Capítulo 19
Siete llamadas. Siete veces directa al buzón de voz, con la grabación cortante de Haruka repitiéndose como una burla: «Deja un mensaje. Ya decidiré si mereces que te devuelva la llamada».
La reunión era a las ocho. Esa mañana Haruka me había mandado un mensaje de tres palabras —Ya no puedo ignorarlo— y luego se había esfumado el resto del día.
Después de Kenji, después de la memoria USB, después de veinticuatro horas preguntándome si todo el que me ayudaba en Tokio tenía los días contados, no iba a quedarme en la habitación del hotel esperando a que lo cogiera.
El taxi me dejó en Nakano. Un bloque de hormigón, sin portero, los timbres rotulados con marcador ya desvaído. Encontré MIZUNO en la tercera planta y mantuve pulsado el botón.
El interfono crepitó.
—Llegas pronto.
—No contestabas al teléfono.
Hubo una pausa. La puerta zumbó y se abrió.
El apartamento de Haruka no era lo que esperaba. Un futón. Una mesa baja. Una sola fotografía en la pared: Haruka veinte años más joven, con el uniforme azul del SFPD, junto a un grupo de agentes que lucían todos la misma sonrisa tensa.
Haruka estaba sentada a la mesa baja con una botella de Yamazaki a la que ya le faltaba un tercio.
En el televisor silenciado que tenía detrás pasaban imágenes de un noticiario estadounidense: corrupción policial en San Francisco, agentes esposados a los que hacían desfilar ante las cámaras. No lo apagó.
—Estás hecha una mierda —dije.
—¿Has venido hasta Nakano para decirme eso?
Me senté en el suelo, frente a ella.
—¿Qué quieres, Emily?
—Saber que estás bien.
—Estoy bebiendo y viendo fantasmas. —Señaló el televisor con la cabeza—. ¿Eso responde a tu pregunta?
Señalé la pantalla con la cabeza.
—¿Qué es esto?
—Danny Reyes —dijo, como si el nombre fuera la única respuesta posible a cualquier pregunta—. El agente Danny Reyes. Treinta y un años. Le dispararon en el Fillmore con una TEC-9.
No me miraba a mí. Miraba la fotografía de la pared.
—No lo conocía bien. Lo veía por ahí. Era uno de esos tipos que todavía... —Dejó la frase a medias y se sirvió otra medida de Yamazaki, con precisión a pesar de todo—. Todavía creía que aquello importaba. La placa, el trabajo.
—¿Cuándo fue esto?
—En la primavera de 2004. —Bebió—. Pero había empezado antes. Todo había empezado antes.
El televisor seguía mudo: agentes esposados, ruedas de prensa.
—Tacogate —dijo, como si escupiera una maldición—. Otoño de 2002. Tres policías fuera de servicio apalearon a dos civiles delante de una taquería. Una estúpida disputa por colarse en la cola. A una mujer le rompieron la mandíbula. El sonido que hizo... Escuché la grabación. Como pisar una nuez.
Se detuvo. Dio un trago.
—Salieron impunes. Cómo no iban a salir impunes. El sobrino del subjefe era uno de los tres. Al final imputaron a trece mandos. Todo el departamento estaba podrido de arriba abajo.
—Asuntos Internos se presentó después. Querían saber quién sabía qué. —Dejó el vaso en la mesa. Volvió a cogerlo—. Yo lo sabía. Había visto papeles que no cuadraban.
—Lo denunciaste.
Aquella risa fue el peor sonido que había oído en Tokio, y había oído muchos.
—Cogí el sobre. Igual que todos los demás. —Lo dijo con voz plana, como si leyera un formulario—. Me dije que solo había sido una pelea de bar. Que no había muerto nadie.
La mujer que tenía delante había aceptado un soborno para mirar hacia otro lado ante la brutalidad policial. Y ahora estaba allí, en Tokio, persiguiendo a los asesinos de unas mujeres que a nadie más le importaban.
—Y luego Danny. —Esta vez lo llamó por su nombre de pila—. Dos años después. Cuando tu departamento entero está ocupado cubriéndose el culo, las unidades contra las bandas no funcionan. La información no circula. Los buenos policías acaban en malos sitios.
—Crees que la corrupción...
—Creo que acepté su dinero y que un hombre que merecía algo mejor acabó muerto. —Vació el vaso—. Puedes trazar la línea recta o fingir que hace una curva. De un modo o de otro, acabas en Danny Reyes.
Volvió a servirse. La botella iba camino de la mitad.
—Aquí el departamento hace lo mismo —dijo, ya más bajo—. Cerrar casos. Coger sobres. Convencerse de que no ha muerto nadie importante.
—Esas mujeres...
—Yuki. Anna. Sarah. Mitsui. —Recitó los nombres como quien reza—. Tenían nombre. Tenían gente que las echa de menos. Y a nadie de toda esta estructura podrida le importan una mierda, salvo a una expolicía americana borracha y a una periodista con instinto suicida.
—Tú aceptaste el dinero —dije.
No sé por qué lo dije. Acababa de destapar lo peor de sí misma y lo había extendido sobre la mesa, entre las dos, y yo había echado mano de lo más afilado que tenía a mano.
—Sí. —Haruka me sostuvo la mirada. Los ojos enrojecidos, el calor seco de quien ya ha agotado las lágrimas—. Por eso estoy aquí.
No apartoó los ojos de mí. El televisor parpadeaba a su espalda: agentes esposados y, arriba, en la pared, una Haruka más joven congelada para siempre.
—¿Y la tuya?
No respondí. Cada razón que podía nombrar me parecía algo construido para mirarlo desde fuera, no para habitarlo.
Haruka se quedó mirando mi silencio. Y su rostro hizo algo que no esperaba. Se suavizó.
Sonó el portero automático.
Haruka se puso en pie. No trastabilló. Cogió la botella y el vaso, los llevó a la encimera de la cocina y, cuando llegó al interfono, su voz ya era la que usaba en las escenas del crimen.
—Sube.
Se volvió hacia mí. Su cara ya había hecho el trabajo de cerrarse.
—Esa conversación no ha existido —dijo.
—¿Cuál de las dos?
—Ninguna de las dos.
El apartamento parecía distinto con las luces encendidas.
Haruka había pasado la mañana convirtiendo el piso en una sala de operaciones.
Expedientes en todas las superficies, fotografías pegadas a la pared, la isla de la cocina sepultada bajo bolsas de pruebas y tazas de café.
La fotografía del SFPD seguía vigilando desde arriba, pero ahora tenía compañía: los rostros de cinco mujeres, dispuestos en una línea temporal de muerte.
Tetsuo entró primero, luego Reina. Tetsuo no se sentó a mi lado. Ocupó el extremo opuesto de la mesa con sus propias notas, organizadas aparte de las mías. Reina se fijó. No dijo nada.
—Empieza desde el principio —dijo Haruka—. Conéctamelo todo.
Extendí la línea temporal.
—Desaparecieron cuatro mujeres. Yuki Sato, el 1 de junio. Anna Lindgren, el 4 de junio. Sarah Price, el 7 de junio. La hostess de Roppongi, Mitsui Arai, el 10 de junio. Aki Tanaka debía ser la siguiente, pero huyó.
—Tenemos las piezas —dijo Haruka mientras encendía un cigarrillo—. Lo que quiero saber es qué figura forman.
—La toxicología —dije.
—Los niveles de barbitúricos no corresponden a una sola dosis.
Saqué los historiales del hospital.
—Varias administraciones. En la analítica aparecen distintas fases metabólicas. A estas mujeres no las drogaron una vez y las mataron. Las sedaron una y otra vez, durante varios días.
El cigarrillo de Haruka se detuvo a medio camino de los labios.
—¿Cuántos días?
—A Anna Lindgren la vieron con vida por última vez el 4 de junio. El análisis del río de Sasaki dice que llevaba entre dieciocho y veinticuatro horas en el agua. Dos días de margen.
—¿Lo mismo con las demás?
—A Yuki Sato la vieron por última vez el 1 de junio. El cuerpo entró en el agua el 3. A Sarah Price la vieron por última vez el 7 y entró en el agua el 9.
Coloqué las fechas una junto a otra.
—Todas las víctimas desaparecen dos días antes de entrar en el río. Y la toxicología demuestra que estuvieron sedadas sin interrupción durante ese intervalo.
—No solo las matan —dijo Haruka—. Las retienen.
El tiempo en el río era solo la fase de deshacerse de ellas. El verdadero horror eran los dos días anteriores al agua.
—Los pagos —dijo Reina. Giró el portátil hacia nosotros—. El efectivo que viste en Sakura era el sobre de Okamoto. El precio del silencio del club. Medio millón por cabeza, pagado al local por mirar hacia otro lado.
Dio un golpecito en la pantalla.
—Esto es lo que el comprador pagaba a quienes hacían el trabajo de verdad. Otro dinero. Otro libro de cuentas por completo.
—Cinco millones de yenes por incidente. Diez veces lo que recibía Okamoto, y eso antes de los costes de infraestructura.
Reina no levantó la vista de la pantalla.
—No es una tarifa por matar: vehículos, cámaras apagadas, lugares donde deshacerse de los cuerpos, suministro de fármacos, dos días de cautiverio. Cinco millones es una tarifa por el servicio.
—Una tarifa por el servicio —repetí.
—Pagos periódicos. Método constante. Canales protegidos —Reina alzó la vista—. Y un solo cliente.
—¿Cómo lo sabes?
—La misma procedencia en todas las transferencias. Los importes varían según la complejidad del caso, pero la cuenta no. Quien sea, montó el sistema para sí mismo.
—Los pagos —dije—. ¿Adónde van?
Reina abrió un diagrama: empresas pantalla, cuentas en el extranjero, el tipo de arquitectura financiera diseñada para hacer desaparecer el dinero.
—El efectivo de Okamoto sigue siendo efectivo.
Va en mano, pasa a un bolsillo y desaparece; nunca lo encontrarás sobre el papel.
Pero los cinco millones se mueven por transferencia.
Tres de los pagos pasan por intermediarios distintos.
Bancos distintos, jurisdicciones distintas.
Todos acaban en la misma cuenta de las Caimán.
Registrada a nombre de algo llamado Protocol Seven LLC.
—Un nombre en clave. Posiblemente pensado para que parezca una serie.
Reina no apartó la vista de la pantalla.
—No es una serie. Es la línea de aprovisionamiento de un solo hombre.
Reina rara vez hablaba en términos grandilocuentes. Pensaba en cifras, en patrones, en la distancia entre lo que decía el dinero y lo que quería decir la gente. Cuando llamaba a algo línea de aprovisionamiento, lo decía literalmente.
—Para deshacerse de mujeres —dijo Haruka.
—Para deshacerse de sus mujeres —la corrigió Reina sin levantar la vista—. De las que hacen preguntas. De las que se dan cuenta de las cosas. De las que se vuelven incómodas para él.
Me vibró el móvil. Miré la pantalla.
Watanabe: Espero que la noche te vaya bien. Pienso en ti.
Puse el móvil boca abajo.
Haruka se levantó y se acercó a su pared de pruebas. Descolgó una fotografía y la sostuvo junto a otra.
—El papel pintado —dijo.
Miré. Tres mujeres distintas, tres noches distintas. Detrás de ellas, el mismo dibujo. Burdeos y dorado, art déco.
Reina se acercó a la pared. Descolgó una tercera fotografía. El mismo papel pintado. Luego la cuarta.
Las tres mujeres, salvo Sarah. Fotografiadas en el mismo club en algún momento antes de morir.
—Club Celestial —dijo Haruka—. Un local exclusivo de Ginza.
De esos a los que van los políticos para dejar de ser políticos.
Tuve un informante una vez: Ichiro Takahashi.
Socio capitalista del sitio. Un borracho paranoico.
Siempre hablaba de «acuerdos especiales» para los VIP, de «códigos cero» para las reservas.
Nunca lo presioné porque no creía que importara.
Aplastó el cigarrillo.
—Sí importa.
—¿Crees que hablaría?
—No por voluntad propia. Pero me debe una.
Sacó un móvil de prepago.
—Se reunirá con vosotros esta noche. En el aparcamiento subterráneo que hay bajo su club más nuevo. El edificio es suyo y controla las cámaras.
—¿Por qué iba a fiarse de nosotros?
—No se fiará. Me tiene más miedo a mí que a vosotros.
Escribió y envió el mensaje.
—Dos personas. Si ve policías, sale corriendo.
—Iré con Emily —dijo Tetsuo.
Haruka lo miró.
—Esta mañana me has dicho que los Kurotora te conocen la cara. El club de Ichiro está en su territorio.
—El aparcamiento de Ichiro no es la sala del club.
—La entrada del nivel B3 está vigilada desde el edificio de al lado: un salón de pachinko que regentan los Kurotora. Si te ven entrar, Ichiro estará muerto antes del amanecer y perderemos nuestro único vínculo con los códigos cero.
—Entonces entraré por otro sitio.
—Tetsuo...
—No voy a enviarla ahí sola. —Su voz era átona. Inapelable.
Haruka me miró. La pregunta de sus ojos era clara: «¿Puedes quitarle la idea de la cabeza?».
Yo sabía la respuesta. Ella también.
—Lo más inteligente es que vayan Reina y Emily —dijo Haruka—. Ichiro es de la vieja escuela. Dos mujeres preguntando son una molestia. Un hombre con pasado yakuza preguntando es una sentencia de muerte.
Tetsuo no dijo nada. Lo cual no era lo mismo que estar de acuerdo.
Reina estaba guardando el portátil cuando se detuvo.
—Emily.
—¿Sí?
—Llevas todo el día con el teléfono boca abajo.
La miré. Ella me devolvió la mirada. Nada más. No preguntó de quién era el mensaje. No insistió.
—No es nada —dije.
—Vale.
Tetsuo estaba de espaldas a nosotras. Las manos se le habían quedado quietas sobre el panel de pruebas. Lo había oído.
Haruka rompió el silencio.
—Los promotores son la clave. Ellos organizan a las mujeres, las habitaciones, la limpieza. Son el puente entre los clubes y quien paga cinco millones de yenes por cada muerte. Aprieta a Ichiro con los ceros, con los acuerdos especiales. Sabe más de lo que ha admitido nunca.
—¿Y si es una trampa?
—Entonces desaparecerás como las demás. —Lo dijo sin dramatismo—. Pero Ichiro no tiene estómago para esto. No te fíes de él ni cuando sea sincero. Sobre todo cuando sea sincero.
***
Fuera del edificio de Haruka, los neones se desdibujaban en la lluvia. Faltaban noventa minutos para la reunión.
Reina paró un taxi.
—Nos vemos allí. Quiero repasar el registro del Protocolo Siete una vez más.
Tetsuo caminó a mi lado en silencio. No había dicho una palabra desde la advertencia de Haruka sobre las cámaras de los Kurotora. Tampoco le hacía falta. Llevaba la cremallera de la chaqueta subida, las manos en los bolsillos, y caminaba hacia Roppongi, no hacia el hotel.
—Haruka ha dicho que a tres manzanas.
—Haruka no viene.
—Si los Kurotora te ven...
—Entonces me verán. —No aminoró el paso—. No voy a dejar que vayas ahí sola.
Debería haber discutido más. Debería haberle hecho esperar en el coche, a tres manzanas, como quería Haruka. La verdad era más fea: yo tampoco quería entrar sola. Tetsuo lo sabía. Lo había sabido siempre.
—Protocolo Siete —dijo, y cambió de tema como hacía siempre cuando ya había una decisión tomada y la discusión se había acabado—. Podría significar cualquier cosa.
—Alguien paga cinco millones de yenes por cada muerte. Eso no es casualidad. A esas mujeres las eligieron.
—Pero ¿por qué? —La voz de Reina llegó a través del teléfono; había llamado desde el taxi—. Dos azafatas, una camarera, una periodista y una conductora. ¿Qué tienen en común?
La lluvia arreció. Cuando varias mujeres morían una detrás de otra, siempre había una lógica. Aún no la habíamos encontrado.
Dentro de dos horas, quizá Ichiro pudiera decirnos por qué alguien pagaría millones por hacer desaparecer precisamente a esas mujeres.