Capítulo 2
Convertí la habitación del hotel en lo que mi madre habría llamado un caos organizado.
El escritorio, arrimado a la pared; cada superficie, cartografiada con pruebas.
Cuatro mujeres muertas me observaban desde sus fotografías mientras el neón de Tokio sangraba a través de las cortinas y teñía las notas adhesivas amarillas del color de los moratones viejos.
Sin hilos rojos. Eso era cosa de los detectives de televisión. Yo tenía mi propio sistema. Amarillo para los hechos confirmados, rosa para las especulaciones, verde para las horas y los lugares. El cerebro procesa el color antes que el texto. Mi editor lo llamaba obsesión.
Yo lo llamaba supervivencia.
—Parece el tablero de Pinterest de un asesino en serie —dijo Tetsuo desde la puerta, con un café en la mano.
—¿Y tú sabrías cómo es eso?
—Conocía a gente que conocía a gente. —Dejó el café y estudió mi pared de derecha a izquierda, vieja costumbre yakuza. En su mundo, pasar por alto un detalle podía costar vidas.
Un tren retumbó a lo lejos, lo bastante cerca para hacer ondular mi café. Las seis y media de la mañana y Tokio ya estaba digiriendo su primer millón de viajeros.
—El patrón de tres días —dijo—. Es demasiado limpio.
—Todo esto es demasiado limpio.
Recorrí con el dedo la última ruta de Yuki Sato y dejé una mancha en la copia impresa. Los datos parciales de transporte por los que el contacto de Reina se había jugado el puesto apenas cubrían una semana.
—Su tarjeta PAS MO 1 registra su entrada en la estación de Ginza a las 23:15 del 1 de junio. Pero no hay registro de salida.
Mi dedo se detuvo en Ginza. Tres mujeres, todas atraídas hacia el mismo centro.
—¿Un fallo del sistema?
—O alguien la llevó en coche desde allí.
La nota adhesiva rosa se me quedó pegada al pulgar antes de que consiguiera fijarla.
—Lo de Anna es distinto. Mira. —Me acerqué a su cronología—. Todo normal hasta el 4 de junio. De Shibuya a Meguro a las ocho de la tarde, al salir de su trabajo en el restaurante. Después vuelve a pasar la tarjeta en Meguro a las 22:47, camino de…
—Ginza. —A Tetsuo se le tensó la mandíbula.
—Sarah Price, lo mismo. Estuvo en Ginza a las ocho de la tarde del 7 de junio. Después, nada.
Los fluorescentes de la tienda de conveniencia, a pie de calle, pintaban franjas de cebra sobre mi pared de pruebas. Las caras de las mujeres parecían estar entre rejas.
Mi móvil vibró. Era un mensaje del encargado de Fitness Megalos:
No puedo enviar los registros en formato electrónico. Cuestiones legales. Si quiere verlos, venga en persona.
—Es la tercera fuente que se niega a enviar nada en digital. —Se lo enseñé a Tetsuo.
—Alguien nos vigila. —Sacó el móvil y movió el pulgar con esa lentitud deliberada que significaba que escribía a alguien de su otra vida—. Preguntaré por el expediente del depósito de Aki.
Clavé la información junto a los gráficos de las mareas. El río Sumida lo atravesaba todo: su horario era tan predecible como el del asesino. Los cuerpos se movían según la corriente y la luna, si sabías leer el agua.
Llamaron a la puerta. Los dos nos quedamos inmóviles. Demasiado pronto para el servicio de limpieza.
Tetsuo se acercó a la puerta y miró por la mirilla.
—Uniforme del hotel. Un sobre.
Lo abrí mientras él vigilaba el pasillo. Dentro, una única fotografía. Yo en el aeropuerto el día anterior, marcada con un círculo de rotulador rojo. En el reverso, escrito a mano: Tu madre también hacía demasiadas preguntas.
El pasillo estaba vacío. Tetsuo miró en ambas direcciones.
Clavé la fotografía en la pared junto a las demás. La misma composición, el mismo encuadre deliberado.
—Tenían a alguien en la zona de llegadas —dije.
—Emily…
—Significa que estamos haciendo las preguntas correctas.
Mi móvil estalló. El inspector Yoshida, de la Oficina de Seguridad Pública. Cuatro tonos. Buzón de voz. Otra vez. Después, un mensaje:
Señorita Watson, deberíamos hablar.
Borrar.
Y por fin, Haruka Mizuno. Su susurro apenas se oía al otro lado de la línea:
—¿Puedes reunirte conmigo? No en la comisaría. A las ocho, en Enishi Coffee, en Nihonbashi.
—¿Qué ha pasado?
—He pasado dos horas con mi capitán. Alguien vigila a todo el que toca este caso. —Hizo una pausa—. Pero he encontrado la conexión de los barbitúricos. El laboratorio ha identificado un perfil de impurezas inusual. La firma química es idéntica en las cuatro víctimas.
La habitación se quedó en silencio.
—Hace tres semanas —continuó—, la farmacia de un hospital notificó una sustracción.
Doscientas dosis de secobarbital, desaparecidas.
Los números de lote coinciden con los de las pastillas encontradas en el apartamento de Anna.
—Bajó la voz hasta que apenas se la oía—.
La misma firma del fármaco significa la misma procedencia. Eso no es casualidad. Eso es…
La línea se cortó.
Lo escribí en una nota adhesiva amarilla. Un hecho, ya no una especulación.
No era solo que las cuatro mujeres hubieran muerto de forma parecida. Las había matado la misma persona, con los mismos fármacos robados, siguiendo el mismo patrón de tres días.
Tetsuo ya estaba junto a la puerta.
—Conseguiré el expediente del depósito. Tú ten cuidado.
Cuando se marchó, me quedé con mis mujeres muertas. El alba se fue colando y tiñó sus fotografías del color del papel viejo.
Lo fotografié todo y luego lo descolgué. El patrón se me quedó grabado igualmente. Cuatro mujeres, cuatro rutas y Ginza en el centro, como un desagüe.
***
Enishi Coffee, Nihonbashi, 8:00 h
El kissaten 2 pertenecía a otra época. Paneles de madera marrón, techo amarillento por el humo de los cigarrillos, asientos de vinilo remendados con cinta americana.
De esos sitios donde servían un café tan espeso como el aceite de motor y no pedían perdón por ello.
La detective Haruka Mizuno estaba sentada en el rincón del fondo, con la espalda contra la pared, sin perder de vista la puerta.
Había dejado de intentar demostrarle nada a nadie.
Mediados de los cuarenta, el pelo negro recogido en una coleta funcional que dejaba a la vista las canas que no se molestaba en ocultar.
Un traje práctico de grandes almacenes: azul marino, pensado para pasar desapercibido.
Sin alianza. Solo una franja pálida donde antes había una.
No se levantó cuando me acerqué. Tampoco sonrió. Señaló con dos dedos la silla que tenía enfrente.
—Has venido sola —dijo en inglés. Apenas tenía acento: diez años en homicidios de San José antes de volver a casa, a Tokio.
—Eso me dijiste.
—Te dije muchas cosas. Eso no significa que la gente escuche.
Hizo una señal al anciano dueño del local. Un dedo en alto. Él asintió y se dirigió, arrastrando los pies, hacia la vieja cafetera.
—Has arruinado carreras, señorita Watson. Buenos detectives perdieron su pensión por tu reportaje.
—Detectives corruptos.
Estudié su rostro: las arrugas que se marcaban cuando no actuaba para nadie, la leve decoloración bajo el ojo izquierdo, que podía ser falta de sueño o algo más antiguo.
—Pero tienes razón. No es tan sencillo. Algunos empezaron siendo honestos, probablemente.
Algo se le relajó en la mandíbula. No era confianza, sino permiso para continuar.
—Veteranos con treinta años de servicio, de patitas en la calle de un día para otro por aceptar un sobre aquí y mirar hacia otro lado allá.
—¿Y tú cuándo dejaste de aceptar sobres? —pregunté en voz baja.
Su risa fue breve y amarga, pero sincera.
—Hace seis años. Cuando empezaron a ir a por los chavales. —Levantó la taza de café—. Reina dijo que ves patrones que a otros se les escapan.
—A veces. Como que el club de anfitrionas de Yuki Sato no deja de salir en susurros, pero nunca en los informes.
La mirada de Haruka se afiló. Sacó una carpeta de papel manila del bolso.
—La autopsia de Sarah Price. Esto no existe, ¿entendido? Yo nunca he estado aquí.
Abrí la carpeta. Formularios estándar, lenguaje clínico. Lo primero que me saltó a la vista fue la sección de toxicología.
—Barbitúricos —dije—. Secobarbital y pentobarbital.
—Ya nadie los usa para suicidarse. Son demasiado difíciles de conseguir y actúan demasiado despacio. —Dio unos golpecitos en la columna de niveles en sangre—. Mira la concentración.
Dosis enormes.
—Esto dejaría inconsciente a cualquiera en cuestión de minutos.
—Pero esto es lo que nadie quiere ver. —Se inclinó hacia delante y bajó la voz—. Los niveles en sangre indican una administración progresiva. Varias dosis.
Pasé a las notas del examen físico y repasé la documentación del ahogamiento hasta que lo encontré, apenas legible en el margen: «leves hematomas en las muñecas, ¿artefacto?»
—«Artefacto». —La palabra me dejó un sabor amargo—. Alguien la sujetó.
—El forense tiene mucha práctica en no ver lo que le complica la vida. —Le vibró el móvil. Le echó un vistazo—. El agua en los pulmones también es ambigua. Podría ser ahogamiento. O un edema pulmonar provocado por las drogas.
—Estaban inconscientes cuando las metieron en el agua. —Mantuve la vista fija en la carpeta—. Alguien las drogó, las inmovilizó y después...
El móvil volvió a vibrar. Se quedó inmóvil. Giró la pantalla hacia mí: «¿Por qué estás en Nihonbashi? Tu turno empieza a las ocho».
Ya estaba de pie. Sus dedos se cerraron en torno a mi muñeca: helados, una descarga.
—Club Sakura. Ahí trabajaba Yuki. Ahí empezó todo.
Dejó dinero en la mesa y se perdió entre la multitud matutina como alguien que ha aprendido a desaparecer. Yo me quedé. El anciano dueño se acercó y me rellenó la taza.
—Su amiga parece nerviosa —dijo en japonés, con la mirada afilada tras su tono despreocupado.
—Motivos tiene.
Me quedé sentada diez minutos más, para darle a Haruka tiempo de alejarse. Barbitúricos administrados de forma progresiva. Hematomas descartados. Pulmones que contaban dos historias. Y un forense al que habían enseñado cuál de las dos creer.
Fuera, la hora punta de Tokio me engulló. Los oficinistas pasaban por millares y se me erizó la nuca.
Le escribí a Tetsuo: «Tengo una pista. Nos vemos en el hotel».
Su respuesta: «He conseguido el expediente del depósito. Tienes que ver esto».
En el primer paso de peatones lo localicé. Un tipo joven, gorra de béisbol, cara de las que se olvidan. Se le daba bien mantenerse a tres personas de distancia, pero apartó la mirada demasiado rápido cuando me volví.
Me metí en un konbini y gané tiempo con un café mientras él vacilaba fuera. Al salir, tomé la dirección contraria al hotel.
Me siguió.
La estación de Nihonbashi era perfecta. Varios niveles, salidas a montones y una aglomeración matutina lo bastante densa como para ahogarse en ella. Bajé. A Gorra de Béisbol le costaba no perderme de vista. En el andén, esperé junto a las puertas.
Se abrieron. Subí. Él se lanzó hacia delante y entró por los pelos, con las puertas ya cerrándose; su mano golpeó la junta de goma.
Dos paradas después, salí en cuanto se abrieron las puertas, conté una respiración y me colé de nuevo por el hueco que se cerraba.
Las puertas me pillaron el bolso, lo soltaron y se sellaron.
Gorra de Béisbol se quedó clavado en el andén mientras el tren se alejaba. A través de la ventanilla, nuestras miradas se cruzaron. Movió los labios: estaba dando parte.
Deshice el camino por otra línea y salí a diez minutos del hotel. Ningún relevo detrás. Quizá una hora de ventaja.
Club Sakura. Ese era el nombre que Haruka me había dado con los dedos helados y la cara sin color. Donde había trabajado Yuki Sato. Donde había empezado todo aquello, fuera lo que fuese.
Tenía que entrar.
1. Una tarjeta PASMO es una tarjeta inteligente recargable y sin contacto que se utiliza principalmente para el transporte público y para pequeñas compras en Japón. 2. Un kissaten es una casa de té y cafetería tradicional japonesa que surgió a principios del siglo XX.