Cuatro mujeres en el río (Serie Emily Watson 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

Por dentro era aún más pequeño de lo que prometía la puerta.

Ocho taburetes ante una barra que décadas de codos habían pulido, la madera oscurecida por la cerveza y la salsa de soja derramadas y por la grasa acumulada de diez mil brochetas.

En la pared, un calendario atrasado tres años mostraba una fotografía del monte Fuji que había amarilleado hasta tomar el color de los dientes viejos.

Las placas del techo, justo encima de la parrilla, estaban manchadas de marrón.

Todo el local olía a carbón, a shochu y a hombres que llevaban bebiendo desde las cinco.

Tetsuo lo había sugerido. Un sitio donde nadie nos buscaría, había dicho.

Un sitio donde pudiéramos fingir ser normales durante una hora.

El típico lugar al que iban los oficinistas a quejarse de sus mujeres y a olvidarse de la hipoteca.

Ahora había dos sentados al fondo de la barra, con las corbatas flojas, discutiendo de béisbol con la furia callada de los hombres cuyas verdaderas discusiones los esperaban en casa.

Estábamos lo bastante cerca para que se nos rozaran las rodillas cada vez que uno de los dos se movía.

El anciano que regentaba el local no preguntó qué queríamos; simplemente empezó a traer platos.

Yakitori que aún chisporroteaba en la brocheta, la grasa que estallaba, el humo y el olor a quemado que llenaban el silencio entre nosotros.

Dejó unos edamames sin decir palabra. Luego cerveza.

Después, un pequeño plato de rábano encurtido que nadie había pedido y que nadie rechazó.

—Esta mañana te libraste bastante bien del que te seguía —dijo Tetsuo mientras pelaba edamames con la misma precisión con la que, en otros tiempos, debió de desmontar armas. Abría cada vaina de un solo movimiento y depositaba los granos en una fila ordenada sobre la servilleta.

—Ese truco me lo enseñó mi madre. —Di un largo trago de cerveza, fría y amarga—. Decía que la clave estaba en hacerles creer que eran mejores que tú justo hasta que dejaban de serlo.

—Una mujer lista.

—Era muchas cosas.

El anciano trajo kushikatsu. Cosas fritas ensartadas en palillos, imposibles de identificar bajo el rebozado de panko. Tetsuo mordió una sin vacilar. Lo observé masticar, pensativa.

—Dime una cosa —dije—. Cuando mi padre te pidió que cuidaras de mí, ¿pensaste que acabaría siendo esto?

Tetsuo hizo rodar el vaso de cerveza entre las palmas llenas de cicatrices. El vaso giró despacio y la condensación dejó un círculo húmedo en la barra.

—Pensé que me pasaría a ver cómo estabas una vez, quizá dos. Que me aseguraría de que estabas a salvo. No esperaba…

—Quedarte.

—Querer quedarme.

—¿Y por qué quisiste?

Dejó el vaso en la barra. La luz mortecina del izakaya le resaltó la cicatriz de la mandíbula, una cresta de tejido blanco que iba del lóbulo de la oreja a la comisura de los labios.

Un recuerdo de sus días con los Murakami, aunque nunca me había contado toda la historia.

Cuando hablaba, la cicatriz le torcía un poco la cara hacia la izquierda y le daba a la sonrisa una asimetría difícil de interpretar.

—Sabes por qué.

Lo sabía. Y no quería saberlo, no allí, no todavía. Mi madre había amado a un hombre peligroso y había muerto por ello. Y allí estaba yo, con las rodillas pegadas a las de otro bajo una barra que olía a brasa y a humo viejo.

El anciano trajo sake, lo bastante caliente para quemar. Pequeñas tazas de cerámica, con el esmalte agrietado por años de cambios bruscos de temperatura. El primer sorbo me abrasó el labio, hice un gesto de dolor y Tetsuo casi sonrió.

—Hay un sueño que se me repite —dije—. No va de advertencias ni de fantasmas. Solo mis padres, jóvenes, antes de que todo se torciera. Antes de saber en qué iban a convertirse.

—¿Qué ves?

—Los veo mirándose como nosotros intentamos no mirarnos.

La mano de Tetsuo encontró la mía en la barra. No me agarró. No fue una decisión. Simplemente dejó allí los dedos, tan ligeros que podría haber fingido no darme cuenta. Con el pulgar recorrió la quemadura que la taza de sake me había dejado entre el pulgar y el índice.

—Emily…

—Lo sé. —Volví la palma hacia arriba y dejé que nuestros dedos se entrelazaran—. Cuando esto acabe.

—Puede que no haya un después.

—Tu optimismo es abrumador.

—Tu empeño en negarlo es muy americano.

Su pulgar encontró otra cicatriz, esta en los nudillos. Una línea irregular, todavía rosada. Me levantó la mano hacia la luz de la barra y la examinó con la atención clínica de un hombre que entendía lo que significan las cicatrices, que había catalogado las suyas como otros catalogan los recibos.

—Esta es reciente.

—A un tipo no le gustaron mis preguntas sobre su negocio de trata.

—¿Y esta? —Recorrió con el dedo una línea fina en mi muñeca, tan desvaída que apenas se veía. La yema siguió el trazo desde el hueso hasta la base de la palma, sin prisa.

—Una ventana rota. Johannesburgo. —Retiré la mano y cogí la suya, se la volví del revés sobre la barra.

Tenía las palmas más duras que yo, la piel gruesa y surcada de callos antiguos.

Una uña partida en el índice que había cicatrizado torcida.

Quemaduras en las yemas, viejas, superpuestas.

Y por todas partes, las líneas blancas de cortes cosidos por alguien que no era médico—. Tú nunca hablas de las tuyas.

—Hay historias que no hace falta contar. —Pero a él el sake también le estaba haciendo efecto. Me dejó sostenerle la mano, recorrer la topografía de la violencia antigua—. La mandíbula fue un regalo de mi oyabun la primera vez que intenté marcharme. Un recordatorio de que nadie sale limpio.

—Pero te fuiste.

—¿Seguro? —Retiró la mano y la cerró en torno a la taza de sake, la cerámica entre las dos palmas—.

Sigo usando aquellas habilidades. Sigo haciendo esas llamadas.

Recurro a hombres con los que juré no volver a hablar porque la hija de Jack Turner necesita un expediente de incautación, un registro de tránsito o un nombre.

—Bebió—. Sigo siendo aquel hombre. Solo que ahora con mejores motivos.

Los dos oficinistas del extremo de la barra habían pasado del béisbol a la política.

Sus voces se difuminaban en el siseo de la parrilla.

El anciano frotaba el mismo punto de la barra que llevaba frotando toda la noche y nos concedía la intimidad que el servicio japonés ofrece sin que haga falta pedirla.

La comida seguía llegando. Cada plato, una cosa más que no hacía falta decir.

Tetsuo se irguió en el taburete. Enderezó los hombros, apartó las manos de la taza de sake y el hombre que me recorría las cicatrices se esfumó. El profesional había vuelto.

—El expediente del depósito —dijo—. Me ha llegado esta mañana.

—¿Y?

—El coche de Aki tenía una cámara de salpicadero activada por movimiento.

—Sacó el móvil y giró la pantalla hacia mí.

Una fotografía del soporte del salpicadero, los tornillos arrancados de sus alojamientos, los cables colgando—.

Falta la tarjeta de memoria y el soporte está roto. Alguien la arrancó a toda prisa.

—¿Pánico?

—O precisión disfrazada de pánico. —Pasó a la siguiente imagen.

Arañazos en el salpicadero: tres surcos paralelos en el vinilo, lo bastante profundos para dejar a la vista la espuma de debajo—.

Historial del GPS borrado a conciencia, por un profesional.

No un simple restablecimiento de fábrica.

Alguien le pasó un borrado de nivel militar al sistema de navegación.

—Se detuvo en la última fotografía—. Y sangre en el asiento del conductor. Gotas, no un charco.

—Se defendió.

—O alguien quiso que lo pareciera. —Le hizo una señal al anciano para pedir más cerveza—.

El coche se procesó en seis horas. Lo normal son tres días como mínimo.

Alguien con rango suficiente para acelerar la liberación del vehículo quería ese coche lejos antes de que se le acercara nadie con verdadera formación forense.

—Alguien que ya lo había hecho antes.

—Alguien que tiene un sistema.

Me quedé mirando la fotografía de las gotas de sangre en el asiento del conductor. Esparcidas sobre la tela en un arco que hablaba de un movimiento brusco. Una cabeza que se iba de golpe hacia un lado. Una mano que subía para parar un golpe.

—Podríamos marcharnos —dijo Tetsuo, sin mirarme. Miraba la hilera de botellas detrás de la barra, las etiquetas, el polvo—. Esta noche. Desaparecer.

—¿Tú podrías?

Hubo una larga pausa.

—No.

—Entonces deja de proponerlo.

El anciano trajo la cuenta. Un papel escrito a mano, solo efectivo, sin registros. Retiró los platos sin decir palabra.

Fuera había empezado a llover. Cálida y densa, la lluvia: Tokio sudando el calor del día. El callejón era tan estrecho que los toldos de los edificios de enfrente casi se tocaban, y la lluvia caía por el hueco entre ellos como una única cortina brillante bajo la farola.

Nos quedamos bajo el toldo. Ninguno de los dos se movió hacia la calle.

—Gracias —dije—. Por quedarte. Por querer quedarte.

Me atrajo hacia él. Solo un instante. El calor de su cuerpo a través de la camisa, la clavícula apretada contra mi sien.

—Cuando esto termine —dijo contra mi pelo. No acabó la frase. No le hacía falta.

—¿Lo prometes?

—No hago promesas a mujeres muertas.

—Todavía no estoy muerta.

—No. Pero estás intentando ser tu madre.

Antes de que pudiera responder: una figura en un portal, treinta metros más atrás. La brasa del cigarrillo encendida en la oscuridad. No se escondía. Solo miraba. Para que lo supiéramos.

—Sigue andando —dijo Tetsuo, y su mano buscó la parte baja de mi espalda.

El hombre tiró el cigarrillo a la cuneta y se separó de la pared sin prisa, y nos siguió a una distancia que decía que no tenía ninguna necesidad de correr.

No miramos atrás.

1. Un izakaya es un tipo de bar japonés informal donde se sirven bebidas alcohólicas y aperitivos.