que regreso a casa.

—Pues, si no me dices lo contrario, te paso a buscar a eso de las once.

—De acuerdo. Quedamos así.

Exactamente a las once de la noche recogió a Clara, que fue puntual, como acostumbraba.

Llevada un vestido rojo ceñido al cuerpo, resaltando su sinuosa figura, con la falda corta.

Sus zapatos rojos con tacón de once centímetros realzaban sus piernas, que parecían aún más largas y finas.

Javier se dio cuenta, quizás por primera vez, de lo guapa que era la novia de su amigo.

Nunca había tenido la oportunidad de verla tan arreglada y tampoco se había fijado mucho en ella, ya que por la facultad iba siempre con tejanos, sudaderas y jerséis anchos.

Siendo poco entendido en perfumes, en cuanto ella se subió al coche, notó un aroma intenso, dulce, a flores, principalmente a rosas.

Fueron a tomar una copa antes de acudir a la discoteca.

Estuvieron hablando de muchas cosas. Clara le explicó que no se veía capaz de elegir ninguna especialidad quirúrgica o médico-quirúrgica y que tampoco se imaginaba estudiando algo tan extenso como la medicina interna, y por eso se decantaba más por especialidades como la cardiología, su primera opción, o la neumología, o algo parecido.

Iba a depender de la nota. Ella no se veía capaz de hacer el sacrificio que estaba haciendo su novio.

Por su parte, él le explicó que él también quería hacer medicina interna como su amigo.

Hablaron de muchas más cosas. No hubo pausas.

La conversación fluyó sin problemas y Javier se percató de que la belleza de Clara no era exclusivamente física.

Hacia las doce y media se incorporaron a la fiesta.

La discoteca estaba llena de gente, la mayoría compañeros de estudios.

Bailaron, rieron, bebieron y se perdieron en los diferentes grupos de conocidos.

Durante toda la noche los ojos de Javier estuvieron persiguiendo a su acompañante.

Ella estuvo más distraída. En algún momento cruzó su mirada con la de él y ambos notaron un destello especial, algo que no imaginaban.

La fiesta acabó tarde. Él la acompañó hasta su casa.

Cuando el coche se paró se miraron para despedirse.

Tras unos segundos en los que sus ojos se enfrentaron, sus bocas se unieron en un beso largo, profundo e intenso.

Después del primero, vinieron más. Sus bocas se unían una y otra vez, ávidas de labios y de placer.

Javier acercó la mano a los pechos de Clara y ella se separó, abrió la puerta del coche y se bajó.

Antes de cerrarla se agachó y, asomando la cabeza al interior, dijo:

—Lo siento. No debía haberlo hecho. Espero que me perdones. —Tras estas palabras, se marchó.

Tardaron mucho tiempo en volver a verse.