1 – Jueves, 21/10/2004 #3
La casa, externamente, no tenía ninguna gracia.
Se veía poco cuidada. Paredes lisas que en su tiempo estuvieron pintadas de blanco, dos pisos de altura, cuatro ventanas con rejas en la planta baja y otras cuatro, sin rejas, en el piso superior.
Se entraba por una puerta de madera labrada, protegida por un pequeño porche.
Tomás y Lucía abrieron la verja metálica, que chirrió con el movimiento, y accedieron a un jardín abandonado que rodeaba los laterales del edificio.
Era un parterre con cuatro flores moribundas, unos tiestos con cactus y poco más.
Para llegar a la puerta de la casa había que subir cuatro escalones flanqueados por un tiesto a cada lado que, en algún momento, debían haber alimentado bonitas flores.
Ahora, las hierbas, algunas bastante crecidas, se habían adueñado del terreno.
Abrieron la puerta y, tras pasar por un pequeño recibidor desnudo, entraron en lo que parecía ser un salón comedor no demasiado amplio y desordenado.
En la mesita colocada entre el sofá y el televisor quedaban los recuerdos de una cena unipersonal.
Unos cubiertos, un plato sucio y un vaso vacío.
Una camisa negra y una toalla reposaban en el respaldo del sofá.
En una de las paredes había una librería repleta de libros amontonados.
Encima de la mesa del comedor, un montón de papeles.
Subieron al piso superior tras echar una ojeada rápida a la cocina, en la que abundaban cacharros y platos sucios amontonados en el fregadero.
Tres habitaciones grandes y un cuarto de baño completaban la segunda planta.
En una de ellas había una cama de matrimonio, sin hacer, y sobre ella reposaban las sábanas y la colcha, arrugadas.
Pegada a una pared lateral, una cómoda antigua con varios cajones grandes.
A cada lado de la cama había una mesita con su correspondiente lámpara.
Sobre una de las mesas reposaba la novela Casino , de Nicholas Pileggi.
Otra habitación, con dos camas individuales, estaba preparada para recibir cualquier visita.
Abrieron la puerta de la tercera, completamente vacía salvo algunos papeles tirados en el suelo.
No se molestaron a entrar en el baño. Una simple mirada evidenciaba la dejadez y el desorden reinante.
—Visto. Tras la primera ojeada y a tenor del desastroso aspecto de la vivienda, creo que se trata del hogar, si así se puede llamar, de un tío que vive solo —dijo la inspectora.
—Perdona, Lucía, yo también vivo solo y no tengo la casa así —respondió el sargento.
—Me he equivocado. La casa de alguien que vive solo y es, podríamos decir, un poco guarro —corrigió ella.
— Eso sí, como mínimo, poco cuidadoso con su vivienda. ¿Qué hacemos ahora?
—Aquí no vamos a poder dar la noticia de lo ocurrido a nadie y este era uno de los objetivos, el principal, que nos ha traído hasta este lugar.
Poca información vamos a obtener. Yo revisaría las estanterías del comedor por si hay alguna pista de la que poder tirar y si no, tendremos que ir a la comisaría y empezar la búsqueda desde allí.
Revisaron, sin demasiada minuciosidad, los enseres del comedor.
Dos cosas les llamaron la atención. Unas fotos y unos documentos.
Las fotos correspondían a una niña, con una larga melena rubia, en diferentes etapas de su vida.
La que parecía más reciente mostraba a una cría de unos diez u once años.
Los documentos evidenciaban que el muerto era un médico del Servicio de Medicina Interna del hospital Vall d’Hebrón.
—Vamos a dejarlo. Ya vendremos más adelante a hacer una inspección rigurosa.
Ahora tampoco sabemos qué debemos buscar.
Nuestro objetivo al venir aquí era dar la noticia, cosa que no hemos podido hacer, y buscar alguna pista por donde empezar.
Hemos averiguado que era médico, dónde trabajaba, que vivía solo y que, muy posiblemente, tenía una hija de unos diez u once años que, seguramente, no vivía con él.
Cabe pensar, pues, que estaba separado o divorciado.
Dudo mucho que fuese viudo. Corroboraremos nuestras suposiciones en comisaría.
—Totalmente de acuerdo jefa. Vamos a comisaría, a ver que más tenemos. Tendremos que empezar por lo único que sabemos: que trabajaba en el hospital Vall d’Hebrón.
Al salir, mientras bajaban las escaleras observaron el frondoso bosque. No se veía ni una sola casa cercana.
—Yo no sé si sería capaz de dormir aquí estando solo —dijo Tomás.
***
—¿Cómo ha ido? —preguntó Albanell, uno de los policías, cuando Lucía y Tomás entraron en la comisaría.
—Mal —respondió ella—. La casa está medio abandonada, mejor dicho, muy descuidada.
Sabemos que allí vive alguien, seguramente solo, por lo que hemos podido comprobar, y que muy posiblemente tiene una hija.
No hemos descubierto nada más. Por esto estamos aquí, para ver si conseguimos algo más de información.
—Nosotros sabemos que el muerto trabajaba en el servicio de Urgencias y en el de Medicina Interna del hospital Vall d’Hebrón, como sospechabais.
Nos han dado poca información, suficiente para seguir tirando del hilo.
Nos han dicho que creían que estaba separado y que vivía solo.
Se han negado a darnos más datos por teléfono, así que habrá que ir a ver qué hay —respondió Albanell.
—Me parece lógico. Tal como está todo, cualquiera se arriesga a informar por teléfono. ¿Habéis encontrado algo más en los ordenadores? —preguntó el sargento.
—Únicamente sabemos que estaba casado con una mujer llamada Rosa Gumbau. No hemos conseguido ni su teléfono ni su dirección —dijo Albanell.
—Pues habrá que personarse en el hospital. Seguro que allí tienen más información —dijo la inspectora.
Cuando llegaron al Vall d’Hebrón tuvieron dudas sobre cuál era el mejor lugar al que dirigirse: la Dirección, el servicio de Recursos Humanos o el propio Servicio de Medicina Interna.
—Pienso que es mejor empezar por el servicio médico. Seguramente aún no conocen la noticia y podremos palpar mejor las reacciones. De todas maneras, los datos de teléfono, dirección familiar y lo que necesitemos no van a cambiar —dijo Lucía.
—Tienes razón, como casi siempre. Será importante captar la reacción espontánea de sus compañeros al conocer la noticia —respondió el sargento.
Aparcaron el coche en el lugar reservado a las autoridades y fueron directamente a buscar al jefe del servicio.
Al saber quiénes eran y de qué se trataba, la secretaria fue a buscar al doctor Miranda, que en aquel momento estaba en sesión clínica con los MIR del servicio.
Se excusó ante sus alumnos, abandonó la sala y, casi sin hacerlos esperar, los atendió en su despacho.
—Buenos días. Soy el doctor Miranda, jefe del servicio. Mi secretaria me ha dicho que se trataba de un asunto urgente, así que ustedes dirán. Soy todo oídos.
El doctor aparentaba algo más de unos cincuenta años, tenía las sienes plateadas, era delgado e iba bien vestido, con camisa blanca y corbata estampada de color rojo.
Llevaba una impecable bata blanca, limpia y bien planchada, luciendo su nombre y el logo del hospital sobre el bolsillo del lado izquierdo.
El despacho estaba lleno de libros y papeles y en sus paredes colgaban numerosos títulos y diplomas.
—Buenos días, doctor. En primer lugar, queremos agradecerle el que nos haya podido atender con tanta prontitud.
Soy la inspectora Serra y él, el sargento Simón, y estamos aquí porque esta mañana hemos encontrado un coche que se había estrellado contra una ladera del bosque.
En su interior hallamos el cadáver de un hombre que se llamaba Javier Pie y que, según tenemos entendido, era un médico de su servicio.
Hemos ido a su casa para dar la noticia a quien correspondiese y nos hemos encontrado la vivienda vacía.
Estamos aquí para ver si nos puede dar alguna información.
—¿Me están diciendo que el doctor Pie ha muerto en un accidente de coche?
—preguntó con cara de asombro—. Vaya noticia más inesperada.
Es verdad que esta mañana no lo he visto en la sesión clínica de primera hora.
A veces se la salta por uno u otro motivo y no es algo que me llame especialmente la atención.
No sé si habrá venido más tarde. Le pregunto a mi secretaria.
—No, no se preocupe, no hace falta que lo haga, no ha venido. Se lo aseguro porque está muerto. Por esto estamos aquí —intervino el sargento—. Lo que pretendemos es que nos dé alguna información sobre él y su familia.
—Estoy consternado. Vaya sorpresa. ¿Quién lo podía imaginar? Habrá mucha gente que lo sentirá mucho en el servicio. ¿Qué es lo que ha sucedido?
—Aún no lo sabemos con exactitud. Lo han encontrado muerto dentro del coche.
Hasta ahora no sabemos más y no hemos podido dar la noticia a ningún familiar.
Parece que ha sido un accidente. Desearíamos que nos informara sobre el fallecido y, si es posible, sobre su familia, para poder saber a quién deberíamos comunicar el hecho.
—Va a ser un duro golpe para los compañeros.
Javier Pie era uno de nuestros médicos más brillantes.
Era querido por todos y admirado por muchos.
Yo no tenía demasiada relación con él, salvo la laboral.
Para trabajar no la necesito y como jefe prefiero mantener una cierta distancia.
Lo único que sé es que estaba separado desde hacía unos años y que tenía una hija.
Me parece que vivía en Vallvidrera, en una casa que había heredado de su abuela.
Desconozco su dirección y tampoco conozco la de su exmujer ni la relación que tenía con ella.
En alguna ocasión me había hablado de su hija, pero de cosas de poca importancia.
En cuanto a los datos que me piden, imagino que se los podrán dar en Recursos Humanos. Ahora los acompaño.
—¿Sabe si tenía, en la actualidad, alguna relación estable?