Capítulo 18
La playa otra vez.
Odaiba. Esa hora gris y enfermiza antes del amanecer, cuando Tokio parece una ciudad que murió en sueños.
El Red Club ardiendo a nuestras espaldas, el acero chillando al plegarse.
El brazo de mi padre alrededor de mi cuello, su peso tirando de mí hacia un lado, su sangre pintando un rastro en las baldosas blancas que el personal de limpieza se pasaría tres días fregando sin llegar a quitarlo del todo.
En el sueño siempre lo llevo más lejos de lo que llegué a llevarlo en la vida real.
Por el pasillo, atravesando las puertas y cruzando esa ridícula playa artificial, la arena cediendo bajo nuestros pies como si intentara ayudar y no lo lograra.
En el sueño soy más fuerte. Puedo sostenerlo para siempre.
Pero la arena lo vence. Siempre lo vence. Primero las rodillas, ese desplome a cámara lenta de un cuerpo que renuncia a discutir con la gravedad.
Le sujeto la cabeza antes de que golpee el suelo. Lo sostengo como se sostiene algo que ya está roto. Su cara en mi regazo. Sangre en las manos, secándose en los pliegues de las palmas. El sol saliendo, dorado y rojo, sobre la bahía.
«Tú eras lo único bueno».
Esa es la parte en la que normalmente me despierto. Su voz, casi apagada. Las palabras me destripan igual que hace cuatro años en aquella playa, cuando tenía veintidós y era lo bastante estúpida para pensar que ya había ocurrido lo peor.
Pero esta noche el sueño continuó. Esta noche mi padre abrió los ojos, me miró con absoluta lucidez y dijo:
«Vas a hacer exactamente lo que hice yo. Y vas a decirte que es diferente».
Me desperté con los dientes tan apretados que me dolía la mandíbula. Las 4:12 de la madrugada. La habitación del hotel volvió a trozos: el techo, las paredes, la memoria USB en la mesilla donde la había dejado.
Me incorporé. Mi reflejo se recortó en la ventana oscura: una mujer con la ropa de ayer, los pómulos de su madre y la mirada impasible de su padre. ¿Cuándo había empezado a mirarme y a verlo a él?
El techo tenía diecisiete manchas de humedad.
Las conté dos veces porque la alternativa era pensar en un técnico de farmacia de veinticinco años al que le habían temblado tanto las manos que casi dejó caer la memoria USB, que había entretenido a la policía para ganarme tiempo y que estaba muerto antes de que pasara esa hora.
Treinta minutos. Eso había durado su valentía antes de que alguien lo empujara delante de un tren y convirtiera el valor en una noticia de doce segundos.
Podía marcharme. JFK estaba a diecisiete horas.
Tenía pasaporte, tarjeta de crédito y una vida en Manhattan que, técnicamente, aún era mía.
Un apartamento con cerraduras que funcionaban y un deli en la esquina que se sabía mi café de memoria.
Marcus se sentiría aliviado: su periodista estrella de vuelta en la oficina, viva y facturable.
Reina lo entendería. Tetsuo seguramente me llevaría él mismo al aeropuerto.
Solo que cuatro mujeres ya estaban muertas y los hombres que las habían matado seguían eligiendo a la quinta. Y Kenji me había dado todo lo que tenía porque confiaba en que yo lo usaría.
Mi padre había hecho ese mismo cálculo una vez. Puso su vida en la balanza frente a las personas que necesitaban que se echara atrás. Eligió actuar. Eligió salvarme.
Sabía cómo terminaba esta historia. Había vivido el final. Lo había sostenido en mi regazo mientras moría.
Yo seguía allí, en Tokio, con la memoria USB de un hombre muerto sobre la mesilla y la misma certeza obstinada que había matado a mis dos padres clavada en el pecho.
Al otro lado de la pared, el silencio de Tetsuo.
A las 4:47 se abrió su puerta. Pasos en el pasillo. El ascensor.
Volvió veinte minutos después con dos latas de café Boss de la máquina del pasillo. Calientes. De etiqueta amarilla. Se había acordado de cuál tomaba yo.
Abrí la puerta comunicante. Allí estaba, con la misma ropa de las escaleras, sosteniendo las latas como una ofrenda que no sabía si sería aceptada.
—Estás despierta —dijo.
—He soñado con Odaiba.
No preguntó qué parte. Lo sabía.
Entró y se sentó en la cama. En mi cama. No en la silla del escritorio ni en el sillón junto a la ventana. Lo bastante cerca para verle el pulso en el cuello.
Bebimos un café horrible. La habitación olía a polvo de máquina expendedora, a sábanas sin lavar y a dos personas que se habían olvidado de abrir una ventana. Fuera, los primeros camiones de reparto. Un tren lejano. Tokio sacudiéndose el sueño.
—Sus manos —dije—. Las manos de Kenji. Le temblaban cuando me pasó la memoria USB.
Tetsuo hizo girar la lata de café entre las palmas. Despacio. El mismo movimiento que hacía con todo: las tazas de sake, los vasos de cerveza, las vainas de edamame que pelaba como si le hubieran ofendido personalmente.
—Era más valiente de lo que él creía —dijo Tetsuo.
—Estaba aterrorizado.
—Es lo mismo.
Su mano encontró mi rodilla. El calor de la palma a través de los vaqueros de dos días.
Una respiración. Quizá dos.
Luego la retiró y se puso de pie.
—Tengo que comprobar una cosa —dijo—. La memoria USB. Las pruebas de Kenji. O son reales o son una correa, y conozco gente que sabrá distinguirlo.
—¿Qué gente?
—Gente a la que no te presento.
Se palpó los bolsillos. Teléfono. Cartera. Algo que brilló un segundo antes de desaparecer dentro de la chaqueta: un mango plegable, pulido por el uso. No pregunté. Algunas preguntas se responden solas.
—Intenta dormir —dijo—. Volveré antes del mediodía.
Se detuvo junto a la puerta comunicante. Se volvió. Abrió la boca. La cerró.
—Cierra con llave —dijo.
Eché la llave. Me senté en la hendidura aún caliente que había dejado en las sábanas. La lata de café Boss junto a la memoria USB en la mesilla: una por la que valía la pena morir, otra que costaba 150 yenes.
No dormí. Negocié con el sueño, y el sueño ganó por no presentarse.
Las noticias matinales de NHK 1 . La cara del presentador dispuesta en esa expresión inconfundiblemente japonesa de neutralidad preocupada: la boca compasiva, los ojos ya en la comida.
Hombre sin identificar. Aparente suicidio. Estación de Ochanomizu. Doce segundos de imágenes. Andén acordonado, viajeros desviados.
Sin nombre. Sin uniforme sanitario. Ni una mención al valor de un joven, ni a una corrupción antigua, ni a la memoria USB que seguía a tres metros y medio de donde yo había visto, en una pantalla, cómo lo borraban.
Doce segundos. Eso era lo que Kenji Katō valía para las noticias de la mañana.
Apagué el televisor. Abrí el portátil. Los archivos de Kenji.
El archivador de un muerto. Todo numerado.
Todo fechado. Como si hubiera sabido lo que se avecinaba y quisiera ponérselo fácil a quien viniera después.
El vídeo del muelle de carga se reproducía en bucle.
21 de abril. Cajas de secobarbital. Furgoneta negra.
El distintivo del Gobierno en una esquina del encuadre.
El móvil vibró.
Buenos días. Espero que hoy sea mejor que ayer.
Watanabe. 6:23 de la mañana.
Respondí: Estoy en ello.
Dejé el móvil. Volví al vídeo del muelle de carga.
El distintivo del Gobierno. El perfil a medias del hombre. Lo miré fijamente hasta que se me nubló la vista y cualquier rostro de Tokio habría podido encajar en aquella silueta.
Al final, sin decidirlo, me quedé dormida. De esos sueños que no son más que un golpe de Estado del cuerpo. No soñé con nada, lo cual fue lo más amable que había hecho mi cerebro por mí en semanas.
Parecía distinto. Busqué sangre primero; una aprende a hacerlo cuando la gente que la rodea no deja de desangrarse. No se le veía ninguna herida nueva. Pero algo había cambiado. Los dos años de Nueva York habían desaparecido de su rostro. Se quedó en el umbral, en tensión, vigilante.
Olía a humo de cigarrillo y a salones de pachinko.
—La memoria USB está limpia —dijo, y se sentó al escritorio sin ceremonias—.
Las pruebas de Kenji son auténticas. La cadena de suministro de los Yamada ya se conoce: familia médica de toda la vida, acuerdos de distribución con la yakuza.
Corrupción corriente. Lo que no es corriente es quién lleva haciendo los pedidos.
—¿Quién?
—Un grupo llamado Kurotora-gumi. Nuevo. Se formó con los restos de familias que se desmoronaron después de los juicios Murakami. —Me miró—. Después de tu reportaje.
—Aceptan los encargos que las familias establecidas rechazan —dijo Tetsuo—. Trabajos para el Gobierno. Eliminación. Encargos que acaban con mujeres en los ríos.
—Hay algo más.
Esperé. La pausa se alargó más de lo que solían durar sus cálculos.
—Conocen mi cara —dijo—. Los Kurotora. Algunos fueron soldados rasos de los Murakami. Gente de poca monta. Takeshi nunca se fió de ellos. Pero recuerdan quién se marchó y, según sus cuentas, marcharse equivale a traicionar.
—¿Irían a por ti?
—Irían a por mí. No por esta investigación. Porque abandoné un mundo que no tiene puerta de salida. —Se tocó la cicatriz de la mandíbula. Ni se dio cuenta de que lo hacía—. Deudas antiguas.
Aquella mañana había entrado en Kabukicho sabiendo todo eso. Se había sentado frente a alguien que le había dicho que su antiguo mundo lo quería muerto y luego había vuelto aquí con datos sobre el café y una navaja plegable en la chaqueta.
Quise cruzar el poco más de un metro de moqueta de hotel que nos separaba, ponerle las manos en la cara y decir algo que deshiciera las dos últimas semanas.
No me moví.
—Reina —dijo, ya superado aquello, otra vez a lo suyo—. Puede meternos en el Grand Hyatt. Las grabaciones de seguridad del hotel; si el Gobierno coordina desde allí la recogida y el transporte, las cámaras han captado algo. Hasta las grabaciones borradas dejan fantasmas.
Cogí el móvil. El mensaje de Watanabe seguía en la pantalla.
Buenos días. Espero que hoy sea mejor que ayer.
Los ojos de Tetsuo lo recorrieron. Un destello. Nada más. No hizo ningún comentario. Se limitó a esperar mientras yo marcaba el número.
Reina respondió al segundo tono, con voz de tres horas de sueño y un paquete de Seven Stars.
—Necesito el Grand Hyatt —dije—. La oficina de seguridad. Las grabaciones de las cámaras del 1, el 4 y el 7 de junio. De noche, tarde.
—El jefe de seguridad es expolicía. Corrupto, pero cuidadoso. —Chasquido de mechero—. Dame dos horas y te lo mando por correo.
Estaba a punto de colgar.
—Una cosa más. —Una risa corta, baja y amarga—. Keiko Okada. Despacho de Akasaka. La mujer más cara de Tokio y un equipo de derecho constitucional de guardia. Tiene los expedientes de las dos. Si alguna desaparece del mapa cuarenta y ocho horas, sale a cazar.
—¿Desde cuándo?
—Desde anoche. Después de lo de Kenji.
Una pausa larga. Solo el mechero. No dio más explicaciones. No le hacía falta.
—Vale.
—No discutas.
—No pensaba hacerlo.
Colgó.
Tetsuo estaba junto a la ventana. Vigilaba la calle.
—El café era asqueroso —dije.
—El café siempre es asqueroso.
No llegó a ser una sonrisa. Lo más parecido a una que me había ganado en días.
Pensé en Nueva York. En el apartamento con las cerraduras que funcionaban. En la versión de Emily Watson que aún podía marcharse y llamarlo sensatez.
Mi padre había estado ante esa misma puerta. La había cruzado. Nunca volvió.
Yo no soy él. No dejaba de repetírmelo, igual que los borrachos insisten en que están sobrios, con mucha convicción y ninguna prueba.
Entonces abrí el portátil y la grabación póstuma de Kenji arrancó donde la había dejado: la furgoneta negra, el muelle de carga, el distintivo del Gobierno atrapando la luz en una esquina del encuadre.
Alguien de aquel encuadre había ordenado que Kenji acabara en las vías.
Iba a encontrar su cara.
1. La radiotelevisión pública de Japón.