Cuatro mujeres en el río (Serie Emily Watson 2) Capítulo 1
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Cuatro mujeres en el río (Serie Emily Watson 2)

Cuatro mujeres en el río (Serie Emily Watson 2)

Por Theo St. John

© inepub.com

Capítulo 1

El agente de inmigración sostenía mi pasaporte como si pudiera estallar. Llevaba ya tres minutos estudiándolo, mirando la pantalla, luego a mí y otra vez al pasaporte. A mi espalda, la fila de recién llegados se impacientaba. Tetsuo estaba en el puesto de al lado, ya con el visto bueno, observando.

—Emily Watson —pronunció cada sílaba como una acusación—. ¿Motivo de su visita?

—Periodismo.

Mantuve la voz neutra.

Habían pasado cuatro años desde los juicios Murakami, pero mi nombre seguía pesando aquí.

—Visado de periodista... ¿Su afiliación al club de prensa?

—Estoy acreditada a través del Foreign Correspondents’ Club of Japan.

—¿Organización patrocinadora?

—The Tokyo Daily Press. Reina Kubo es mi avalista.

—Señorita Watson. —Su inglés era perfecto, lo que significaba que aquello era intencionado—. Sígame, por favor.

No era una petición.

Cogí el equipaje de mano y lo seguí por una puerta con el cartel de «Privado».

La sala que había al otro lado tenía la insulsez de todo lo oficial: paredes blancas, mesa metálica, dos sillas y un espejo que no engañaba a nadie.

Había pasado por suficientes salas de interrogatorio para ahorrarme la sorpresa.

Me dejaron allí cuarenta minutos. El tiempo justo para hacerme sudar, no el suficiente para llamar a la embajada.

Cuando por fin se abrió la puerta, entraron dos hombres. No hacían falta placas. La inteligencia japonesa vestía siempre igual: trajes oscuros, expresiones neutras, preguntas que no eran preguntas.

—Señorita Watson.

No hizo una reverencia. Mala señal.

—Inspector Yoshida, de la Oficina de Segur idad Pública 1 . Ha causado usted bastante revuelo.

—Aterricé hace cuarenta minutos.

—Su reputación la precede.

Abrió una carpeta por mi foto del Pulitzer, esa en la que parecía una fiera.

—El reportaje Murakami. Veintisiete condenas. Tres suicidios.

—Hace cuatro años.

—Sí. —Hojeó las páginas con teatralidad—. Veinticuatro yakuza muertos. Sus dos padres murieron durante aquella investigación. —Hizo una pausa—. Por cierto, el cuerpo de su padre nunca apareció.

La playa de Odaiba me estalló detrás de los ojos: Jack Turner desangrándose al amanecer, mis manos pintadas de rojo. Lo que vino después —los contactos del abuelo, los arreglos discretos, el cementerio de Vermont— era otra historia. Una que no contaría jamás.

—Quedé exonerada de cualquier cargo. ¿Qué quiere?

Yoshida cerró el expediente.

—Darle un consejo. Tokio ha cambiado desde su última visita. Las antiguas familias han desaparecido. Han surgido jugadores nuevos. Más peligrosos. Menos... —buscó la palabra—, sentimentales.

—Estoy aquí como periodista.

—Sabemos lo de las chicas desaparecidas. —Su voz no cambió—. Dos extranjeras y dos japonesas. Trágico, pero tenían problemas. Depresión. Tokio puede resultar abrumador.

—Cuatro suicidios. Todos en las mismas dos semanas. —Le sostuve la mirada—. Debe de estar muy preocupado.

Las comisuras de la boca se le estiraron sin un gramo de calidez.

—Señorita Watson, Japón ha tenido mucha paciencia con usted. Su trabajo anterior causó trastornos considerables. Dimitieron ministros del Gobierno. Destruyó la reputación de hombres honrados.

—¿Esa es la postura oficial?

La carpeta se cerró de golpe.

—Es libre de entrar. Pero cualquier injerencia en investigaciones en curso, cualquier alteración, y tomará el próximo vuelo a Nueva York. —Deslizó mi teléfono por la mesa.

—Entendido.

El teléfono volvió caliente y un tono más claro, como si alguien le hubiera sacado un molde.

Le di la vuelta y recorrí con el pulgar el borde de la funda. Algo se engachó. Una resistencia mínima donde no debería haber ninguna.

Quité la funda.

Una tarjeta se soltó y cayó en mi palma. Sin logotipo. Sin textura. Solo peso: más gruesa de lo que debería, como si importara más de lo que un papel tiene derecho a importar.

Tinta negra. Precisa.

Tomoe Murakami

En el anverso, nada salvo el nombre. En el reverso, una sola línea:

Te estaba esperando.

No recordaba haberla metido ahí. Ni recordaba que nadie se hubiera acercado lo suficiente para intentarlo.

Yoshida, no. Él registraba el teléfono, no repartía regalos. Tomoe tenía alcance dentro del propio aeropuerto.

La tarjeta fue a mi bolsillo trasero. La funda volvió a encajar sin problema.

Me retuvieron otros veinte minutos, solo porque podían. Cuando por fin salí a la zona de llegadas, Tetsuo esperaba junto a la salida, con nuestras bolsas a los pies.

—Me ofrecieron un puesto de asesor. —Cogió las bolsas—. Lo rechacé.

***

Al cruzar las puertas automáticas, Tokio me golpeó: calor húmedo, humo de escapes, ese dulzor peculiar de una ciudad levantada sobre una marisma desecada.

La primera vez que estuve allí tenía veintidós años y perseguía al fantasma que resultó ser mi padre.

Aquel fue mi primer desastre en Tokio. Los juicios Murakami, el segundo.

Y ahora, con veintiséis años, otra vez aquí.

A la tercera va la vencida.

Reina esperaba fuera, fumando bajo un cartel de «Prohibido fumar», retando a quien se atreviera a impedírselo. Parecía mayor. Más canas, la mandíbula más afilada, como si la carne se le retirara despacio del hueso. Pero sonrió al vernos, y algo en su cara se abrió.

—Te han retenido un buen rato. —Abrió el maletero—. ¿Debería preocuparme?

—La Oficina de Seguridad Pública. —Me metí en el asiento trasero—. Me sugirieron que me marchara.

—¿Y?

—Les sugerí que se fueran a la mierda. Con educación.

Reina se rió: aquel sonido rasposo que tanto había echado de menos.

—Ahí está la Turner que llevas dentro. —Me estudió la cara en el retrovisor—. Ahora te pareces a ella. A tu madre. Los mismos pómulos, la misma boca obstinada.

No supe qué responder. Allí, en la ciudad donde había muerto, no paraba de encontrar rastros de ella. El ángulo de la luz sobre un edificio que había fotografiado. Una marca de cigarrillos que no había vuelto a oler desde la cocina de mi madre.

Reina se volvió hacia Tetsuo.

—Y has traído protección.

—Este es Tetsuo Hiroshi —dije—. Es...

—Guapo, eso es lo que es. —Reina entrecerró los ojos—. Y el último alumno de Jack Turner.

Tetsuo hizo una leve reverencia.

—Kubo-san.

—Sé quiénes sois. —Encendió otro cigarrillo—. Los dos. Por eso tenemos que irnos. Tengo el coche en el aparcamiento de corta estancia.

En el coche, Tokio se desplegó a nuestro alrededor. La salida de Odaiba me golpeó en el pecho; no era exactamente un recuerdo, sino la versión corporal de uno. Se me quedaron las manos planas contra los muslos antes de que pudiera evitarlo.

—Tus manos. —La voz de Tetsuo, lo bastante baja para que Reina no lo oyera.

—Estoy bien.

—Háblame de las mujeres —dije.

Reina entreabrió la ventanilla. La ceniza salió volando.

—Cuatro muertas en dos semanas. Yuki Sato, anfitriona de Ginza. Anna Lindgren, camarera sueca. Mi protegida, Sarah Price, periodista británica. Y Aki Tanaka, conductora de VTC. —Hizo una pausa—. Aunque todavía no han encontrado el cuerpo de Aki.

—¿Conexiones?

—Ninguna evidente. Edades, barrios y círculos sociales distintos. La policía lo llama una oleada de suicidios. —Me miró de reojo en el semáforo—. Pero Sarah estaba investigando las dos primeras muertes. La noche antes de morir me llamó. Dijo que había encontrado un hilo del que tirar.

—¿Qué hilo?

—Nunca llegó a contármelo. La encontraron en el Sumida con suficientes barbitúricos para matarla dos veces.

Saqué el móvil.

—¿Sarah era feliz? ¿Antes?

—Estaba planeando su boda. Le encantaba su trabajo. Y tenía ese tono en la voz, ya sabes cuál. Cuando una historia empieza a abrirse y no puedes dormir porque las piezas no dejan de encajar. —Reina tomó una curva cerrada—. A la mañana siguiente está en el río. Suicidio, dicen.

—Las oleadas tienen sentido —dije—. El mismo colegio, la misma oficina, el mismo barrio. Estas mujeres no tenían nada en común.

—Díselo a la Policía Metropolitana de Tokio. Oficialmente, solo han sido dos semanas malas.

Reina me tendió una carpeta.

—Las notas de Sarah. Lo que he podido recuperar. La policía tiene el resto.

—¿Cuándo vemos a tu fuente?

—Mañana. La detective Haruka Mizuno. Antes necesita comprobar quién eres. Es paranoica.

—Es lista.

—Estos no son yakuza, Emily. —Reina bajó la voz—. Al menos los yakuza dejaban cadáveres. Quienquiera que sea —una empresa, el Gobierno, no lo sé— hace desaparecer a la gente. Sin teatro. Sin rastro.

Paramos frente al hotel Okura Tokyo. Ostentación de riqueza en cada superficie de mármol. Reina abrió el maletero.

—Vaya hotelazo. El dinero del Pulitzer debe de dar para mucho.

—Sobre todo el adelanto del libro. —Bajé del coche y estiré los músculos agarrotados por el vuelo—. ¿No podemos verla hoy?

—Mañana. Es cautelosa. Necesita tiempo para comprobar que eres quien dices ser. —Reina me tendió una tarjeta—. Mi número nuevo. El anterior está comprometido.

Se marchó en coche. Tokio se reflejaba en las puertas de cristal del hotel, deformado y duplicado.

La última vez que había cruzado aquel vestíbulo, mi madre estaba a mi lado. Ella había reservado la habitación. Había venido a salvarme y se había quedado el tiempo suficiente para morir.

—Estás pensando en ella —dijo Tetsuo en voz baja.

—Siempre.

El recepcionista reconoció mi nombre y nos subió de categoría sin preguntar. Dos habitaciones comunicadas, en una planta alta.

A solas, me quedé de pie junto a la ventana.

Treinta plantas más abajo, las luces de la ciudad se encendían manzana a manzana.

En algún punto de aquella cuadrícula, cuatro mujeres habían dejado de existir en apenas dos semanas.

Suicidios, según todos los que contaban. Reina no se lo creía. Yo tampoco.

Saqué del bolso la carpeta de Sarah y extendí las notas sobre la cama.

Era hora de averiguar por qué.

1. La Oficina de Seguridad Pública del Departamento de Policía Metropolitana de Tokio investiga las actividades que amenazan la seguridad nacional.