Capítulo 29
El hospital olía a lejía y, por debajo, a algo antiséptico: un producto químico encima de otro producto químico.
Me había lavado las manos de la sangre de Reina en el baño de Urgencias, frotando hasta que el agua salió limpia, y aun así la seguía notando: el peso cálido, encharcado en las palmas.
—Solo familiares —dijo la enfermera de la UCI por tercera vez.
—Soy su hermana.
—Es estadounidense.
—Adoptada.
No me creyó. Pero tampoco me detuvo.
Reina yacía detrás de una cortina, en el box cuatro.
El cráneo sujeto con placas de titanio que le habían atornillado en la operación de urgencia.
Un respirador le daba el aire; cada inhalación mecánica llenaba el silencio entre los pitidos de los monitores.
Los números de las pantallas no dejaban de bajar.
Me quedé allí de pie. No sabía qué hacer con las manos.
Me vibró el móvil. Tetsuo: Cuenta de Hasegawa. Correo de antiguos alumnos de la Universidad de Tokio. Sigo buscando.
Miré a Reina. Tubos y esparadrapo. Nos había dado un nombre con su último aliento consciente, y yo iba a honrarlo descifrándolo mientras los médicos decidían si vivía o moría.
Yama. M. Servicio. Hotel Imperial.
Contesté: Yama es un fragmento. Prueba con Yamamoto, Yamaguchi, Yamazaki. Contrástalo con el personal del Hotel Imperial y los expedientes de personal de CIRO.
El médico apareció y descorrió la cortina.
—Fractura craneal con hundimiento. Hemos aliviado la presión intracraneal, pero las próximas dos horas nos dirán si hay una hemorragia más profunda. —Comprobó los monitores sin mirarme—. No está estable.
—¿Despertará?
—Si la hinchazón responde al tratamiento. Si no…
Me senté en la silla de plástico junto a su cama.
Otra vez el móvil. Tetsuo: He encontrado la carpeta de borradores. Correo de Hasegawa, servidor de antiguos alumnos de la universidad. Un borrador guardado. Nunca se envió.
¿Qué dice?
Una dirección. El Hotel Keio Plaza, Shinjuku. Y una hora: las tres de la madrugada. Eso es todo.
Los monitores de Reina pitaron. Constantes, mecánicos, indiferentes. La saturación de oxígeno bajó.
—Pérdida de señal —dijo la enfermera, y le ajustó la pinza del dedo. Era solo el sensor. Pero yo ya había dejado de respirar de todos modos.
—Yama —susurré con la mirada fija en el rostro hinchado de Reina, el lado izquierdo de un morado casi negro donde Morita la había estrellado contra la pared—. ¿A quién nos estabas enviando?
Abrí el organigrama público de CIRO en el móvil. Una ficción, en su mayor parte: la estructura real estaba enterrada bajo capas de información clasificada, pero los nombres eran nombres. Recorrí el directorio del personal de alto rango.
Yamada. Yamagishi. Yamamoto.
Yamamoto, Kenji. Subdirector de Seguridad Interna. Asignado al dispositivo del Hotel Imperial durante los actos oficiales. Supervisión de la entrada de servicio.
Servicio. Hotel Imperial.
Se me quedaron los dedos quietos.
Tetsuo llamó. Descolgué antes del segundo tono.
—Yamamoto —dije—. Daisuke Yamamoto. Seguridad interna de CIRO.
Gestiona el acceso de servicio del Hotel Imperial durante los actos diplomáticos.
Reina no hablaba de «servicio» como un lugar: nos decía cuál era su función.
Si a Anna la hicieron pasar por ahí el 4 de junio, él habría sido quien lo autorizó. O quien miró hacia otro lado.
Silencio al otro lado de la línea.
—El borrador de la cuenta de Hasegawa —dijo Tetsuo—. Hotel Keio Plaza. Las tres de la madrugada. Eso es una reunión.
—Reina la organizó antes de esta noche. Antes de Morita. Tenía concertada una cita con su fuente dentro de CIRO y trataba de decirnos que acudiéramos.
—Podría ser una trampa.
—O la única persona viva que vio qué le pasó a Anna Lindgren.
Los monitores, a mi espalda, se dispararon. El ritmo cardíaco de Reina subía. Me volví. Tenía los ojos abiertos. No enfocaban, no estaba consciente, pero abiertos: se movían bajo unos párpados que temblaban como una imagen con mala señal.
La enfermera se movió rápido: comprobó las constantes y ajustó el gotero.
—La presión intracraneal está subiendo. Avisad al doctor Ono.
Me puse en pie. La mano de Reina se estremeció sobre la sábana.
Yamamoto.
Nos lo había dado todo. Había dedicado su último instante de consciencia a asegurarse de que la historia sobreviviera aunque ella no lo hiciera.
Me incliné sobre ella. Lo bastante cerca para oler el antiséptico en su piel y el cobre de la sangre seca que no le habían limpiado del todo del nacimiento del pelo. Abrí la boca. La cerré.
No había nada que decir que estuviera a la altura.
Llegó el doctor Ono, comprobó las lecturas y frunció el ceño ante las cifras de la presión intracraneal.
—No está fuera de peligro —dijo—. La próxima hora es crítica. Puede que tengamos que volver a entrar.
Salí de la UCI al pasillo. Tetsuo me esperaba junto al ascensor, apoyado en la pared con la quietud cuidadosa de un hombre que protege unas costillas rotas.
—No está estable —dije—. Puede que tengan que operarla otra vez.
Me observó la cara. Buscaba la grieta, quizá.
No apareció. No porque no estuviera ahí —estaba: un grito en carne viva justo detrás del esternón—, sino porque Reina no se había desangrado en el suelo de su apartamento para que yo me derrumbara en el pasillo de un hospital.
—Yamamoto espera a alguien en el Keio Plaza a las tres de la madrugada —dije—. Espera a Reina. Y en su lugar nos va a encontrar a nosotros.
—No sabemos qué quiere. No sabemos qué lleva. No sabemos si Ishikawa ya lo tiene.
—Ya no sabemos nada de eso de nadie. No lo sabemos desde que Yuki Sato acabó en el Sumida. —Pulsé el botón del ascensor—. Pero Reina confiaba en él lo bastante para concertar una cita, y yo confío en Reina lo bastante para acudir a ella.
Llegó el ascensor. Vacío. Entramos.
Tetsuo pulsó el botón del vestíbulo. Luego, justo antes de que se cerraran las puertas:
—Hay algo más. —Su voz sonaba cautelosa—. Mientras estabas dentro, busqué más a fondo en la carpeta de borradores. Había un segundo mensaje guardado. Una fotografía.
—¿De qué?
—Del compañero de la detective Haruka. Aceptando un sobre de Morita.
El ascensor bajó. Miré los números de las plantas y dejé que la información se asentara.
El compañero de Haruka. Comprado. Aceptando sobres del hombre que había mandado a Reina a la UCI.
—Llama a Haruka —dije cuando se abrieron las puertas—. Cuéntale lo que hemos encontrado. Dile que su compañero está comprado y que tiene que decidir ahora mismo de qué lado está.
Tetsuo me miró.
—Y dile que se reúna con nosotros en el Keio Plaza. Entramos en acción en noventa minutos.
Hizo la llamada.
Fuera, Tokio hacía el ruido que hace Tokio a medianoche: el largo silencio entre trenes, el zumbido de una única máquina expendedora calle abajo.
Me quedé en los escalones del hospital, con la sangre de Reina aún bajo las uñas y mi mejor amiga quizá muriéndose tres plantas más arriba.
Tomamos la salida este y desaparecimos en la ciudad.