Cuatro mujeres en el río (Serie Emily Watson 2) Capítulo 21
50%

Capítulo 21

El laboratorio apestaba a formaldehído y a algo peor: probablemente a mi propia desesperación.

La doctora Miyamoto había accedido a vernos a Haruka y a mí fuera de horario porque le debía un favor de aquella época en que los favores podían costarte la carrera.

Ahora podían costarte la vida, pero allí estábamos de todos modos.

—Tres horas —dijo Miyamoto sin mirarnos, ya enfundándose unos guantes de látex—. Después, yo no os he visto nunca y vosotras nunca me habéis visto a mí.

Cuarenta y tantos años, meticulosa como solo lo son quienes viven en milímetros y microgramos.

Dispuse sobre la mesa las notas de suicidio, cada una en su bolsa de pruebas. La de Anna Lindgren, la de Sarah Price y el mensaje de texto de Yuki Sato.

—Primero, el ESDA —dijo Miyamoto. La máquina podía leer los fantasmas de las palabras: las huellas que dejaban en las hojas de debajo de aquella en la que se escribía. Pasó primero la nota de Anna; la máquina zumbó mientras los resultados se perfilaban.

Aparecieron palabras que no estaban escritas en aquella nota, sino en algo que había estado encima.

—練習 —leyó Miyamoto—. Práctica .

Se quedó mirando la pantalla. Las manos se le detuvieron sobre los controles. Entonces sacó la nota de Sarah de su bolsa y la pasó por la máquina.

Distinta letra en la superficie. Debajo, las mismas marcas de práctica. La misma presión del bolígrafo. El mismo ángulo.

Miyamoto sacó en pantalla las dos imágenes, una al lado de la otra.

—Estas son de blocs distintos, ¿ves los patrones de los bordes? Dos blocs diferentes.

Cogió una lupa y examinó el papel en sí.

—Pero este papel, el de la nota de Anna, no es de uso comercial.

—¿Qué quieres decir?

Fue hasta el archivador, sacó una carpeta de muestras —tipos de papel para comparar— y puso nuestras pruebas junto a ellas.

—Papel oficial. —Su voz se había vuelto clínica, como la de los médicos cuando encuentran algo maligno y todavía no han decidido cómo decírtelo—.

Nota el peso: mezcla con un veinte por ciento de algodón, propia del papel oficial.

Esta marca de agua… —lo sostuvo a contraluz—. El sello del ministerio. Muy tenue.

—¿De qué ministerio?

—El prefijo de serie indica que es del Ministerio de Justicia. Entrega de marzo. —Tecleó rápidamente—. Código de proveedor K-4471. Proveedor restringido. Solo suministra a determinados departamentos gubernamentales.

—¿A qué departamentos?

—A la Oficina del Gabinete. —Pulsó otra tecla—. Concretamente, a la subdivisión de CIRO.

La máquina ESDA zumbó en el silencio. La nota de suicidio de Anna Lindgren —la que supuestamente demostraba que quería morir— se había escrito en un papel al que solo una oficina de todo el Gobierno japonés tenía acceso.

—La tinta —dijo Haruka.

Miyamoto pasó a la cromatografía. La máquina separó la tinta en sus componentes químicos y creó así una huella de su composición.

—Marca Pilot, de uso oficial. —Abrió su base de datos—. Pero los patrones de oxidación… Las dos notas se escribieron dentro de la misma franja de cuarenta y ocho horas. No a lo largo de semanas, a medida que las mujeres iban muriendo.

Escritas por adelantado. Antes incluso de que se las llevaran.

Se apartó del equipo. Durante un instante se limitó a mirar las tres notas de suicidio extendidas sobre la mesa.

Después se levantó y empezó a limpiar los ordenadores.

—Doctora Miyamoto…

—El número del proveedor. K-4471. Rastreadlo en la contratación pública. —Rociaba las superficies con solución limpiadora, quemaba los resultados de las pruebas y se movía con la eficacia metódica de quien desmonta una escena del crimen—. Eso es todo lo que puedo daros.

—Necesitamos copias…

—No.

Haruka ya lo había fotografiado todo. Me buscó la mirada y asintió una sola vez.

—Los registros de las tarjetas de acceso —dijo Miyamoto, casi para sí—. Sabrán que estuve aquí.

—Di que era una investigación de estudiantes no autorizada —propuso Haruka—. Un fallo del equipo. Que viniste a comprobarlo.

—Lo sabrán. —Dejó de limpiar—. Salid. Ahora.

Salimos por salidas distintas: Haruka hacia su coche; yo, por la puerta de servicio, a un aire que sabía a lluvia y a tubo de escape. El campus estaba vacío, sumido en esa quietud particular de las tres de la madrugada, cuando hasta los insomnes se han rendido.

El coche sin distintivos de Haruka me encontró seis manzanas más adelante. Me metí en el asiento del copiloto.

No arrancó el motor. Se quedó quieta, agarrada al volante, con los faros apagados, vigilando los espejos.

—Ese número de informe que te dio Yoshida —dijo—: 2028-0627-887. Te está montando una encerrona.

—¿Una encerrona para qué?

—Para ti. —Se volvió hacia mí—. Periodista extranjera obsesionada con casos de suicidio. Fabrica pruebas. Acosa a testigos. Quizá incluso mata mujeres para que su historia parezca real.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque yo he montado encerronas así. —La voz de Haruka era inexpresiva—.

San Francisco. Antes del Tacogate. Cuando Asuntos Internos quería silenciar a alguien, no lo despedía.

Construía un rastro de papeles que presentaba a esa persona como inestable y luego dejaba que el papeleo hiciera el trabajo.

—Arrancó el motor—. Yoshida está haciendo lo mismo.

El hospital donde apuñalaron a Tetsuo: cargos por agresión que puede presentar cuando quiera.

El depósito de vehículos: manipulación de pruebas.

Cada contacto con cada fuente: intimidación de testigos.

—Todo eso ocurrió mientras yo investigaba unos asesinatos.

—Todo eso ocurrió mientras supuestamente investigabas unos asesinatos que oficialmente se declararon suicidios.

—Haruka se incorporó a la carretera—. En su versión no hay asesinatos.

Solo una periodista extranjera en plena crisis que arrastra a gente inocente a su delirio.

Los suicidios son reales. La conspiración es tuya.

La lluvia dejaba regueros en el parabrisas.

—¿De cuánto tiempo hablamos? —pregunté.

—Días. Tal vez menos. Ya tiene registrado el número de informe.

En cuanto añada la visita de esta noche al laboratorio —y lo hará, porque los registros de la tarjeta de Miyamoto demostrarán que estuvo allí—, eso pasa a ser acceso no autorizado a un laboratorio universitario.

—Comprobó los retrovisores—. Después, una llamada a Inmigración.

Visado revocado. Deportación en cuarenta y ocho horas.

Ni siquiera necesitan una condena. Solo necesitan lo justo para que resultes incómoda.

—Y si me deportan, la investigación muere.

—Tenemos que ir más rápido —dije—. K-4471. Si conseguimos rastrear ese número de proveedor hasta una orden de compra concreta, con un nombre detrás...

—Entonces no podrán acusarte de haberte inventado una conspiración, porque la conspiración tendrá un rastro documental dentro de su propia burocracia. —Haruka asintió—. Dame doce horas. Conozco a alguien en compras del Gobierno. Un contacto antiguo que me debe un favor.

—¿Otro favor?

—El último que me queda. —Detuvo el coche junto al bordillo, cerca de la casa segura—. Emily, después de esto, yo me retiro. Mi familia...

—Lo entiendo.

—No creo que lo entiendas. Pero te agradezco que lo digas.

Salí a la lluvia. Sus luces traseras se fueron haciendo pequeñas, doblaron la esquina y desaparecieron.

Se lo conté todo a Tetsuo. Escuchó como escuchaba siempre: inmóvil, asimilándolo todo; las preguntas llegaban después, nunca durante.

Su expresión no cambió. Pero se acercó a la ventana. Miró la calle.

—¿Qué tenemos que ellos no sepan que tenemos?

—Las fotografías de Miyamoto. Sabrán que estuvo en el laboratorio, pero no que Haruka fotografió cada resultado. Darán por hecho que Miyamoto lo destruyó todo.

—¿La grabación de la cámara del salpicadero?

—Creen que el portátil está borrado. No saben lo de la tarjeta SD.

—¿El USB de Kenji?

—Puede que eso sí lo sepan. El señor Z estaba en el andén. Vio el intercambio.

Tetsuo asintió despacio.

—Si Haruka consigue vincular K-4471 con un nombre —una persona real que firmó una orden de compra real—, el montaje se viene abajo. No podrán tacharte de delirante cuando su propio papeleo demuestra que tienes razón.

—Si Haruka lo consigue a tiempo.

—Deberías dormir —dijo.

—Tú también.

—No soy yo contra quien están montando un caso. —Se puso en pie—. Cierra la puerta con llave. No contestes al teléfono a menos que sea yo o Haruka. Y, Emily...

Se detuvo junto a la puerta de comunicación.

—No le escribas a Watanabe sobre esto.

—No pensaba hacerlo —dije.

Me miró. Cerró la puerta.

No le escribí a Watanabe.

Lo pensé, eso sí. Más tiempo del que debería.

***

Embajada Real de Suecia, Roppongi, 11:15 de la mañana Día 13, 27 de junio

Di en recepción el nombre de Anna Lindgren y vi en la cara de la recepcionista algo que no esperaba.

No me pidió que lo repitiera. Cogió el auricular, dijo tres palabras en sueco y luego pronunció una cuarta que entendí.

Emma.

Emma Lindqvist tenía veintiséis años. Yo me la había imaginado mayor. Salió del ascensor con una blusa azul marino y unos pantalones grises, y se detuvo a dos pasos exactos de las puertas, como se detiene quien ya ha decidido dónde colocarse.

—Señorita Watson.

Neutralidad diplomática. El saludo que había dedicado cien veces a gente que no iba a quedarse mucho.

—Gracias por recibirme.

—Esperaba que viniera alguien. Supuse que podría ser usted.

Me condujo a una pequeña sala de reuniones de la tercera planta. Sobre la mesa había un cuenco de cerámica con tres piñas. Cerró la puerta, pero no se sentó.

—No puedo hablar con usted de forma oficial —dijo—. Si me cita por mi nombre, lo negaré, y mi empleador respaldará la negativa. No es una amenaza. Es la forma que tiene mi trabajo.

—Entendido.

—Le daré lo que consta en los registros públicos. Nada más. Y no podrá quedarse mucho rato.

Por fin se sentó. Al otro lado de la mesa, no a mi lado. Mantuvo las manos en el regazo.

—Anna Lindgren acudió a usted —dije.

—Acudió a la embajada. Lo hacen muchos ciudadanos de Suecia.

—Por un hombre.

Emma no se movió. Tampoco sirvió el agua que tenía delante.

—Muchos ciudadanos vienen a la embajada por hombres.

Las piñas del cuenco seguían igual. La sala estaba muy silenciosa.

—No he venido para que me dé evasivas, señorita Lindqvist.

Un pequeño destello. La primera vez que su rostro se movía.

—Entonces hágame una pregunta concreta. No puedo responder a las generales.

—¿Qué dijo Anna de él?

—Que estaba en el Gobierno. Que olía a caro. Esa fue la expresión que utilizó.

—¿Presentó una denuncia formal en esta embajada?

Una pausa.

—Sí.

—¿Cuándo?

—El cuatro de mayo.

Tres semanas antes de que Anna muriera.

—¿La denuncia daba el nombre de un agresor?

—Describía a uno.

—¿El borrador original daba su nombre?

No parpadeó. No apartó la mirada. No respondió.

—Señorita Lindqvist.

—El borrador original no está disponible. En nuestros registros solo consta la versión presentada. En ella se describe al agresor como un alto cargo del gobierno japonés.

—¿Quién censuró el original?

—El protocolo habitual de la embajada. Cuando una denuncia menciona por su nombre a un funcionario extranjero cuyo rango sea superior al de director general, los datos identificativos se sellan antes de que el documento se presente.

El borrador original lo destruye el funcionario de la embajada encargado del expediente.

—¿Y quién era la funcionaria de la embajada encargada de la denuncia de Anna?

En la sala se hizo un silencio absoluto.

—Señorita Watson, esta es la parte de la conversación que le advertí que no mantendría de manera oficial.

—No se lo pregunto de manera oficial. Se lo pregunto a usted.

Emma se puso en pie. Cruzó hasta un archivador metálico adosado a la pared, marcó una combinación sin necesidad de mirarla y volvió con una carpeta. No se sentó. No la deslizó sobre la mesa.

—Esta es la versión oficial. Tres páginas de denuncia, censuradas.

Una página de re spuesta del MOFA 1 : la remitieron a un enlace de la policía japonesa y el asunto quedó «transmitido para su gestión interna».

Murió tres semanas después. No estoy autorizada a entregarle esto.

Voy a salir de esta sala cuatro minutos.

Cuando vuelva, la carpeta estará donde la he dejado. O no estará.

—Emma.

Se detuvo en la puerta. No se volvió.

—Cuatro minutos.

La puerta se cerró.

Miré la carpeta. La denuncia censurada que Anna había escrito seis semanas antes de que alguien la matara. La carta del MOFA que había tratado su advertencia como un simple trámite. El nombre de la mujer que había leído las dos y había decidido qué se presentaba.

La metí en el bolso.

Cuando Emma regresó, la carpeta había desaparecido. La reunión, también. Me acompañó hasta el ascensor sin decir palabra. Al otro lado de las puertas de cristal, en la mañana de Roppongi volvía a llover.

Al llegar al ascensor, se detuvo.

—Anna era amiga mía, señorita Watson. También estaba cansada. Llevaba demasiado tiempo trabajando y dormía demasiado poco. Se lo digo porque debería saber quién es su fuente, aunque esté muerta.

Tardé un rato en responder.

—Usted la conocía.

—La conocía lo suficiente para saber cuándo no era ella misma.

—¿Y la denuncia?

—Se presentó cuando no era ella misma. La embajada la recibió. La embajada la remitió. El asunto está cerrado.

El ascensor se abrió. Ella no entró.

—Que tenga buen viaje, señorita Watson.

Las puertas se cerraron entre nosotras. Bajé sola. A través del cristal del vestíbulo la vi volver por el pasillo: serena, sin prisa, como camina una mujer que acaba de dar por terminada una reunión con éxito.

Había venido a confirmar la cronología de Anna Lindgren.

Me marchaba con una denuncia censurada y la certeza de que la mujer que me la había entregado llevaba todo ese tiempo protegiendo al hombre al que Anna temía.

1. Ministerio de Asuntos Exteriores (Japón).