Cuatro mujeres en el río (Serie Emily Watson 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

La enfermera de noche iba por su tercer cigarrillo en quince minutos; encendía cada uno con la brasa del anterior. El pijama sanitario tenía ese tono concreto del agotamiento: lavado demasiadas veces, gastado hasta el punto de que ya daba igual.

Se llamaba Yumi. La había encontrado leyendo papeles que nadie espera que leas: tres semanas de informes de discrepancias de sustancias controladas en cuatro hospitales de Tokio, conseguidos por una vía extraoficial y por un administrativo que le debía un favor a Reina.

La mayoría llevaba firmas de supervisores que sellaban sin más la conclusión oficial.

Una enfermera firmaba siempre la línea de disconformidad del pie, el recuadro donde el personal podía dejar constancia de su desacuerdo.

Abril. Mayo. Junio. Cada nota, más breve que la anterior.

Veinte minutos. Sin nombres, sin grabaciones, sin gilipolleces.

—Hace dos meses.

Yumi no nos miraba; observaba los camiones de servicio al ralentí en la zona de carga.

—Abril. Una discrepancia enorme en el inventario. Doscientas dosis de secobarbital, desaparecidas. La dirección lo llamó «error de documentación».

—Pero no lo era.

—Cuando se trata de sustancias controladas, nunca es un error de documentación.

Sacudió la ceniza sobre el hormigón mojado.

—Alguien con códigos de acceso hizo desaparecer esas drogas. Lotes concretos. Tres partidas, todas del mismo distribuidor.

—¿Qué distribuidor?

Me enseñó una foto en el móvil: un registro de entregas.

—Yamada Medical Supply. Empresa grande, de propiedad familiar. Nos suministra desde hace veinte años.

El número de factura estaba escrito a mano al pie: YMS-2028-0421-7.

Le hice una foto.

—La noche del 21 de abril las cámaras se cayeron por mantenimiento. Un corte programado. Alguien sabía exactamente cuándo actuar.

Aplastó el cigarrillo.

—Hay un chico que trabaja de noche en farmacia. Kenji. Un tipo nervioso, lo fotografía todo; tiene la paranoia de que le echen la culpa de las pérdidas. Esa noche cargó camiones. Vio cosas que no debía ver.

Me escribió un número en la mano.

—No hablará fácilmente. Perdió a su novia el año pasado en un «suicidio».

Le vibró el teléfono.

—Tengo que irme. Llama a Kenji.

***

Línea Chūō, 00:43 Día 11, 25 de junio

El andén estaba casi vacío. Oficinistas borrachos desplomados en los bancos, un trabajador del turno d e noche que se comía un onigiri 1 sacado de una bolsa de konbini, una pareja que discutía en susurros al fondo.

Los fluorescentes zumbaban y parpadeaban, y proyectaban sombras que saltaban cada pocos segundos.

A Kenji se le veía a través de la ventanilla del tren; era el único con uniforme sanitario.

Iba sentado en el último vagón, con la bolsa sobre el regazo y los brazos alrededor de ella.

Veinticinco años, quizá menos. Las ojeras moradas y grisáceas eran de alguien que llevaba semanas sin dormir bien. No paraba de mover la pierna izquierda.

Había llamado al número que Yumi me había escrito en la mano. Respondió al primer tono, lo que me dijo que llevaba tiempo esperando. A que alguien, por fin, preguntara.

Tetsuo barrió el andén con la mirada antes de que subíeramos. Rápido, metódico: los viejos hábitos. Asintió y subimos.

Me senté frente a Kenji. De cerca era más joven de lo que había imaginado.

Tenía cicatrices de acné en las mejillas y la tarjeta de farmacia colgada de un cordón, con la foto plastificada y agrietándose por los bordes.

Kenji Katō, técnico de farmacia. En la foto casi sonreía.

El hombre que tenía enfrente no parecía recordar cómo se hacía.

Tetsuo se quedó junto a la puerta, vigilando el andén a través del cristal.

—Has llegado pronto.

La voz de Kenji era apenas un susurro. Tenía los dedos blancos sobre la correa de la bolsa.

—Enséñamelo rápido.

Le temblaban las manos cuando sacó el móvil. La pantalla estaba rota en una esquina y se mantenía entera con una tira de cinta transparente.

—Lo fotografío todo. Control de inventario.

Fue pasando imágenes; el pulgar le daba tirones y fallaba, se pasaba de largo, volvía atrás.

—21 de abril. Fotografié todas las cajas.

Cajas de secobarbital que cargaban en una furgoneta negra. Sin distintivos médicos. Ninguna matrícula a la vista.

—Mira esto.

Amplió la esquina de una de las imágenes. Un hombre supervisaba la carga. Traje caro, cortado a medida, de los que no se compran hechos.

—No sabía qué estaba viendo. Entonces no. Pero después de Mika…

Se detuvo. Tragó saliva. El nombre de su novia quedó ahí, en el espacio entre los dos.

—Después de Mika empecé a prestar atención. Empecé a guardarlo todo. Sabía que las drogas salían de mi farmacia. Los números de lote coincidían.

Se le quebró la voz.

—Las drogas que mataron a esas mujeres pasaron por mis manos. Yo las conté. Yo las puse en las estanterías. Yo firmé los registros de inventario.

—Tú no lo sabías.

—Eso no le sirve de nada a Mika.

—¿Por qué ahora? —pregunté—. ¿Por qué yo?

El pulgar se le quedó quieto en la pantalla.

—Llevo dos meses buscando. A un periodista al que no pudieran alcanzar. El Asahi , el Yomiuri : basta una llamada y la historia muere. O muero yo.

Alzó la vista hacia mí y volvió a apartarla.

—Luego leí lo de tu madre. Y pensé que quizá su hija fuera la que lo terminara.

Puso en la pantalla la foto de un portapapeles. Instrucciones de entrega. Una dirección en Minato.

—No es un hospital. Es un edificio privado. Pasé por delante una vez en coche. Verja, cámaras, de esos sitios que no quieren visitas.

El mismo punto que describió Aki. El mismo punto de las imágenes de la cámara del salpicadero. El patrón se iba cerrando.

Kenji metió la mano en la bolsa y me puso algo en la palma. Una memoria USB, lo bastante pequeña para cerrar el puño alrededor. Tenía los dedos fríos y húmedos, y le temblaban contra mis nudillos.

—Está todo ahí. Facturas, fotos, números de lote. Imágenes de seguridad que guardé antes de que las borraran.

Retiró la mano y la acunó en el regazo.

—Si me pasa algo, seguirá existiendo. Eso es lo que importa.

Si me pasa algo.

Debería haberme detenido. Debería haber escuchado lo que me estaba diciendo. Un hombre que ya había calculado el precio y había decidido pagarlo. Un hombre que me entregaba la única baza que lo mantenía con vida.

Cogí el USB y me lo guardé en el bolsillo.

El tren redujo la velocidad al acercarse a la estación de Yotsuya. Por la ventanilla vi deslizarse el andén. Y, al fondo, de pie, con las manos en los bolsillos, observando nuestro vagón con la tranquila atención de un hombre al que le habían indicado exactamente qué vagón vigilar…

El señor Z.

Traje azul marino. Rostro anodino. Un conjunto de facciones diseñado para desaparecer de tu memoria en cuanto dejabas de mirarlo.

No se ocultaba. No fingía esperar un tren.

Estaba al borde del andén, con un cigarrillo sin encender entre los dedos, haciéndolo girar despacio, y me miraba directamente a través del cristal.

No miraba a Kenji. Me miraba a mí.

Sabemos dónde estás. Sabemos con quién hablas. Hemos dejado que esto ocurra.

Tetsuo lo vio en el mismo instante. Se le tensaron los hombros y la mano se le fue al interior de la chaqueta, donde el viejo instinto seguía buscando un arma que ya no llevaba.

—Tenemos que irnos —dijo Tetsuo—. Ahora.

Dos agentes de la policía ferroviaria entraron en nuestro vagón por la puerta de comunicación. Se movían con determinación, directos hacia nosotros.

Kenji los vio. Vio al señor Z a través de la ventanilla. Y algo se cerró en su rostro: el terror se comprimió hasta convertirse en una expresión plana y resuelta que una vez había visto en la cara de mi padre, en los instantes previos a que hiciera algo irreversible.

Se levantó y caminó hacia los agentes.

—Estas personas me estaban molestando —dijo, lo bastante alto para que lo oyera todo el vagón—. Me estaban preguntando por drogas.

Los agentes se volvieron hacia nosotros. La distracción nos dio unos segundos.

Al otro lado de la ventanilla, el señor Z no se había movido. Las puertas se abrieron. Bajamos al andén y miré atrás.

Kenji respondía a las preguntas de los agentes y ya no le temblaban las manos. Estaba tranquilo. Era la calma de un hombre que había tomado su última decisión. Me miró a través del cristal: una sola mirada, breve e inescrutable; después, las puertas se cerraron entre nosotros.

El señor Z había desaparecido del fondo del andén.

Pero yo sabía adónde se dirigía. Iba adonde fuera el tren de Kenji, porque Kenji ya había cumplido su propósito y ahora era un cabo suelto.

Había sido procesada. Eso era lo que había dicho de Anna. El asesinato es emocional. Procesar a alguien no es más que papeleo.

Tetsuo me arrastró hacia la salida. Me dejé llevar. El USB estaba en mi bolsillo, con las huellas de Kenji todavía tibias en la carcasa.

***

A pie de calle, 1:15 a. m.

Aguantamos tres manzanas antes de que me permitiera respirar.

—Se sacrificó —dije—. Hizo que creyeran que nos había delatado.

—Se compró tiempo —respondió Tetsuo con voz inexpresiva.

Cogimos un taxi. Le dimos al conductor una dirección a tres manzanas del hotel. Tetsuo vigilaba la ventanilla trasera. Yo apretaba el USB en el puño y los bordes se me clavaban en la palma.

Veinte minutos de silencio. El taxímetro corriendo. Tokio a la una de la madrugada desfilando al otro lado del cristal: tiendas abiertas las veinticuatro horas, salones de pachinko aún iluminados, un hombre borracho sentado en el bordillo, hablando con sus zapatos.

Sonó mi móvil.

Haruka.

—Han encontrado un cadáver. Varón, veintitantos años, con uniforme de hospital. En la estación de Ochanomizu.

—¿Cuándo?

—Hace diez minutos. Suicidio aparente. Se ha arrojado a las vías delante de un tren. —Hubo una pausa. La pausa que significaba que no se creía la palabra que estaba a punto de pronunciar—. Identificación de la farmacia. Se llamaba Kenji Katō.

El USB en mi puño. Sus huellas en la carcasa. Su voz: Si me pasa algo, seguirá existiendo. Eso es lo que importa.