CAPÍTULO 39 #2
Noto un peso creciente en sus palabras, y la indignación empieza a mezclarse con la inseguridad. Intento mantener la calma, pero no puedo negar que sus palabras me están haciendo daño.
Esbozo una sonrisa, armándome de una fuerza que no tengo.
—Me parece que estás celosa de mí, aquí todos estos días a solas con tu queridísimo Tommaso —digo, y la veo apretar la mandíbula.
Sus ojos felinos me miran como si fueran a fusilarme. Su respiración se altera levemente hasta que por fin responde:
—¿Celosa de ti? ¿De una muerta de hambre? —Deja escapar una risa cruel entre los labios—. Tommaso nunca estaría con alguien tan insignificante como tú. Ni siquiera te miraría, salvo para divertirse un rato, claro.
Me obligo a mantener la compostura, a sonreír como si nada de lo que ha dicho me afectara, pero me afecta. Estoy cansada de que la gente piense que no soy suficiente para Tommaso, cansada de sentirme humillada, pequeña... indefensa. Estoy cansada.
La rabia y la humillación me burbujean por dentro, y lo único que quiero es salir corriendo de ahí pero, al mismo tiempo, no quiero darle el placer de verme afectada.
Ella sigue acercándose, con los ojos brillándole de malicia, y sé que está disfrutando de verme en desventaja.
—¿Qué pasa, Alicia? ¿Vas a llorar ahora? —me provoca Serena, con la voz dulce como el veneno—. No te preocupes, guapa, yo voy a cuidar muy bien de Tommaso cuando te vayas de aquí. Al fin y al cabo, él necesita a una mujer como yo, y no a una pueblerina, madre soltera como tú.
Su última palabra la susurra cargada de desprecio, y siento que ya no puedo soportarlo más. Sin responder, me doy la vuelta bruscamente y empiezo a subir las escaleras.
Tengo el corazón acelerado y noto las lágrimas ardiéndome detrás de los ojos, pero no voy a llorar. Delante de ella no.
Subo las escaleras casi corriendo, deseando escapar de aquella situación, encontrar algún alivio lejos de la mirada cruel de Serena. Cuando llego arriba, casi choco con Tommaso, que está ahí parado, mirándome con una expresión preocupada. Frunce el ceño, claramente al notar mi estado.
—Alicia, ¿qué ha pasado? —Su voz es baja, pero firme, y la preocupación de sus ojos me provoca una nueva oleada de emociones.
—No ha pasado nada. —La voz me sale débil, casi un susurro, y me doy cuenta de que estoy fracasando miserablemente en convencerlo.
Tommaso da un paso hacia mí; su mirada es ahora más intensa, penetrante. Me sujeta el brazo con firmeza, pero con delicadeza, como si supiera que estoy a punto de derrumbarme.
—Alicia... —insiste, con la voz suave, pero autoritaria—. ¿Qué ha pasado? ¿Quién te ha dejado así?
Sus ojos encuentran los míos y, por un momento, me siento tentada de contárselo todo: la rabia de Serena, las palabras crueles, la inseguridad que despierta en mí.
Pero, antes de que pueda decidir qué hacer, Tommaso ve a Serena subiendo los peldaños de la escalera y, de repente, sus ojos cambian a una tonalidad más oscura, como si lo hubiera entendido todo de golpe.
—¡Ay, Tommaso, cariño! —exclama ella, como si no hubiera pasado nada—. Iba a buscarte a tu habitación, menos mal que te he encontrado. —Lo dice al llegar a lo alto de la escalera y acercarse a los dos.
Él entorna los ojos y me suelta el brazo, dando un paso hacia Serena.
—Serena, ¿qué le has dicho exactamente a Alicia? —Su voz es ahora fría, dura como el acero.
Serena esboza una sonrisa cínica y levanta las manos en un gesto de inocencia fingida.
—Solo estábamos charlando, cosas de mujeres... no querrás saber los detalles, ¿verdad?
—¿Qué le has dicho, Serena? —pregunta otra vez, pero de manera más intensa esta vez.
—Tom, solo intentaba ser honesta. Creo que debería saber la verdad, por el bien de todos. —Me lanza una mirada furtiva antes de girarse por completo hacia Tommaso, con su sonrisa falsamente dulce iluminándole la cara. Ignora mi presencia, como si yo fuera insignificante.
Tommaso no responde de inmediato. Mantiene la mirada fija en mí un momento, lo que hace que el corazón se me acelere todavía más.
Hay algo en sus ojos que me dice que está furioso pero, aun así, no dice nada durante unos segundos, hasta que me toca la cara y me limpia una de las lágrimas que se han derramado sobre ella.
Sigue lo bastante cerca como para que note su presencia, como si me estuviera protegiendo. Serena, al darse cuenta, se acerca un poco más y le toca el brazo a Tommaso con una familiaridad que me molesta profundamente.
—Estaba pensando en desayunar contigo y en desearte feliz cumpleaños, aunque sea con retraso. ¡Ayer desapareciste y no me cogiste las llamadas! —murmura, con la voz cargada de dulzura artificial—. El Baile del Cacao estuvo genial; podemos montar nuevas colaboraciones de eventos.
Noto que se me forma un nudo en la garganta y, antes de que Tommaso pueda responder, doy un paso atrás, intentando alejarme de esa escena incómoda. No quiero que Serena vea cuánto me afecta su familiaridad con Tommaso.
—Yo... tengo que despertar a Belinha —digo, con la voz más débil de lo que me gustaría. Doy otro paso atrás, pero Tommaso alarga la mano rápidamente y me coge la mía con firmeza. No me permite huir tan fácilmente.
—Alicia —dice mi nombre con una intensidad que hace que el corazón se me dispare—. Espera un poco más, por favor.
Tommaso dirige la mirada hacia Serena, que nos observa y deja entrever una leve inseguridad en sus movimientos.
—Serena... —empieza Tommaso, y veo que Serena lo mira ligeramente nerviosa—. Pídele perdón a Alicia ahora mismo, por lo que quiera que le hayas dicho.
—¡¿Qué?! —pregunta ella, exasperada.
—Estoy seguro de que no hace falta que lo repita.
—No pienso pedirle perdón a esa muerta de hambre.
—Mide tus palabras, Serena —dice entre dientes.
—¡No estoy mintiendo! Esta pueblerina muerta de hambre está loca por conquistarte y quedarse con tu dinero.
Él esboza una sonrisa cínica y llena de confianza, da un leve paso hacia ella y la mira antes de decir:
—Pues llegas tarde, esa parte ya la hemos pasado. —Lo dice y noto que se me sonrojan las mejillas mientras una expresión de asombro asoma a la cara de Serena.
—¡¿Qué estás diciendo?! ¿Que vosotros dos...? —empieza, pero no termina.
Tommaso sigue sonriendo, una sonrisa que lo vuelve, si tal cosa es posible, todavía más sensual y seguro de sí mismo. Se limita a asentir levemente con la barbilla, y veo que a Serena se le abren aún más los ojos.
—Yo me voy de aquí —digo, respirando hondo y preparándome para salir.
—Quédate, Alicia —dice Tommaso, tocándome el brazo e impidiéndome salir—. Serena todavía te debe una disculpa.
—¡Tommaso! —exclama ella, con su voz fina llena de irritación.
—Pide perdón por tus palabras, Serena, ¡ahora! —dice con firmeza, mirándola a los ojos.
—Esa mujer te está manipulando, Tommaso. ¿Qué estás haciendo?
—No lo voy a repetir, Serena —su voz suena todavía más autoritaria.
La tensión en el aire es casi palpable mientras Serena me mira con una mezcla de odio e incredulidad.
Está claro que no quiere disculparse, pero la determinación de Tommaso la deja sin opciones.
Él la observa fijamente, con los ojos duros y, por un breve momento, parece que Serena va a seguir desafiando su orden.
Pero entonces algo cambia en su expresión.
Veo cómo se le contraen los labios hasta convertirse en una de sus sonrisas fingidas.
Serena respira hondo antes de levantar la barbilla en un gesto de superioridad.
—Alicia... —dice mi nombre con asco, como si fuera algo amargo en su boca—. Perdón por... —Vacila, como si las palabras fueran espinas que la hieren al pasar—. Por cualquier cosa que haya dicho que te haya ofendido.
No me mira a los ojos, y la falta de sinceridad de sus palabras es evidente. Noto que el corazón me late rápido en el pecho y, aunque su disculpa sea forzada, no puedo negar que hay un pequeño placer en verla doblegarse a la voluntad de Tommaso.
—Está bien —digo, rápidamente—. Ahora, si me disculpáis. —Me deshago del contacto de Tommaso y corro hacia el pasillo, sin disimular lo mucho que quiero salir de esta situación, lo mucho que todo esto me molesta.