Cuatro ochos
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1 – Jueves, 21/10/2004
Un terrible estruendo retumbó en la montaña anunciando la muerte de Javier.
Tras él, se hizo el silencio, un silencio sepulcral.
Eran las cinco y cuarenta y dos de la madrugada.
No había sido capaz de coger una de las muchas curvas de aquella sinuosa y estrecha carretera y el coche se estampó, sin remedio, contra la pared de la montaña.
La calma que invadió el ambiente inmediatamente después del golpe parecía querer respetar el desvanecimiento del conductor, cuyo cuerpo reposaba, inconsciente, sobre el airbag del volante.
Allí, bajo un cielo negro plagado de nubes, Javier esperaba que alguien acudiese en su ayuda.
En medio de aquella quietud apareció un ruido de motor que se fue distanciando del lugar de la colisión.
Aún no había amanecido. La previsión era de un día soleado, aunque a aquella hora estaba nublado y hacía un poco de fresco.
Matías cogió su cesta y su navaja, se puso la chaqueta y salió a la calle.
Tenía el coche aparcado dos manzanas por debajo de su casa.
Él sabía que en cuanto el sol se levantase, las nubes se disiparían y le sobraría ropa, incluso el viejo jersey que se había puesto.
De momento, agradecía el abrigo que le proporcionaba.
Había sido un mes de octubre de temperaturas por debajo de lo habitual y ahora que estaba terminando, la cosa no había cambiado.
Como la noche anterior había llovido bastante, se notaba la humedad en el ambiente y esto aumentaba la sensación de frío.
Sus cómodas botas impermeables apenas hacían ruido al pisar la calzada mojada de aquella calle vacía y silenciosa.
¿Quién iba a ser capaz de levantarse a aquellas horas si no lo hacía obligado por el trabajo?
Él siempre se había preguntado por qué tenía uno que madrugar para ir a recoger setas.
¿Acaso los hongos se escondían o se iban a media mañana?
Félix, su amigo, hombre experto en la búsqueda de estos manjares, le decía que el motivo era tratar de llegar los primeros para evitar que otros se llevasen los trofeos y los dejasen a ellos sin premio.
Matías, sin estar demasiado convencido, lo aceptaba y cumplía con la norma de levantarse a las seis para recoger a Félix y llegar, más o menos una hora y media más tarde, al lugar previsto.
De acuerdo con sus cálculos, el inicio de la búsqueda coincidiría con la salida de los primeros rayos solares.
Llamó a la puerta con suavidad, dándole unos cuantos golpes con los nudillos. Casi de inmediato apareció su compañero, enfundado en su cazadora con su gorra y su cesta.
—Buenos días —dijo Félix.
—Buenos —respondió Matías—. ¿Lo llevas todo? Ya veo la cesta y con ella va, imagino, la navaja. ¿Y lo demás? No te olvides el bocadillo, que la última vez tuvimos que compartir el mío y eso es un mal negocio.
—Lo llevo todo. Calzado impermeable, ropa cómoda de abrigo que puedo ir eliminando por capas, bocadillo de tortilla de patatas, cesta y navaja, brújula, silbato; es decir, no falta nada.
—¿La tortilla con cebolla o sin cebolla?
—No empecemos a tocar aquello que no suena. ¿Sabes ya a dónde vamos?
—Si a ti te parece bien, iremos a la zona del Montseny, donde ya hemos ido otras veces.
Vamos hasta Centelles, lo pasamos y, antes de llegar a Aiguafreda, entramos por aquel camino de montaña que ya conocemos, aparcamos el coche en algún descampado que encontremos y, desde allí, a pie, iniciamos la búsqueda por el interior del bosque.
—Me parece muy bien. Deberíamos tardar unos noventa minutos, más o menos, así que cuando lleguemos allí ya empezará a clarear. Seremos los primeros.
—Esa es la previsión. De todas formas, hoy no es festivo. Imagino que mucha gente no habrá.
—Tienes razón.
Con la ilusión de regresar con la cesta llena de setas, se subieron al Seat Toledo de Matías y emprendieron el camino.
Era aún de noche y la carretera que enlazaba con el trozo de autopista que debían coger transcurría entre montañas, era estrecha, oscura y llena de curvas.
El pavimento estaba aún mojado. Matías conducía despacio y con mucha prudencia.
Tras una curva muy pronunciada, casi de ciento ochenta grados, vieron frente a ellos un coche fuera de la carretera, empotrado en la pared de la montaña.
El vehículo no ocupaba espacio en la calzada.
La curva coincidía con un espacio de terreno libre que permitía que hubiese circulado unos metros fuera del asfalto, antes de estrellarse contra la ladera.
Los faros estaban encendidos; iluminaban la linde del bosque y producían un efecto terrorífico.
—¡Para Matías, para! —dijo Félix, sobresaltado.
—Creo que somos los primeros en ver este coche —respondió al tiempo que trataba de aparcar su vehículo en el espacio de tierra, al lado del coche accidentado—.
Es una carretera poco transitada, pero si alguien lo hubiese visto, habría avisado a la policía y a estas horas ya lo habrían retirado o habrían señalizado su posición de alguna manera.
Seguramente los faros no seguirían encendidos.
Me temo que no hace mucho rato que ha ocurrido esto.
—Yo opino como tú. Creo que somos los primeros. A ver qué nos vamos a encontrar porque no se oye nada de nada. ¿Crees que habrá alguien? —dijo Félix con cara de pavor.
—No lo sé. Por esto he parado. Vamos a mirar por si hay quien necesita ayuda.
Cogieron una linterna y despacio, sin hacer ruido, se acercaron a la puerta del conductor.
El Audi A4 de color azul, tenía el morro destrozado.
La puerta estaba abierta, como todas las otras.
Los cristales de casi todas las ventanillas estaban rotos.
Se asomaron y vieron, en el asiento del conductor, un cuerpo sujeto con el cinturón de seguridad, totalmente inclinado hacia delante, que reposaba sobre el airbag desplegado.
Inmóvil. No observaron la presencia de nadie más.
Félix se acercó con la intención de tocarlo.
—¡No lo toques! ¡No toques nada! —gritó Matías, desencajado de miedo—. Voy a llamar a la policía y es mejor no tocar nada.
—Me parece muy bien que llames. Yo solo voy a comprobar si está vivo o no, por si debemos avisar también a una ambulancia. No te apures, que no tocaré nada más.
Mientras Matías se acercaba a su coche para llamar por teléfono, Félix se acercó a la víctima y comprobó que ya no tenía vida.
—Es un hombre bastante joven. No tiene pulso y no respira —dijo cuando su amigo regresó—.
El suelo está muy embarrado por la lluvia de ayer, pero junto a la puerta hay un gran charco que me parece que puede ser sangre.
Mira el brazo izquierdo. Está colgando. Tiene una herida y se ve un reguero de sangre que baja por el brazo, la mano y los dedos como si hubiese estado goteando hacia el suelo.
Aún no se estaba haciendo de día. Los dos amigos permanecieron sentados sobre unas piedras mientras esperaban la llegada de la policía. Félix se entretenía sacándose el barro de los zapatos con un palo.
—Con lo bien que había empezado el día y lo felices que nos pensábamos que íbamos a ser… Mira lo que ha pasado —dijo a modo de queja.
—Peor ha sido para este pobre.
Apenas habían transcurrido veinte minutos desde la llamada de Matías cuando la montaña se llenó de un escándalo de sirenas y entre los árboles se vieron las luces de tres coches de policía acercándose.
Uno de ellos cortó la carretera sobrepasando el emplazamiento del coche y puso alarmas luminosas por delante del lugar del accidente.
Otro hizo lo mismo por detrás y el tercero aparcó como pudo al lado del Seat Toledo.
Un hombre de unos sesenta años, no muy alto, enjuto, con el pelo canoso, gafas gruesas de color negro, vestido con un traje gris perla, algo ajado y muy arrugado, camisa blanca con cuello desabrochado y sin corbata, bajó del vehículo policial y, sin mediar palabra, se dirigió al coche accidentado, miró al conductor, observó el interior y dio la vuelta alrededor del Audi.
Inspeccionó cuidadosamente los aledaños, revisó el suelo con atención y ordenó a los policías que habían viajado con él:
—Precintad el espacio y haced fotos de todo lo que podáis. Luego ya seleccionaremos las que valen y las que no. Sobre todo, no olvidéis el cadáver, este brazo izquierdo que cuelga, en fin, qué os voy a contar. Sabéis de sobra lo que hay que hacer.
Acto seguido se dirigió a los dos amigos que permanecían, ahora de pie, inmóviles y callados en el mismo lugar donde habían estado esperando, y les tendió la mano.
—Buenos días. Soy el sargento Tomás Simón de la Comisaría de Investigación Criminal de los Mossos d’Esquadra. Supongo que ustedes son los que han encontrado este coche y nos han llamado, ¿no?
—Sí, señor. Yo he llamado —respondió Matías, atemorizado por todo lo que estaba ocurriendo.
—¿Me permiten sus DNI, por favor? Cuéntenme lo que ha ocurrido, es decir, lo que han visto y hecho. —Se giró hacia uno de los policías—. Albanell, comprueba y registra estos DNI. —Luego, volviendo a mirarlos, continuó—: Perdonen, les decía que me contasen lo que saben.
Matías y Félix, algo nerviosos, explicaron con todo lujo de detalles, atropellándose uno al otro, lo que habían visto y vivido. Contestaron las muchas preguntas que el sargento les hizo al tiempo que anotaba en una pequeña libreta las respuestas.
—No habrán tocado nada, ¿verdad? —preguntó el policía.
—No, señor. Sabemos que esto no se debe hacer —contestó Matías con aire de suficiencia.
—Bueno, yo he tocado el cuello del conductor. Ha sido para saber si estaba vivo. No he tocado nada más —añadió Félix.
—¿Les parece que ha sido un accidente?
—No lo podríamos asegurar. Cuando hemos llegado no había nadie más que el coche y el conductor muerto en su interior, y hasta que ustedes no han llegado aquí no hemos visto a nadie más, ¿verdad, Matías? —respondió Félix mirando a su compañero, que asentía con la cabeza.