Capítulo 8
Los huevos estaban fríos. Llevaba diez minutos empujándolos de un lado a otro del plato, construyendo pequeños muros de proteína revuelta mientras Tetsuo se tomaba su tercer café y Reina fingía leer el Asahi Shimbun.
El periódico de Reina bajó un par de centímetros. La taza de café de Tetsuo se detuvo a medio camino de la boca. Yo dejé de remover los huevos.
Haruka nos miró a todos.
—Ya lo sabíais.
No era una pregunta.
Silencio. Un camarero pasó con una bandeja de bollería. A nuestra espalda, un ejecutivo se rio de su propio chiste.
Reina dobló el periódico y lo dejó sobre la mesa.
—Anoche me envió un mensaje. Dijo que quería hablar. Fuimos a su apartamento.
—Fuimos.
—Emily y yo. Cuando llegamos, la puerta estaba abierta. Ya estaba muerto. Todavía caliente. —La voz de Reina sonaba neutra, objetiva—. El asesino seguía en el apartamento. Vimos unos zapatos bajo una cortina del salón. Salimos corriendo.
A Haruka se le tensó la mandíbula.
—Fuisteis al apartamento de un muerto en plena noche. Sin llamarme. Sin llamar a nadie.
—El mensaje decía…
—El mensaje lo mandó quien lo mató, desde el teléfono de un muerto. Entrasteis en una escena del crimen montada para vosotras. —Hablaba en voz baja, controlada—. Querían que encontrarais el cadáver. Querían asustaros. Y les disteis exactamente lo que querían.
No discutí.
—Una periodista descuidada con un forense muerto pegado a su nombre es una periodista a la que deportan.
O algo peor. —Haruka cogió un sobrecito de azúcar, lo dobló entre el pulgar y el índice y volvió a dejarlo en la mesa—.
Reina, llevas en esto el tiempo suficiente para saber que esas cosas no se hacen.
—Así es. —Reina no discutió—. Nos equivocamos.
Haruka se quedó callada un buen rato. La sala de desayunos zumbaba a nuestro alrededor: cubiertos contra la porcelana, la cafetera exprés, un niño que protestaba por el zumo. Luego se inclinó hacia delante.
—Esto es lo que pasó anoche. Nada. Estuvisteis aquí, en este hotel, toda la tarde. Reina estaba en casa. Nadie fue a Toranomon. Nadie vio nada. Nadie encontró nada.
—¿Qué dice la policía? —preguntó Tetsuo.
—Un robo que salió mal. Entrada forzada, faltan objetos de valor del dormitorio, la víctima sorprendió al intruso.
—Haruka apretó los labios—. Le cortaron el cuello de izquierda a derecha con una hoja compatible con un cuchillo de cocina.
Limpio, de una sola pasada. Sin heridas defensivas.
El típico robo en el que la víctima se queda tranquilamente sentada en una silla frente a la ventana mientras alguien le abre la garganta por detrás.
—Ni siquiera intentan que resulte creíble —dije.
—No les hace falta. Takuya estaba sometido a presión profesional. Deudas de juego, según un expediente que apareció esta mañana en el sistema. Antecedentes de depresión. Un hombre cuya vida se desmoronaba. —Me sostuvo la mirada—. ¿Te suena? El mismo guion. Distinto final.
—Emily. —La voz de Haruka cambió—. Ayer hiciste esa pregunta en la conferencia y esta mañana Takuya está muerto. Fuera lo que fuese lo que iba a contarte, se aseguraron de que no pudiera. Te llevan ventaja.
Unos zapatos relucientes bajo una cortina de color crema. Las marcas hundidas en la moqueta de un pasillo. Un hombre en un ascensor que hacía girar un cigarrillo sin encender entre dos dedos.
—Anoche nos llevaban ventaja —dije—. Hoy no nos la llevarán.
Haruka me observó. No dijo nada.
—Todavía podemos hacer algo —dijo—. Las notas de suicidio.
Los originales están en la división de archivos de la Policía Metropolitana.
Puedo conseguir que nos dejen verlas. Treinta minutos, puede que menos.
Si hay algo raro en esas notas, esta es nuestra ventana antes de que se enteren de que Takuya habló y empiecen a limpiar archivos.
—¿Cuándo?
—Esta tarde. A las dos. —Se levantó y se guardó la placa en el bolsillo—. Trae el móvil. No traigas la culpa. No tenemos tiempo para eso.
Se marchó por la entrada del vestíbulo. Los tres nos quedamos sentados con el desayuno frío y nuestro silencio.
Tetsuo cogió el café. Bebió. Lo dejó en la mesa.
—Tiene razón —dijo—. En todo.
Aparté el plato.
Reina dobló el periódico en cuartos y luego en octavos.
—Takuya estaba a punto de derrumbarse. Iba a contárnoslo todo. Y ahora es una estadística de robos, y quien lo mató está tomándose un café en algún sitio con los zapatos limpios.
No la corregí en lo de los zapatos. Algunos detalles me los guardaba para mí.
***
Departamento de Policía Metropolitana de Tokio, División de Archivos, 14:00
La sala de archivos olía a humedad y a papel viejo. Las luces fluorescentes zumbaban sobre archivadores metálicos que se remontaban a los años ochenta. El empleado —en cuya placa se leía: Nagi— nos condujo a una sala de consulta del tamaño de un armario.
—Treinta minutos —dijo mientras dejaba una caja de cartón sobre la mesa—. Ni copias ni fotografías.
—Necesito más tiempo —dijo Haruka—. Son casos cerrados…
—Treinta minutos. —Dio unos golpecitos en la esfera del reloj.
Se marchó, pero su sombra permaneció bajo la puerta.
Haruka abrió la caja. Cuatro bolsas de pruebas, cada una con lo que alguien quería que creyéramos que eran las últimas palabras de cuatro mujeres muertas.
—No deberíamos estar aquí —susurró mientras se ponía unos guantes de látex—. He tenido que pedir tres favores solo para conseguir esta consulta.
Yo también me puse unos guantes. La primera nota era la de Yuki Sato: un mensaje de texto impreso a partir de los registros de su teléfono. Sencillo. Limpio. No puedo seguir así. Lo siento.
—Genérico —dijo Haruka, y dejó la nota a un lado—. El lenguaje típico de un suicidio.
La de Anna Lindgren estaba escrita a mano en papel de carta.
Estoy cansada de luchar conmigo misma. Por favor, comprendan mi decisión de poner fin.
—Manifiesto depresivo —dijo Haruka—. Cuando van en serio, todos escriben novelas.
Alargaba la mano hacia la siguiente nota cuando la detuve.
—Espera.
—¿Qué?
—Mira esto otra vez. —Levanté la nota de Anna hacia la luz y estudié los trazos del bolígrafo. La letra era cuidadosa, deliberada. Demasiado cuidadosa—. «Mi decisión de poner fin». No «poner fin a mi vida» ni «acabar con todo». Solo «poner fin».
—¿Y qué?
—Es gramaticalmente incompleto. Y «luchar conmigo misma»… un hablante nativo de inglés no expresaría así un conflicto interior. Esto es pensamiento traducido.
Haruka sacó la nota de Sarah Price, de pronto interesada. Mecanografiada, impresa en papel corriente.
La presión se ha vuelto insoportable. Elijo detener el dolor con este acto.
Las mismas construcciones forzadas. Los mismos pensamientos incompletos. Los mismos patrones propios de alguien que no es nativo.
—Ahí. —Señalé—. «Detener el dolor con este acto». Un hablante nativo diría «acabar con el dolor» o «detener el dolor haciendo esto». La construcción es…
—Japonesa. —El rostro de Haruka había palidecido—. Es gramática japonesa disfrazada de inglés.
La puerta se abrió. Nagi estaba en el umbral.
—¡Nada de fotografías!
—Perdón. —No lo sentía. Ya estaba haciendo fotos.
Se abalanzó hacia nosotras con la mano extendida.
—Bórrelas. Ahora.
—En realidad… —Haruka se puso en pie con la placa en la mano, y su actitud cambió por completo—. Estas son pruebas de una investigación en curso.
—Usted ha dicho que estaban cerrados…
—He mentido. —Sonrió—. Deformación profesional.
Nagi abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla. Se le fue el color de la cara por fases.
—Tengo que llamar a mi supervisora.
—Hágalo. —Haruka volvió a las notas—. Esperaremos.
Se marchó. Volví a coger la nota de Sarah Price.
—Pero esto… —Haruka levantó el papel y lo inclinó—. Mira estas marcas de presión.
No me había fijado en ellas.
—Alguien escribió otra cosa en la hoja que había encima de esta.
—Con el ESDA podríamos revelarlo —dijo—. Pero necesitaríamos…
La puerta se abrió de golpe. Nagi había vuelto con refuerzos: su supervisora, una mujer cuya placa la identificaba como jefa de sección Oda. Tenía la postura de alguien que había pasado treinta años perfeccionando el arte de decir que no.
—Detective Mizuno. —No era un saludo—. He hablado con Crimen Organizado. No tiene ningún caso activo relacionado con estos expedientes. Ni autorización. Ni solicitud de consulta por los cauces adecuados.
Haruka no se inmutó.
—Estas notas de suicidio presentan indicios de…
—Casos cerrados. —Oda abrió más la puerta—. Tiene que marcharse. Ahora.
Cogí el móvil e hice otras tres fotos rápidas mientras tenían la atención puesta en Haruka. La dura luz del techo reveló nuevos detalles: marcas de vacilación en la letra, puntos donde el bolígrafo se había detenido.
—Esas fotografías —dijo Nagi, con la voz cada vez más alta—. Ella ni siquiera es policía…
—Soy consciente. —Los ojos de Oda se posaron en mí—. Bórrelas o llamo a la seguridad del edificio.
Haruka guardó las notas en las bolsas mientras yo peleaba con el móvil. En esos últimos segundos, antes de que Oda se interpusiera entre la mesa y yo, capté algo más: una marca de agua en el papel de Sarah Price, apenas visible. Un membrete de empresa, borrado casi por completo, pero no del todo.
—Fuera —dijo Oda.
Los seguimos hasta el pasillo, mientras Nagi nos arreaba hacia la escalera. A nuestra espalda, Oda ya hablaba por teléfono, con el laconismo de quien informa de un problema a sus superiores.
En la escalera, Haruka me agarró del brazo.
—Esos patrones. ¿Estás segura?
—Pasé un año analizando patrones de escritura para mi tesis. Esas notas no las escribieron las extranjeras. Las escribió alguien japonés, alguien que aprendió inglés de manera formal, pero que nunca lo vivió.
—Alguien está escribiendo notas de suicidio para esas mujeres.
—Alguien con acceso a sus objetos personales. A sus teléfonos. A su papel de carta.
Me entregó una tarjeta de visita. Dr. Hinata, Lingüística Forense, Universidad de Waseda.
—Un amigo mío. Extraoficialmente. Enséñale lo que has fotografiado. —Echó un vistazo al hueco de la escalera—. Intentaré hacerle llegar las notas físicas, pero eso significaría robar pruebas.