Capítulo 12
Era más menuda de lo que parecía en las fotos.
Ese fue mi primer pensamiento cuando vi a Aki Tanaka sentada en el banco junto a la entrada del santuario, y desde luego nada muerta.
Llevaba una gorra de béisbol calada hasta las cejas, unas gafas de sol enormes y una chaqueta de alguien que le doblaba el tamaño.
Un disfraz de aficionada, pero lo bastante eficaz si no la estabas buscando. No paraba de mover la pierna.
Miré el móvil. El mensaje de Tetsuo: «En posición. Está sola. Dos oficinistas a las tres, una mujer con un carrito a las nueve. Todo despejado» .
Aki me vio acercarme y se tensó, lista para salir corriendo.
Se llevó la mano al bolsillo. Mantuve las manos a la vista, avancé despacio y me senté en el extremo opuesto del banco, dejando entre las dos espacio suficiente para que se sintiera segura.
De cerca, el agotamiento se le notaba en el cuerpo.
Ojeras visibles incluso tras las gafas de sol. Las uñas, mordidas hasta la carne.
—Has venido —dijo en inglés. Tenía un acento marcado, pero se la entendía bien.
—Se supone que estás muerta.
—Lo estaba. —Se subió la manga y me mostró la marca de nacimiento. Era real, no estaba retocada con Photoshop—. Creyeron que estaba en el río. Dejé que lo creyeran.
Pasó un grupo de turistas y la voz amplificada del guía ahogó nuestra conversación. Aki esperó, rígida, hasta que se alejaron.
—¿Quiénes son ellos?
—¿Podemos caminar? Sentada me pongo nerviosa. Es demasiado fácil agarrar a alguien que está sentado.
Caminamos hacia el edificio principal del santuario mientras los turistas fluían a nuestro alrededor. Su parloteo, una cortina de sonido.
—Necesito grabar esto —dije, y saqué el móvil.
—Sin nombres. Sin fotos.
—Solo audio. Solo tu historia.
Asintió. Pulsé grabar y mantuve el móvil bajo.
—Las flores —dijo—. Orquídeas blancas. No paro de pensar en las orquídeas blancas.
No era por donde esperaba que empezara.
—¿Qué orquídeas?
—En el hotel. En el vestíbulo, en la zona VIP. Solo ponen orquídeas cuando hay alguien importante. —Caminaba deprisa, demasiado deprisa, y yo igualé su paso—. Recojo clientes en ese hotel a todas horas. El Grand Hyatt de Akasaka. Me conozco las entradas, las cámaras.
—¿Qué noche? Empieza por el principio.
Negó con la cabeza.
—No sé dónde está el principio.
—Anna Lindgren. Tú la llevaste.
—Anna. Sí. —Algo se le suavizó en la voz—.
Era una habitual mía. Dos o tres veces por semana.
VTC, turno de noche. Buen dinero si sabes qué zonas, qué horas.
Aprendes cosas. Qué oficinistas dejan propina, qué chicas de los clubes necesitan...
—Buscó la palabra—. Viajes discretos . Qué calles evitar.
Subimos despacio los escalones del santuario.
—Anna era diferente —continuó Aki—. Las otras chicas extranjeras solo quieren llegar a casa sanas y salvas, ¿no? Anna hacía preguntas. Sobre mis pasajeros, sobre Ginza. Dejaba demasiada propina.
—¿Qué tipo de preguntas?
—Quién va adónde. Qué hombres de qué clubes.
Tenía una libreta y anotaba cosas. —Aki se detuvo en lo alto de los escalones y examinó a la multitud de abajo.
No era casual: sistemático—. Pensé que tal vez era policía.
O que estaba loca. Pero ella también tenía miedo, así que... —Dejó la frase en el aire.
—El cuatro de junio —la animé—. El último viaje.
—El cuatro de junio, sí. Tarde. Me pidió a mí, a las once de la noche, puede que más tarde.
Recogida normal, en su apartamento. Pero llevaba una bolsa.
Una bolsa grande, como si se marchara. —Aki se apretaba las manos, nudillo contra nudillo—.
Primero quería ir a un cajero. Tres bancos distintos, el máximo de efectivo en cada uno.
Luego dijo que condujera. Que condujera sin más. Una hora, dando vueltas y más vueltas.
—¿Por qué?
—Estaba esperando una llamada. No paraba de mirar el móvil, mirar y mirar. —Aki imitó el gesto, la ojeada compulsiva—. Entonces, hacia medianoche, llegó la llamada. Después me dio la dirección. El Grand Hyatt.
De repente nos rodeó un grupo de escolares y su profesor se disculpó. En medio del caos, Aki volvió a mirar el móvil: un gesto rápido, furtivo, atenta a algo en la pantalla.
—En el hotel —dije, para devolverla al tema.
—Me dijo que esperara. Veinte minutos. Volvió con un hombre.
—Descríbelo.
—Delgado. Japonés. El traje era... —Se tocó la chaqueta, buscando la palabra—.
No era un traje normal. Muy caro. Los zapatos...
Recuerdo los zapatos porque eran como el agua.
Brillantes, suaves, de esos que nadie se pone para salir a la calle.
Hechos a mano, quizá. —Hizo una pausa—. Y un alfiler.
En la... —Se tocó el pecho, cerca del cuello.
—La solapa. ¿Qué clase de alfiler?
—Pequeño. Dorado. Como un... ¿crisant emo 1 ? La flor. Con un aspecto muy oficial.
—¿Le viste la cara?
—No. Lo primero que dijo al subir fue que moviera el espejo. Señaló el retrovisor, así. —Hizo un gesto seco—. Lo moví. Estaba asustada. Haces lo que hace la gente asustada, ¿sabes? Obedeces.
Entramos en el patio interior del santuario. Más turistas, más cobertura. Las campanas de oración repicaban sin parar, bronce contra bronce.
—El hombre me dio una dirección. Un camino de servicio, junto al río. —Bajó la voz—. El Sumida.
—El mismo sitio donde encontraron el cuerpo de Anna.
—No lo sabía entonces. —Tenía los ojos húmedos detrás de las gafas de sol—.
Anna lloraba. En silencio, en el asiento de atrás.
El hombre estuvo al teléfono todo el trayecto.
Hablaba de... —Se detuvo. Tragó saliva—.
« Arreglos ». Dijo esa palabra. Y algo parecido a « limpiar ».
Y otra palabra que no entendí: ¿« roster »? ¿Como una lista?
—Borrar el registro —dije.
—Puede ser. No lo sé. Mi inglés... —Negó con la cabeza—. Bajaron en la carretera de servicio. El hombre me dio dinero en efectivo.
—¿Cuánto?
—Cincuenta mil yenes. Me dijo que olvidara ese trayecto.
Que lo borrara. —Hizo los gestos de lavarse las manos en la fuente de purificación.
El ritual parecía automático, algo que su cuerpo recordaba mientras su mente estaba en otra parte—.
Borré el viaje de la aplicación esa misma noche.
Pero el sistema guarda copias de seguridad.
En la nube activa, durante siete días. Después pasa al archivo corporativo; ese tienen que conservarlo siete u ocho años.
—¿Lo guardaste?
—Capturas de pantalla. Siempre hago capturas; por si hay clientes problemáticos, ya sabes.
Una costumbre paranoica. —Soltó algo amargo que no llegó a ser una risa—.
A la mañana siguiente, la nube activa había desaparecido.
Todo el trayecto, borrado de mi aplicación.
Alguien de dentro de la empresa, quizá. Pero yo ya tenía las capturas.
Compré dos omamori 2 —amuletos protectores—, lo que nos dio un motivo para quedarnos cerca del pabellón principal.
—¿Qué pasó después de que encontraran a Anna?
—Dos días después. Un hombre vino a mi piso.
—Le volvieron a temblar las manos—. Dijo que se llamaba Kenzo.
Tenía fotos. El cuerpo de Anna. En su teléfono, simplemente...
me las enseñó. Como si no fuera nada. —Sacó su propio teléfono y me mostró una imagen granulada tomada a través de la mirilla de una puerta.
Un japonés de poco más de cuarenta años, facciones afiladas, ojos muertos—.
Dijo que podía acabar como ella o desaparecer.
Sabía lo del trayecto, lo del dinero, todo.
—¿Cuándo decidiste huir?
—Al día siguiente. Todo cambió; se volvieron... —Trazó un círculo en el aire con la mano, buscando la palabra.
—¿Descuidados?
— Desesperados . Descuidados, sí, pero desesperados. Supe que era ahora o nunca. —Se ajustó la gorra—. Fingí mi suicidio aquella noche. Dejé el coche junto al río, me hice un corte en la mano para que hubiera sangre y puse una nota en el salpicadero. Usé su propio método contra ellos.
A nuestras espaldas, un movimiento brusco. Aki fue la primera en verlo: se le quedó el cuerpo rígido.
—Ese hombre. El de la camisa azul. Estaba esta mañana en la tienda y también en el andén del tren.
Tetsuo: Alguien os vigila. Varón, treinta y tantos. Acaba de sentarse cuarenta metros detrás de vosotras.
—Aki. ¿Hay algo más? —Mantuve la voz firme.
—Anna me dio algo. Un teléfono; uno barato, desechable.
La semana antes de morir. —Ahora Aki hablaba más deprisa, las palabras se le atropellaban—.
Dijo que, si le pasaba algo, se lo entregara a un periodista.
Tenía demasiado miedo. Después de su muerte, después de lo de Kenzo, lo escondí. Pero aún lo tengo.
—¿Dónde?
—Te lo diré cuando esté a salvo. Antes, no. —Su teléfono emitió un suave pitido, la alerta que había estado comprobando. Miró la pantalla y se le fue el color de la cara—. Me han encontrado.
—Tenemos que irnos. Ahora.
Me agarró del brazo.
—Las capturas. Lo tengo todo: la ruta, las horas, el pago. Incluso el GPS de la recogida en el hotel. —Sacó un bolígrafo y me escribió una dirección de correo en la mano, con letras temblorosas y demasiado grandes—. Envíame tu dirección segura. En una hora. Te lo mando todo.
Tecleé mi correo cifrado en su teléfono.
—Listo.
—No avises a la policía —dijo—. Todavía no. Necesito más tiempo para desaparecer como es debido.
—Aki...
—Prométemelo o echo a correr ahora mismo y no vuelves a saber de mí.
A nuestras espaldas, el hombre de azul se había puesto de pie y hablaba por teléfono. Otros dos se levantaron de bancos distintos.
—Te lo prometo. No avisaré a la policía hasta que estés a salvo.
—Una hora —dijo—. Todo.
Escudriñó la multitud una vez más, se bajó más la gorra y se metió en un grupo de turistas que pasaba por allí, sin mirar atrás. Un segundo estaba allí; al siguiente era solo una gorra de béisbol que se movía entre paraguas, y después ya no era nada.
Tetsuo: El objetivo se mueve. Otros dos acaban de levantarse. Salida tres. Ahora.
Caminé deprisa, pero sin dirigirme de forma evidente hacia la salida, mientras subía la grabación a una copia de seguridad en la nube. A mi espalda, unos pasos seguían mi ritmo. No corrían. Todavía no.
En la salida, Tetsuo se puso a mi lado.
—Eran tres —dijo—. Profesionales. Estaban esperando a que saliera de su escondite.
—Es real, Tetsuo. Ella llevó a Anna hasta la carretera de servicio. Había un VIP: un alfiler con un crisantemo y unos zapatos que costaban más que su coche.
Lo asimiló en silencio. Después dijo:
—El Gobierno.
—Posiblemente l a Dieta. 3
Paramos un taxi y le dimos al conductor una dirección a tres manzanas de nuestro hotel. Mientras nos alejábamos, uno de los hombres hablaba a toda prisa por teléfono.
—No va a lograrlo —dijo Tetsuo en voz baja.
—Lleva una semana escondida.
—Y ahora saben que está viva. —Comprobó los espejos—. Mira el correo.
Vacío. Pero Aki había dicho una hora. Teníamos que confiar en que aguantara hasta entonces.
Me vibró el móvil. Número desconocido. Casi no contesté, pero lo reconocí. Haruka.
—Han encontrado un cadáver —dijo sin preámbulos—. En el río. Reciente.
Se me encogió el estómago.
—¿Aki?
—No. Un hombre. Kenzo Miura. Dos tiros, estilo ejecución. Lo tiraron al río esta madrugada.
Kenzo. El matón que había amenazado a Aki. El hombre de la foto de la mirilla.
—¿Cuándo?
—El forense dice que entre las dos y las cuatro de la madrugada. —Hizo una pausa—. Justo después de que se publicara tu artículo.
Miré a Tetsuo. Le había bastado con oír mi parte de la conversación. Se le había quedado el rostro completamente inmóvil.
—Sea lo que sea que estés investigando —dijo Haruka—, acabas de desatar el pánico. Ten cuidado.
Colgó.
—Están eliminando cabos sueltos —dijo Tetsuo—. A cualquiera que pueda relacionarlos con los cadáveres.
Me sonó el correo. Venía de una dirección formada solo por números. Doce archivos adjuntos.
Los abrí uno a uno. La ruta desde el apartamento de Anna hasta el Grand Hyatt y de ahí al camino de servicio.
Las marcas horarias coincidían con la noche anterior a su muerte.
Los registros de pago: cincuenta mil yenes.
Las coordenadas GPS de la recogida en el hotel.
Y una lista de veinte trayectos anteriores: Anna era pasajera habitual de Aki, dos o tres veces por semana, desde hacía más de un mes.
Al final, un mensaje: «Esto es todo lo que tengo. Comprueba Kant en Meiji. —A» .
Lo guardé todo en tres unidades distintas y envié copias a mi servidor seguro de Nueva York.
Ahora solo teníamos que sobrevivir lo suficiente para usarlo.
1. Indica una conexión oficial o política de alto nivel; el crisantemo está estrechamente asociado al símbolo imperial japonés. 2. Amuletos protectores japoneses que se venden en los santuarios. 3. El parlamento nacional de Japón.