Cuatro ochos 1 – Jueves, 21/10/2004 #2
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1 – Jueves, 21/10/2004 #2

—Eso parece a primera vista. Ahora nos tocará comprobarlo —dijo Simón—. Yo creo que, con esto, de momento tenemos suficiente. Hemos recogido su teléfono, su DNI y su dirección, así que, si necesitamos algo más, ya les llamaremos. Pueden marcharse.

—Gracias, sargento. Si nos necesitan, ya saben.

De camino al coche, Matías se dirigió a su compañero.

—Aún tendremos tiempo de comprobar si las setas desaparecen o no a media mañana. Nos queda un buen rato para llegar al sitio al que queríamos ir.

—No te creas que tengo muchas ganas —respondió Félix.

—Al menos nos distraeremos.

Se subieron al Seat Toledo y se fueron, cediendo el lugar para que un nuevo coche de la policía que acababa de llegar pudiese aparcar en el hueco que dejaban. La puerta se abrió y salió a una mujer delgada, de mediana edad, uniformada. La inspectora Serra se dirigió directamente hacia el sargento.

—Buenos días, Tomás.

—Hola, buenos días, Lucía. Al menos, esperemos que mejoren porque mal hemos empezado.

—¿Qué tenemos aquí? Un accidente, ¿no?

—Sí, eso parece. Dos buscadores de setas que iban camino a su destino han encontrado el coche accidentado, tal como lo ves, con un cadáver dentro, el del conductor.

Ya les he tomado declaración. Acaban de irse.

Los tenemos localizados por si hay que ampliar la información.

Poco nos han dicho. Yendo hacia la autopista han visto el coche, han parado, han comprobado que el conductor estaba muerto y nos han llamado.

No han visto, según cuentan, nada más ni a nadie más.

Me han asegurado que no han tocado nada salvo el cuello de la víctima.

El escenario está inalterado —explicó el sargento.

—De acuerdo. La primera impresión es que el coche se ha salido de la carretera y ha ido a estamparse en la ladera de esta montañita.

Seguramente no ha podido coger la curva a lo mejor por ir bebido o haber tomado otra cosa, o se ha dormido, o iba demasiado rápido.

Vete tú a saber —dijo la inspectora dirigiéndose a Simón, que permanecía frente a ella, serio y callado.

Tras tantos años juntos él sabía que esta era su manera de actuar: explicar una primera posibilidad y luego ir a inspeccionar con una composición previa de lo ocurrido en la mente—.

Vamos a ver si nos encontramos alguna sorpresa.

Se acercaron al coche accidentado. Serra no perdía detalle.

Sus ojos escudriñaron el suelo y los alrededores.

Dio la vuelta al vehículo comprobando los daños en la carrocería, buscando señales que no debían pasar desapercibidas a pesar de que suponía que su compañero ya lo había hecho.

Como ella siempre decía, cuatro ojos ven más que dos.

—Habéis fotografiado todo esto, ¿no? —preguntó señalando las marcas de ruedas y las huellas del suelo.

—Sí, claro, lo hemos hecho —respondió Simón.

—Sabes que no lo dudaba. Sé que lo habéis hecho, pero tengo que preguntarlo.

No creo que tengan mucho interés, ya que este es un lugar ideal para parar si los niños tienen que mear, si hay que reagruparse cuando van varios coches o para descansar.

Seguro que encontraremos un montón de huellas que no nos explicarán nada. De todos modos, analizaremos las fotos.

—Lo haremos. No lo dudes.

La inspectora siguió con su trabajo de búsqueda y se acercó a la puerta del conductor. Echó una ojeada al interior del vehículo sin encontrar nada que le llamase la atención.

—¿Habéis visto algo llamativo aquí dentro?

—No, jefa, yo no he sabido distinguir nada interesante.

Acto seguido, empezó a examinar el cadáver.

Tras ponerse los guantes movió la cabeza del muerto, cosa que hasta entonces nadie había hecho.

Tenía algunas pequeñas heridas y un fuerte golpe en la sien izquierda.

Le llamó la atención que estaba pálido. Observó con mucho interés el brazo izquierdo del conductor.

Carraspeó. En este momento Simón esbozó una leve sonrisa de aprobación, pues, tras varios años de trabajar juntos, sabía que cuando esto ocurría era porque había visto u oído algo destacable.

—¿Has observado algún detalle que no encaje con la primera historia que hemos contado?

—Seguro que lo mismo que tú. Difícilmente se te escaparía algo.

Este brazo izquierdo llama la atención. Parece haber perdido mucha sangre por la herida.

Es muy posible que debido al choque puedan existir lesiones internas.

El airbag ha funcionado y eso debía haber amortiguado los golpes, pero, tal como está el morro del coche, el impacto habrá sido enorme.

También es evidente que los cristales de la ventanilla se han roto y al hacerlo se han convertido en verdaderos cuchillos.

Sin embargo, la herida del brazo me recuerda más a una hecha por un puñal que por un corte accidental producido por un vidrio —respondió el sargento.

—Tienes razón. Eso es lo que yo he pensado. ¿Has visto este cristal? —dijo Serra mostrándole un vidrio de forma triangular, con un vértice fino y muy puntiagudo manchado de sangre—. Creo que este es el responsable de toda esta hemorragia.

—Yo también lo pienso. A mí, a pesar de todo, me llama la atención que pueda haberse clavado provocando una herida tan profunda y después caer por sí solo.

—Podría ser que la misma hemorragia, sobre todo si ha pinchado una arteria, lo haya expulsado —dijo la inspectora mirando la cara de incredulidad de su compañero—.

Ya sé que es bastante difícil de explicar.

No me mires así. Solo estoy elucubrando en voz alta.

Trae una bolsa, que nos lo llevaremos como prueba.

Si esta es la causa de la muerte, quiere decir que, tras el choque, el hombre estaba vivo y que su corazón latía, y por esta razón su sangre no se coaguló y seguía brotando.

También es mala suerte que nadie haya podido ayudarlo.

Sigues con tu cara de incrédulo, ¿no? Habrá que esperar al informe forense para saber qué le pasó.

Está claro que de momento no hay nada seguro y que vamos que tener que seguir investigando.

—No sé si te has fijado que no intentó frenar. No hay ninguna señal de las ruedas en la calzada. Con la castaña que se pegó y no intentó parar.

—Sí, me he fijado. Al principio he pensado que a lo mejor era porque iba bebido, drogado o dormido. Ahora ya no sé qué decir. Tendremos que esperar el informe médico. Por cierto, ¿sabéis ya de quién se trata?

—Hemos encontrado su cartera. Se llamaba Javier Pie Santacruz, cuarenta y tres años, casado y médico de profesión. Vivía aquí cerca, en Vallvidrera, y parece ser que trabajaba en el hospital Vall d’ Hebrón.

—Habrá que empezar por el principio, como siempre. Asegúrate de que hemos recogido todas las pruebas posibles y vayamos a dar la mala noticia y a empezar la investigación. Ven conmigo y que los demás compañeros se distribuyan en los otros coches.

El sol estaba ya a mitad de su camino hacia el sur.

El día estaba claro. La carretera cortada provocaba múltiples quejas de los conductores que tenían que desviarse por otra ruta.

El médico forense y el juez habían procedido al levantamiento del cadáver.

Cuando Serra y Simón se fueron, la grúa estaba trabajando para sacar lo que quedaba del Audi de aquel lugar.

Lejos de allí, Matías y Félix estaban dando buena cuenta de su desayuno. Sentados sobre sendas rocas, comían sin decir nada. A su lado, la cesta con algunas setas, no muchas.

***

El GPS se perdía al final de la calle Avet, en Vallvidrera.

El asfalto, sin avisar, quedaba cortado y lo seguía un descampado de tierra, bastante extenso, del que partían dos caminos, uno mayor que otro.

Tomás y Lucía estaban desorientados. Llevaban ya un buen rato circulando por una calle estrecha rodeada de árboles a ambos lados y con muy pocas casas.

En estas condiciones, seguir la numeración de los edificios era imposible.

El último número que habían visto era el 19, un establecimiento que parecía un bar o un restaurante, y en el DNI del fallecido ponía calle Avet, 31.

Estaban parados justo al final de la vía y en el GPS aparecía únicamente la imagen de un descampado.

Ni siquiera los dos caminos que tenían delante se mostraban en el dibujo.

Se adentraron un poco y la pantalla les mostró un coche, en la nada, con un interrogante.

—Según el GPS, estamos perdidos —dijo Lucía

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó el sargento.

—La casa tiene que estar cerca. Vamos a coger el camino de la izquierda, que parece algo más grande, y si no encontramos nada nos volvemos y buscamos por el otro. Estoy segura de que está por aquí. Pocas veces este aparato se equivoca y si nos ha traído hasta aquí es porque la casa no está lejos.

—Esperemos que así sea. Suerte que es de día y hace sol. De noche, sin saber a dónde vas, se te deben poner por corbata —dijo Tomás, que era quien conducía.

—Eso tú, que tienes. A mí por corbata no se me pueden poner. Ventajas de ser mujer. Anda, tira para allí y a ver qué hay, cobardica.

—¿Pongo la sirena? —dijo sonriendo.

—Vamos, hombre, no seas blandengue. Sigue para adelante sin miedo y sin ruido.

Obedeciendo órdenes, sin estar muy convencido, el sargento se adentró en el camino y, tal como había sospechado su compañera, tras un giro a la izquierda y siguiendo un buen rato el camino que se adentraba en el bosque, apareció un caserón.

Tomás aparcó en la misma puerta. Dos pilotes de metro setenta sostenían una verja de hierro que sobrepasaba, por muy poco, la cintura de los policías.

En uno de ellos, encima de un buzón metálico, una cerámica anunciaba «Avet, 31».

Lucía miró sonriendo a su compañero, satisfecha de su intuición.

Tocaron el timbre varias veces y, como nadie contestó, Tomás buscó en el manojo de llaves que había cogido del bolsillo de la víctima tras haber consultado con el juez y obtenido su consentimiento.