Capítulo 9
La oficina del ingeniero fluvial olía a moho y a décadas de humo de tabaco.
Masaru Sasaki, el contacto de Haruka en la Autoridad Portuaria, tenía sesenta y tantos años y el físico de un hombre que se había pasado la vida peleando contra el agua y perdiendo casi siempre.
Su escritorio estaba sepultado bajo cartas de mareas, modelos de corrientes y tazas de café que llevaban allí tanto tiempo que ya podían pasar por experimentos.
—Queréis saber de los cadáveres —dijo antes incluso de que nos presentáramos como es debido—. Los suicidios.
—¿Cómo ha…
—Tres mujeres en dos semanas, todas encontradas en mi río. ¿Creéis que no presto atención? —Sacó un mapa plastificado del Sumida, cubierto de equis rojas—. Todo el mundo piensa que saltaron. Pero el agua no miente como las personas.
Tetsuo cerró la puerta detrás de nosotros, no sin comprobar antes el pasillo. Habíamos cogido dos trenes distintos y dado dos vueltas sobre nuestros pasos para llegar hasta allí.
—Enséñenoslo —dije.
Sasaki extendió tres mapas sobre el escritorio: tablas de mareas, mapas de corrientes y un mapa topográfico del lecho del río.
—La primera chica, Yuki Sato. La encontraron aquí. —Clavó un dedo grueso en un punto cerca de Ryogoku—. La policía dice que saltó desde el puente de Ryogoku. Un sitio muy frecuentado para suicidarse. Pero mirad…
El patrón de la corriente no encajaba.
—La corriente no cuadra.
—La pleamar de aquella noche fue a las 2:47 de la madrugada. La corriente iba de norte a sur a 3,2 nudos. —Su dedo siguió el recorrido del agua—. Si saltó desde Ryogoku a medianoche, acaba en…
—No ahí. Ni de lejos.
—Exacto. —Sacó una calculadora y tecleó a toda velocidad—. Según el punto donde la recuperaron y las mareas, entró al agua aquí. —Rodeó una zona del mapa con un círculo—. Camino de servicio. Sin puentes.
Tetsuo se inclinó sobre el mapa y siguió el camino con el dedo.
—Lo bastante ancho para una furgoneta. Aquí se puede dar la vuelta. —Señaló la intersección—. Dos minutos hasta el acceso a la autopista.
Sasaki le dirigió una larga mirada.
—Sabes mucho de mover cosas sin hacer ruido.
—Sé en qué fijarme —dijo Tetsuo.
Fotografié los mapas.
—¿Y las demás?
—El mismo problema. —Sacó más mapas—. Anna Lindgren: la encontraron cerca de Tsukuda, pero la corriente sitúa aquí el punto de entrada.
Otro camino de servicio.
—Sarah Price fue más complicada. Aquella noche la corriente era fuerte y derivó dos kilómetros río abajo. Pero hice el cálculo al revés. —Rodeó un tercer punto—. Camino de servicio. Las tres, en caminos de servicio.
—Las tres, a menos de tres kilómetros una de otra —dijo Tetsuo—. El mismo tramo del río. Alguien sigue una ruta.
Sasaki encendió un cigarrillo sin preguntarnos si nos importaba.
—Explorado y planeado. Alguien recorrió esos caminos en coche antes de usarlos.
—¿Y los tiempos? —pregunté—. ¿De la entrada al agua a la recuperación?
Sacó un gráfico dibujado a mano, lleno de trazos y correcciones a lápiz, obra de alguien incapaz de dejar un rompecabezas sin resolver.
—Tengo un amigo en la morgue —dijo—. Datos de descomposición, temperatura del agua, todo. Cada cadáver estuvo en el agua entre dieciocho y veinticuatro horas.
—Pero los recuperaron al cabo de tres días —dije.
—Tres días. Siempre. —Se echó hacia atrás—. Entonces ¿dónde estuvieron los otros dos días? En mi río no. El estado de los tejidos no lo respalda.
—¿Podemos ver los sitios?
Sasaki se encogió de hombros.
—Después del anochecer. Hay menos ojos. —Sacó el móvil y me enseñó un mensaje—. Y, señorita Watson, mi amigo de la morgue dice que corren rumores. Viene una quinta.
—¿Cuándo?
—Pronto. Puede que ya esté en el agua.
***
Dique del río Sumida, camino de servicio 4, 19:30
El camino de servicio era exactamente como lo había descrito Sasaki: una estrecha franja de asfalto entre el muro del río y una valla metálica. Sin farolas. Sin acceso peatonal. Solo se podía llegar hasta allí en vehículo.
Tetsuo examinó la zona.
—Una cámara —dijo señalándola—. Pero el ángulo…
Recorrimos la zona que cubría la cámara. Treinta metros y, después, un punto ciego donde el camino hacía una curva. Una zona muerta perfecta.
—Alguien ha hecho pruebas —dijo Tetsuo—. El punto ciego de una cámara no se encuentra por casualidad. Lo recorres, lo cronometras, vuelves y lo recorres otra vez.
Me asomé al borde y miré el agua negra, abajo. Tres metros. Con la marea alta, menos. Fácil bajar a alguien sin hacer ruido.
Fuimos en coche hasta el segundo sitio. La misma disposición. El tercero, idéntico. Tres puntos para deshacerse de los cuerpos, todos con puntos ciegos de cámara, todos accesibles en vehículo, ninguno con paso de peatones después del anochecer.
—Para —dijo Tetsuo de repente, sin apartar la vista del retrovisor—. Tenemos compañía.
Un sedán negro había entrado en la orilla opuesta. El motor en marcha. Allí quieto, sin más.
Se encendieron las luces largas y nos recortaron contra la valla como un foco.
—Sigue mirando alrededor —dije—. Que nos observen.
Saqué el móvil y me puse a hacer fotos sin disimulo. El sedán no se movió. Cinco minutos. Diez. Al ampliar la imagen, capté un detalle: la luz de freno izquierda estaba fundida.
Por fin, el sedán se alejó, despacio, deliberado, y aquella luz de freno fundida se perdió en la oscuridad.
—Querían que los viéramos —dijo Tetsuo.
Puse el coche en marcha. Tenía las manos firmes. Lo noté igual que se nota una mentira: porque aquella firmeza no encajaba.
***
Ya en mi habitación, sumé los datos de Sasaki al mural. Vías de servicio, puntos ciegos, el intervalo de tres días. La foto de la luz de freno tenía su propio hueco.
El móvil vibró. Número desconocido, prefijo de Asakusa.
—¿Señorita Watson? —Era la voz de Sasaki, con ruido de bar al fondo—. Acabo de toparme con mi amigo de la morgue. Han traído a la número cinco hace dos horas.
Me senté.
—¿Cuándo fue que…
—Lleva desaparecida desde la noche del miércoles pasado. Una chica de compañía de Roppongi. —Dejó el vaso—. Igual que las demás. Barbitúricos. Entre dieciocho y veinticuatro horas en el agua. —Bajó la voz—. Pero esta se defendió. Heridas defensivas. Como si lo supiera.
—Se está corriendo la voz entre las chicas —dijo Sasaki—. Están asustadas, pero no pueden permitirse dejar de trabajar. Así que siguen.
Hizo una pausa. El hielo tintineó contra el vaso.
—Estos gráficos los hago en mi tiempo libre, para que lo sepa. Mi mujer cree que tengo una aventura.
Una risa breve.
—Le dije que ya me gustaría.
Cuando colgó, me quedé mirando el mural. Ya eran cinco mujeres. La última se había defendido: sabía lo que le esperaba y aun así peleó.
Clavé con una chincheta el mapa de vías de servicio de Sasaki junto a la foto de la luz de freno y di un paso atrás. El mural empezaba a quedarse pequeño.