Capítulo 25
El piso estaba demasiado limpio para que allí viviera alguien de verdad.
Todo en ángulos rectos perfectos, como un piso de muestra de vidas que nadie tenía.
La gente de Tomoe lo había estado usando para proteger testigos, contar dinero o cualquier cosa que necesitara paredes que no hicieran preguntas.
Aki estaba sentada en el sofá, aún con la misma chaqueta enorme, como si todavía no hubiera decidido si la habían rescatado o apresado. Una duda razonable. Con los Murakami, podía ser cualquiera de las dos cosas. No paraba de mover la pierna: ese tic nervioso del parque, ahora peor.
—Lo han borrado todo—dijo, tendiéndome el móvil como si fuera la prueba de un delito. Y lo era—. Ayer por la mañana, sobre las seis. Las copias de seguridad en la nube, el historial de viajes, todo. Lo vi desaparecer en tiempo real.
Se le quebró la voz en la última palabra.
—Pero ¿tienes copias?—preguntó Tetsuo desde la ventana.
No debería haber estado allí; tendría que haberse quedado descansando por culpa de aquella herida de cuchillo, pero a ver quién se lo decía mientras unos asesinos nos perseguían.
Cambió el peso de una pierna a la otra, cargando más sobre el lado izquierdo.
Los analgésicos estaban dejando de hacer efecto.
—Puede—respondió Aki mientras encendía el portátil, con los dedos más firmes de lo que esperaba—. Soy paranoica. Empecé a hacer copias locales de todo después de mi primera semana conduciendo de noche. Demasiados pervertidos, demasiados sustos.
Se quedó callada, mirando la pantalla.
—Un pasajero, hace unos meses. Sabía cómo me llamaba antes de que se lo dijera. Sabía dónde vivía. Dijo que le gustaba verme conducir.
Le temblaban las manos.
—Después de eso, empecé a grabarlo todo.
La encargada de los Murakami, una mujer que se había presentado simplemente como «Sana», observaba desde la puerta de la cocina. Treintañera, rostro inexpresivo, de las que se esfuerzan en resultar olvidables sin conseguirlo nunca del todo.
—Tienes doce horas—dijo Sana mientras consultaba el móvil—. Después se trasladará a la siguiente ubicación. Órdenes de Tomoe.
—¿Por qué doce?
—Porque a esa hora cambia el turno de mañana en las comisarías. Es el mejor momento para trasladar a alguien sin llamar la atención—lo dijo como si hablara de hacer la compra.
Aki conectó su móvil a mi portátil aislado de la red, pero le temblaban las manos mientras teclaba.
—No dejo de pensar en Anna. En lo asustada que estaba aquella última noche. Ella lo sabía, ¿verdad? Sabía que venían a por ella.
—Concéntrate en los datos—dije con suavidad—. Los atraparemos por ella.
El programa de recuperación se puso a trabajar. La mayor parte de lo que recuperó era basura: fragmentos dañados, imágenes cargadas a medias y marcas de tiempo sin datos asociados.
—No hay nada intacto—dijo Aki mientras se desplazaba por la pantalla—. No se limitaron a borrar los datos. Los sobrescribieron. Alguien pasó una herramienta de borrado.
—Sigue—dije—. Las herramientas de borrado se dejan cosas. Sectores huérfanos, miniaturas en caché.
Mientras esperábamos, Tetsuo se apartó de la ventana e hizo una mueca de dolor. Una mancha oscura se le extendía por la camisa: la herida se había vuelto a abrir.
—Estás sangrando—dije.
—Estoy bien.
—No lo estás—respondí. Me acerqué a él, pero me hizo un gesto para que me apartara.
—Cuando tengamos las pruebas. Me ocuparé de esto después.
Veinte minutos recorriendo restos digitales. Entonces el dedo de Aki se detuvo.
—Ahí.
Su voz era distinta ahora. Más firme.
—Cuatro de junio. Recuperación parcial.
Aparecieron tres recibos de viajes, incompletos.
Recogidas de Anna Lindgren de la semana anterior, todas de madrugada.
En dos solo figuraban los lugares de recogida: los datos del destino habían desaparecido.
Pero el del 4 de junio había sobrevivido con una cicatriz: los metadatos mostraban que se había editado después de enviarlo.
—Alguien lo modificó después de que Anna muriera—dije mientras estudiaba la marca de tiempo—. Al principio figuraba el Grand Hyatt, pero lo cambiaron por una dirección residencial cuarenta minutos después de que encontraran el cuerpo.
—La empresa puede hacerlo—dijo Aki—. Editar los registros, me refiero. Por «problemas de atención al cliente»—sus dedos dibujaron en el aire unas comillas tan afiladas que podrían haber cortado—. Pero se supone que tienen que dejar constancia de quién hace los cambios.
—¿Y?
—No hay constancia. Lo que significa que alguien con acceso de administrador entró por la puerta de atrás.
Tetsuo se removió con una mueca de dolor. Respiraba cada vez más superficialmente.
—Saca el historial de ubicaciones de aquella noche.
Los dedos de Aki volaron sobre el teclado.
En el mapa de Tokio apareció una línea de puntos: de su piso a la casa de Anna, de allí al Grand Hyatt y luego a la vía de servicio.
Después, algo extraño. La señal del móvil seguía en la vía de servicio cuarenta y tres minutos más, después del momento en que Aki decía haber huido.
—Eso está mal—dijo Aki—. Se me cayó el móvil cuando escapaba. Estaba demasiado asustada para detenerme a buscarlo.
—Alguien se lo quedó—dije—. Y lo consultó mientras se ocupaba de Anna.
—A la mañana siguiente apareció en la puerta de mi piso—susurró Aki—. Habían estado en mi edificio. En mi puerta.
Se le aceleró la respiración, al borde del pánico.
—Ahora estás a salvo—dijo Sana desde la puerta de la cocina, sorprendiéndonos con la dulzura de su voz—. Los Murakami no pierden a las personas que están bajo su protección.
Aki asintió e intentó serenarse.
—Hay algo más. Aquella noche, en el Grand Hyatt, lo oí. Al hombre con el que ella se iba a reunir, el VIP.
—Descríbelo.
—No le vi la cara, pero era delgado. Llevaba un traje caro.
Tenía un pin del Gobierno en la solapa: el sello del crisantemo—cerró los ojos para recordar—.
Estaba borracho. O, al menos, había estado bebiendo.
Pero seguía dando órdenes como si esperara que el universo obedeciera.
Iba con dos hombres, tipos de seguridad.
Cuando Anna bajó de mi coche, uno de ellos le registró el bolso antes de que pudiera entrar.
—¿Oíste lo que decía?
—Fragmentos. Estaba hablando por teléfono cuando salieron por la entrada de servicio. Le decía a alguien que «se ocupara del asunto sueco»—bajó la voz—. Después colgó y miró directamente a mi coche. Directamente a mí. Fingí que estaba comprobando el GPS, pero...
—Pero te vio.
—Me vio.
—Siempre grabo el final del turno. Por protección legal.
Aki abrió las notas de voz: decenas de ellas, un archivo de meses enteros con anotaciones rutinarias de cierre de jornada. Fue bajando por la pantalla y negando con la cabeza.
—Tres de junio... Tres de junio... Aquí. Cuatro de junio.
La primera grabación no era más que ruido. Tráfico, sus propios murmullos sobre la ruta. Reprodujo la segunda. Más ruido. La tercera...
Primero, estática; después, la voz de Aki anotando detalles rutinarios. Y luego, amortiguada pero clara, la voz de un hombre al fondo. Autoritaria, cultivada. Inconfundible.
—Su respiración —dijo Aki, rebobinando—. Escucha cómo respira antes de hablar. Como si cargara algo.
Tenía razón. Antes de cada orden, una toma de aire rápida, deliberada. No era un tic nervioso. Era un ritual.
Lo reprodujimos tres veces más. Con cada repetición, el patrón se volvía más claro.
Yo conocía esa respiración.
Esa misma inspiración antes de que él se inclinara sobre la encimera de la cocina. Antes de que sus labios encontraran los míos.
La habitación se inclinó. Me aferré al borde de la mesa.
—¿Emily? —la voz de Tetsuo me llegó desde muy lejos—. ¿Qué pasa?
—Nada. Sigue.
Tetsuo se había quedado pálido.
—Ese es nuestro VIP. Ese es el que...
Se tambaleó.
—Siéntate —ordené—. Ahora.
Se dejó caer en una silla. Sana se movió de inmediato y sacó un botiquín.
—He dado unos cuantos puntos en mi vida —dijo mientras le cortaba la camisa con una eficiencia de oficio—. Esto necesita puntos. Otra vez.
Mientras Sana atendía a Tetsuo, metí la mano en la chaqueta y dejé sobre la mesa el teléfono de Anna Lindgren.
Aki se quedó mirándolo. Luego me miró a mí. Reconocimiento, dolor y terror, todo comprimido en un único estremecimiento.
—Lo has encontrado —susurró.
—En tu cuarto de baño. Detrás del armario de las medicinas. Exactamente donde dijiste.
Su mano quedó suspendida sobre el teléfono, sin tocarlo.
—Lo escondí ahí la noche que fingí mi muerte. No podía llevármelo; si me pillaban con el teléfono de Anna, sabrían que ella llevaba tiempo reuniendo pruebas. Sabrían que yo era testigo, no solo su conductora.
Alzó la vista.
—¿Me registraron el piso?
—Como profesionales. Pero no buscaban un teléfono dentro de un calcetín, detrás del espejo del baño.
Aki casi sonrió. Casi.
—Anna me dijo que lo envolviera en algo que un hombre no tocaría. Un calcetín. El envoltorio de un tampón.
Se le quebró la voz.
—Sabía que irían a por ella. Ya había previsto su propia muerte.
—¿Puedes desbloquearlo?
Aki cogió el teléfono. Le temblaban los dedos, pero marcó el código sin vacilar: lo había sabido desde el principio y lo había llevado en la cabeza durante semanas, mientras el teléfono seguía detrás de una pared, en un piso vacío.
El teléfono cobró vida. Tres vídeos. Catorce fotografías. Y una nota de voz con fecha de la noche en que murió Anna.
Abrí el primer vídeo. Anna estaba en lo que parecía una fiesta en una embajada, con el móvil bajo, pegado al cuerpo, grabando a escondidas. Y en el encuadre, parcialmente visible, el perfil de un hombre. Complexión delgada. Traje caro.
—Sube el volumen.
Lo oímos hablar: solo unas palabras, pero bastaban. La misma respiración. Esa inspiración contenida antes de cada frase.
Aki reprodujo las dos grabaciones a la vez: su nota de cierre de turno y el vídeo de Anna. Los patrones coincidían. El mismo hombre en los dos actos, identificado no por el rostro, sino por la forma de respirar antes de hablar.
—Hay una más —dijo Aki, que lloraba en silencio—. La nota de voz.
Pulsó el play.
— Si estás escuchando esto —la voz de Anna llenó la habitación, con su inglés de acento marcado, preciso de puro miedo—, es que él me ha matado.
Grabo esto como garantía, aunque sé que probablemente no servirá de nada.
Tiene demasiado poder. Pero quizá algún día a alguien le importe lo suficiente para...
En la grabación se oyó un portazo. Anna tomó aire de golpe.
Y luego, justo antes de que la grabación se cortara, sus últimas palabras:
—Se llama Watanabe. El vicesecretario Watanabe.
La habitación se quedó en silencio.
Sus manos en mi mandíbula. La albahaca. El vino.
Me había besado cuando Anna ya estaba en el río.
Llegué al fregadero de la cocina por los pelos.
Nadie habló mientras corría el agua. Me eché agua en la cara. Me quedé mirando el desagüe, con las manos apoyadas en la porcelana y los nudillos blancos de tanto apretar, agarrada a lo único sólido de una habitación que no dejaba de dar vueltas.
—¿Emily?
Tetsuo intentó levantarse, pero Sana lo obligó a sentarse de nuevo.
—Algo que he comido —dije.
Nadie se lo creyó. Nadie lo dijo.
Volví a la mesa. Me senté. Las pruebas seguían ahí: el teléfono, el portátil, las grabaciones de Aki, las últimas palabras de Anna todavía flotando en el aire.
Mientras yo seguía junto al fregadero, Tetsuo había buscado en el portátil la foto oficial de Watanabe. Me observaba desde la pantalla.
La habitación se mantuvo en silencio mucho rato.
Fue Sana quien lo rompió.
—Lo conoces.
No era una pregunta.
Podría haber mentido. Debería haber mentido. Pero estaba harta de mentir.
—Nos conocimos en una conferencia hace dos semanas. —Mi voz sonaba como la de otra persona—. Era encantador. Se interesó por mi trabajo. Pensé que...
Me reí, y la risa me salió rota.
—Pensé que lo estaba utilizando yo, para conseguir acceso.
—¿Hasta dónde llegó?
—Un beso. En su piso.
Las palabras se me clavaron en la garganta como cristales.
—Y vino a mi habitación del hotel. Lo intentó otra vez. Yo lo paré.
—Pero estuvo en tu habitación.
—Sí.
El silencio se alargó. Tetsuo lo asimilaba: no solo la traición, también las implicaciones tácticas. Watanabe había estado en mi territorio. Había visto mis notas, mi portátil, mis rutinas.
—Cree que eres un activo —dijo Tetsuo.
Su voz era plana. Profesional.
—Quizá algo que todavía pueda adquirir. Eso le da ventaja.
Tenía razón. Y yo sabía que la tenía.
Eso no lo hacía menos repugnante.
Me vibró el teléfono. El móvil desechable de Tomoe.
—¿Qué has descubierto?
—Watanabe —dije—. El vicesecretario Watanabe. Anna lo nombró directamente en una grabación de la noche en que murió.
Silencio en la línea. Tan largo que comprobé si se había cortado la llamada.
—Cuarenta y ocho horas —dijo Tomoe al fin—. Es toda la protección que puedo garantizarle a Aki. Después tendrá que desaparecer.
—Cuarenta y ocho horas no bastan para…
—Esta noche te envío los detalles. Prepárate.
La línea se cortó.
Miré las pruebas esparcidas por la mesa. Recibos, grabaciones, vídeos, fotografías. Las últimas palabras de Anna, en las que nombraba a su asesino. Y Tetsuo, con la herida a medio coser, mirándome con una expresión que no conseguía descifrar. O que no quería descifrar.
Cuarenta y ocho horas para tenderle una trampa a uno de los hombres más poderosos de Japón.
Cuarenta y siete horas ya.