Cuatro mujeres en el río (Serie Emily Watson 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

Tom Williams vivía en la planta veintitrés, con vistas al puerto, en uno de esos edificios donde el portero sabía cómo tomabas el café.

Abrió la puerta con aspecto demacrado. Tenía treinta años, pero los ojos eran de alguien mucho mayor.

Camisa Oxford, sin corbata, las mangas remangadas de forma desigual.

—Señorita Watson, señorita Kubo —dijo, con un marcado acento londinense—. Pasen, por favor.

El apartamento era minimalista, caro, escogido con cuidado.

Pero había detalles de Sarah por todas partes: una pila de periódicos japoneses que estaba aprendiendo a leer, sus zapatillas de correr junto a la puerta, una orquídea medio marchita en la encimera de la cocina.

Y una caja de cereales con la solapa doblada tres veces. Con precisión. Como quien esconde algo.

Se dirigió a la cocina sin preguntarnos qué queríamos y volvió con una bandeja: tres tazas, una tetera y una jarrita de leche, todo dispuesto con la memoria muscular de un hombre que llevaba tiempo preparando té para dos y todavía no había corregido la cuenta.

Nos sentamos en el salón mientras servía.

Sobre la mesa de centro había revistas de bodas y folletos de locales para celebraciones.

—Íbamos a casarnos en octubre —dijo Tom, y dejó la tetera. Le temblaban las manos—. Sus padres venían en avión desde Brighton. Habíamos reservado el New Otani.

Se sentó y se quedó mirando el té. El silencio se prolongó tanto que oí el aire acondicionado y el zumbido lejano de un helicóptero sobre el puerto.

—Hace dos semanas estaba discutiendo con ella por los centros de mesa.

Hablaba con la taza de té, no con nosotras.

—Ella quería flores silvestres. Yo le dije que quedarían cutres. Una estupidez por la que discutir. Ganó ella, por supuesto. Siempre ganaba las discusiones. Decía que era por su formación de periodista.

Reina se inclinó hacia delante.

—Esas noches hasta tarde, esos reportajes peligrosos… ¿Se llevaba todo eso a casa?

La boca de Tom se movió, pero nada de lo que había detrás le llegó a los ojos.

—Estaba obsesionada con que la tomaran en serio.

Escondía cosas por todas partes. Cuadernos en cajas de cereales, grabaciones en cajas de tampones, memorias USB en el congelador.

Decía que los periodistas hombres nunca se les ocurría mirar en «sitios de chicas».

Era paranoica, pero una paranoica inteligente.

—¿Cuándo empezó a tener cuidado? —preguntó Reina, buscando mi mirada.

—Siempre lo tuvo, pero estas dos últimas semanas…

—Giró la taza en el platillo, un cuarto de vuelta lento—.

Empezó a volver a casa por rutas distintas.

Cambiaba de tren al azar. Una noche la encontré escribiendo en su cuaderno a las tres de la madrugada.

Cuando le pregunté qué hacía, dijo: «Un seguro». Eso fue todo. Un seguro.

Apretaba el brazo del sofá con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Tenía que traerlo de vuelta antes de que se cerrara en banda.

—¿Cómo se conocieron? —pregunté, para darle un sitio más fácil donde aterrizar.

—Estaba escribiendo un artículo sobre los operadores de bolsa extranjeros de Tok io.

«Cowboys in Kabuki Land 1 » o algo igual de terrible.

—Esta vez sonrió de verdad—. Me entrevistó en un bar de Roppongi.

No paraba de pedir whisky para demostrar que podía seguirles el ritmo a los chicos.

No podía. Pero lo intentaba. Dios, se esforzaba en todo.

—¿Diecisiete meses juntos?

—Diecisiete meses y tres semanas. —Tocó la mesa de centro y pasó los dedos por el montón de folletos de locales—. Se mudó aquí hace seis meses. Su compañera de piso era insoportable y yo tenía todo este espacio. Tenía sentido.

Saqué mi cuaderno.

—Reina me ha dicho que a Sarah acababan de ascenderla. Corresponsal sénior.

—Sí. —Algo se enderezó en él: levantó la barbilla y cuadró los hombros medio segundo, hasta que el peso volvió a caerle encima—. Era… —Aquella firmeza se esfumó—. Era brillante.

—Y los preparativos de la boda. ¿Los disfrutaba?

—¿Disfrutar? —Casi se rio—. Hacía hojas de cálculo. Con códigos de colores. Tenía una lista de reproducción para el banquete que no paraba de revisar. La última versión tenía cuarenta y siete canciones. —Se quedó mirando las revistas de la mesa—. ¿Le parece eso propio de alguien que…?

No pudo terminar.

—No —dije—. No lo parece.

Sus ojos fueron primero hacia Reina y luego se posaron en mí.

—¿Sabe cuánta gente ha pasado por este apartamento desde que murió?

La policía, sus padres, amigos, mis compañeros de trabajo.

Docenas. —Su mano encontró la invitación de muestra que había sobre la mesa, con la fecha en blanco—.

Ni uno solo me preguntó por los preparativos de la boda.

Ni uno solo me preguntó si era feliz. Porque nadie que la conociera tendría que preguntarlo.

La habitación se quedó en silencio. Fuera, un helicóptero cruzó el cielo del puerto. Tom lo siguió con la mirada un buen rato y luego volvió a mirarnos. Tenía la mandíbula tensa. El temblor de las manos había desaparecido.

—Había empezado a estudiar un organismo del Gobierno —dijo—. Se pasaba horas investigando su estructura. Tenía gráficos por toda la pared del despacho, hasta que los quitó. Decía que estaba trazando conexiones.

—¿Qué organismo? —La voz de Reina siguió sonando despreocupada, pero cambió de postura.

—¿Seguridad Pública? ¿Seguridad del Estado? Algo así.

Reina me buscó la mirada. La PSB.

—Los últimos días —dije con cautela—, ¿cambió algo?

—No paraba de mirar el móvil. Miraba por encima del hombro. Llegaba tarde a casa. —Ahora hablaba más deprisa; los detalles le salían en el orden en que les había estado dando vueltas durante dos semanas—. Decía que se reúnia con fuentes a horas intempestivas.

—¿Mencionó algún nombre?

—Ningún nombre. Pero dijo que estaba trabajando con alguien, otra extranjera. Estaban detrás de algo gordo. —Hizo una pausa—. Esa fue la palabra que usó. Gordo.

Reina sacó el móvil y le enseñó la foto de Anna.

—¿Esta mujer?

Tom la examinó.

—Nunca la he visto. Pero Sarah mencionó a una chica sueca del gimnasio. Dijo que era simpática, pero que estaba asustada. Asustada por algo que no quiso nombrar.

—¿Cuándo?

—Quizá dos semanas antes de que... —Se detuvo. Tragó saliva—. Antes de que alguien la matara.

Lo dijo como quien apoya la mano sobre una Biblia. Como si llevara dos semanas cargando con esas palabras sin nadie a quien decírselas.

—Era una luchadora —dijo en voz baja—. Cuando su primer editor le dijo que nunca triunfaría en Tokio, se puso a aprender japonés para llevarle la contraria.

Clases de verdad, fichas de vocabulario por todo el apartamento.

—Tragó saliva—. Estaba entusiasmada con un congreso de salud mental que había dentro de poco. Llevaba meses detrás de eso.

—¿Cuándo es el congreso? —pregunté.

—Esta semana, creo. ¿El jueves? Tenía los detalles apuntados en algún sitio. —Hizo un gesto vago hacia el apartamento.

Se levantó de golpe y fue hasta la ventana. Veintitrés pisos más abajo, Tokio se extendía a sus pies.

—La policía me entregó sus cosas. —Su voz había cambiado: más plana, más furiosa—.

Nunca encontraron su teléfono. Y quise abrir las fotos de su cumpleaños; habíamos ido a aquel sitio de ramen de Shimokitazawa, ese en el que hay que hacer una hora de cola.

—Apoyó la frente en el cristal—. Todo. Borrado.

Todas las fotos, todos los mensajes. Su cuenta en la nube, vaciada por completo.

Dijeron que tuvo que borrarlo ella misma.

Se volvió hacia nosotras.

—Pero ¿por qué iba a hacerlo? Todas sus fotos, todo su trabajo. Ella nunca habría... —Se interrumpió. Respiró hondo.

—Ha dicho que escondía cosas —dije.

—Sin parar. Aplicaciones cifradas, un dispositivo distinto para cada fuente. Y... —Miró hacia la cocina—. A la policía se le pasó uno.

Fue a la cocina y sacó la caja de cereales en la que me había fijado. Dentro, envuelto en plástico, había un cuaderno pequeño.

—Nunca usaba papel para el trabajo normal.

Era demasiado digital para eso. Pero la última semana se puso a escribir cosas a mano.

—Sostuvo el cuaderno un momento; se limitó a sostenerlo, mirando la portada y pasando el pulgar por la espiral.

Luego me lo tendió—. Casi todo está en una taquigrafía que no sé descifrar. Pero hay fechas, horas. Y esto.

En la última página, tres letras rodeadas una y otra vez con un círculo: PSB.

—La Oficina de Seguridad Pública —dije en voz baja.

—Eso pensé yo también. —Tom se dejó caer otra vez en el sofá. Se le hundieron los hombros y dejó las manos colgando entre las rodillas—. Fuera lo que fuese lo que estaba investigando, llegaba muy alto. Mucho más arriba que una simple racha de suicidios.

Se quedó mirando el cuaderno que yo tenía en las manos, luego miró por encima de mí la orquídea moribunda de la encimera y después la invitación de la mesa de centro, con la fecha en blanco.

—¿Podemos llevárnoslo? —pregunté.

—Lléveselo. Úselo. Me da igual las leyes que tengan que saltarse. —Se le quebró la voz—. Dijeron que se había rendido. Se plantaron en esta misma habitación y me dijeron que Sarah se había rendido.

Reina le tocó la mano. No dijo nada. A veces eso es más honesto que una promesa.

En el ascensor, Reina se quedó callada hasta que las puertas se abrieron en el vestíbulo.

—Quieres ir a ese congreso —dijo.

—Quiero ver qué le interesaba a Sarah.

—Puedo meterte dentro. —Me miró de reojo—. No montes un espectáculo.

—¿Cuándo he montado yo un espectáculo?

Reina pulsó el botón del vestíbulo y no dijo nada.

1. «Kabuki Land» se usa a menudo como apodo despectivo o humorístico para referirse a un entorno corporativo muy burocrático o a un sistema político en el que los participantes se limitan a «cumplir el expediente».