1 – Jueves, 21/10/2004 #4
—No se lo puedo asegurar. Yo diría que no. Al menos, que yo supiese. Tenía mucho éxito con las mujeres y sé que había destrozado muchos corazones, pero si en la actualidad mantenía alguna relación estable lo desconozco.
—Muchas gracias, doctor, por ahora es suficiente.
Más adelante, si la investigación avanza, volveremos para conocer sus relaciones personales con los compañeros con más profundidad.
¿Sabe si alguien nos puede dar la dirección de su exmujer, de sus padres o de alguien a quien poder informar? —dijo el sargento.
—Como les he dicho antes, en Recursos Humanos tendrán información de este tipo. Yo los acompaño. Permítanme una pregunta: ¿acaso sospechan algo raro? Me dicen: «si la investigación avanza…».
—No. En este momento creemos que ha sido un accidente fortuito. Nuestra obligación es investigar y confirmarlo —dijo la inspectora.
—Lo entiendo.
—Por cierto, ya que estamos aquí, aprovechemos. ¿Tiene alguna información sobre si era aficionado a las drogas, al alcohol o a otras cosas parecidas?
—Que yo sepa, no. Sé que no fumaba y nada más.
Ya les he dicho que mi relación personal con él era poca.
Yo no tengo información sobre nada de esto.
Ya sabe que la gente joven hoy en día difícilmente se divierte sin algún estimulante, y a lo mejor en alguna fiesta pudo tomar algo.
No creo que lo hiciese de forma habitual.
Al menos yo no tengo noticia de que así fuese.
Desde luego, nunca lo vi, ni lo noté, ni nadie me habló nunca de problemas con eso que dicen ustedes.
—¿Y conflictos con algún paciente? De esto sí que se hubiese enterado, ¿no? —preguntó Simón.
—Si los ha tenido, hecho bastante improbable, yo no he tenido constancia de ello.
Digo lo de bastante improbable porque lo normal es que, si hubiese ocurrido alguna cosa de este tipo, es decir alguna queja, fuese del tipo que fuese, lo lógico es que me hubiese llegado a mí.
De todas maneras, Margarita, la secretaria del doctor Pie, si quieren, les puede dar más información que yo, si es que la necesitan.
—Gracias —contestó el sargento, que bajo la atenta mirada de su superior había estado anotando cosas todo el rato—. ¿Usted notó algo raro, alguna cosa especial, en su comportamiento?
—Ahora que lo dice, es verdad que llevaba unos meses diferente.
Fallaba algún día al trabajo sin causa justificada, o llegaba tarde más veces de lo normal, hechos poco habituales en él.
No era nada especialmente llamativo, aunque lo comenté con algún compañero, que, además, me dijo que estaba de peor humor.
Particularmente, no le di ninguna importancia.
No parecía tenerla, pero ahora al preguntar lo he recordado.
Para mí, eran detalles que carecían de valor.
—Una vez más, muchas gracias —dijo el sargento mirando a su compañera.
Miranda los acompañó al servicio de Recursos Humanos y allí les dieron los datos personales de que disponían del doctor Pie. Según allí constaba seguía casado.
Al salir del hospital, los dos policías se miraron y él soltó:
—No sé por qué, me huele a que se nos va a dar más trabajo del que imaginábamos.
—Yo también me lo temo.
—Lo sé. Ya te he oído —dijo Tomás dirigiéndose a su jefa, que lo miraba sonriendo.
—¿He carraspeado?
—Sí, jefa. —Sonrió.
Se conocían desde hacía varios años. Cuando ella fue nombrada inspectora y se hizo cargo de aquella comisaría, él ya llevaba unos años como sargento.
Simón había sido guardia civil y cuando se creó el cuerpo de Mossos d’Esquadra, en el año 1983, decidió apuntarse.
Aunque había nacido en Andalucía y tenía allí a toda su familia, llevaba ya más de treinta años en Barcelona, que fue su primer destino.
Al principio le costó adaptarse. Una relación sentimental con un hombre catalán le hizo olvidar, en parte, sus orígenes.
Con diecisiete años ya se había planteado ir a Barcelona por su homosexualidad.
En su pequeño pueblo andaluz todos se conocían y su condición sexual daba lugar a todo tipo de comentarios y habladurías que lo importunaban y le impedían vivir en libertad.
Él pensó, como así fue, que trasladándose a una gran capital todo sería más fácil.
Con dieciocho años recién cumplidos solicitó el ingreso en la Guardia Civil.
Tras superar todas las pruebas físicas y psicológicas ingresó en la Benemérita.
Inmediatamente solicitó su traslado y con veintiún años llegó a Barcelona.
Al poco tiempo conoció a un barcelonés, algo mayor que él, del que se enamoró perdidamente.
Estuvieron conviviendo durante diez años hasta que la relación se rompió.
En aquel momento, él ya estaba adaptado a su nueva vida .
Cuando tuvo la oportunidad de decidir entre quedarse e integrarse en el nuevo cuerpo de policía catalana o regresar a su Andalucía natal, prefirió quedarse en la Ciudad Condal.
Vivía solo, no tenía hijos y para él su trabajo era lo más importante.
Nunca tuvo interés en progresar en la escala de cargos policiales.
Lo que le gustaba era investigar y odiaba organizar, tener que mandar, estar en los despachos.
Lo suyo era la calle, no quería otros problemas.
La llegada de Lucía le brindó la oportunidad de hacer este trabajo y, además, a su manera.
Ella, en cambio, sí que había trabajado para ascender en su carrera profesional.
Había entrado en los Mossos siendo muy joven y poco a poco había cosechado distinciones.
Alcanzó el grado de inspectora con un brillante currículo y tras ganar las oposiciones.
Cuando se hizo cargo de la comisaría estaba viuda desde hacía dos años.
Se había casado con un compañero de trabajo que falleció como consecuencia de una leucemia.
La necesidad de demostrarse que podía salir adelante por sí sola y de aumentar los ingresos familiares para criar a sus dos hijos, Pablo y Alberto, aún pequeños, fueron acicate suficiente para intentar acceder al ascenso y conseguirlo.
Siendo una mujer atractiva e inteligente, había salido con muchos hombres, pero nunca intentó reconstruir su vida.
Lucía conoció a Simón cuando ocupó su cargo de comisaría.
No tardaron en congeniar. A ella le gustaba su individualidad.
No se metía con nada ni con nadie y trabajaba con una enorme eficacia.
A él le encantaba que le dejase hacer las cosas sin presión, sin órdenes, como decía, «a mi manera».
Desde el primer momento se convirtieron en pareja de trabajo y compartían, siempre que podían, los casos que requerían más investigación.
Por esto Simón sabía que cuando a su jefa algo le sonaba extraño o sospechoso, carraspeaba.
***
—Dígame —contestó al teléfono.
—¿La señora Rosa Gumbau?
—Sí, soy yo. ¿Con quién hablo?
—Señora Gumbau, soy la inspectora Lucía Serra, de la Comisaría General de Inspección Criminal de los Mossos d’Esquadra.
El motivo de mi llamada es doble. El primero es el darle una noticia poco agradable.
Esta mañana a primera hora hemos encontrado un cadáver en un accidente de coche y por la documentación que llevaba creemos que se trataba de una persona llamada Javier Pie Santacruz.
Según tengo entendido, era su exmarido, ¿no?
—Sí, sí, es él. En realidad, mi marido, pues no estábamos divorciados. Estábamos separados. ¿Qué ha ocurrido?
—Lo que ha ocurrido no lo sabemos a ciencia cierta.
El coche que conducía se ha salido de la carretera en una curva y se ha estrellado contra la ladera de una montaña.
Nadie sabe exactamente lo que ha pasado.
Iba solo y no tenemos a nadie que haya visto lo ocurrido.
Por esta razón estamos investigando. Siento mucho ser yo quien le dé la noticia, y más por teléfono.
No sabíamos a quién llamar. Hemos ido a su casa y allí no había nadie.
La única referencia que nos han dado en el hospital ha sido la suya y la de su hija.
No sé si usted nos puede dar el nombre de otra persona a la que podamos o debamos informar.
En principio y hasta que no tengamos más detalles, nos parece que ha sido un accidente fortuito.
—Yo no les puedo ayudar en este sentido.
Hace ya tiempo que nos separamos, sé poco de su vida y no sé si tiene pareja ni si convive o no con otra persona.
Sus padres murieron hace unos años, no tiene hermanos y solo queda su hija, que vive conmigo, y a quien, por descontado, ya le daré yo la mala noticia.
—Le he dicho que el motivo de mi llamada era doble.
Uno era el de comunicarle lo ocurrido y el otro el de pedirle que venga a identificar el cadáver.
Nosotros creemos que es esta persona por la documentación que hemos encontrado.
Necesitamos que alguien que lo conocía nos certifique que es él, no vaya a ser que estemos cometiendo un grave error.
Es un requisito muy importante y, por lo que intuyo, en este momento solo usted lo puede cumplir.
—¿Tiene que ser hoy?
—Sí. Ya sé que es un mal trago, pero si no confirmamos la identidad de la víctima, no podemos avanzar. Nos iría muy bien si pudiese ser este mediodía o, teniendo en cuenta la hora que es, esta tarde. Sobre todo, no le diga nada a la niña hasta que no estemos seguros de que se trata de él.
—No se preocupe. Entiendo su petición. Arreglo lo que tengo de trabajo y voy. Será seguramente entre las cuatro y las cinco de esta tarde. No podré entretenerme demasiado porque después tengo que ir a recoger a mi hija. ¿A dónde tengo que ir?