Capítulo 16
El mensaje me llegó mientras fingía que almorzaba: «Tengo imágenes del interior del Club Sakura. De la sala donde murieron. Dentro de una hora. Jardín de la azotea de Mitsukoshi. Ven sola o desaparezco».
Debería haber reconocido el cebo, demasiado perfecto, la manera en que me rascaba justo donde me picaba. Pero cuatro días sin dormir de verdad te vuelven estúpida de formas muy concretas, y yo era exactamente esa clase de estúpida mientras subía en el ascensor hasta la décima planta.
El jardín de la azotea era uno de esos espacios agresivamente agradables que a Tokio se le daban tan bien: naturaleza ordenada para gente que ya había olvidado cómo era la naturaleza de verdad.
Oficinistas en los bancos, con sándwiches de konbini.
Madres jóvenes que empujaban carritos entre parterres cuidados al milímetro.
Un hombre de negocios daba de comer a las carpas del estanque ornamental, con el nudo de la corbata aflojado lo justo para insinuar relajación.
Normal. Seguro. El tipo de sitio donde no podía pasar nada malo porque todos estaban mirando cómo los demás fingían que nunca pasaba nada malo en ninguna parte.
Estaba sentado en el banco, junto al cenador de glicinias, leyendo el periódico como si acabara de salir de una película de espías de 1987.
Traje azul marino, cara anodina, el tipo de hombre que olvidas antes de terminar de mirarlo.
Eso debería haber sido la segunda advertencia.
La primera fue cuatro noches antes, en un ascensor de Toranomon, cuando un hombre con un traje del mismo corte subió en la planta 33 y se quedó de pie a cuarenta y cinco centímetros de mí, con tres gotas de sangre en el zapato y una cara que se me borró de la memoria antes de que las puertas se abrieran en el vestíbulo.
No podía estar segura. En eso consistía precisamente una cara como la suya.
Pero el traje tenía el mismo corte. La complexión encajaba.
Y aquella inmovilidad mecánica —sin cambios de peso de un pie al otro, sin ajustes, un cuerpo sostenido en su sitio por la disciplina y no por la comodidad— era la misma quietud a cuya espalda me había quedado yo en una caja de paredes de latón, contando los números de las plantas mientras la sangre de un forense muerto se secaba sobre el cuero, a cuarenta y cinco centímetros de mis pies.
—Señorita Watson.
No levantó la vista del periódico.
—Puntual. Su padre nunca lo fue.
—¿Conocía a mi padre?
—En ciertos círculos, todo el mundo había oído hablar de Jack Turner.
Dobló el periódico con una precisión que delataba práctica. O patología.
—Siéntese. Está llamando la atención ahí de pie, como si estuviera decidiendo si echar a correr.
Me senté y mantuve la distancia entre los dos. A nuestro alrededor, la multitud de la tarde de Tokio seguía a lo suyo, entregada a su felicidad comprada. Una pareja se hacía selfis al borde del jardín. A salvo entre testigos.
—¿Las imágenes? —dije.
—No hay imágenes.
El periódico reposaba perfecto sobre sus rodillas, sin una arruga fuera de sitio.
—Pero eso ya lo sabía, ¿verdad? Una parte de usted. La parte lista, la que le dio su madre.
—¿Quién es usted?
—Llámeme señor Z.
Sacó un cigarrillo, pero no lo encendió. Se limitó a sostenerlo entre dos dedos y hacerlo girar despacio. El ascensor. El mismo gesto. El mismo atrezzo sin encender.
—Ha estado haciendo preguntas. Me ha parecido que deberíamos hablar.
La pareja de la cámara se había marchado. Las madres habían metido los carritos dentro. Incluso el hombre de las carpas había desaparecido. Estábamos solos en medio de una multitud, que era peor que estar solos a puerta cerrada.
—Tiene cosas que nos pertenecen —dijo—. Documentos. Grabaciones. Teorías que se van ordenando en patrones peligrosos.
No respondí. Mantuve las manos quietas en el regazo. Grabando, observando, archivando cada detalle como me había enseñado mi madre.
—Esto es lo que va a pasar ahora.
Lo dijo como quien lee el horario de un tren. —Usted lo deja. Borra lo que tiene. Se sube a un avión de vuelta a Nueva York.
—¿Y si no lo hago?
—Anna Lindgren no se detuvo. Sarah Price tampoco.
El cigarrillo giró entre sus dedos.
—Ha leído el expediente. Sabe cuál es la palabra. Procesada . Asesinar es algo emocional. Procesar no es más que papeleo.
La palabra se quedó ahí, entre los dos. Procesada. Como una factura. Como un formulario sellado y archivado.
—Su madre no recibió ningún aviso —dijo—. Ella también hizo demasiadas preguntas.
—Mi madre murió —dije, y la voz me salió plana—. Yo sigo aquí.
El señor Z hizo una pausa. Por primera vez, me estaba reconsiderando.
—Ahora habla como su padre.
—Bien.
La palabra nos sorprendió a los dos. Pero no me retracté.
Me estudió un largo instante, con la mirada del depredador que observa algo que ha dejado de huir.
—Veinticuatro horas —dijo—. Después, su nota de suicidio la escribiremos nosotros.
Se levantó y se guardó el cigarrillo sin encender.
—Tenemos práctica.
—La gramática está mal —dije—. En las notas. Las escribe alguien japonés.
Se detuvo. No se dio la vuelta. La quietud se mantuvo tres segundos. Después echó a andar hacia el ascensor, y su figura olvidable quedó absorbida por los turistas que volvían y sus teléfonos.
El guardia de seguridad del ascensor no se movió, pero no me quitó los ojos de encima mientras yo seguía sentada.
Me quedé otros diez minutos en el banco, mirando cómo Tokio seguía con su tarde. Millones de personas viviendo su vida, sin saber que existían hombres como el señor Z en los huecos entre su normalidad. Procesando problemas. Haciendo desaparecer mujeres.
El cuerpo del Dr. Takuya había aparecido la mañana siguiente a nuestra visita.
Al parecer, un robo que se había torcido, decían los periódicos.
Un forense sometido a presión profesional.
Había leído el artículo en el móvil y había pensado en cortinas de color crema, en zapatos relucientes y en un hombre que al asesinato lo llamaba procesar .
Me vibró el móvil. No era Tetsuo.
Watanabe: «Hoy estoy pensando en ti».
Escribí: «Gracias. Ha sido un día largo».
Lo envié antes de pensármelo dos veces.
«Espero que mañana sea más fácil. Dime si necesitas algo».
Me guardé el móvil en el bolsillo. El hombre de negocios había vuelto al estanque de las carpas y echaba comida a unos peces demasiado bien alimentados para que les importara.
***
Vestíbulo del Hotel Okura Tokio, 16:15
Tetsuo me esperaba en el vestíbulo, sentado en un sitio desde el que veía las tres entradas.
—Has estado fuera tres horas —dijo.
—Lo sé.
—¿Dónde?
Le conté lo del señor Z. El rostro anodino.
El cigarrillo sin encender. El ultimátum de veinticuatro horas.
Le dije que era el mismo hombre del ascensor de Toranomon: el mismo traje, la misma quietud, un rostro que ya se me había borrado una vez y que se me estaba borrando otra vez.
Le conté todo salvo los mensajes de Watanabe.
Tetsuo escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, se quedó callado un largo rato.
—Has ido sola —dijo al fin.
—El mensaje decía que fuera sola.
—Y te has creído un mensaje de un número desconocido que te ofrecía justo lo que necesitabas.
—Estaba cansada. Me he equivocado.
—Tú no cometes errores así. —Sus ojos se encontraron con los míos—. Has ido porque querías saber a quién enviarían. Los estabas poniendo a prueba.
Tenía razón. No me lo había admitido a mí misma hasta que lo dijo él, pero tenía razón. Una parte de mí sabía que era una trampa. Otra parte había entrado de todos modos, con curiosidad por ver qué forma tenía la amenaza.
—¿Qué más no me estás contando? —preguntó Tetsuo en voz baja.
—Nada —respondí.
Me observó un largo rato. Yo lo miré mientras me miraba.
—Vale —dijo finalmente.
Caminamos hasta el ascensor en silencio. Subimos a la planta treinta sin decir una palabra. Nos detuvimos ante nuestras puertas contiguas.
—Veinticuatro horas —dijo Tetsuo.
—No me voy.
—Lo sé. —Abrió la puerta y se detuvo—. Tu padre también se habría quedado. Habría tomado la misma decisión.
—¿Eso es un cumplido o una advertencia?
—Ya no lo sé.
Su puerta se cerró. El cerrojo hizo clic.
Llamaron a la puerta quince minutos después.
No esperaba a nadie. Tetsuo habría mandado un mensaje antes. Reina estaba en el hospital con una fuente.
Miré por la mirilla.
Watanabe. Con una carpeta en la mano.
Abrí la puerta.
—Lo siento —dijo—. Debería haber llamado antes. Es que... —Levantó la carpeta—. He encontrado algo. Sobre Yoshida. No quería mandártelo por medios electrónicos.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
Pareció avergonzado.
—Se lo pregunté a un contacto de la oficina de prensa extranjera. Tienen registrado tu alojamiento para la revisión del visado. —Cambió el peso de un pie al otro—. Sé cómo suena. Puedo dejarte la carpeta y marcharme.
—Pasa —dije.
Se movió por la habitación con cuidado, como hacen los invitados en los espacios ajenos: sin tocar nada, sin salir del centro de la estancia, sin sentarse hasta que le señalé la silla. Dejó la carpeta en la mesa junto a la ventana.
—El inspector Yoshida —dijo—. El hombre que amenazó tu visado. Llevo tiempo consultando su expediente con discreción, desde que me hablaste de él.
Extendió los documentos sobre la mesa. Memorandos internos. Informes disciplinarios. Una fotografía de Yoshida aceptando un sobre de manos de alguien con un traje caro; la imagen era granulosa, pero inconfundible.
—Hace cuatro años lo investigaron por corrupción —dijo Watanabe—. Lo acusaban de aceptar pagos de negocios de los barrios de ocio para hacer desaparecer denuncias.
Cogí uno de los memorandos. El lenguaje era burocrático, cauteloso, pero el significado estaba claro: alguien había dado la voz de alarma sobre Yoshida. Alguien se había fijado en ciertos patrones.
—La investigación se archivó por falta de pruebas. —Se recostó en la silla—. Dos denunciantes retiraron sus declaraciones. Una se trasladó a Osaka. La otra dejó de contestar al teléfono por completo.
—¿Y qué fue de él después?
—Lo ascendieron. Dos veces. —Watanabe volvió a recostarse en la silla—. Ahora se ocupa de casos delicados. Periodistas extranjeros que hacen preguntas incómodas. Ese tipo de cosas.
—Te estás arriesgando dándome esto.
—He tenido cuidado. —Miró la carpeta y luego a mí—. Emily, tengo que decirte algo, y lo voy a decir mal porque no se me da bien esto.
Esperé.
—Después de nuestra cena, no podía dejar de pensar en ello.
No en... no en el beso. En lo que dijiste de tu madre.
Seguir las reglas. Morir por ello. —Ahora se miraba las manos y hacía girar la alianza, la que todavía llevaba, seis años después—.
Mi mujer también siguió las reglas. Se tomó la medicación, acudió a todas las citas, hizo todo lo que le dijeron los médicos. Y no fue suficiente.
Se detuvo. La alianza siguió girando.
—No pretendo... Sé la impresión que da esto. Un funcionario del Gobierno, a estas horas de la noche, en una habitación de hotel. —Soltó una risa breve e incómoda—. Reina me mataría. Tu amigo Tetsuo me mataría de verdad.
Casi sonreí.
—Probablemente.
—Solo... ten cuidado. Por favor. —Alzó la vista—. No quiero que acabes como ellas. Como las mujeres de tu artículo.
La alianza dejó de girar. Tenía la mirada firme y en ella vi algo que reconocí: ese agotamiento tan concreto de quien lleva tanto tiempo luchando contra un sistema desde dentro que ya sabe que el sistema va ganando.
O eso me dije a mí misma que había visto.
—Gracias —dije—. Por el expediente. Y por... por venir.
Se puso de pie.
—Debería irme. Antes de que tu amigo de al lado oiga voces y atraviese la pared.
Se detuvo en la puerta.
—Ten cuidado con Yoshida —dijo—. Y… ten cuidado de en quién confías. No todos los que te ayudan te están ayudando.
—¿Tú incluido? —lo dije en tono ligero. Una broma.
Sonrió. Con tristeza, casi.
—Sobre todo yo. La confianza es algo que me tengo que ganar.
La puerta se cerró tras él.
Desplegúe los documentos de Yoshida sobre la cama y me puse a leer. Eran exhaustivos. Demoledores. El tipo de material que exige acceso real y riesgo real para reunirlo.
O Watanabe era el aliado más valioso que había tenido nunca, o estaba demasiado cansada para ver claro.
No le conté a Tetsuo lo de la visita.
Me dije que era porque Tetsuo exageraría. Vería amenaza donde había amabilidad, manipulación donde había preocupación. Lo reduciría todo a la cena, al beso, a esas dos horas que solo habían sido una cena.
Eso me dije.
No se lo conté a nadie.