Cuatro ochos 1 – Jueves, 21/10/2004 #5
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1 – Jueves, 21/10/2004 #5

—Muchas gracias. La esperamos en la comisaría de la calle Iradier, encima del paseo de la Bonanova. Nosotros la acompañaremos al depósito de cadáveres. Será poco rato, no se preocupe.

—De acuerdo. Luego voy.

Lucía colgó el teléfono y miró a su compañero.

—Qué cosa más fría. Da la sensación de que le importaba un bledo. Parecía que le estuviese hablando de un conocido, no del padre de su hija. Creo que para ella es solo una molestia. No ha mostrado ni un amago de sentimiento de cualquier tipo.

—Veremos cómo se comporta cuando venga —respondió el sargento.

Algo más de las cuatro marcaba el reloj cuando la señora Gumbau se personó en las dependencias de la policía.

Iba con un abrigo de paño de color marrón claro sobre un vestido estampado de tonos verdosos, mínimamente maquillada, con zapatos oscuros de tacón no muy alto.

Olía a perfume de calidad, dulce, agradable.

Irradiaba tranquilidad, felicidad, algo que atraía las miradas de la gente del despacho.

Era una mujer guapa en el inicio de su madurez.

—Buenos días —dijo al entrar en la comisaría—. Soy la señora Gumbau. Vengo a ver a la inspectora Serra.

—Sí, soy yo —respondió Lucía, que estaba esperándola—. Buenas tardes y muchas gracias por haber venido. Lamento mucho las molestias. No hemos encontrado a nadie más a quien dirigirnos para cumplir esta diligencia.

—Se trata de una medida indispensable sin la cual no podríamos seguir nuestra investigación sin riesgo a equivocarnos de víctima. Permita que me presente. Soy el sargento Simón, encargado, junto a la inspectora, de este caso.

—Mucho gusto —respondió Rosa—. Estoy a su disposición. Ustedes dirán.

Los dos policías la acompañaron al depósito de cadáveres y allí Rosa cumplió con el trámite. Reconoció que el cuerpo correspondía a su exmarido.

—Me ha dicho usted que hacía tiempo que no lo veía, ¿no? —preguntó Lucía.

—Vamos a ver. Todo es relativo. Antes nos veíamos por la niña.

Ahora padre e hija se veían muy poco y por esto teníamos muy poco contacto.

Lo que quería decir es que no teníamos ninguna relación salvo el hola y adiós cuando la venía buscar o yo le llevaba a mi hija, y poco más.

Desconozco su vida actual. Hoy en día, para mí, él era prácticamente un desconocido —dijo.

—¿Así que no sabe si había recibido alguna amenaza o tenía algún enemigo? —preguntó el sargento.

—Ya le he dicho que sé muy poco de su presente.

Que yo sepa, en este momento, no había nadie que lo amenazase, pero ya le he dicho que sé muy poco de él.

Javier era un hombre que tenía muchos amigos o, mejor dicho, amistades, conocidos, que causaba admiración, sobre todo entre las mujeres, y por esto debía tener tanto gente que lo envidiaba como que lo odiaba y, del mismo modo, tendría otros que lo querían.

Amenaza concreta en el momento actual yo no conozco ninguna.

—No se preocupe. Lo que nosotros necesitábamos era cumplir con el reconocimiento, ya que sospechábamos que era él por los papeles.

Era imprescindible que alguien nos lo certificase.

Nos ha ayudado mucho. Ya le he dicho que nuestra primera impresión es que se trata de un accidente fortuito.

Pese a ello, estamos obligados a investigar y descartar todas las posibilidades.

Si en el curso del proceso necesitamos su ayuda, tendremos que volver a molestarla —dijo Lucía.

—Lo entiendo. Si en algo puedo ayudar, lo haré con mucho gusto. Ahora me queda el trago de explicárselo a la niña —dijo Rosa antes de dar la mano a los dos policías y despedirse de ellos.

Una vez en el despacho, ya solos, Lucía y Tomás se miraron un rato sin decir nada. Él levantó los hombros en señal de sorpresa.

—Vaya reacción más indiferente, ¿no? Ni un solo indicio de pena, de tristeza.

Es como si hubiese visto muerto al vecino del quinto piso, aquel con el que casi no se habla nunca.

Es raro, ¿no? Yo no me esperaba una reacción así.

Está claro que tú tampoco porque has carraspeado más de una vez —dijo Tomás a su compañera.

—Si te digo la verdad, yo no sabía cómo reaccionar.

O le daba el pésame o la felicitaba. Nunca me había quedado tan descolocada.

Y eso que, según lo que sabemos hasta ahora, salvo la hija, era la persona más cercana al difunto.

Me temo que vamos a tener que indagar mucho más de lo que nos parecía al principio.

—El doctor esconde mucha más historia de la que imaginamos. Habrá que ir tirando del hilo. La pregunta es ¿cuál va a ser el siguiente paso?

Lucía se quedó pensativa un rato y de golpe dijo:

—Iremos a hablar con la secretaria. Seguro que ella sabe más cosas. No tenemos a nadie más cercano a él. Trabajaban juntos cada día y lo más normal es que en algún momento él también tuviese que desahogarse con alguien. ¿Qué te parece?

—Es una buena idea. Me atrevería a decir que es la única posibilidad de intentar deshacer el enigma. De todas formas, no olvidemos que a lo mejor estamos imaginando lo que no es y se trata realmente de un accidente.

—No diré que no. A mí hay algo que me huele mal y estoy segura de que a ti también.

Tomás asintió con la cabeza.