Capítulo 20
El promotor se llamaba Ichiro Takahashi y, cuando lo encontramos, ya llevaba tres copas de ventaja a la lucidez.
En teoría, eso era bueno: borracho significaba asustado, y asustado significaba sincero.
Pero, viéndolo mirar el móvil cada quince segundos, dudé que le quedara sinceridad suficiente para darnos.
El aparcamiento bajo su club más nuevo era hormigón y zumbido de fluorescentes, uno de esos sitios diseñados para ser olvidados.
Las cámaras de seguridad apuntaban adonde no debían: puntos ciegos deliberados que a Ichiro le habría costado un buen dinero crear.
Se había preparado para poder negarlo todo. Y quizá no solo lo suyo.
—Llegas tarde —dijo, con el cigarrillo temblándole entre los dedos. Detrás de él, al fondo del aparcamiento, se movió una sombra. O no.
—El código en blanco —dije, con el móvil ya grabando en el bolsillo—. ¿Qué significa?
—No conozco ningún código en blanco.
Arrastraba las palabras, pero no dejaba de mirar de reojo hacia la escalera.
—Las anotaciones del libro de cuentas. Las que no llevan nombre, solo un hueco. Anna Lindgren estuvo con uno de ellos la noche antes de morir.
En algún sitio por encima de nosotros se cerró de golpe la puerta de un coche. Ichiro se sobresaltó con tanta fuerza que se le cayó la ceniza sobre los zapatos caros.
Tetsuo estaba junto a la rampa, repasando las salidas, contando columnas. No apartaba la mano de la chaqueta.
—Vale, vale. —Ichiro encendió un cigarrillo nuevo con la brasa agonizante del anterior—. Lo llamamos Cero. Es intocable. Consigue lo que quiere y a quien quiere.
—¿Quién es?
—Del Gobierno. De alto nivel. De los que hacen desaparecer los problemas. —Soltó una risa amarga y húmeda—. También a las personas.
—Un nombre.
—No hay nombres. De eso se trata. —Volvió a mirar el móvil—. Su guardaespaldas enseña una tarjeta negra, nosotros despejamos una planta y le llevamos lo que pida. Mujeres, drogas, lo que sea. Y no anotamos nada.
—Dime qué recuerdas.
Dio una calada larga y expulsó el humo hacia el techo manchado de aceite.
—Viene dos veces al mes. Delgado, siempre con zapatos italianos: Stefano Ricci, de los de cuarenta mil dólares. Le van las extranjeras. Rubias, concretamente.
La misma descripción que había dado Aki. El mismo perfil de la cámara del salpicadero.
—¿Cuándo fue la última vez?
—El 3 de junio. Se marchó con una chica sueca del bar. Una preciosidad, asustada, aunque intentaba disimularlo. —Bajó la voz—. Vi su foto en el periódico cuatro días después. Suicidio, dijeron.
Anna Lindgren. Asustada.
—¿Lo reconocerías?
—No, nunca le vi la cara, pero reconocería a su guardaespaldas. Un tipo enorme, que da miedo. Kenzo Miura. Se encargaba de que Cero nunca tuviera…
Las luces se apagaron.
No fue un parpadeo. Oscuridad total.
—Están aquí —susurró Ichiro—. Dios mío, nos estaban escuchando…
Pasos. Varios pares. Venían a la vez de la escalera y de la rampa.
—Muévete —dijo Tetsuo, que ya me arrastraba detrás de una columna de hormigón.
—Ichiro-san. —Una voz atravesó la oscuridad, suave y sin prisa—. Has estado hablando con quien no debías.
Los haces de las linternas rajaron el aire. Tres hombres que avanzaban en formación. Ichiro seguía inmóvil al descubierto, con el cigarrillo aún encendido entre los dedos.
—No les he contado nada —dijo.
—Lo sabemos. —El que iba al frente entró en el haz de su propia linterna. Cuarenta y tantos, traje y, detrás de los ojos, esa quietud del que hace mucho que dejó de sentir—. Pero se han enterado igual.
La hoja apareció entre una respiración y la siguiente. Ichiro se dobló y cayó.
—Señorita Watson. —La linterna encontró nuestra columna—. Podemos hacerlo por las buenas o por las malas.
Entonces uno de ellos vio a Tetsuo.
—El traidor. —Le cambió la voz: el desapego profesional se resquebrajó y dejó paso a algo personal—. Matsuda, mira. Es el alumno de Turner. El que huyó de los Murakami.
Matsuda giró la luz hacia nosotros.
—Las familias no olvidan, Tetsuo. ¿Creías que lo íbamos a olvidar?
—Los rencores personales, después —dijo Matsuda—. Primero, el negocio.
Movimiento a nuestra izquierda. Nos estaban flanqueando.
—Los tengo.
El primer hombre se lanzó rápido, cuchillo por delante. Tetsuo lo interceptó; el golpe de los cuerpos contra el hormigón resonó por todo el aparcamiento. Crujió un hueso. Un grito. El cuchillo salió despedido.
—Traidor —escupió el segundo atacante.
La hoja entró por debajo de las costillas de Tetsuo. Se tambaleó. Una mancha oscura se extendió por la camisa. Siguió peleando, más despacio ya, con un brazo apretado contra el costado, pero el segundo cuchillo le alcanzó el hombro.
Entré en la luz y dije:
—Parad. Iré con vosotros.
—Emily, no…
Matsuda sonrió.
—Chica lista.
Vino hacia mí, seguro de sí. Relajado. Por eso no me vio sacar el espray de pimienta, de uso militar; Tetsuo había insistido en que lo llevara siempre encima.
El chorro le dio de lleno en la cara.
Cayó al suelo entre alaridos. Agarré a Tetsuo y echamos a correr rampa arriba, con su peso cargado en mi hombro y un rastro de sangre detrás de nosotros.
A nuestra espalda, la voz de Matsuda, desgarrada:
—¡Esto no ha terminado, Tetsuo! ¡Las familias no olvidan!
***
Hospital Internacional St. Luke's, 23:47
La doctora Mori no hizo preguntas. Le bastó una mirada a Tetsuo para tenerlo en el quirófano en cuestión de minutos.
Me quedé sentada en la sala de espera, con su sangre secándose en mis manos, intentando asimilarlo. Ichiro estaba muerto. Tetsuo estaba en el quirófano. Y yo había visto cómo apuñalaban a un hombre sin gritar, sin llorar, sin hacer nada más que calcular vías de escape.
El móvil vibró. Luego otra vez. Y una tercera.
Watanabe.
¿Estás a salvo?
Me he enterado de lo de Roppongi. Por favor, dime que estás bien.
Avísame, que sepa que estás bien.
Respondí: Estoy bien.
Me quedé mirando la pantalla. Añadí: Gracias por preocuparte.
Lo envié. Me odié por decirlo en serio.
1:15 de la madrugada Día 13, 27 de junio
—Señorita Watson.
El inspector Yoshida estaba en la puerta. Ropa de calle, expresión preocupada; esa clase de preocupación que se presenta vestida de pies a cabeza a la una de la madrugada.
—Me han llamado. Altercado en Roppongi. Un promotor muerto. Un rastro de sangre que llega hasta aquí. —Se sentó a mi lado, demasiado cerca—. Imagínese mi sorpresa.
—Nos atacaron.
—Seguro. —Sacó una libreta—. Voy a necesitar su declaración.
No le di nada útil. Nombres que no recordaba. Descripciones que podían encajar con cualquiera.
Aun así, lo anotó todo.
—Número de informe 2028-0627-887 —dijo—. Recuérdelo. Puede que lo necesite más adelante.
—¿Es una amenaza?
—Es un consejo. —Se dirigió hacia la puerta—. Su amigo arrastra muchas deudas antiguas. Los Kurotora tienen la memoria muy larga. —Una última mirada—. Nosotros también.
2:18 de la madrugada
Salí de la sala de espera porque seguir sentada allí se había convertido en una especie de trabajo físico. Al final del pasillo había un rincón con máquinas expendedoras. Fui hasta allí porque caminar era algo que todavía podía hacer.
A esas horas el pasillo estaba casi vacío.
Una enfermera empujaba un carro al fondo.
Un hombre esperaba junto a la máquina, leyendo algo en el móvil.
Traje azul marino, sin corbata. Unos cincuenta y cinco años.
De esos rostros que no se dejan clasificar a la primera, pero de los que uno entiende que no se les escapa nada.
Alzó la vista cuando me acerqué. No se movió. Compré una lata de café, la más barata, porque aún tenía la sangre de Tetsuo bajo las uñas y, de todos modos, no era capaz de saborear nada.
El hombre esperó a que cogiera la lata.
—Noche larga, señorita Watson.
Me volví. No me había preguntado nada. Había pronunciado mi nombre como se pronuncia el de alguien sobre quien ya se ha leído mucho.
Me tendió una tarjeta. Blanca y sencilla. Impresa solo por una cara. La cogí sin mirarla.
—No tiene por qué llamar —dijo—. Pero el número es mío.
Volvió por el pasillo por donde había venido. No miró atrás.
Bajo la luz del rincón leí la tarjeta.
Capitán T. Ritsu
Policía Metropolitana de Tokio
Un número de móvil. Nada más. Ni división, ni un rango superior al de capitán, ni dirección de despacho.
Guardé la tarjeta en el bolsillo interior de la chaqueta, junto al teléfono que no me había permitido abrir. Después bebí un café que no sabía a nada en un pasillo que olía a nada, y esperé a que me dijeran si Tetsuo estaba vivo.
3:42 de la madrugada
—Está despierto —dijo la doctora Mori—. Pregunta por usted.
Tetsuo parecía más pequeño en la cama del hospital. Vulnerable de una forma que nunca le había visto.
—Hola —dije.
—Hola. —Intentó sonreír—. El espray de pimienta ha funcionado.
—Me has salvado la vida.
—Tú me has salvado la mía. —Se movió e hizo una mueca de dolor—. ¿Lo hemos conseguido?
Reproduje la voz de Ichiro: «Los llamamos ceros. Intocables…»
—Lo hemos conseguido.
—Entonces ha merecido la pena. —Ya se le cerraban los ojos—. ¿Emily?
—¿Sí?
—La próxima vez traeré una pistola.
Me quedé hasta el amanecer, sujetándole la mano, viendo cómo los monitores marcaban el paso del tiempo.
Pero en sus ojos, cuando me había mirado, no había ira. Ni decepción. Solo agotamiento.
Me había visto calcular mientras él se desangraba. Me había visto escribirle a Watanabe mientras su sangre se me secaba en las manos.
No estaba segura de que ninguno de los dos reconociera en quién me estaba convirtiendo.